¿Historiografía
versus novela histórica?
Roberto Marte
La novela histórica tradicional
dominicana apareció en las últimas décadas del siglo XIX con cierto
retraso respecto a sus congéneres del mundo occidental, e inclusive,
de algunos países latinoamericanos. En cuanto a sus autores, ninguno
se había ocupado antes de las lides del novelar hasta su debut en este
género narrativo que usufructuó la pantalla de la historia para transparentar
su visión de una época.
Lo que salta a la vista, empero,
es que el fuerte de su interés no radica en novelar los asuntos del
pasado con el riguroso apego de la práctica historiográfica a los hechos
registrados en las fuentes históricas, de tal modo que la novela pudiera
sustituir la historia, sino con el fin de enriquecerlos, aprovechando
su fuerza evocadora en los términos del historical romance, cuya
forma -más notablemente en su manifestación hispánica- era la más idónea
para recrear el universo estético del costumbrismo y de la tradición
romántica.
Mas como la historiografía, la
novela histórica tradicional también exteriorizó una visión moral y
política del momento acorde a su propósito de construir -materializada
en episodios- una imagen nacional del pasado ("la idea de la
patria") por cuyo medio este se convirtió en un epos en el
que acabaron mirándose sus lectores a la hora de ajustar cuentas con
el dedo de Clío a los hechos e ideas coetáneos. Porque el devenir de
las vidas privadas de los protagonistas de la novela histórica -cuya
certeza no siempre estuvo autentificada por los testimonios históricos-
a que aludía la argumentación de sus relatos se remontaba en cada obra
a un pasado colectivo cuya imagen novelada percibía el lector no sólo
como algo suyo, sino también como una trama de hechos verdaderos. De
aquí que cuando en la sociedad dominicana de la segunda mitad del siglo
XIX se va gestando este proceso de intelección de la idea nacional o
conciencia de la propia historicidad que llegó a su fin en 1873, como
refiere Pedro Henríquez Ureña, o en 1884, según Alcides García Lluberes,
la novela histórica tradicional estaba en proceso de hacerse.
Fruto de dicha circunstancia,
que tanto se asemeja a la del género historiográfico prevaleciente por
aquellos años, para recuperar el pasado como queda dicho, la novela
histórica tradicional incorpora una forma de conocimiento, de saber
histórico, y una construcción discursiva que dependía de la pluma de
los historiadores, aun cuando estuviera regida por cánones compositivos
propios.
Había por tanto de esperarse que,
tomando como modelo la práctica historiográfica corriente, la novela
histórica no vacilase en reclamar a sus lectores confianza en la certeza
del acontecer histórico que fluye en su relato y en torno al cual emplaza
-y no como un simple telón de fondo- su argumento, si bien su exposición
de los hechos no hubiera sido en la práctica el resultado directo de
la verificación y de un estudio del valor del documento.
César Nicolás Penson (aunque Cosas
añejas sigue más bien las pautas de un género de la prosa distinto
al de la novela y que tuvo más fortuna en la literatura dominicana:
la narración de cuadros tradicionales) y, hasta cierto punto, Federico
García Godoy, parecen haber rastreado con espíritu investigador la memoria
oral de ciertos hechos, pero más con el propósito de evocarlos que de
presentar su realidad concreta objetivamente. Manuel de Jesús Galván
en cambio depende mucho de los cronistas de Indias, empero el Zusammenhang
imaginario de los hechos fruto de su propia cosecha hubiera sido inadmisible
inclusive para el razonamiento analógico de la historiografía dominicana
de los años 80.
Esto no quiere decir que la novela
histórica se base en dos instancias yuxtapuestas, la de la ficción que
alimenta la trama de lo propiamente novelesco y la de la historia, cuya
función sería la de situar espacial y temporalmente los sucesos ficticios
narrados e insuflarles la legitimidad de una experiencia efectivamente
transcurrida.
Sin duda esta segmentación en la
estructura misma de la novela histórica no puede servir para aproximarnos
al tema. Convendría más bien observar que si bien el novelista histórico
no se interesa primordialmente en relatar la historia de los historiadores,
para el mismo la novela histórica no implica ningún distanciamiento
de la historia, la cual además de conocer muy bien (como es sabido,
entre otros, de Galván y García Godoy) también trata de comprender y
asumir, a través de las aventuras en que aparecen complicados los protagonistas
de la novela, con sentido patriótico.
Empero hay que reparar que el novelista
histórico no prescinde del presente para el que escribe cuando se abandona
a la narración del pasado como vanamente exigía la praxis historiográfica:
una disposición psicológica casi mística apropiada para asumir con absoluta
independencia de las parcialidades contemporáneas el estudio del pasado
dando a conocer las causas de sus fenómenos. Acaso la práctica de los
autores decimononos de novelas históricas de no acudir directamente
a los testimonios históricos, para el tratamiento literario de sus temas
los condenaba -vis a vis el concepto erudito tradicional de la historia-
a un limbo de subjetividad del cual el pasado sólo podía ser sacado
por las construcciones realistas de los historiadores. Y en efecto,
parece que estos establecieran una frontera divisoria entre sus obras
y las de los novelistas históricos, a quienes parecían no reconocer
competencia para explorar la verdad histórica como, por ejemplo, se
desprende de la actitud algo desdeñosa de José Gabriel García respecto
a Manuel de Jesús Galván en una célebre controversia sobre Santana y
la batalla de Azua ventilada en la prensa en 1889.
A lo largo de los dos o tres decenios
siguientes dicha tensión entre la historiografía y la ficción histórica
se acentuó gracias al giro documentalista en el trabajo historiográfico
(Lugo, Utrera, García Lluberes, Coiscou Henríquez, etc.), al tiempo
que la inclinación al realismo y al naturalismo de la novela de la tierra
iba desplazando el topos historicista como símbolo romántico y desechando
los artificios eruditos del punto de vista de los nuevos narradores.
El
Siglo, 05.05.01