LETRAS PENSAMIENTO SANTO DOMINGO MIGUEL D. MENA EDICIONES

Pedro Mir
(San Pedro de Macorís, 3 de junio 1913 - Santo Domingo, 11 de julio 2000)

CONTRACANTO A WALT WHITMAN

Canto a nosotros mismos

 

 

 

Contracanto a un célebre poema

de Walt  Whitman publicado en 1855

con el título de  Canto a mí mismo"

 

 


 

Yo, maestro Gonzalo de Berceo, nomnado...

(siglo XIII)

 

Yo, Walt Whitman, un cosmos,

un hijo de Manhattan...

"CANTO A MÍ MISMO"

(Song of myself)

 

Pável perdió la sensación de individualidad. Todos aquellos días estaban saturados de cruentos combates. Korchaguin se fundió en la masa y, como cada uno de los combatientes, pareció haber olvidado la palabra "yo" quedando únicamente "nosotros": nuestro regimiento, nuestro escuadrón, nuestra brigada.

N. Ostrovsky: ASÍ SE TEMPLÓ EL ACERO.

 


 

Yo,

       un hijo del Caribe,

precisamente antillano.

Producto primitivo de una ingenua

criatura borinqueña

                                 y un obrero cubano,

nacido justamente, y pobremente,

en suelo quisqueyano.

Recorrido de voces,

lleno de pupilas

que a través de las islas se dilatan,

vengo a hablarle a Walt Whitman,

un cosmos,

                     un hijo de Manhattan.

Preguntarán

                     ¿quién eres tú?

                                                Comprendo.

Que nadie me pregunte

quién es Walt Whitman.

Iría a sollozar sobre su barba blanca.

Sin embargo,

voy a decir de nuevo quién es Walt Whitman,

un cosmos,

                   un hijo de Manhattan.

 

 

1

 

 

Hubo una vez un territorio puro.

Árboles y terrones sin rúbricas ni alambres.

Hubo una vez un territorio sin tacha.

Hace ya muchos años. Más allá de los padres de los padres

las llanuras jugaban a galopes de búfalos.

Las costas infinitas jugaban a las perlas.

Las rocas desceñían su vientre de diamantes.

Y las lomas jugaban a cabras y gacelas...

 

Por los claros del bosque la brisa regresaba

cargada de insolencias de ciervos y abedules

que henchían de simiente los poros de la tarde.

Y era una tierra pura poblada de sorpresas.

Donde un terrón tocaba la semilla

precipitaba un bosque de dulzura fragante.

Le acometía a veces un frenesí de polen

que exprimía los álamos, los pinos, los abetos,

y enfrascaba en racimos la noche y los paisajes.

Y eran minas y bosques y praderas

cundidos de arroyuelos y nubes y animales.

 

 

2

 

 

(¡Oh, Walt Whitman de barba luminosa...!)

Era el ancho Far-West y el Mississippi y las Montañas

Rocallosas y el Valle de Kentucky

y las selvas de Maine y las colinas de Vermont

y el llano de las costas y más...

                                                   Y solamente

faltaban los delirios del hombre y su cabeza.

Solamente faltaba que la palabra

                                                     mío

penetrara en las minas y las cuevas

y cayera en el surco y besara la Estrella

Polar. Y cada hombre

                                    llevara sobre el pecho,

bajo el brazo, en las pupilas y en los hombros,

su caudaloso yo,

                            su permanencia

en sí mismo,

y lo volcara por aquel desenfrenado territorio.

 

 

3

 

 

Que nadie me pregunte

quién es Walt Whitman.

A través de los siglos

iría a sollozar sobre su barba blanca.

 

He dicho que diré

                             y estoy diciendo

quién era el infinito y luminoso.

                                                    ¡Walt Whitman,

un cosmos

                  un hijo de Manhattan!

 

 

4

 

 

Hubo una vez un intachable territorio puro.

Solamente faltaba que la palabra

                                                     mío

penetrara su régimen oscuro.

                                               Sin embargo,

el yo que iba a decirla estaba allí

                                                    pero cogido

como un pez

                      en su red de costillas.

Estaba

            pero interno, pero adusto y confinado

y amaba y deshojaba sus novias amarillas.

Afuera estaba el firme sistema de la Ley.

Estaba la celosa

                           regulación de la conducta.

La Ley del algodón, la Ley del sueño,

la Ley inglesa, dura y definitiva.

                                                   Y apenas

un breve yo surgía entre dos párpados,

se iluminaba d cumplimiento de la Ley.

Y entonces,

cada cual derogaba su yo desestimado

entre el musgo, la sombra, la amapola

y el buey.

 

 

5

 

 

Y un día

(¡Oh, Walt Whitman de barba insospechada...!)

al pie de la palabra

                                yo

resplandeció la palabra

                                      Democracia.

Fue un salto.

                      De repente

el más recóndito yo

encontró su secreto beneficio.

Libertad de Trabajo.  Libertad de Conciencia.

Libertad de Palabra.  Libertad de Camino.

Libertad de aventura, proyecto y fantasía.

Libertad de fracaso, de amor y de apellido.

Libertad sin retorno ni vértices ni orugas.

Libertad de quererme y mirarme en su pupila.

Libertad de la dulce asamblea que tengo en mi corazón

  contigo y con toda la infinita humanidad que rueda a través

     de todas las edades, los años, las tierras, los países,

         los credos, los horizontes... y fue

            la necesaria instalación del júbilo.

Las colinas desataron luceros y luciérnagas.

Las uvas se embriagaron de vino y de perennidad.

En todo el territorio

se hizo la gran puerta de la oportunidad

y todo el mundo tuvo acceso a la palabra

                                                                  mío.

 

 

6

 

 

¡Oh, Walt Whitman, tu barba sensitiva

era una red al viento!

Vibraba y se llenaba de encendidas figuras

de novias y donceles, de bravos y labriegos,

de ruidos mozalbetes camino del riachuelo,

de guapos con espuelas y mozas con sonrisa,

de marchas presurosas de seres infinitos,

de trenzas o sombreros...

Y tú fuiste escuchando

camino por camino

golpeándoles el pecho

palabra con palabra.

¡Oh, Walt Whitman de barba candorosa,

alcanzo por los años tu roja llamarada!

 

 

7

 

 

Los hombres avanzaron con su suerte

robusta y masculina,

                                  sudorosa. Pilotearon los barcos

y los días. En la ruta pelearon con los indios

y las indias. En las noches contaron sus historias

y ciudades. En la brisa colgaron sus camisas

y caminos. En los valles pusieron diligencias

y ciudades. En la brisa colgaron sus camisas

y el olor de los pechos procedentes del hacha

y a veces se extraviaron en las sombras

de un vientre de muchacha...

Aquel territorio fue creciendo hacia arriba

y hacia abajo.

                       Rascacielos

                                           y minas

se iban alejando de la tierra,

                                              unidos y distantes.

Los más fuertes, los más iluminados, los más

capaces de violar un camino, fueron adelante.

Otros quedaron atrás. Pero la marcha

seguía sin sosiego, sin volver la mirada.

Era preciso

                   confianza en sí mismo.

Era preciso

                    fe.

Y suavemente se forjó la canción:

yo el cow-boy y yo el aventurero

y yo el pioneer y yo el lavador de oro

y yo Alvin, yo William con mi nombre y mi suerte de barajas,

y yo el predicador con mi voz de barítono

y yo la doncella que tengo mi cara

y yo la meretriz que tengo mi contorno

y yo el comerciante, capitán de mi plata

y yo

         el ser humano

en pos de la fortuna para mí, sobre mí,

detrás de mí.

                      Y con el mundo entero

a mis pies, sometido a mi voz,

recogido en mi espalda

y la estatura de la cordillera yo

y las espigas de la llanura yo

y el resplandor de los arados yo

y las orillas de los arroyos yo

y el corazón de la amatista yo

y yo

         ¡Walt Whitman,

                                    un cosmos,

un hijo de Manhattan...!

 

 

8

 

 

¡Secreta maravilla de una historia que nace...!

Con aquel ancho grito

fue construida una nación gigante.

Formada de relatos y naciones pequeñas

que entonces se encontraban como el mundo

entre dos grandes mares...

Y luego

se ha llenado de golfos, islotes y ballenas,

esclavos, argonautas y esquimales...

Por los mares bravíos

empezó a transitar el clíper yanqui,

en tierra se elevaron estructuras de acero,

se escribieron poemas y códigos y mármoles

y aquella nación obtuvo sus ardientes batallas

y sus fechas gloriosas y sus héroes totales

que tenían aún entre los labios

                                                  la fragancia

y el zumo

                 de la tierra olorosa con que hacían su pan,

                 su trayecto y su equipaje...

Y aquella fue una gran nación de rumbos y albedrío.

Y el yo

            —la rotación de todos los espejos

sobre una sola imagen—

halló su prodigioso mensaje primitivo

en un inmenso, puro, territorio intachable

que lloraba la ausencia de la palabra

                         mío.

 

 

9

 

 

Porque

   ¿qué ha sido un gran poeta indeclinable

       sino un estanque límpido

          donde un pueblo descubre su perfecto semblante?

¿qué ha sido

                 sino un parque sumergido

                    donde todos los hombres se reconocen

                        por el lenguaje?

¿y qué

            sino una cuerda de infinita guitarra

               donde pulsan los dedos de los pueblos

                  su sencilla, su propia, su fuerte y

                     verdadera canción innumerable?

Por eso tú, numeroso Walt Whitman, que viste y deliraste

la palabra precisa para cantar tu pueblo,

que en medio de la noche dijiste

                                                     yo

y el pescador se comprendió en su capa

y el cazador se oyó en mitad de su disparo

y el leñador se conoció en su hacha

y el labriego en su siembra y el lavador

de oro en su semblante amarillo sobre el agua

y la doncella en su ciudad futura

                                                     que crece y que madura

bajo la saya

y la meretriz en su fuente de alegría

y el minero de sombra en sus pasos debajo de la patria...

cuando el alto predicador, bajando la cabeza,

entre dos largas manos, decía

                                                 yo

y se encontraba unido al fundidor y al vendedor

y al caminante oscuro de suave polvareda

y al soñador y al trepador

y al albañil terrestre parecido a una lápida

y al labrador y al tejedor

y al marinero blanco parecido a un pañuelo...

Y el pueblo entero se miraba a sí mismo

cuando escuchaba la palabra

                                               yo

y el pueblo entero se escuchaba en ti mismo

cuando escuchaba la palabra

yo, Walt Whitman, un cosmos,

un hijo de Manhattan...

Porque tú eras el pueblo, tú eras yo,

y yo era la Democracia, el apellido del pueblo,

y yo era también Walt Whitman, un cosmos,

un hijo de Manhattan...!

 

 

10

 

 

Nadie supo qué noche desgreñada,

un rostro frío, de bajo celentéreo,

se halló en una moneda. Qué reseco semblante

se pareció de pronto a un círculo metálico y sonoro.

Qué cara seca vio en circulación de mano en mano.

Qué seca boca dijo de pronto

                                                yo

y empezó a conjugarse, a cumplirse y a multiplicarse

en todas las monedas.

En monedas de oro, de cobre, de níquel,

en monedas de manos, de venas de vírgenes,

de labradores y pastores, de cabreros y albañiles.

Nadie supo quién fue el desceñido primero.

Mas se le vio una mañana adquirir el crepúsculo.

Mas se le vio otra mañana comprar la conciencia.

Y del fondo de los ríos, de los barrancos, de la médula

de los arbustos, del filo de las cordilleras,

pasando por torrentes de sudor y de sangre,

surgieron entonces los Bancos, los Trusts, los monopolios,

las Corporaciones... Y, cuando nadie lo supo,

fueron a dar allí la cara de la niña y el corazón

del aventurero y las cabriolas del cow-boy y los anhelos

del pioneer... y todo aquel inmenso territorio

empezó a circular por las cajas de los Bancos, los libros

de las Corporaciones, las oficinas de los rascacielos,

las máquinas de calcular...

y ya:

se le vio una mañana adquirir la gran puerta de la  

   oportunidad

y ya más nadie tuvo acceso a la palabra mío

y ya más nadie ha comprendido la palabra yo.

 

 

11

 

 

Preguntadlo a la noche y al vino y a la aurora...

Por detrás de las colinas de Vermont, los llanos de

     las costas,

por el ancho Far-West y las Montañas Rocallosas,

por cl valle de Kentucky y las selvas de Maine.

Atravesad las fábricas de muebles y automóviles, los    

    muelles,

las minas, las casas de apartamientos, los ascensores

   celestiales,

los lupanares, los instrumentos de los artistas;

buscad un piano oscuro, revolved las cuerdas,

los martillos, el teclado, rompedle el arpa silenciosa

y tiradla sobre los últimos raíles de la madrugada...

Inútilmente.

No encontraréis el limpio acento de la palabra

 yo.

Quebrad un teléfono y un disco de baquelita,

arrancadle los alambres a un altoparlante nocturno,

sacad al sol el alma de un violín Stradivarius...

Inútilmente.

No encontraréis el limpio acento de la palabra

yo.

(¡Oh, Walt Whitman, de barba desgarrada!)

¡Qué de rostros caídos, qué de lenguas atadas,

qué de vencidos hígados y arterias derrotadas...!

No encontraréis

más nunca

                    el acento sin mancha

de la palabra

                      yo.

 

 

12