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Franklin Mieses Burgos
(Santo Domingo, 4 de diciembre 1907 - 11 de diciembre 1976)

Paisaje con un merengue al fondo > Elegía por la muerte de Tomás Sandoval > Esta canción estaba tirada por el suelo

PAISAJE CON UN MERENGUE AL FONDO

Por dentro de tu noche
solitaria de un llanto de cuatrocientos años;
por dentro de tus noches caídas entre estas islas
como un cielo terrible sembrado de huracanes;
entre la caña amarga y el negro que no siembra
porque no son tan largos los cabellos del agua;
inmediato a la sombra caoba de tu carne:
tamarindo crecido entre limones agrios;
casi junto a tu risa de corazón de coco;
frente a la vieja herida violeta de tus labios
por donde gota a gota como un oscuro río
desangran tus palabras
lo mismo que dos tensos bejucos enroscados
bailemos un merengue
un furioso merengue que nunca más se acabe.

-¿Qué somos indolentes? ¿que no apreciamos nada?
¿Qué únicamente amamos la botella de ron,
la hamaca en que holgazando quemamos el andullola
del ocio en los cachimbos de barro mal cocidos
que nos dio la miseria para nuestro solaz?

Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue que nunca más se acabe,
bailemos un merengue hasta la madrugada;
entre ajíes caribes de caricias robadas,
cabe cielos ardidos de fuego de aguardiente
bajo la blanca luna redonda de cazabe.

Que ya me están urdiendo de caminos reales
los nísperos canelas de tus propios racimos,
y no sé de qué soles tropicales me vienen
todas estas violentas viscerales urgencias
de querer cimarronas mordices de sombra.

-¿Que hay muchos que aseguran
que aquí, entre nosotros,
la vida tiene el mismo tamaño que un cuchillo?

¿Que nuestra gran tragedia como país empieza
desde cuando aprendimos a tocar el bongó?
¿Que el acordeón y el güiro han sido los peores
consejeros agrarios de nuestros campesinos?

Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue que nunca más se acabe,
bailemos un merengue hasta la madrugada:
que un hondo río de llanto tendrá que correr siempre
para que no se extinga la sonrisa del mundo.

-¿Qué el machete no es sólo en nuestras propias manos
un hierro de labranza para cavar la tierra
pequeña del conuco, sino que muchas veces
se ha convertido en pluma para escribir la historia?

Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue que nunca más se acabe,
bailemos un merengue hasta la madrugada:
que ya no serán sólo tus manos olvidadas
dos sonámbulas rutas de futuras vendimias
sobre una tierra brava;
ahora te daremos otras maternidades
fecundas de distintas raíces verticales.

-¿Que fuimos y que somos los mismos marrulleros
los mismos reticentes del pasado y de siempre?
¿Que dentro de la escala de los seres humanos
hay muchos que suponen que nosotros no vamos
más allá del alcance de un plato de sancocho?

Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue
de espaldas a la sombra de tus viejos dolores,
más allá de tu noche eterna que no acaba,
frente a frente a la herida violeta de tus labios
por donde gota a gota como un oscuro río
desangran tus palabras.

Bailemos un merengue hasta la madrugada:
el furioso merengue que ha sido nuestra historia.


ELEGÍA POR LA MUERTE DE TOMÁS SANDOVAL

¿Quién ahora, llorando,
te alzará desde el fondo solitario del mar,
para sólo pensar desesperadamente
en el vidrio desnudo de tu limpia sonrisa,
o en aquella tu carne color de azúcar parda,
después que los peces hambrientos se comieron
el último paisaje de sol que había en tus ojos?
¿Quién ahora, llorando,
te alzará desde el fondo solitario del mar?
¡Oh príncipe mulato de la verde escafandra!
¡Tronco joven de ceiba y corazón de nardo!
Después que la muerte dejó sobre tus sienes
una polar caricia de puñales de hielo...

Por esos ojos tuyos -dolor- por esos ojos
tan llenos de luceros distantes y neblinas.
Por esos ojos tuyos
derramarán su llanto de alero las palomas;
la noche que te clama sin cesar desde el cielo
colgará sus crespones de sombras ateridas
sobre un mundo salobre de guitarras y lonas.
Pero tú desde el fondo ñola podrás mirar.
No la podrás mirar porque ya se habrá ido
el alba que alumbraba por dentro de tus ojos
de terciopelo oscuro:
porque ya se habrá ido sin campanas tu vida
hacia una madrugada de sal y caracoles,
más allá de la noche liviana de las algas,
a donde -todavía-
la luna no ha podido llegar para mirarte
definitivamente dormido bajo el agua.

¡Arena y sólo arena
para el ancla caliente de tus ingles desnudas-,
para tus ojos, sombras de los corales mudos!

¡Arena y sólo arena
para enterrar tus sueños marítimos
de nubes y de gaviotas blancas,
sobre un cielo de coco nublado de sardinas!

¡Arena y sólo arena
para hundirte en tu inmenso silencio terminado
entre besos impuros de hermafroditas peces!

¡Ay! ¡Que ya no habrá más música marina de acordeones
en tu lecho de limos y pleamares eternos!
Sin un puerto posible para tu despedida,
en la noche se fueron llorando las estrellas.

Querida entre tus brazos, habrás tenido sólo
una coquetería de manatíes hembras,
porque ya las abejas que anidaban tus labios
se habrán llevado toda la cera de tus besos.

¡Oh amante ineludible para quien la marisma
tendía el más oculto fluir de sus mareas!
¿Qué has hecho con el rostro pálido de las lunas
caídas en el fondo solitario del mar?
¿Qué has hecho con el rostro de amor de aquellas lunas?
¿Traslúcida y radiante como un cristal muy fino
deambulará tu sombra en torno de estas islas caribes que te dieron
ese estupor de cielo mojado de aguardiente?
¿Quién ahora dolido escuchará tu voz herida de violentas,
y le dará a tu gesto de varón suicida
todos los crisantemos crecidos en la tarde?

En litoral amargo de llanto sin pañuelos
las verdes hojas anchas sacudidas
por tropicales ráfagas de horno,
te están diciendo adiós,
y tú no miras...

ESTA CANCIÓN ESTABA TIRADA POR EL SUELO

Esta canción estaba tirada por el suelo,
como una hoja muerta,
sin palabras.

La hallaron unos hombres que luego me la dieron,
porque tuvieron miedo de aprender a cantarla.

Yo entonces ignoraba que también las canciones,
como las hojas muertas,
caían de los árboles.

Ni sabía que la luna se enredaba en las ramas
náufragas que sueñan bajoe cristal del agua,
ni que comían los peces
pedacitos de estrellas
en el silencio de las noches claras.

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales
que eran todas posibles
en la tierra del viento.

En donde la leyenda no es una hierba mala
crecida en sus riberas,
sino un árbol parido de léxicos azules
con los cuales dialogan
las sombras y las piedras.

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales
cuando aún no era mía
esta canción hallada tirada por el suelo,
como una hoja muerta,
sin palabras.

Pero ahora ya sé de las formas distintas
que preceden al ojo
de la carne que mira.

Y hasta puedo decir, por qué caen de rodillas,
en las ojeras largas
que circundan la noche,
las diluídas sombras de los pájaros...