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Y CON USTEDES, JOSEFINA BÁEZ, DE LA ROMANA AL INFINITO.
Miguel D. Mena

 

Los que se fueron pudieron ver lo dejado. No cruzaron el charco, como dice: se lo llevaron. No se fueron: acarrearon una época, una maleta de palabras, una imagen de la Isla que se fue yuxtaponiendo a la Isla que remachaban allá en el Norte, a la Isla de la que se enteraban en la prensa, a la Isla que otros insulares tomaron consigo y luego fue el desbarajuste de islas de todo el mundo.

Para conocer el país dominicano en sus bordes más intensos hay que tirar una hoja a la izquierda y advertir el otro corazón de la creatividad local. Estaremos frente a Nueva York. Si buscamos un nombre que sintetice la variedad de nuestros colores, que nos tense más que la mejor tambora, hay que caer en un nombre: Josefina Báez.

Nacida en la Romana en 1960, emigrada a Nueva York en los setenta, Josefina Báez es la artista más total que hemos temido, la que geográficamente ha llegado más lejos y quien más intensamente resume aquella gravedad del rectángulo de agua del que hablaba Lezama Lima.

Poeta, bailarina, actriz, especialista en performance, interventora del espacio urbano, investigadora de danzas rituales orientales y con seguridad que con algunas veleidades místicas, Josefina ha sabido hurgar lo que es la consecuencia de ser Isla en la Gran Manzana.

Su mundo mítico, el punto donde descansa su gravedad, sin embargo, es la Romana, tanto como lo fue Moca en los textos de Aída Cartagena Portalatín.

En su autorretrato más reciente nos confiesa que es

“la que atrasa la raza; la que su funeral no durará ni 1 hora; la que no deja ninguna pagina en blanco; la dominicanyork; sin diplomas; la que no se parece a ella en la foto del pasaporte”.

En ese conjunto de pieles que va desatando, que crea, recrea y estira, está el ser rural y postmoderno a la vez bajo el techo que ofrece el ser romanence, mezcla de cañaverales y sueño turístico, cuadro donde coincide la vieja y dura historia que arrastra y el sueño con el que queremos sobrevivir, el de las playas más bellas y sí, lo más bello que hayan visto ojos humanos, para seguir con aquella utopía turística del Gran Almirante.

Antes y después y sobre todo, está la condición femenina, el de ser mujer negra, el de explorarse en una miríada de otredades a la que obliga el ser, el estar y el salir a la calle en una ciudad como Nueva York. Y aún más, el seguir potenciando esa multitplicidad de rostros al ir ampliando el estadio de su cotidianidad con giras tan extremas como aquellas que la conducena Nueva Zelandia, Chile o Dinamarca, a donde ha llevado sus talleres de danza o por donde ha pasado y sido y quién sabe si desgarrado y en su cofre interior siempre la ínsula, la picazón que dejará la caña, la frescura de las palabras de la mamá, los hermanos, el barrio.

Su poemario “Dominicanish” (2000) es el texto que recoge la puesta en escena de una niña que se enfrenta al desarraigo del idioma, que en el caso suyo, fue el estar surfeando entre máscaras, rostros y posibilidades de ser y de ser y de ser sin necesidad de un matamoscas o llamadas a los bomberos.

Al leer éste y otros textos suyos se pasa revista a todo aquello que comienza con aquel slogan de “cógele el paso al 70” hasta cualquier tecno-bachata en la calle 42, sea en Nueva York o en el Ensanche La Fé.

El nervio de su poesía podría ubicarse en ese decir como gritando, en una atención a lo lúdico que es al mismo tiempo celebración de la cultura popular.

“Dominicaras Dominicosas” es una puesta en escena de Johnny Pacheco, más que allá que de aquí, y sin embargo, sus canas sirven para filtrar esas luces que le sobran a este Caribe tan harto de sol y lluvia y maracas y palmas.

Josefina Báez gusta de los mitos urbanos con los que alguien se estará quitando el sombrero en la calle 107. El campo está en todas partes porque siempre habrá la osadía de abrir la ventana y dejar que el viento circule. En su poema “No. No me callo na’ porque esta boca e’mía” leemos:

 “Y hay unas miradas  en los ojos de pocos por lo que seguir y regresar es vital. It’s all valid. It’s all worthy. Ellos que conocen mi apodo. Ellos que me llaman la más Chiquita de Los Prietos.
Y sus silencios son mi voz.
Y muero lejos. Y ni mis cenizas se confundirán con la cachispa de la zafra.
Yo. Mi propia ciudad.  Yo. Otra negra más de La Romana.”

Poesía para representarse, exploración de los dominicanismos, gravedad a la hora de darle rienda suelta a ese acordeón ahíto con palmeras y motoconchos, la sensibilidad de Josefina Báez frente al sonido y a las palabras nos revela a una autora sensible a lo mínimo y  a las yuxposiciones, a la ironía y a la magia de los saltos por los aires, sí, eso es la lucha libre, querida Josefina.

En el panorama de la literatura dominicana contemporánea su caso es único: ni intenta deslumbrar con sus conocimientos poéticos ni borda los consabidos trajes de Penélope.

Josefina Báez trata el ser y no se detiene en las anécdotas físicas del estar.

Evidentemente es mujer, es negra, es latina. Eso es lo visible. Su viaje, sin embargo, va a contracorriente. No se niega a esta realidad, pero no se reduce a esa tiranía de las formas. Su rostro no está en primer plano. Trasciende con ello todo ese principio narcisista tan velado con el que la mayoría de las poetas de ese talante hacen carrera en el Primer o en cualquier Mundo. La realidad que recrea Josefina Báez es más temporal que espacial, más partícipe de una historia que la constatación de una tierra específica.

Nadie sabe por dónde irán sus poemas, razón más que obligatoria para tener que leerlos, sintiendo esa sensación de salto, de jalón brusco por alguna zona de la memoria, el sonrojarse porque está la conversación de la bodega, el subway, algún colmado clandestino. Es como si en momentos estuviésemos frente a alguna yegua que alguien incluyera en un paisaje de Edward Hooper o quién sabe si aquellos negritos en un concierto de Vivaldi, si es que seguimos gozando y extrapolando las ocurrencias de un Carpentier en “Concierto barroco”.

Lo de Josefina Báez es el pastiche, la noción del ritmo en cada estrofa, la necesidad de respirar el poema, de sentirla a ella como una Anaísa full de tó, una prima de alguna Gunguna u otra diosa de la mitología terrorífica de Luis Días.

Confieso, casi con vergüenza, que sólo una vez he pasado por la Romana y ha sido para un concierto de Chavón. Al leer estos poemas de Josefina Báez, la Romana ya no sólo es ese mundo de los extremos, que se podría trenzar entre un motoconcho y un carrito de golf: La Romana ha entrado a una dimensión mítica, tal vez como ni siquiera la tiene Santo Domingo.

Josefina Báez está viajando de la Romana al infinito. Al leerla no hay que estar escarbando en influencias o escuelas ni ninguna otra ornamentación. Ella saca sus poemas de los huesos, de las noches, de esos cuerpo que si bien no sudan porque el aire está buenísimo, si sienten que el agua de esta isla pesa y a veces pesa muchísimo.

 

 

 


Página de Josefina Báez

Sophie Maríñez: Dominicanish, de Josefina Báez, la translocalización de los símbolos