Letras Pensamiento Espacio urbano Caribe Ediciones Enlaces Miguel D. Mena

LOS DOMINICANOS: TRIGUEÑOS, MULATOS Y MORENOS

Antonio Yaguarix de Moya

Publicado originalmente en la revista Contratiempo (Chicago, Illinois), número 53, febrero 2008, pp. 8-9

A Víctor Camilo, etnógrafo de la resistencia.

Las diferencias no nos empobrecen, nos enriquecen.

El Principito, Antoine de Saint Exupèry

Recientemente han sido exhibidos en los Estados Unidos y en países de Europa un par de documentales sobre las condiciones de trabajo en que viven personas de origen haitiano en la República Dominicana.  Ambas naciones comparten el territorio caribeño de la isla de Kiskeya.

En esos documentales se acusa a algunos consorcios azucareros privados, de continuar ejerciendo prácticas que podrían considerarse como un nuevo tipo de esclavitud en las comunidades rurales o “bateyes” donde viven los trabajadores agrícolas azucareros.

El batey de hoy es un poblado donde residen con sus familias los actuales o antiguos cortadores de la caña de azúcar.  Originalmente, la palabra taína batey se refería a una plaza ceremonial en el centro de los yukayekes o poblados, donde se realizaban los areytos –cantos y bailes-- y se jugaba al batú o pelota.

¿Nueva esclavitud o super-explotación?

Las prácticas “neo-esclavistas” o de súper-explotación se refieren al trabajo de sol a sol; virtual confinamiento en bateyes de extrema pobreza; bajos salarios; y servicios básicos inexistentes.

Esas condiciones de trabajo resultan poco atractivas para los agricultores dominicanos, aunque muchos deban aceptarlas.  Los cultivadores, entonces, son reclutados mayormente entre los campesinos en la República de Haití, quienes sostienen la producción azucarera dominicana.

Durante casi un siglo, desde 1919, estos agricultores han venido siendo introducidos anualmente en territorio dominicano con esos propósitos.  Muchos residen durante años o permanentemente en los bateyes, aunque su status nunca es definido.  Indocumentados, ellos “pertenecen” al ingenio azucarero.  Como dijera el poeta Pedro Mir, “son del ingenio”.

Unos entran al país bajo contrato; otros ingresan de manera clandestina, por cuenta propia o con la complicidad de fuerzas al servicio de grupos económicos poderosos, tanto dominicanos como haitianos, que se benefician con ser intermediarios en este tráfico.

Parte de ellos son “recolectados” y repatriados cuando termina cada molienda.  Pero la mayoría permanece en Dominicana durante el “tiempo muerto” entre cosechas, procurando generar algún ingreso de subsistencia.

La falta de legalización de su situación los mantiene en una situación vulnerable, pues en Dominicana a los haitianos sólo se les considera seres humanos y sujetos de derechos si pueden exhibir la inexistente documentación de su legalidad.

Frente al descalabro de la industria azucarera estatal en los últimos 20 años, una población haitiana cercana al medio millón de personas ha ido desplazándose a sectores como la agricultura, la industria de la construcción, el turismo, la artesanía y la economía informal.

A pesar de retener su identidad, su idioma y su cultura material y espiritual, los haitianos en el país aprenden rápidamente el español dominicano, y en una o dos generaciones sus descendientes son y “pasan” como dominicanos.

La primera contradicción

Así, las relaciones dominico-haitianas constituyen lo que podríamos llamar la punta más visible del témpano de las relaciones raciales y de clase social en el país.

El aparente --y por momentos real-- conflicto entre las dos poblaciones sirve para polarizar el problema como un asunto racial entre descendientes de “europeos blancos” y de “africanos negros”, cubierto con intentos de justificación cultural e histórica.

Las historias oficiales de ambas naciones han tendido a presentar a las dos poblaciones como si fueran antípodas en el planeta, absolutamente diferenciadas, sin lazos comunes.

Estas nunca son descritas como lo que son, dos poblaciones siamesas inseparables, hermanas de madre, en incesante mezcla, que comparten una misma sangre en condiciones ambientales similares en una isla minúscula del Caribe.  El destino de una es necesariamente el destino de ambas.

La República de Haití es concebida en Dominicana como una extensión del África al sur del Sahara, 99 por ciento “negra”; con una sangrienta historia colonial francesa resultado de una esclavitud “dura”; una lengua oral sin escritura consensuada, el kreyol; y una religiosidad sin jerarquía sacerdotal, el vodú, que rinde culto a los ancestros y a la comunicación con ellos.  En otras palabras, es el “otro” que el dominicano quisiera no ser –en parte, siéndolo.

Dominicana en cambio, es mercadeada como una extensión “algo mixta, no ‘totalmente’ pura” de la “Madre Patria”, España, la cual es tenida por “blanca”, a pesar de su amplio mestizaje con las poblaciones de África del Norte; con una historia de esclavitud “benigna”; una lengua que trata de pasar por castellana; y una religiosidad jerárquica católica que opera como una teocracia --un gobierno de Dios.

Como señala el antropólogo Pablo Mella, el desprecio al haitiano se traduce en odio y violencia hacia nosotros mismos.

De forma similar, en palabras del psiquiatra Carl Jung, quien no reconoce sus propias contradicciones, no sólo acusa al otro de poseerlas, sino que las sufre como su propio destino.

Pero es allí donde comienza la verdadera historia de la cuestión racial en Dominicana, el resultado de la negación.

La segunda contradicción

Kiskeya ha sido una de las principales protagonistas del experimento social más importante de los últimos 500 años: la mezcla de las poblaciones de América, Europa y África, con su multitud de pueblos, culturas y lenguas, a partir de 1492.  Este es un acontecimiento nunca antes visto en la historia.

Aún persiste el mito de la “extinción” de la población y de la cultura indígena taína con la muerte del último indígena “puro”. Esta es la gran mentira de la historia de la isla, basada en la falsa creencia en “razas” puras, a pesar de la pertinaz migración.

En realidad, nuestros abuelos europeos y africanos se reprodujeron con nuestras abuelas taínas, y nuestros padres mestizos lo hicieron con nuestras madres africanas y mestizas.

De esta forma se aseguró, con el mestizaje, la supervivencia de la herencia genética y cultural taína.  La negación de esta realidad, por desgracia, se convirtió en requisito de la supervivencia.

A esta herencia, que se había desarrollado como adaptación al medio ambiente de la isla, se aclimataron los nuevos pobladores y sus descendientes.  Allí fue evolucionando una reactividad, una cultura y una lengua común.

Si el escritor inglés William Shakespeare planteaba hace pocos siglos el dilema de Hamlet como "¿Ser o no ser?  Esa es la pregunta", el dominicano parece haberlo resuelto, invirtiendo los términos, cuando contesta: "Ser y no ser.  Esa es la respuesta".

No parecemos creer en la disyuntiva, sino en la conjunción.  Si puedes ofrecerme A y B, ¿por qué no me das ambas? ¿Por qué tengo que escoger una de las dos?

Según el pensador puertorriqueño Arnaldo Cruz-Malavé, el escritor cubano José Lezama Lima afirmaba que los europeos establecían polaridades en las que uno debía escoger entre un polo u otro para hacerse de una filiación.

Nosotros, los latinoamericanos –sigue diciendo--, no teníamos por qué escoger; nos podían gustar igualmente ambas opciones sin sentirnos comprometidos con ninguna de las dos.

El no escoger o el no rechazar, como lo llama Lezama, era el placer de quienes estaban al margen de esas disputas de Occidente, y una estrategia que había sido practicada siempre por los latinoamericanos.

No es sorprendente que el producto de este experimento “transgénico” fuera algo diferente a todo lo conocido.

El “racismo” incluía hasta entonces sólo dos polos, el “blanco” y el “negro”.  Ahora se añadía un tercer elemento, el indígena o amerindio.

Desafortunadamente, en lugar de propiciarse la mezcla armónica entre esos tres componentes, cada par se unía para excluir al tercero.

La exclusión del tercero

En vez del racismo “blanco-europeo” contra “negro-africano”, ahora tendríamos tres nuevos racismos “sincréticos” –el producto de la coalición de cada dos contra el otro.

Proponemos entonces que en Dominicana existen los racismos “trigueño” (europeo-amerindio contra africano), “mulato” (europeo-africano contra amerindio), y “moreno” (africano-amerindio contra europeo).

Cada combinación se considera enfrentada y superior a las otras. Y cada una parece estar asociada con una clase social: los “trigueños” a la clase media alta, los “mulatos” a la clase media, y los “morenos” a la clase popular.

Estos racismos parecen estar basados tanto en el color de la piel –altamente variado en la población-- como en la textura del pelo (lacio-rizo) y en el olor corporal, que supuestamente distinguía a los tres grupos originarios, en base al tipo de alimentos que consumían.

Una vez pregunté a una estudiante paquistaní en una clase de Salud Pública en Santo Domingo sobre cómo nos veía: ¿iguales o diferentes?  Me miró y se sonrió, diciéndome con malicia: "ambos".  Tal vez el hecho de ser todos tan distintos nos hace iguales.  Tal vez la “marca” de nuestra identidad sea la diferencia.

Pero la historia no deja de complicarse, como si ya esto no fuera suficiente.  Un estudio realizado en la región del Cibao en los años 1970 encontró 22 nombres usados por la población para las combinaciones resultantes del extenso mestizaje.

Unos cuantos ejemplos deberán bastar.  Imaginemos un triángulo con cada grupo originario representando uno de los vértices o puntas.

En el vértice amerindio se incluye, entre otros, el indio claro, el indio “lavado”, el indio “canelo”, y el indio oscuro; en el europeo se incluye, el blanco “jipato”, el “jabao”, el “rubio”, y el trigueño; en el africano se incluye el mulato, el moreno, el negro y el prieto.

Recientemente, el antropólogo José Guerrero y el filósofo Jesús Zaglul han coincidido en el hecho de que tal estado de ambigüedad ha mantenido a los dominicanos como una sociedad que cada día se hace más débil.

Esta colectividad desunida, lamentablemente, está basada en un intento de exclusión y negación del derecho a la vida de los grupos más desposeídos: los haitianos, y los dominicanos de piel más oscura, pelo más rizo, y aroma corporal distintivo de la pobreza extrema: el olor del jabón de cuaba.

Reinventar la Isla, reinventar la Historia

No obstante, la reevaluación del aporte de los sectores populares, en especial los de origen afroamericano y amerindio, es precisamente motivo de las mejores esperanzas, de acuerdo con Guerrero y con Zaglul, una idea original del primer sociólogo dominicano, Pedro Francisco Bonó, hace más de cien años.

Carlos Andújar, antropólogo, afirma que la principal tarea para la identidad dominicana consiste en reconciliarse con su negritud.

Mejor aún, creemos que la reconciliación debe ser con el mestizaje, como “dinámica sin fin” del mundo caribeño y latinoamericano, como “semilla y ejemplo de interculturalidad”, en palabras de Pablo Mella.

Hace unos 35 años el sociólogo puertorriqueño Héctor Estades nos proponía con voz profética en las aulas de la universidad una “utopía del mestizaje” para la población de los Estados Unidos.

En ella abogaba por la mezcla de los grupos nacionales, raciales y étnicos como una especie de anunciación del advenimiento de un mundo de paz entre los seres humanos y el resto de la naturaleza.

¿Podríamos acercarnos a la quimera de una Isla de Paz, aún sabiendo que esto no es totalmente realizable?  Es necesario reinventar la isla y su historia, pensarlas y construirlas como queremos y necesitamos, como nos dice el historiador suizo Rudolf Widmar.

Para esto, primeramente, es necesario excluir la exclusión; borrar las fronteras mentales que nos separan a unos de otros.

Debemos fomentar el desarrollo sociocultural comunitario y el protagonismo de los niños y los jóvenes de ambos sexos, aprovechando su energía e inteligencia, con asesoría de los ancianos/as más sabios/as.

Esta estrategia de desarrollo sociocultural debe acercarnos al resto del Caribe, a Latinoamérica y al mundo, de quienes hemos permanecido aislados, como huérfanos de padre y madre desconocidos.

Sólo así podremos decir que los problemas estructurales de Kiskeya serán resueltos, en orden de prioridad, por todos los kiskeyanos: haitianos y dominicanos unidos.

Sólo desarrollando la solidaridad insular empezaremos a contar con la solidaridad internacional.

Santo Domingo

25 de noviembre, 2007

Ediciones CIELONARANJA, ABRIL 2008 ::: webmaster@cielonaranja.com