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LA INVISIBILIDAD DEL CAMPO DOMINICANO

Tahira Vargas

Muchas personas que vivimos en Santo Domingo o en Santiago olvidamos que existe una gran diversidad de comunidades campesinas dispersas por todo el país en las que hay un gran contraste con la vida de estas ciudades y donde no existen las comodidades que se ofrecen en las mismas.  

El campo dominicano está olvidado, abandonado a la suerte de la agricultura de subsistencia o de la inserción en servicios como el motoconcho, el pequeño comercio o el trabajo doméstico para las mujeres que se trasladan a la capital o a los pueblos.

Vivir en cualquier campo del país supone vivir en condiciones muy distantes de la “modernidad”. Se duerme con velas o con quemadoras que son las que iluminan a pesar de la presencia de conexiones eléctricas que ofrecen solo 4-5 horas de energía eléctrica a las comunidades rurales. Las velas y las lámparas de gas están siempre presentes en la vida nocturna de las comunidades campesinas porque son pocas las que se mantienen sin apagones.

Dormir en el campo implica el uso obligado de los mosquiteros, porque no hay abanicos y si alguna casa está provista de ellos, están en desuso por los apagones. Igual ocurre con los televisores y las lavadoras. En las noches el que trata de visitar el baño, perdón la letrina, tiene que proveerse de velas o simplemente recurrir a la tradicional vasinilla que está  debajo de las camas, práctica que no ha cambiado, a pesar de que supuestamente estamos en la era digital y en pleno segundo milenio.

Las viviendas del campo son las que se encuentran en las condiciones más precarias, cualquier comunidad campesina del país tiene viviendas con piso de tierra y paredes de material desechable o madera en mal estado. Cualquier aguacero se convierte en una tragedia porque la casa se llena de agua, “llueve afuera y e’campa dentro”.

La población campesina se levanta a las 5;00 de la mañana, hora en que se sale al conuco y algunas mujeres cuelan café y chocolate de agua para ofrecérselo al que pase por su casa en su camino al trabajo.  La mujer y el hombre del campo madruga, aunque esta acción no ha sido retribuida con la abundancia que supone el refrán, “el que madruga Dios lo ayuda”.

Esta práctica de madrugar y de iniciar el día con el sol también es utilizada por niños y niñas en su salida a la escuela, pues tienen que caminar varios kilómetros para llegar, y cruzar varias veces el río. Estos/as casi siempre salen sin desayunar y esperan obtener un desayuno en la escuela, que está lejos de ser suficientemente alimenticio y nutritivo.

La vida en el campo está llena de hospitalidad, de una acogida afectuosa y solidaria para el que llegue y brindar comida o café al visitante es una practica cotidiana no importa que vayamos al Cibao, al Suroeste o al Este. A pesar de la escasez en alimentos y la precariedad bañada de pobreza y abandono, el campesino y la campesina siempre está dispuesto/a a compartir lo poco que tiene. Parecería que esperan de la visita una retribución a largo plazo en la mejora de sus condiciones de vida, aunque intuyen que probablemente no ocurra.

En la actualidad se debate la posible crisis alimentaria y las medidas económicas dirigidas al campo se centran en el aumento de la cantidad de productos agrícolas, sin embargo no aparece el/la actor/a principal, el campesino y la campesina. ¿Cuando llegará al campo una vida digna e igualitaria?

Ediciones CIELONARANJA, septiembre 2008 ::: webmaster@cielonaranja.com