Miguel
D. Mena: Freddy Miller Otero en color sepia Ángela Peña:
Obsesionado con Freddy Miller Ángela Peña: Que cómo
estoy
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• PENSAMIENTO •
SANTO DOMINGO •
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EL
LAGO DE LOS PATOS.
El día salió vestido de gris. Plomizo. Oxidado.
Exactamente como el alma de Sandalio, que contemplaba pensativo su mundo
interno en el espejo de la naturaleza antojadiza. Ni un soplo. Ni un
deseo de existir. Ni siquiera un acento en toda la extensión del paraje.
A la izquierda del rancho, un pedazo de cristal ovalado: El Lago de los
Patos. Al frente, un horizonte rubio: el maizal. Y detrás, un símbolo
social: el pantano. Sobre todo esto, los ojos del hombre (placa
sensible del observador testarudo). Las chicharras no se han dado
cuenta de que el sol ha vuelto a tibiar las cosas. Callan. Engañadas por
la máscara de noche que amansa el silencio. Las hojas duermen un
sueño verde y húmedo. El arado descansa al pie de un caobo. Y sólo la
simiente escondida en el conuco se afana en vivir, poniendo a la tierra
la ayuda de su experiencia biológica. Sandalio contempla sus años de
trabajo fuerte. Años crudos. Años negros. Años increíbles. Esa
inmensa cabellera de espigas doradas representaba el supremo esfuerzo
del campesino. El hambre hecha esperanza. El cansancio. La fuerza del
músculo pobre se había agotado en levantar ese manto de oro que vestía
la sabana. Antes frías, desnuda. Ahora había riqueza. Lluvia de
espigas. Fruto de luchas. Era el final de un sueño de bronce, sonoro y
fuerte. De una voluntad inquebrantable. De un pedazo de vida. Había
llegado el momento de segar el fruto. La hora había sonado. Pero había
sonado gris. Oxidada como el día. Exactamente igual que el alma de
Sandalio. (Las ideas se agrupaban en su mente. Confusas. Deformes. No
había posibilidad de llevar su cosecha al mercado. Sencillamente, porque
unos hombres le dijeron unas palabras de argumentación. Le hablaron de
una guerra. Del transporte. De la escasez de combustible. En total, de
cosas ajenas a su ambición, que era vender el horizonte rubio que había
cosechado; el pedazo de vida que había perdido. El hambre hecha
esperanza. ¿Qué tenía él que ver con transportes ni combustibles ni
otras idioteces???... Otra cosa: ¿Por qué peleaban los hombres???... De
seguro la refriega había empezado por cuestión de familia. Alguna mujer
ofendida en su honor daría lugar al asunto. Tal vez la hermana o la
novia de alguien... El caso es que su cosecha estaba perdida). Ahora
vio Sandalio la negrura del paisaje. Se había equivocado al creer que el
maizal era rubio como un pedazo de sol. Su vista le había engañado. ¡El
maizal! El maizal estaba formado de cosas negras: miserias, esfuerzos
perdidos, esperanzas muertas, y un dolor..., el dolor de no comprender
por qué a veces suceden las cosas. Así, angustiado, observó el
pantano, y le pareció ver que de su seno salían los hombres de ciudad,
los hombres que sabían, los hombres malos. Esta caravana surgía del lodo
corrompido y pasaba ante el rancho, sin mirarlo. Sin volver la cabeza un
momento hacia el maizal de la sabana. ...Era una caravana larga.
Horrorosa. Bárbara. Cerró los ojos y quedó lacerado. Impotente. Amarrado
al rancho de canas. El día continuó gris. Oxidado y plomizo.
Exactamente como el alma de Sandalio. Ni un soplo. Ni un deseo de
existir. Ni siquiera un acento en toda la extensión del paraje. A la
izquierda del rancho, el cristal ovalado siguió impasible. Inmóvil.
Sonámbulo. Pero ya entrada la noche se sintió molesto por la presencia
de un pájaro negro en su orilla... ...Y tanto, que lo espantó con un
ruido violento de sus aguas. Fue un chapuzón furioso que rompió en
pedazos el cristal de su espejo!
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