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JOSEFINA BÁEZ VIO ÁNGELES RIÉNDOSE.
Miguel D. Mena

 

Ya estamos ahí aunque la poesía tarde: el siglo XXI, con la bolita del mundo cada vez más pequeña y rápida en sus voliciones, con las identidades cada vez menos y mas, porque al final, ¿qué somos?
Gracias a Josefina Báez y su poemario “Comrade, Bliss ain’t playing” (“Camarada, con la felicidad no se juega”, 2008), podemos decir: somos ese haz de luz, por ahora despegado de la Romana pero donde la tierra será una referencia y la constitución de seres siempre “otros” la meta posible.
Performancera, poeta, actriz, bailarina, devota, maestra, Josefina Báez es un cometa. Ya la conocíamos por “Aquí ahora es Manhattan. Alla antes La Romana. Manhattan there. Here Now La Romana” (1999), y por dos textos del 2000: “Poems”, una separata de la Revista Callaloo , y su obra más conocida, “Dominicanish”.
“Comrade, Bliss ain’t playing” ahora nos asalta. Como si insistiera en esa vocación de sacar el famoso conejo del sombrero, Báez ahora se expresa en inglés y nos desacostumbra de su celeridad insular. A diferencia de sus anteriores propuestas poéticas, el texto que ahora nos presenta es un nuevo “milestones”. Escrito en inglés, al principio lo asumimos como un libreto de performance. Al adentrarnos en sus aguas, sin embargo, lo que parecían evocaciones más propias del festival de Woodstock con el maestro Shankar al fondo se convierte en un canto lento, tranquilo, pero firme en sus avances.
La poeta logra zafarse de esa marca de “ehtno writer” que a veces no nos permite dejar la bendita palma en la nevera. Báez va armando su paisaje bíblico y védico, romanense y del West Side, entre la caña y el incienso, consciente de que el viajero sólo tiene su sombra y que el problema será solamente decidirse si la misma viene desde atrás o viceversa.
“Comrade, Bliss ain’t playing” es un raga póetico. Todo está tranquilo esta noche, como en el poema de Mathew Arnold. Su viaje no es una línea: es una miríada de rayas donde lo único continuo es el tono de la voz. El globo eclosiona. El sujeto está demasiado sujeto. Sólo el vuelo rasante sobre nuestro pasado puede permitirnos reorientar las brújulas de lo que está enfrente. Báez hace chocar a veces las palabras en inglés con la lógica del castellano. Lo que sale son galleticas chinas hechas en casa. La suerte es el reverso de la bondad. La dureza del mundo sólo puede revertirse cuando el corazón no sólo es una masa bombeando sangre sino un impulso hacia los abrazos.  Pero Báez no enseña: muestra. No está arriba: es más, sólo “es”. Báez está con Rumi pero no descuida a Naomi Klein: La bondad tiene que ser aquí y ahora. “Comrade, Bliss ain’t playing” es un poemario indispensable para el motor fuera de borda que algún día le pondremos a la isla. Báez, por si no lo sabían, ha visto ángeles riéndose.

 

 


Página de Josefina Báez

Sophie Maríñez: Dominicanish, de Josefina Báez, la translocalización de los símbolos