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EN MI BARRIO HAY VIDA: VIH/SIDA, GRAFFITI Y PODER JUVENIL EN SANTO DOMINGO

E. Antonio de Moya [*] , Luis Barrios [†] , Lino Castro [‡] , Víctor Peña [§] , Luis Alberto Jiménez [**]


 

  FLACSO

 

  Palabras clave: Naciones juveniles, exclusión, ciudadanía, graffiti, VIH/SIDA

 

 

Este trabajo presenta los hallazgos preliminares de un proyecto de investigación-acción participativa realizado con líderes y miembros de “naciones” o pandillas juveniles (12-24 años de edad) de clase popular en dos barrios marginados de Santo Domingo, República Dominicana (RD), entre 2004 y 2006. El mismo ha sido continuado hasta hoy con el esfuerzo denodado de esos/as jóvenes, por lo que puede considerarse una práctica óptima en la intervención con las culturas juveniles. Para entender mejor este reporte, es necesario señalar que los tres pecados capitales de la sociedad dominicana, en ese orden, son: ser pobre, ser joven, y ser negro. En el discurso de la clase dominante, estas tres características convierten automáticamente al dominicano, principalmente al varón, en un “tíguere” [1] , “malviviente”, “infeliz” o “lumpen”. Un ser, en otras palabras, al que se le mantiene excluido y se le niega el derecho a la vida, por estas tres sencillas razones. Sobre las durezas de la vida de estas bisoñas personas trata este artículo.

Durante 24 meses, entre agosto de 2004 y agosto de 2006, el Consejo Presidencial del SIDA (COPRESIDA) auspició técnica y financieramente una estrategia experimental de campo en torno a la acción preventiva del VIH/SIDA. La misma usó como herramienta principal para la promoción de la participación, la movilización y el cambio social, técnicas de concienciación y comunicación comunitaria alternativa basadas en la elaboración de mensajes educativos realizados como proyectos de artes populares –principalmente graffiti, música y teatro. (Ver Conquergood 1997).

Miembros de ambos sexos de 20 naciones de la cultura de la calle fueron adiestrados/as por estudiantes de medicina en los barrios marginados de Guachupita y Cristo Rey, para lanzar una estrategia culturalmente apropiada con los/as jóvenes. Esta estrategia estaba basada en la elaboración por ellos/as mismos/as de graffitis que promovían la conciencia de riesgos y el uso del condón en los/as jóvenes y sus familiares en las comunidades intervenidas. Los mensajes y las ilustraciones eran decididas, validadas y realizadas por ellos/as, con el concurso de los investigadores. COPRESIDA financiaba sólo el transporte, el costo de la pintura y demás materiales, y un pequeño estipendio para los/as artistas. Todos estos grupos se han acercado para aprender unos de otros, en base al principio de la reciprocidad (Gouldner 1960).

El trabajo propone cinco temas centrales de investigación: 1) que la beligerancia territorial y la orientación hacia la muerte en la cultura juvenil existen como formas de construir la masculinidad opresora prescrita por la propia cultura tradicional; 2) que la empatía y el respeto a la cultura juvenil produce respuestas que tienden a sobrepasar las expectativas más optimistas; 3) que los/as líderes/esas de las naciones son los/as jóvenes con más talento y don de mando en sus comunidades; 4) que el VIH/SIDA y cualquier otra amenaza a la población son puntos de aglutinación de un cambio radical de actitudes; y 5) que los discursos sobre políticas públicas de generación de empleos no son más que subterfugios para no hacer nada por cambiar la situación.

El capítulo está ordenado en cinco secciones principales. En primer lugar analizaremos la literatura sobre el potencial de las nuevas culturas juveniles de clase popular como agentes de cambio social. Trataremos de contestar la pregunta: ¿qué nos dice al respecto la literatura sobre estas culturas juveniles? En segundo lugar describiremos cómo están organizados estos grupos juveniles, particularmente una “Red de Jóvenes Unidos”, que ha logrado aglutinar en Guachupita, uno de los barrios intervenidos, a la mayoría de los integrantes de 15 naciones, en un esfuerzo de “construcción convergente con superación” (Samaja 1985) para organizar a la juventud y reducir la amenaza de la epidemia de VIH/SIDA. En tercer lugar discutiremos el conocimiento sobre la realidad socio-económica de los/as jóvenes que integran estas “organizaciones de la calle” (Kontos, Brotherton, & Barrios 2003). En cuarto lugar exploraremos la experiencia de uso de las artes populares, principalmente el graffiti educativo-preventivo en estas culturas juveniles como herramienta de legitimación, empoderamiento y territorialización juvenil en sus comunidades. Por último, intentaremos extraer algunas lecciones aprendidas en el período, que pueden ser útiles para una política pública de promoción de la juventud marginada.

 

1. ¿Qué dice la literatura sobre estas culturas juveniles?

De acuerdo con David Brotherton y Luis Barrios (2004), una organización de la calle es un grupo formado en gran parte por jóvenes de una clase social marginada, que intenta dar una “identidad de resistencia” a sus miembros. Esta identidad les permite adquirir poder personal y social, desarrollar una voz que alivie las precariedades de la pobreza extrema, y tener un referente y un refugio espiritual. Esta definición parte del trabajo de investigación-acción realizado por estos dos autores a finales de la década de 1990 en la ciudad de Nueva York. Durante este periodo la Nación Los/as Todopoderosos Reyes y Reinas Latinos (The Almighty Latin King & Queen Nation) tendió a evolucionar del concepto más tradicional de “pandilla juvenil” o “ganga” a una organización de la calle con una agenda política reivindicativa y una membresía transnacional en varios países de América y Europa.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que el concepto de culturas juveniles, independientemente de cómo se denomine a sus organizaciones, es sumamente heterogéneo y tiene una gran multiplicidad de formas de expresión, por lo que es importante estudiar cada caso en su contexto y tratar de evitar las generalizaciones gratuitas, usualmente estigmatizantes y demonizantes.

Mauro Cerbino (2006), por su parte, también resta importancia a cómo se denomine externamente al tipo de grupo, en la medida que la definición se aleje de los prejuicios y estereotipos tradicionales, de la tentación de criminalizar toda cultura juvenil que busque subvertir el statu quo, y de considerarla como necesariamente delictiva, criminal y/o violenta. La pandilla –nos dice Cerbino-- es una “comunidad emocional” que ampara, apoya y da protección, al mismo tiempo que brinda la posibilidad a sus miembros de tener un sentido de la vida; características que muchas veces están ausentes en el hogar familiar, sobre todo porque allí “el sujeto juvenil no adquiere un sentido de persona”.

Aunque estas últimas afirmaciones necesitan urgentemente ser avaladas por evidencia empírica como para deslindar realidad de ideología – ¿existe una definición única del “sentido de persona” o es ésta específica a cada clase social? --, es importante destacar que en sí, éste discurso es diferente al de la industria periodística cuando se refiere a estos grupos. Los medios de comunicación social globalizados han construido una atmósfera de inseguridad y pánico mundial que busca reclutar consenso para condenar y “mantener a raya” las manifestaciones de las culturas juveniles de clase popular y media, lo que por lo general responde a la ideología dominante y al miedo a perder poder de la clase gobernante adulta.

Brotherton & Barrios (2004) analizan la evolución histórica del término pandilla, principalmente en la ciencia social norteamericana. Este concepto fue utilizado desde principios del siglo XX para describir a grupos de jóvenes y adultos en competencia desplazados/as por la revolución industrial. En la década de 1950 se comienza a psiquiatrizar a las pandillas como formas de “desviación” o patología social y personal. Ya para los años de 1970 los mecanismos de represión del estado comienzan a involucrarse más en asuntos criminales y raciales, y las pandillas son generalmente descritas como organizaciones delictivas, criminales y/o violentas. A partir de los 1980 el discurso de las pandillas es saturado por términos de justicia criminal, momento en que nos encontramos. [2]

Hagerdorn (2006) ha sugerido deslindar la “criminología tradicional” de la “criminología cultural” o no-tradicional. La primera caracteriza a las pandillas como agrupaciones de jóvenes que se desvían temporalmente (o definitivamente) del camino de la “modernización”. Supuestamente, en esta visión, las pandillas son un subproducto originalmente estadounidense, fruto de la industrialización y la urbanización. En consecuencia, las pandillas son el resultado de la desorganización social juvenil y no de las tensiones raciales o étnicas. La segunda, en cambio, sostiene que aunque la mayoría de las pandillas están compuestas por grupos de jóvenes pares, muchas han logrado la integración, la institucionalización o la incorporación jurídica al desarrollo humano y social en los ghettos, barrios y favelas donde existen. Por tanto, encontramos pandillas en todas partes del mundo, asociadas de manera creciente a las presiones migratorias de las ciudades expuestas a la globalización. Las pandillas son “actores sociales” para quienes sus identidades son formadas desde la opresión (étnica, racial y/o religiosa), a través de la participación en la economía informal o subterránea y de la fluida construcción de géneros.

El fenómeno de las pandillas puede ser evaluado e intervenido dentro del modelo de la criminología cultural. Estamos interesados/as en analizar cómo se concretiza la “criminalización de la cultura” (Ferrell & Sanders 1995) y de las numerosas formas de resistir y transgredir las normas, mitos y ficciones del orden social dominante. La criminología cultural, entonces, debe siempre confrontar, ser provocadora e irreverente con la construcción de una cultura de la intolerancia (Ferrell, Hayward, Morrison, Presdee 2004), llamada ahora “Tolerancia Cero”.

Dentro del enfoque de la criminología tradicional, en el cual se inscriben las directrices represivas (y “antiterroristas”) de agencias tales como el FBI e INTERPOL, se celebró un encuentro en El Salvador para discutir el tema de las pandillas en diciembre, 2007. Allí participaron, entre otros, representantes de la RD. En el contexto de la discusión del tema de las “maras” [3] centroamericanas –a menudo llamadas “guerrillas místicas”-- se incluyó a las pandillas dominicanas como un ejemplo del “estado embrionario” del fenómeno. (Hoyinternet.com, 2007). En la apertura, el presidente salvadoreño, Elías Antonio Saca destacó retóricamente que la acción de las maras requiere coordinar un esfuerzo integral (y regional) en la prevención y el combate “frontal” al crimen, así como en la modernización del marco legal. Los efectos que tienen las políticas neoliberales al generar y reproducir opresión, desigualdad, exclusión y violencia, por supuesto, no fueron tocados. La perspectiva crítica del fenómeno de las pandillas (Barrios 2007; Barrios, Brotherton, & Esparza 2006; Brotherton 2007; Brotherton & Barrios 2004; Canelle 2006; Cerbino 2006; De Moya, Castro & Peña 2005; Feixa 1999; Feixa, Porzio, & Recio 2006; Ferrel 1997; Hagerdorn 2007; Palmas, & Torre 2005; Young 1999) tampoco tuvo cabida en este cónclave.

Gustavo Olivo (2007), un comunicador del periódico dominicano Clave Digital , reproduce uno de tantos “cuentos de camino” ingenuos, sensacionalistas, fundamentalistas y moralizadores, el de un ficticio ex-pandillero, “Moisés”, a quien Cristo rescató de las “aguas turbulentas de las pandillas”. Moisés confiesa que participaba de pleitos territoriales en su barrio, ingería alcohol “adulterado”, mientras otros miembros --“los malos”-- robaban y “hasta mataban”. “A los 21 años comencé a cambiar, a buscar a Dios”. Este periodista aglutina como lugar común y medias verdades la mitología social que incluye juventud, pandillas y consumo de drogas y alcohol con la falta de oportunidades de trabajo y de desarrollo personal, y la carencia de una formación hogareña. La vida de Moisés, perdida entre pandillas, drogas, alcohol y violencia, clamaba redención. Sin embargo, para él todas las pandillas son igualmente malas. Es con este tipo de “periodismo” fantasioso, engañoso e irresponsable que se construyen los mitos y las leyendas urbanas “ejemplarizantes”.

En otro artículo periodístico del mismo tenor, Grullón (2006) reporta sobre pandillas, violencia y drogas en Santiago, la segunda ciudad en importancia en la RD. Atribuye muchas de las muertes violentas en esa ciudad a “problemas de drogas y gangas”, en sectores de la población que temen el resurgir de las acciones delictivas. Para este periodista la solución está en la aplicación del programa gubernamental “Barrios Seguros”, basado en el incremento de la vigilancia, el patrullaje y la presencia de una policía adiestrada para avasallar a los miembros de su propia clase social –a quienes creen que pueden identificar automáticamente.

Bobea & Polanco (2005) realizaron un estudio en 10 barrios pobres de Santo Domingo y Santiago, en el que se inquirió acerca de la percepción y expectativas respecto a la seguridad ciudadana. La investigación mostró, como profecía que se cumple, que existe un “sentimiento generalizado de inseguridad” que se atribuye a la delincuencia callejera asociada a las pandillas; a los enfrentamientos armados entre grupos; al tráfico de drogas; y a la incapacidad e inconstancia de la policía para enfrentar estos desafíos.

Por otro lado, las Memorias del Seminario sobre Pandillas Juveniles y Gobernabilidad Democrática en América Latina y el Caribe, celebrado en Madrid en abril de 2007, tienden a ser algo más ecuánimes y esperanzadoras. Estas fueron publicadas bajo la coordinación de Solís-Rivera (2007) y ofrecen las siguientes conclusiones:

 

1.                   Se vive un momento de ruptura con respecto al enfoque tradicional de políticas públicas en materia de combate a las pandillas juveniles violentas. La cooperación internacional debe enfatizar las propuestas de naturaleza preventiva.

2.                  Debe hacerse un esfuerzo especial para incorporar las mejores prácticas locales en la discusión sobre cooperación horizontal.

3.                  Los formadores de opinión deben incorporarse de manera mucho más activa a los procesos de elaboración de “políticas de Estado” en la materia de pandillas y crimen organizado. Debe procurarse la presencia de jóvenes en la definición de tales políticas.

4.                  Se requiere un diálogo mucho más intenso y permanente entre las entidades donantes.

5.                  Pese a que ha aumentado mucho la producción de trabajos académicos en estos temas, todavía hace falta generar nuevo conocimiento. Hay espacio para mucho más trabajo de base; para buscar y utilizar “datos duros”; para hacer más esfuerzos de recolección de información de campo.

6.                  Hay que potenciar el papel de las escuelas en el trabajo preventivo. La alta deserción en el nivel secundario hace que el rol de la escuela primaria sea crucial en la lucha contra la violencia juvenil.

7.                  Se deben promover espacios para el encuentro institucional al interior de los países y entre las instituciones nacionales y las de la cooperación internacional.

8.                  Las políticas de empleo son esenciales, especialmente en lo que toca a las estrategias de reinserción de los jóvenes infractores en la sociedad.

9.                  Los medios de comunicación deben ser sensibilizados e incorporados a todos los esfuerzos por construir agendas en temas relativos a jóvenes e inseguridad.

10.               Hay que poner atención especial a los “núcleos metropolitanos” donde la situación es muy crítica y se expresa de manera especialmente violenta.

11.                Se debe recuperar los “espacios urbanos” donde la incidencia de violencia juvenil es aún mayor.

12.               No se deben pasar por alto los vínculos entre corrupción, impunidad, descrédito ciudadano y pandillas juveniles.

13.               Hay que explorar con mayor detalle el vínculo existente entre la violencia juvenil y las armas pequeñas y livianas.

14.               Se requiere focalizar más en los jóvenes y menos en la seguridad como política de Estado.

15.               Es fundamental efectuar una evaluación sistemática y comparada de las políticas implementadas en los diversos países y subregiones.

 

Algunas críticas y adiciones importantes deben hacerse a estas conclusiones. Cuando se habla de pandillas juveniles no se podrá soslayar la afirmación de la CEPAL y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), de que “52 millones de niños/as son pobres en América Latina, y unos 30 millones padecen hambre, pese a que la región produce tres veces los alimentos que necesita.” (Alianza Por Tus Derechos 2007).

González Hernández (2003), por su parte, nos dice que:

América Latina, incluido el Caribe, se encuentra llena de infantes que pueblan sus avenidas. Ellos/as son conocidos/as como los/as niños/as de la calle y se calcula que ascienden a 40 millones. Los hay que tienen donde vivir, pero dejan de asistir a las escuelas para ayudar a las familias; por lo general son habitantes de casas de cartón y metal en las villas miseria, y carentes de las más elementales instalaciones higiénicas.

 

De la misma manera, las Memorias del encuentro podrían tener más peso específico si hubiesen incluido lo que reportó el Consejo de Iglesias Evangélicas Metodistas de América Latina y El Caribe en su Plan de Trabajo del Programa 2006-2008. Veamos:

En América Latina y el Caribe más de 17 millones de niños menores de 14 años trabajan, según el informe publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). El 70% de los/as niños/as latinoamericanos/as que trabajan lo hacen en la agricultura. […] La OIT también señala que el trabajo infantil es un problema potencialmente creciente en los países más pobres de la región.

 

O tal vez este informe pudo haber puesto mayor énfasis en la identificación, creación y/o discusión de espacios sociales fuera de la interpretación individual, tal como sugiere Scott (1990):

Si pretendemos entender el proceso a través del cual se desarrolla y codifica la resistencia, el análisis de la creación de estos espacios sociales alternos pasa a ser una tarea vital. Sólo especificando cómo estos espacios sociales son creados y defendidos es posible poder movernos del individuo como sujeto que resiste –una abstracción física-- a la socialización de las prácticas y discursos de resistencia.

 

Este fenómeno del significado del espacio en las ciudades impactadas por la globalización y por las políticas del mercado neoliberal, y cómo éstas han contribuido a la marginalización, de la juventud sobre todo, debe ser incluido en este tipo de análisis crítico (Sassen 2007). Éste debe tomar en consideración también otras dos realidades fundamentales: poder verlos como movimientos sociales (Brotherton 2007; Brotherton & Barrios 2004), e identificar la realidad de la espiritualidad como fuente de resistencia de estas culturas juveniles (Barrios 2003, 2007; Barrios, Esparza, & Brotherton 2006). Estos son temas que generalmente son pasados por alto.

 

2. ¿Quiénes componen la Red de Jóvenes Unidos?

De acuerdo con la antropóloga Tahira Vargas (2006), en la RD nos encontramos con bandas juveniles tanto en los sectores populares como en los estratos medios. No podemos por tanto asociar las bandas juveniles ni la delincuencia juvenil únicamente a los sectores más pobres, atribuyendo relaciones causales entre marginalidad y delincuencia que no necesariamente existen. La delincuencia y las bandas juveniles también están presentes en los sectores de medianos y altos ingresos, y tienen mucho que ver con la construcción de la masculinidad.

Entre los grupos participantes en nuestro estudio podemos nombrar, en la comunidad de Guachupita: Los Latin Kings, Los Forty-Two (42), Los Forty-Five (45), Los Vato Locos, Amor Dorado, Amor y Paz, Los Cilindros, Los Federales, Los Intocables, Los Pelles, Los Ñuñis, Los Elisma, Los Anárkikos, Los Comejoyete y Los Menores del Flow. En Cristo Rey tenemos a: Los Latin Kings, Amor y Paz, Amor Dorado, Los Sangre (Blood) y Los Ñetas. Algunas de estas organizaciones tienen ramificaciones transnacionales (Nueva York, Puerto Rico, España e Italia) y otras son meramente locales.

Estas naciones, contrario al mito de “siempre estar peleando y matándose”, han desarrollado una titánica capacidad de trabajar de manera solidaria por sus comunidades, en medio de la pobreza. Y más importante, estos grupos cambiaron su mensaje y práctica de “matar o morir” por su reducido territorio barrial –sustitutivo de su internalización de “Nación” o lugar de origen--, por el de aprender a vivir en paz a favor del desarrollo económico y sociocultural de sus comunidades. Para la clase dominante esta es una acción subversiva, difícil de tolerar y peligrosa en términos políticos, por el potencial del efecto de demostración de empoderamiento y autodesarrollo, que jóvenes de otras comunidades marginadas podrían imitar. ¿Por qué? Porque destruye el mito de que la razón de ser de estos grupos es la violencia y la comisión de crímenes.

¿Cuántos otros ejemplos de “jóvenes pandilleros/as” existen que hayan asumido la prevención del VIH/SIDA como la reivindicación de un derecho, y hayan tomado la responsabilidad social de protegerse y concienciar a su comunidad de la necesidad de ser solidarios con las personas que viven con la infección y sus familias, reduciendo el estigma y la discriminación asociados a esta enfermedad? Durante todo el proceso de la intervención, palpamos la seriedad y la solidez de un compromiso comunitario sostenible en estos/as jóvenes por proteger sus comunidades, el cual ha adquirido vida propia y sigue hoy en pié, a pesar de no contar más con recursos del estado, por las mismas razones que la experiencia resulta un desafío al statu quo.

Más allá de lo que la clase dominante pueda decir en el proceso de llamarles grupos de la calle en conflicto con la ley o de la manera tan irresponsable en que la industria periodística los sataniza o criminaliza, hay realidades que no han sido analizadas ni explicadas seriamente. No pretendemos que estos/as jóvenes se comporten como ángeles domesticados/as, ni que abandonen su cultura juvenil de clase social –incluyendo a la nación como forma de organización--, ni que adopten un punto de vista adultocéntrico, legalista y condicionalmente conciliador, haciéndose más “potables” al sistema social. En lugar de obligarlos a “renunciar formalmente al uso de la violencia juvenil” entre sus propios grupos o a jurar abstenerse de transgredir la ley, buscamos que en sus propios términos desarrollen una conciencia sobre la importancia del bien común para ellos/as mismos y sus familias. Tratamos de enfatizar que la mayoría de ellos/as son, precisamente por sus acciones solidarias comprobadas y consistentes, los/as jóvenes con más talento y don de mando en sus comunidades, y los/as llamados/as a ocupar posiciones de liderazgo en múltiples aspectos de la vida de ellas.

A mediados de 2006 los mismos integrantes de las naciones, adiestrados/as como entrevistadores/as por técnicos de COPRESIDA, realizaron un estudio etnográfico de sus grupos. Ellos/as mismos/as ayudaron a construir, depurar y validar las guías de preguntas, y efectuaron las entrevistas, con supervisión profesional de los investigadores. Los datos preliminares están siendo analizados por investigadores sociales contratados por ONUSIDA. Estos sugieren un alto grado de profesionalidad en la conducción de las entrevistas, a pesar de su inexperiencia. Además, revelan niveles sorprendentemente altos de auto-estima y aspiraciones en una muestra de más de 300 miembros/as de estas organizaciones en ambos barrios. (Marija Miric, comunicación personal).

Es necesario entender que en el proceso de criminalización, la ley es aplicada selectivamente a la conducta social punible. Sólo se denomina “delincuentes” o “criminales” a algunas personas, y únicamente algunas personas son privadas de su libertad. De aquí que, más allá de conductas desviadas o patológicas o de explicaciones genéticas, el crimen, la criminalización y la legislación penal deben ser vistos y entendidos en el contexto de las desigualdades sociales, económicas, culturales, sexuales y políticas.

Estas deben entenderse en el contexto socio-histórico, que tiene la capacidad de explicar críticamente los factores que llevan a la delincuencia. De aquí la necesidad de poner atención a las causas de la conformidad o de la inconformidad de los seres humanos en la sociedad. Por tanto, es necesario entender que la delincuencia también debe ser explicada en una sociedad por las causas de la inconformidad. Y no es menos importante entender la criminología cultural, en donde se examina, se explora o se analiza, como en nuestro caso, a través del uso de métodos etnográficos, la relación política que existe entre la construcción del significado del crimen y el proceso de criminalización de personas o grupos.

Esto explica porqué las pandillas de la gente que tiene impunidad en el gobierno no va a la cárcel –los funcionarios estatales y los banqueros corruptos, por ejemplo. Es por esto que cuando un gobierno irresponsable trata de explicar la supuesta disminución en las estadísticas del crimen con medidas represivas (¡más policías, más cárceles, sentencias más severas!), todo se convierte en demagogia y teatro. Tratar de ignorar o invisibilizar la realidad que nos demuestra que existe una responsabilidad ciudadana en la cual diferentes grupos, como por ejemplo las naciones, están tomando la obligación de cuidar sus comunidades, y hacernos creer que ello es una acción criminal hecha por criminales.

¿Por qué los gobiernos se embarcan sólo en combatir la delincuencia y el crimen de la calle? ¿Por qué se empeñan en tratar de convencernos que la única posibilidad de disminuir o combatir el crimen es teniendo más policías tipo Miami Vice vigilando (y castigando) las comunidades y exhibiendo sus flamantes, aparatosas, costosas e inútiles motocicletas Harley-Davidson en medio de las cañadas pestilentes y el laberinto de callejones sin salida de nuestros barrios marginados? ¿Por qué los gobiernos se empecinan en decirnos que la única manera de garantizar esa protección es haciendo redadas discriminatorias por clase social, edad y color de la piel, y privando a los ciudadanos/as de sus derechos civiles?

En la búsqueda de respuestas a estas preguntas es importante entender que la policía tiende a ser un cuerpo represivo para defender los intereses de la clase dominante y gobernante, más que un organismo de protección ciudadana. Esta “protección ciudadana” es una falacia, porque la verdadera intención es la del control social y clasista. Por esto la policía es entrenada sólo para “combatir” el crimen de la calle, obviando y encubriendo intencionalmente el crimen estructural, el crimen de estado, y el crimen corporativo que comete la clase dominante.

Penoso en todo esto también es que quienes producen e implementan las leyes, fabrican arbitrariamente impunidades para que los miembros de “sus pandillas” no puedan ser procesados ni encarcelados –quien hace la ley hace la trampa. Por ello es tan interesante entender el proceso de criminalización de los grupos de la calle, que intenta ocultar que muchos de estos grupos son el resultado de las políticas desiguales del neoliberalismo, de procesos transnacionales, de economías capitalistas corporativas y de medidas de control social.

Esta realidad ha sido agudamente expresada por Young (1999), cuando nos dice:

Así, quienes están en la derecha con frecuencia intentan sugerir que los niveles del delito no tienen relación con cambios en los procesos del trabajo y la ociosidad, pero están arraigados en las áreas supuestamente autónomas de la crianza del niño, el uso de drogas, o un mundo exento de valores morales. Mientras que, quienes están en la izquierda repetidamente intentan sugerir que los cambios del encarcelamiento y los modelos de control social son decisiones políticas o directivas que no están relacionados al problema del delito.

 

Es necesario entender mejor cómo se reproduce e incrementa la pobreza en los/as jóvenes, y cómo se les obliga a recurrir a la violencia y a la delincuencia como medio de supervivencia. En términos laborales, en los últimos años ha surgido la noción de “trayectorias” para describir el tránsito desde la niñez a la adultez, desde una situación de dependencia a una situación de emancipación o autonomía social (Redondo 2000). Casal (1999) propone varios tipos de trayectorias o procesos de transición en los cuales los/as jóvenes pueden verse involucrados/as, dependiendo de su extracción social.

Dos de ellas son directamente relevantes a la clase media: 1) las trayectorias en éxito precoz, donde los/as jóvenes pueden tener expectativas altas de terminar una carrera profesional universitaria; y 2) las trayectorias de aproximación sucesiva, donde hay expectativas altas de mejora social, aunque las opciones son confusas. Otras tres son relevantes a las clases populares: 1) las trayectorias obreras, donde los/as jóvenes se orientan hacia la “cultura del trabajo” manual, poco cualificado y mal remunerado; 2) las trayectorias de precariedad, en las cuales predominan las situaciones intermitentes de desempleo, rotación laboral fuerte y subocupación; y 3) las trayectorias en desestructuración, donde coexisten situaciones de desempleo crónico y entradas circunstanciales en el mercado de trabajo secundario, o alternativamente, la economía marginal o informal.

Las trayectorias obreras, que se presentan como más promisorias y “decentes” –en la nueva terminología de agencias como la OIT-- para estos/as jóvenes, suponen que los años adolescentes se consuman como “aprendices” de un oficio, sin paga formal, preparándose para ocupar un puesto en el mercado de trabajo cuando se alcance la adultez biológica, o cuando se cumpla la mayoría de edad (De Moya 1989). Al terminar este ciclo, los/as jóvenes usualmente dominan entre dos y tres oficios, entre los que se encuentran los de pintor y desabollador, técnico en electricidad, refrigeración, o mecánica automotriz, entre otros, en el caso de los varones; y peluquera, costurera, cocinera, niñera o lavandera, en el caso de las mujeres. Pero al llegar a los 18 años, ellos/as descubren con amargura que esa trayectoria era un callejón sin salida, ya que no hay puestos vacantes para desempeñar lo que han aprendido y para lo que se han preparado: esos puestos están ahora ocupados por nuevos/as adolescentes de 14 años a 18 años de edad, que aprenderán los mismos oficios, generando plusvalía a las empresas, para no encontrar empleo cuando estén verdaderamente listos/as para ocuparlos (De Moya 2005). Esta es una manera perversa de promover la explotación del trabajo adolescente “simbólico” –no remunerado-- combatiendo al “trabajo infantil” remunerado mientras se reducen las oportunidades laborales de los/as jóvenes de 18 a 24 años de edad.

Importante también en toda esta discusión son los conceptos de las culturas de la casa y de la calle. En la ideología popular, el espacio de la calle es una contradicción directa del de la casa. Las calles son gobernadas por el “otro,” “el Hombre” (Cruz-Malavé 1996). Este espacio define las fronteras de aquellas instituciones, prácticas y situaciones que no están sancionadas oficialmente, tales como la economía informal, las relaciones extramaritales, la industria del sexo, las religiones populares semiclandestinas (santería, espiritismo, vodú), y el “tigueraje”. Este término se deriva de la noción de ser un tíguere, fenómeno social que funde la identidad con la apariencia, desde el punto de vista de la elite de poder. Esta perspectiva se asocia predominantemente con los valores y normas transgresivos de la clase popular. La familia, la fidelidad sexual, la seriedad, y el respeto a las instituciones y valores de la clase dominante no son prominentes en el espacio de la calle. Al contrario, estos son subvertidos de manera consistente, y el hombre se toma un descanso de los lazos que lo unen a la sobriedad del hogar, a través de su participación en actividades de la calle. (De Moya, Tapia, Rowinsky & Soriano 1998).

 

3. ¿Cuál es la realidad socio-económica de donde surgen estas culturas juveniles?

De acuerdo con el psicólogo social español Martín-Baró (1983:376):

Si se puede hablar con propiedad de una ‘violencia institucionalizada’ en América Latina es porque existe un tipo de violencia contra la población mayoritaria que está incorporada al ordenamiento social, que es mantenida por las instituciones sociales y que se encuentra justificada y aun legalizada en el ordenamiento normativo de los regímenes imperantes.

 

Los barrios marginados de Santo Domingo y otras ciudades dominicanas relativamente importantes presentan una funesta realidad: jóvenes ociosos deambulando en las esquinas; adultos desocupados jugando al dominó; niños/as fuera de las escuelas descalzos/as y “chiripeando” [4] en la calle; pocos ruidos de televisores o de aparatos de radio porque no hay electricidad; acumulación de basura en las esquinas porque el gobierno no la recoge; escuelas destrozadas; hacinamiento poblacional, entre otras.

Por desgracia, dentro de esta desesperanzadora realidad, la venta de drogas y armas y el trabajo sexual pasan a ser alternativas de trabajo relevantes aunque estigmatizadas y relativamente clandestinas. Este panorama ha sido una de las variables que precipitan el éxodo de dominicanos/as que ven la inmigración como una válvula de escape para cumplir sus sueños. (Torres-Saillant & Hernández 1998)

Young (1999) sostiene que la tendencia de países capitalistas avanzados, especialmente Gran Bretaña y los Estados Unidos, es por un lado, incluir culturalmente, mientras que por el otro excluyen socialmente, a sectores grandes de la población, las “minorías”. Este proceso contradictorio, nos dice, es ocasionado por varias dinámicas que se entrelazan:

(i)                los vaivenes de la economía política global con su reestructuración del trabajo, redistribución de la riqueza y aumento en las divisiones de clase;

(ii)              el universalismo de la cultura de consumo y su promoción de deseo, acomodamiento, individualismo y libertad;

(iii)            el alcance global de la revolución tecnológica;

(iv)            la evolución global de la industria de control social (coercitiva) con sus gulags, leyes, sistemas de vigilancia y coacciones de las libertades civiles y democráticas; y

(v)              la naturaleza fluida y absorbente de todas las fronteras físicas, sociales y culturales.

 

Existe una correlación entre crisis económica y violación de derechos humanos, donde la RD no es la excepción. De aquí que Amnistía Internacional, en febrero de 2004, elaborara un informe de alerta para el gobierno dominicano, concerniente a la brutalidad y corrupción de la policía y los militares en los barrios pobres. En el 2007 el informe de esta organización reitera su denuncia, develando la naturaleza estructural del problema.

De manera similar, Andrea Vermehren, experta principal en protección social del Banco Mundial (2005) nos dice:

[A partir del colapso bancario de 2003] grandes cantidades de jóvenes […] quedaron más expuestos a participar en acciones delictivas y violentas. El desempleo juvenil ascendió a cerca de 35%. […] Muchos abandonan la escuela a los 12 ó 13 años debido a la necesidad de ganar dinero para sus familias, pero la mayoría están desocupados y sólo deambulan por ahí realizando trabajos esporádicos hasta la mitad de los veinte.

 

Asimismo, en opinión del economista J. Tous Ortega (2004), ex director de la Oficina Nacional de Planificación (ONAPLAN):

Los dominicanos somos hoy mucho más pobres que hace seis meses. […] Los ricos, son menos ricos; la clase media se hunde cada vez más en la pobreza y ve reducido su nivel de consumo y, los pobres y muy pobres, sólo tienen ante sí un panorama de hambre, desesperanza y sufrimientos mayores.

 

4. Graffitis de amor, responsabilidad ciudadana, y prevención del VIH/SIDA

No se supo de qué barrio

pero cuando todo estaba oscuro

ella llegó bajo la luz del alba.

Y con su creyón de labios

dibujó señales en los muros,

quiso pintar lo que sintió su alma.

 

(Estrofa de la canción “Graffiti de Amor”, del cantautor cubano Carlos Varela)

 

Como señalamos anteriormente, a partir del mes de agosto de 2004, COPRESIDA empieza a concebir a los/as adolescentes y jóvenes de clase popular de dos barrios marginados de Santo Domingo, integrantes de organizaciones de la calle, como grupos piloto, priorizados para la acción preventiva del VIH/SIDA y la violencia. Esta decisión estuvo basada en las condiciones de riesgo y vulnerabilidad en que éstos/as parecen encontrarse, por la falta de educación de la sexualidad. Las mismas están asociadas con las dificultades de sus trayectorias de inserción laboral, la pobreza extrema, la violencia estructural, la desprotección familiar y escolar, así como la ausencia de una cultura de uso del condón.

El modelo de promoción participativa de la juventud propone el aprovechamiento de la motivación juvenil por la acción preventiva como un pivote para iniciar la inducción de la inserción constructiva de adolescentes y jóvenes en el mundo laboral y productivo. Esto se hizo a través de la utilización de principios y técnicas de animación sociocultural para la construcción de ciudadanía a través de una acción pedagógica integral. (JA Fiallo Billini 2005)

Este tipo de enfoque educativo radical busca desencadenar respuestas de vida --proactivas y esperanzadoras-- para que estos/as jóvenes emprendan caminos que les permitan desarrollarse como seres libres, y aprendan a aumentar su resiliencia para confrontar la marginalidad, la exclusión y la opresión. El modelo se orienta también hacia la integralidad y la transdisciplinariedad. El mismo contrasta con las respuestas represivas, tales como las operaciones “Escoba”, “Mano Dura” y “Súper Mano Dura”, aplicadas infructuosamente en cuatro países de América Central (El Salvador, Honduras, Guatemala y México), y “Community Shield Operation”, en los Estados Unidos. Inspiradas en la política antiterrorista beligerante del presidente norteamericano G. W. Bush, éstas no sólo han fracasado en disminuir la delincuencia y la violencia juvenil, sino que más bien parecen haberlas exacerbado y generalizado, “endureciendo” a estas agrupaciones. En muchos barrios marginados y ghettos de ciudades de América Central esto ha generado una especie de estado de guerra permanente de todos contra todos, de grupos de jóvenes contra otros grupos de jóvenes, y de estos contra los cuerpos de policía y los ejércitos profesionales. Una situación de inseguridad social omnipresente, una globalización del terror.

En nuestra intervención, grupos crecientes de estos jóvenes, primeramente por curiosidad, empiezan a reunirse en los locales de COPRESIDA, sita en la moderna Plaza de la Salud de Santo Domingo, creando al principio una reacción de pánico en parte del personal de oficina. Allí empiezan a discutir su problemática, plantear sus necesidades y buscar soluciones a las mismas. En pocas semanas, los jóvenes de los grupos van incorporando a sus contrapartes femeninas: novias, amigas, hermanas y primas, muchas de ellas embarazadas. Los grupos aumentan en tamaño, diversidad, y profundidad de sus planteamientos y debates, mostrando su creatividad, talento y destrezas. Básicamente, buscan y esperan oportunidades educativas y de inserción sociolaboral. Muchos/a de ellos/as deciden reintegrarse a la escuela, tras la acogida que ofrecieron directores/as solidarios/as de planteles educativos de sus comunidades.

Algunas de sus expresiones, en su poco reconocida jerga, ilustran el nivel real de su marginación:

 

- “Nunca había salí’o del barrio. Pa’ vení’ pa’ ‘cá tuve que mangá’ [5] lo’ teni’ [6] de mi hermano.”

- “Cuando uno ‘tá ficha’o [7] , lo que le queda e’ ‘ta’ en la lle~ca [8] pa’ podé’ mantene’se vivo; no le dan trabajo.”

- “Yo me quité de la lle~ca; me ‘toy enfriando [9] con la gente del COPRESIDA y ayudando a mi’ s’hermanitos.”

 

Los niveles de asistencia alcanzados en los eventos formativos, la camaradería entre miembros/as de diversas organizaciones y barrios, y la concentración de los grupos en los procesos de aprendizaje han sido óptimos, aparentemente reflejando cada vez más la avidez de estos/as jóvenes por su participación social constructiva.

Sobre la creación de este arte visual del graffiti, Durán Montoya, Hernández Navarro, Marenco Valerio & Hidalgo Mora (2000) nos dicen que:

El graffiti corresponde a una escritura de lo prohibido, género de escritura poseído por condiciones de perversión que precisamente se cualifica entre más logra decir lo indecible en el lugar y ante el sector ciudadano que mantiene tal mensaje como reservado o de prohibida circulación social.

 

Estos/as autores/as hacen referencia a estudios en Colombia realizados por Armando Silva donde éste sostiene que para que una inscripción urbana pueda llamarse graffiti debe estar acompañada por siete valencias que actúan a manera de correlatos. Estos son:

 

Marginalidad: Traduce la condición del mensaje de no caber dentro de los circuitos oficiales, por razones ideológicas o simplemente por su manifiesta privacidad.

Anonimato: Implica la necesidad de reserva en la autoría, por lo cual quien hace graffiti actúa, real y simbólicamente enmascarado.

Espontaneidad: Alude a una circunstancia psicológica del grafitero de aprovechar el momento para la elaboración de su pinta y también al hecho mismo de su escritura que estará marcada por tal espontaneísmo.

Escenicidad: Apunta a la puesta en escena, el lugar elegido, el diseño empleado, los materiales y colores utilizados y las formas logradas con todas las estrategias para lograr impacto, esto se relaciona con lo que podríamos considerar como la teatralización del mensaje dentro de la ciudad.

Precariedad: Con esto se desea enfocar el bajo costo de los materiales empleados y todas las actividades que rodean el acto graffiti de poca inversión y máximo impacto dentro de circunstancias efímeras.

Velocidad: Atiende al mínimo tiempo de elaboración material del texto, por razones de seguridad de sus enunciantes o por la presuposición de poca importancia que se otorga a su escritura.

Fugacidad: Corresponde a su vez a un último grupo, es decir, actúa una vez y posteriormente a realizada la inscripción; se puede considerar como la valencia que asume el control social, pues entre más prohibido sea aquello que se exprese más rápido tendrá que borrarse el mensaje, sea la misma policía, particulares, o la misma ciudadanía que se sienta lesionada o denunciada. Esto se relaciona, para concluir con la corta vida de cada graffiti, el cual puede desaparecer en segundos, o ser modificado, o recibir una inmediata y contundente respuesta contraria a su inicial enunciado.

No obstante, en nuestra experiencia particular, el anonimato producto del requisito de esconder la autoría, no es una condición necesaria de este tipo de arte visual. Los/as jóvenes de la Red fueron adiestrados/as para “graffitear” mensajes constructivos concernientes a la prevención del VIH/SIDA como una necesidad de su comunidad, y con el apoyo de ella. Estos jóvenes no tenían que esconderse cuando pintaban los graffiti, eran invitados por los vecinos a pintar sus muros, e invariablemente los firmaban con sus “nombres de guerra” y símbolos de sus naciones (coronas con tres puntas, por ejemplo), añadiendo el nombre de COPRESIDA, como signo de legitimación. En la Foto 1 aparecen tres de los facilitadores de este proyecto –dos de ellos coautores de este trabajo-- junto a un graffiti que contiene mensajes contra la violencia y contra el SIDA.

 

  CONSULTORES COPRESIDA

Foto 1: De izquierda a derecha: Lino Castro, asesor de la Red; David Arias y Antonio de Moya, consultores de “micro-emprendimientos” e investigación, respectivamente, de COPRESIDA.

 

 

En adición, Durán Montoya, Hernández Navarro, Marenco Valerio & Hidalgo Mora (2000) establecen una serie de divisiones para poder interpretar algunos de los mensajes que estos/as jóvenes han creado, poniendo mayor énfasis en los graffitis sexuales, religiosos y políticos. En nuestro caso particular, los/as jóvenes intervenidos/as decidieron que era importante hacer nuevos graffitis con mensajes de prevención del VIH/SIDA y de la violencia (doméstica, de género, y territorial), sustituyendo el contenido sombrío y críptico de buena parte de los graffitis elaborados antes de la intervención. Otro hecho importante fue que los/as activistas de los partidos políticos en la campaña electoral de 2006 tuvieron gran cuidado de no transgredir con su propaganda los espacios ocupados por los graffitis.

En la Foto 2, titulada Graffiti sobre el efecto del virus en el sistema inmunológico podemos identificar, paso por paso, la traducción en clave popular de toda una cátedra sobre cómo el VIH infecta y se replica en el organismo de una persona.

  GRAFFITI

Foto 2: Graffiti sobre el efecto del virus en el sistema inmunológico.

 

También se puede apreciar la autoría del graffiti (recuadro inferior izquierdo) y para que no le falten detalles, un mensaje que dice Emilio vive, como recordatorio del “altar funerario” anterior (graffiti azul a la izquierda de la foto) de un “hermanito” muerto en un enfrentamiento a tiros entre grupos rivales en la comunidad. Otro icono del graffiti previo a la intervención decía: “Los menores no mueren, sólo duermen”.

Un graffiti con un contenido espectacular de resistencia para combatir el ritual del sacrificio de muchas de estas culturas juveniles se encuentra por todas partes en la comunidad. En los barrios desde muy temprano los niños varones –como parte de la construcción de la masculinidad-- aprenden que es necesario estar dispuestos a morir, ya sea por defender su honor o por identificación y lealtad al pequeño territorio que define a su nación –un edificio, una “madriguera” [10] , una esquina, una calle, una cuadra, un puente. Los grupos en los cuales se distribuyen los materiales educativos de prevención se discuten las razones por las cuales la vida es importante. De aquí la manera en que estos/as jóvenes cambian su filosofía de vida, de expresar, por ejemplo, “Por mi barrio mato y muero”, a la afirmación más constructiva, “Por mi barrio vivo”, la cual constituyó la consigna inicial del proyecto, sugerida por los investigadores. De una orientación hacia la muerte, se pasa, individual y colectivamente, a una orientación hacia la vida. Ver Foto 3, Por mi barrio vivo.

 

  BARRIO VIVO

Foto 3. Graffiti POR MI BARRIO VIVO. STOP SIDA, STOP VIOLENCIA.

 

En la Foto 4, graffiti con la inscripción En mi barrio hay vida, se puede observar la manera como estos/as jóvenes procesaron la sugerencia del mensaje anterior. El que haya vida en el barrio significa que hay opciones a la delincuencia, a la violencia y a las reacciones de fuga como las fantasías, el alcohol y otras drogas, y la emigración. Este es un asunto muy importante porque la realidad nos dice que la esperanza es robada de las comunidades pobres, marginadas y explotadas. Barrios (2004) establece al respecto que:

Contrario a la desesperanza, el postulado de la esperanza tiene como función principal el forjar en las personas la convicción del optimismo radical. […] En otras palabras, se hace necesario el que podamos aprender el como identificar y entender la manera como funciona la desesperanza. La experiencia del revivir y repensar tiene como objetivo el readueñarnos de nuestras vidas, o sea, el devolvernos nuestra humanización.

 

Ahora estos/as jóvenes, quienes vivían sumidos en la desesperanza, el derrotismo y el negativismo, comienzan a ver y a construir alternativas que expresan a través de mensajes constructivos.

  BARRIO VIVO

Foto 4. Graffiti EN MI BARRIO HAY VIDA. EL CONDÓN SALVA.

 

 

Pero también esta Foto 4 contiene un personaje unificador en esta campaña de prevención: el simpático, sonriente y fornido Supercondón (SC) [11] , a quien se atribuye poder evitar la infección –“El condón salva”. Aumentar el valor percibido de la acción preventiva era la clave para crear la cultura de uso del condón. Todas las naciones adoptaron al SC, pero cada una lo vistió con sus colores distintivos. En la foto aparece acompañado de “su hijo”, el picaresco Supercondoncito –recordemos que muchos integrantes de estas naciones apenas son púberes, “menorcitos” en su lenguaje. ¡Sólo a ellos/as podía habérseles ocurrido la divertida idea!

Veamos lo que algunos nos dicen respecto a la violencia y al trabajo:

- “Eso ya no ‘tá, eso de pisá’le’ la cabeza [12] a la’ mujere’ de uno. Aunque a vece’ ella’ se lo bu’can.”

- “Nosotro’ lo que queremo’ e’ trabajá’ o~fri [13] y soltá’ la lle~ca…”

 

Las culturas juveniles de estos barrios decidieron buscar nuevas formas de expresión que les permitiera insertarse de manera más productiva y constructiva en la cotidianidad comunitaria. La manifestación de adopción del muralismo y el graffiti como arte preventivo contra el VIH y el SIDA, la violencia y posteriormente enfermedades como el dengue y la gripe aviar, sigue practicándose en esos barrios, y es de esperar que por mimesis se extienda a otros sectores con condiciones socioeconómicas similares.

 

- “E’tamo’ pintando pa’ ‘tar o~fri con la policía y pa’ cuidá’ al barrio del mon’truo. [14]

- “La’ máquina’ no corren sin goma’ [15] ; ahora usamo’ lo que no usó el Mayi Yonson [16] .”

 

La creatividad de los grupos ha estado limitada sólo por su imaginación. Algunos de ellos, en su interés por mejorar su imagen y armonizar la interacción con sectores con los que real o potencialmente hayan estado o puedan estar en conflicto, se han unido y han lanzado operativos de saneamiento ambiental, en los cuales limpian solares baldíos, cañadas, vertederos de basura, calles y callejones. Asimismo, como alternativa al tedio y la desesperanza, han organizado encuentros deportivos y actividades de recreación, principalmente juegos de básquet y concursos de rap y hip-hop, entre naciones que mantienen relaciones armoniosas (“primicias”, para ellos/as) y de colaboración entre sí [17] . Estas y otras actividades, regularmente, han sido apoyadas por los/as jóvenes y los/as niños/as, con la anuencia entusiasta de sus padres y madres.

 

- “‘tamo’ limpiando lo’ bloque’ [18] pa’ que lo’ viejo’ [19] le’ monten la frialdad [20] de nosotro’ a lo’ policía’”.

- “Queremo’ que no’ ayuden a poné’ tablero en lo’ palo’ de lu’ pa’ soltá’ un poco la lle~ca; pa’ que la policía no’ suelte en banda. [21]

 

En menor medida, se crearon pequeños grupos que utilizan como medio de concienciación las técnicas del teatro popular, callejero o “de provocación”, para llevar un mensaje edificante sobre educación sexual, embarazo no deseado, VIH y SIDA, violencia sexual, doméstica y barrial, además de otros asuntos de interés de los jóvenes, en sus lugares de encuentro y diversión. De particular interés es el mensaje y la práctica de mejorar la economía personal y familiar, piedra angular de este enfoque, a través del desarrollo de “micro-emprendimientos” o “industrias creativas” juveniles, en los cuales ellos buscarían desarrollar opciones dignas y productivas dentro de la economía informal, tales como la artesanía, el arte, la música y el baile, los deportes, entre otros. Un proyecto de la Red para desarrollar estas ideas está siendo considerado por los técnicos de una agencia internacional.

 

- “Queremo’ aprendé’ artesanía, serigrafía, pa’ no ‘tá’ sofocando [22] a la gente, quitándole lo suyo. [23]

- “Yo solté la lle~ca [24] porque quiero trabajá’ y ayudá’ a mi vieja [25] .”

 

A través de este abanico de opciones, la participación activa en la prevención del VIH y SIDA e ITS ha devenido parte del nuevo vocabulario de los/as jóvenes y de la conciencia de la opinión pública de las dos comunidades. Cada grupo, con apoyo moral y financiero de COPRESIDA, ha “empaquetado” su territorio con carteles, pegatinas, consignas y murales, ha plasmado nuevos símbolos, escenificado dramatizaciones, compuesto canciones, realizado conciertos, identificándose con un nuevo estilo de presentación de los/as jóvenes del barrio ante sus padres, otros/as adultos/as, y figuras de autoridad.

 

- “Por una vida sana, junto’ podemo’ vencé’ al mon’truo: usemo’ condón.”

- “Ante’ no’ llamaban jóvene’ delincuente’. Solté tó’ en banda [26] ; no ‘toy en para-… [27] ni con la policía ni con mi enemigo; ya soy parte de la Red de Jóvene’”.

 

Un evento de gran significación para la percepción del poder social de los jóvenes integrantes de los 15 grupos de Guachupita, fue la organización de una marcha contra la violencia alrededor del barrio, con motivo de la conmemoración del Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer, el 25 de noviembre de 2005, unida a la prevención del VIH y el SIDA (Ver Foto 5). Este evento se ha convertido en una institución en Guachupita, al celebrarse cada año.

  MARCHA CONTRA LA VIOLENCIA

Foto 5: Primera marcha contra la violencia (2005).

 

Esta actividad ha obtenido los tres años la inusual autorización escrita de la Secretaría de Estado de Interior y Policía y el acompañamiento policial. Al final de la primera marcha, se dio a conocer la formación de la Red de Jóvenes Unidos de Guachupita –con un gran mural de compromiso firmado por los dirigentes de las 15 naciones--, y se realizó un concierto de grupos musicales del sector, que incluyó las principales formas de manifestación juvenil del arte popular actual (rap, hip-hop, reggaeton, “perreo’ y bachata) en el Club Renacer, principal lugar de encuentro de los moradores del barrio.

Como muestra de sostenibilidad, en 2007 el equipo de minibasket (12-14 años de edad) del club, cuyo entrenador es Luis Alberto –Chichí- Jiménez, presidente de la Red y coautor de este artículo, ganó el torneo del Distrito de este deporte, organizado paradójicamente por la Liga Atlética Policial, frente a 33 equipos de barrios adversarios, que participan dentro del programa de “Barrios Seguros”. El más seguro de todos es aquél donde los/as jóvenes han aprendido a decirle Sí a la Vida.

Un solidario equipo italiano de tres videomakers, dirigido por Eugenia Teodorani, pasó 10 días a mediados de 2007 entrevistando jóvenes y filmando esta esperanzadora experiencia en Guachupita, como parte de un documental sobre la transnacionalización de las pandillas, contratados especialmente por Discovery Channel. El mismo será traducido a 12 idiomas y difundido en 30 países durante seis meses. Contrario a las experiencias traumáticas de los miembros de otro equipo homólogo contratado por dicha compañía meses antes en otra locación, a quienes desconocidos despojaron vergonzosamente de cámaras, películas, y otras pertenencias, en Guachupita, protegidos por los dirigentes de la Red y los/as integrantes de las naciones, no se perdió ni un alfiler.

Lo mismo había ocurrido en verano de 2006, cuando un grupo de 60 estudiantes españoles de comunicación social, invitados por la Universidad Autónoma de Barcelona, el Grupo BANCAJA y la fundación dominicana FUNGLODE, visitaron el barrio de Guachupita en un ambiente de inmersión cultural, periodismo ciudadano y camaradería. Su video de la experiencia puede ser visto en Youtube bajo Guachupita Por la Esperanza.

 

5. Lecciones aprendidas

La primera lección aprendida durante esta investigación-acción fue que los/as jóvenes de clase popular, tradicionalmente excluidos/as socialmente, están ávidos/as por participar activamente en el proceso de desarrollo socioeconómico y cultural de sus personas, familias y comunidades, como cualquier otro ser humano. La beligerancia territorial y la orientación hacia la muerte, con sus correlatos de tendencias hacia la fuga, ya sea a través de las fantasías, del abuso de alcohol y otras drogas, o de la emigración, resultaron ser construcciones que se mantenían vigentes por inercia y por desconocimiento de que podían existir opciones a ellas. Así, lo que se presenta como una orientación auto-destructiva, en el fondo se revela más como una pose que debe llevarse a sus consecuencias, lamentablemente, como forma de construir la masculinidad opresora prescrita por la propia cultura tradicional.

La segunda lección aprendida fue que esta participación, cuando se basa en la empatía y el respeto a la cultura juvenil –sus formas de organización y expresión--, tiende a sobrepasar las expectativas más optimistas en términos de originalidad, creatividad, sentido del humor, compromiso real, y reivindicación de derechos. Evidencia de esto es el despliegue espontáneo y colectivo de manifestaciones de arte popular, tales como los graffitis, la música y el teatro callejero, con contenidos verdaderamente constructivos y edificantes. Quizás por primera vez en sus vidas se pidió y se permitió a estos/as jóvenes decir su propia palabra en sus propios términos –hablar por sí mismos, ejercer sus derechos civiles conculcados, ser ciudadanos-- y se les escuchó activamente y con interés. Este “permiso” de afirmarse bastó para que reconocieran que las frustraciones por las que se enfrentaban violenta e inútilmente unos a otros eran las que debían unirlos. La sostenibilidad de las actividades de la Red de Jóvenes Unidos de Guachupita y sus modestos pero crecientes triunfos son los mejores testigos de esto.

La tercera lección aprendida es que los/as líderes/esas de las organizaciones juveniles de la calle son, como esperábamos, por sus acciones solidarias comprobadas y consistentes, los/as jóvenes con más talento y don de mando en sus comunidades, y los/as llamados/as a ocupar posiciones de liderazgo en múltiples aspectos de la vida de ellas, en la medida que se cultive su potencial. Resultados preliminares de nuestra investigación revelan que sus niveles de auto-estima y aspiración exceden todas las expectativas. Durante la marcha contra la violencia en noviembre de 2007, por ejemplo, salió a relucir con naturalidad algo ignorado, que muchos/as líderes/esas juveniles de la parroquia católica eran justamente los/as mismos/as dirigentes de la Red de Jóvenes --miembros de las exorcizadas naciones--, una coincidencia bastante sorprendente e incomprensible para mentalidades relativamente ajenas a la capacidad del hombre y la mujer latinoamericanos de unir los aparentes contrarios, de no escoger ni rechazar.

La cuarta lección aprendida fue que el VIH/SIDA y las infecciones de transmisión sexual, la violencia y probablemente cualquier otra amenaza percibida como importante para la salud y la vida de la población, son suficientes para servir como puntos de aglutinación de un cambio radical de actitudes y de la creación de nuevos valores culturales, tales como el uso consistente del condón, el rechazo a la discriminación por VIH/SIDA y por orientación sexual, y el repudio a la violencia doméstica, de género, y comunitaria.

La quinta y última lección aprendida es que los gastados discursos sobre la necesidad de trazar políticas públicas multimillonarias de generación de empleos de la trayectoria obrera para los/as jóvenes de clase popular no son más que subterfugios para concluir que la limitación de los recursos no permite inversiones tan cuantiosas, y terminar por no hacer nada por cambiar la situación. El permiso a los/as jóvenes para desarrollar de manera proactiva nuevas formas de producción, ya sea artística, artesanal o de cualquier índole --como las “industrias creativas”--, es la precondición para que ellos/as superen la marginalidad y la opresión dándoles la oportunidad de superarse ellos/as mismos/as. Todo el proceso descrito aquí tuvo un costo irrisorio en términos de presupuesto.

Esto no significa que los desafíos a esta perspectiva se resolverán mágicamente o que la experiencia se replicará espontáneamente en otras comunidades. Lo que hemos presenciado y atestiguado es apenas la primera piedra de una labor que tendrá que vencer grandes obstáculos. El escepticismo y la resistencia misma de las organizaciones comunitarias controladas por adultos/as a ceder poder a los/as jóvenes y verlos/as como seres humanos es un caso a estudiar. Pero tal vez las experiencias de estas naciones juveniles dominicanas podrían ser una fuente de inspiración para las maras centroamericanas. Aunque nuestras historias difieran en muchos aspectos, las dictaduras de clase, la opresión y la exclusión nos asemejan.

En conclusión, se ha dicho que el accionar de las naciones no es revolucionario en el sentido conflictivo y violento de la concepción del cambio social fallido en el siglo XX –la violencia como partera de la historia. Pero estamos en el siglo XXI y las cosas han cambiado. Tal vez las verdaderas transformaciones sociales, económicas, políticas, culturales y espirituales sólo podrán ocurrir desde ahora bajo el signo de la paz con justicia.

 

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[1] El ser un “tíguere” es un estilo de vida y una actitud que combina los rasgos extremos de la masculinidad de acuerdo a la cultura de la calle: ambiguo, astuto, valiente, inteligente, sinuoso y convincente (Krohn-Hansen 1996).

[2] En Honduras, por ejemplo, el homicidio conlleva una condena de 20 años, en tanto ser descubierto con un tatuaje conlleva 30 años de prisión. El Congreso hondureño rechazó en 2007 una petición de las Naciones Unidas de revisar esta legislación.

[3] Por “marabunta”, voraz hormiga gigante que en colonias de millones de individuos arrasan con el ambiente con gran estruendo.

[4] Haciendo tareas productivas de poca monta en la economía informal.

[5] Tomar prestados.

[6] Zapatos deportivos.

[7] Tiene un expediente o ficha delictiva o criminal en los archivos del sistema judicial.

[8] Calle.

[9] Pasando más desapercibido.

[10] Lugar de reuniones secretas del grupo, en sus términos.

[11] Este “personaje” fue creado en 1998 por “Los Pandémicos”, un grupo de jóvenes del barrio marginado de Herrera, al oeste de Santo Domingo.

[12] Golpear.

[13] Frío, legal.

[14] Sida.

[15] Los carros corren sobre ruedas.

[16] Magic Johnson, famoso basquetbolista afroamericano que vive con VIH

[17] Las organizaciones con las que se mantienen relaciones de armonía son llamadas “primicias” por sus miembros/as.

[18] Cuadras, manzanas.

[19] Adultos, padres.

[20] Atestigüen el abandono de las actividades delictivas.

[21] Nos deje vivir tranquilos.

[22] Hostigando.

[23] Robándoles.

[24] Me alejé de la delincuencia.

[25] Madre.

[26] Dejé de atracar, de vender drogas.

[27] Paranoia.



[*] Psicólogo social y epidemiólogo; catedrático de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD); consultor de investigación & desarrollo, Consejo Presidencial del SIDA (COPRESIDA), Santo Domingo; miembro fundador de la Iniciativa Transcaribeña de Investigación del VIH/SIDA (TCHARI).

[†] Psicólogo y sacerdote forense; director del Departamento de Estudios Latinoamericanos y Puertorriqueños, John Jay College of Criminal Justice, City University of New York (CUNY); párroco de la iglesia episcopal San Romero de las Américas, Ciudad de Nueva York.

[‡] Asistente social; asesor de la Red de Jóvenes Unidos de Guachupita, Santo Domingo; secretario ejecutivo adjunto para América Central y el Caribe, Coordinadora para América Latina y el Caribe sobre VIH/SIDA, Cárceles y Encierro (COASCE).

[§] Asistente social y estudiante de término de Derecho (UASD); asesor de la Nación Amor y Paz, Cristo Rey, Santo Domingo.

[**] Estudiante de término de Derecho, UASD; gerente del equipo de minibasquet del Club Renacer; coordinador de la Red de Jóvenes Unidos de Guachupita, Santo Domingo.

 

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