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TALLER URBANO

Una edificio se está esfumando en la Av. 30 de Marzo.

Miguel D. Mena

Está en la av. 30 de marzo. Fue diseñado por Osvaldo Báez, uno de los grandes arquitectos del Santo Domingo de principios del siglo XX. Se construyó en 1912, obteniendo en el mismo año el premio del Concurso Municipal de Fachadas, que otorgaba el Ayuntamiento de Santo Domingo. Se le conoció como Casa Amadeo Rodríguez, por su primer dueño, quien por entonces ejercía las funciones de contador general de Hacienda. Sólo durante sus primeros cuatro años operó como residencia plena, ya que desde 1916 –y hasta 1920- se instaló en ella la clínica quirúrgica del doctor venezolano Francisco H. Rivero. Leo estos datos en el primer tomo de “Arquitectura dominicana, 1906-1950”, de Enrique Penson (2006), y al contemplarla en algunas viejas fotos, no puedo menos que advertir la manera en que ha sufrido más en el último lustro que en sus primeros ochenta años de existencia.

Estamos frente a uno de los escasos y monumentales testigos iniciales del Santo Domingo moderno.

Digo escaso porque en esta avenida 30 de Marzo, camino natural que fue hacia el Cibao y toda la región, hasta principio de los años 80 conservaba todo el peso de 100 años de historia.

Por entonces las apetencias inmobiliarias de CODETEL y sus pretendidas necesidades de parqueo, llevó a un acelerado proceso de adquisición de propiedades. Después de veinte años de intervenciones, estamos frente a dos manzanas que prácticamente le pertenecen a la compañía telefónica, desfigurándose así el contorno no solamente de la av. 30 de marzo, sino de dos calles contiguas: la 16 de agosto y la Julio Verne.

Pero eso es tema para otro estudio. Pensemos ahora en lo que queda, en los residuos de un documento que nos habla de nuestros desarrollos, de lo que somos hoy en día, y cuya lenta desaparición es como un cráter más en nuestras habitaciones urbanas.

El habitante de Santo Domingo tiene entre sus designios modernos el de vivir en un contexto de extrema fragilidad. En esos 18 años de lejanías que llevo, cada vuelta a esta ciudad implica alguna cámara fotográfica –antes mecánica, ahora digital-, fotos que se disparan como anclas para aferrarse a un mundo que pronto se sumergirá en algún desierto o sobreexposición. Observar la misma esquina, el mismo edificio, es como estar siempre frente a un rompecabezas que no funciona, algo que ya no estará más, el correrse nuevas sombras por lugares donde antes habían fuegos y sujetos.

El habitante de Santo Domingo no tiene consciencia de su ciudad. Hay una como una especie de confabulación de ciudadanos, técnicos, tecnócratas, burócratas, gobernantes, munícipes, y hasta poetas, por convencernos de que esta ciudad no tuvo ni tendrá raíces, de que todo puede flotar dentro de los marasmos de la especulación, el favorcito tal y cual, el hacer y el deshacer sin tomar en cuenta que la ciudad es –o debería ser- de todos.

A este proceso se le suma la inconsciencia de nuestras instituciones y el valor del espacio urbano. Me pregunto no sólo por las oficiales –como Cultura, el Ayuntamiento-, sino también por aquellas que deberían velar por el conocimiento y valoración del espacio urbano, que bien podrían ir desde el CODIA, la UASD, hasta la misma Academia Dominicana de la Historia.

¿No contienen estas edificaciones la historia de la ciudad? ¿No somos el resultado de las respuestas que hacen 100 años le daban los arquitectos e ingenieros al clima, a la naturaleza, a la historia? ¿No dan cuenta estas edificaciones del perfil que ahora alcanzamos?

La historia entre nosotros parece resumirse a batallas y personajes y momentos de conflictos la más de las veces sobredimensionados por afectos familiares. Pero cuidado: la historia no sólo dispone de una dimensión temporal, sino espacial.

El problema con la historia espacial de Santo Domingo es que de ella sólo se valora el monumento y lo que con frecuencia sólo pretende confirmar un supuesto pasado imperial, el que en realidad nunca tuvimos, porque recuérdese una vez más: nunca fuimos Atenas del Nuevo Mundo y nuestro esplendor como ciudad y colonia sólo perduró hasta que España sintió todo el fulgor del oro que le llegaba desde las alturas andinas.

En medio de esos desiertos tenemos esta edificación luego llamada “Residencia Alfonseca”, por haber sido uno de sus propietarios el señor José Dolores Alfonseca.

A 95 años de construido, es poco lo que queda del diseño original: los techos de sus tres cuerpos, algunos elementos en las fachadas de su puerta principal, sus barandas finamente trabajadas y las orlas que cubren los dos techos extremos.

A pesar de tales intervenciones, es posible todavía leer la magistralidad con la que Osvaldo Báez resolvió problemas de ventilación y distribución espacial. Bien que nos quedan de él edificaciones como las del Hospital Padre Billini  (1926) y el Parque Enriquillo con su glorieta (1929), pero en ninguna se advierte el tratamiento de lo familiar como en esta obra.

La desgracia de este casón en la av. 30 de marzo es que según la lógica de Conservación de Monumentos, la misma no está dentro de los perímetros de la ciudad intramuros, razón por la cual no dispondría de ningún privilegio a la hora de su reglamentación.

Santo Domingo va la deriva y ahora no sé qué aconsejar.

¿Hasta cuándo podremos fotografiar al mismo edificio?


Casa Amadeo Rodríguez 1911

Casa edificada en 1910, llamada "Residencia Alfonseca", por haber sido habitada primeramente por la familia de José Dolores Alfonseca.

Casa Amadeo Rodríguez

Arq. Enrique Penson

[Osvaldo Báez] Diseñó para el contador general de Hacienda, Amadeo Rodríguez, en 1911, una residencia, con la primera planta de baja altura y la segunda alta; localizada en la banda oeste de la calle 30 de Marzo, distante 80 m al sur de la esquina formada con la Berto Arvelo, Santo Domingo. Fue premiada en el concurso municipal de fachadas (LD, 4-1-1912). La competencia estaba especificada por el reglamento preparado por el Ayuntamiento, aprobado el22 de febrero de 1910 (ET, 23-2-1910). Era menester que los interesados depositasen en la Secretaría Municipal, a más tardar el 15 de diciembre, plano y fotografía de las fachadas con que concurrían, indicando la calle y el número de las casas [Art. 4] (ET, 11 11-1910).

En la espaciosa edificación fue instalada la clínica quirúrgica de Francisco H. Rivero, otorrinolaringólogo venezolano, inaugurada el 3 de diciembre de 1916 (LD, 2-12-1916). El hospital permaneció en la casa Amadeo Rodríguez hasta el 1920 (LD, 2-12-1920).

Enrique Penson: Arquitectura dominicana 1906-1950, tomo I. Impresora Medyabite, Santo Domingo, 2005. pp. 338.

Casa Amadeo Rodríguez 1911

Dos aspectos del mismo edificio: la foto superior, del 2004, la inferior, del 2007. Al deterioro "natural" se le agrega el atenazamiento entre los residenciales y las necesidades cada vez más crecientes de parque por parte de la Compañía Dominicana de Teléfonos, que ya ha barrido con casi toda la manzan que le queda enfrente a este edificio de Osvaldo Báez.

 

Ediciones CIELONARANJA, oct 2008 ::: webmaster@cielonaranja.com