(Santo Domingo, 1884 -Buenos Aires, 1946)

LA PRECODIDAD LITERARIA DE PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

 

Otto H. Olivera

Uno de los aspectos más interesantes de la personalidad de Pedro Henríquez Ureña es su precoz desarrollo literario, particularidad ésta que, aunque observada en varias ocasiones, y con énfasis especial en su niñez y adolescencia, no ha sido estudiada apropiadamente en cuanto a su labor crítica.[1] Imposible resulta, sin embargo, un estudio completo de tal naturaleza sin consultar detenidamente todos sus comentarios, reseñas, crónicas, impresiones y artículos de Santo Domingo, Cuba y México, entre 1900 y 1910. De modo que, a conciencia de la inadecuada información poseída, en lo que sigue se intentará una aproximación al estudio ideal, señalando algunos de los elementos característicos de su obra manifiestos en esos diez años de su vida y fijados en sus dos primeros libros, Ensayos críticos (1905) y Horas de estudio (1910).

Son los padres del escritor, Francisco Henríquez y Carvajal (18591935), médico, político y patriota ilustre que llegará a la presidencia de la República, y Salomé Ureña (18501896), discípula predilecta de Hostos, educadora notable, ella misma y la poetisa más distinguida de su patria. El hogar en que se cría Pedro ofrece uno de los ambientes más apropiados que se han dado en el continente para el desarrollo de la educación infantil y el estímulo de la mentalidad superior.[2] Bien lo comprende Marcelino Menéndez y Pelayo cuando, al acusar recibo de Horas de Estudio en noviembre de 1911, ve tras la excelencia de la obra una "exquisita educación intelectual comenzada desde la infancia y robustecida con el trato de los mejores libros".[3] Mas la influencia del círculo familiar enriquecida por el tío Federico Henríquez y Carvajal se unirá la ejercida por Leonor Feltz, cuya casa se convertiría en un centro literario para Pedro, Max y varios familiares y amigos. En tal sentido dirá Emilio Rodríguez Demorizi:

Si la vocación humanística de P.H.U. despertó bien temprano, cierto es también que él tuvo desde el amanecer el más propicio ambiente: el hogar en que ardía con más fuerza la llama de la cultura en el país, alimentada por sus padres, ambos maestros, consagrados al culto de las ciencias y de la poesía. Fuera del hogar, el adolescente hallaba el mismo ámbito, de encendida espiritualidad, en la culta Leonor Feltz, discípulo de Salomé Ureña. Asimismo junto a su tío y padrino, el Dr. Federico Henríquez y Carvajal, que siempre fue, como le llamaba el devoto sobrino, "gran difundidor de cultura".[4]

En la casa de Leonor y Clementina Feltz, nos informa Max Henríquez Ureña, Pedro y él leyeron y comentaron a Ibsen, releyeron a Shakespeare, repasaron un buen número de autores clásicos y se familiarizaron con los principales escritores contemporáneos.[5] La música había sido también otro de los intereses cultivados por los dos hermanos.[6] Y si desde pequeños publican en el hogar periódicos manuscritos y se dedican a compilar una antología de poetas dominicanos, ya de adolescentes empiezan a colaborar en revistas locales.[7] En toda esa nutrida actividad cultural los años de 1897 a 1900 constituyen el período final de aprendizaje en la patria dominicana.[8] En 1901, tras haberse graduado de bachiller en ciencias y letras, Pedro parte para Nueva York, donde su educación artística y literaria se ha de enriquecer notablemente con lecturas constantes de literatos europeos, visitas a exhibiciones, bibliotecas, museos, salas de conferencia y conciertos, y con una voracidad insaciable por representaciones teatrales y funciones de ópera.[9] Parte de ese conocimiento quedará como riqueza acumulada y base de referencia de la que podrá aprovecharse más tarde el autor; pero en muchos otros casos será simplemente punto de partida para futuras tareas del crítico e investigador.

Pedro Henríquez Ureña inicia su labor crítica en publicaciones periódicas de Santo Domingo y Cuba; pero no es hasta la aparición de sus dos primeros libros cuando comienza a adquirir renombre en el mundo hispánico.[10] En revistas y periódicos de Santo Domingo va dejando, desde 1900,[11] sus impresiones de escritores, libros y obras teatrales. Y aunque ese primer año se incluye el tema de la poesía dominicana y cubana, el énfasis indiscutible está en la crítica teatral, principalmente de dramaturgos españoles; pero sin que falte su gran ídolo Ibsen.[12] De 1901 a 1903 la actividad poética sigue predominando en él, como antes de 1900, si bien hay igualmente producción en prosa dedicada a la ópera neoyorquina, y a Eugenio de Castro, Virginia Elena Ortea y Hostos. Entre 1904[13] y 1905 aún continúa su producción poética, aunque ya se advierte el predominio de la prosa en una amplia temática que abarca panoramas de la literatura "norteamericana" y la poesía modernista cubana; la música nueva -ópera italiana, Richard Strauss, "Parsifal", de Wagner-; teatro inglés y noruego Shakespeare, Pinero, Shaw, Ibsen; escritores cubanos Piñeyro, Martí, Valdivia, Juana Borrero autores dominicanos Mercedes Mota, J.J. Pérez y Deligne; Ariel, de Rodó; poetas europeos Wilde y D'Annunzio; estudios sociológicos de Hostos y Enrique Lluria; y educación científica. Pero de toda esa impresionante labor crítica y divulgadora sólo una parte pequeña llega a su primer libro, Ensayos críticos, publicado en La Habana en 1905.

A partir de esta fecha sus colaboraciones en revistas siguen mostrando la atracción del teatro en reseñas o estudios breves de Echegaray, los Quinteros, Benavente, Ibsen, Clyde Fitch y otros,[14] hasta el punto de que él mismo escribe "El nacimiento de Dionisos" (1909), que califica de "esbozo trágico a la manera griega". También continúa escribiendo, o dando conferencias, sobre poesía española y americana, insistiendo con frecuencia en temas y autores favoritos: Deligne, D'Annunzio, y añadiendo otros como Unamuno, José María Gabriel y Galán y Gutiérrez Nájera. Pero la novedad mayor en su orientación poético-crítica está en el estudio del verso endecasílabo español que, según se indicará más adelante, marca sólo el punto intermedio de su actividad en el tema. Por estos años se evidencia en él una actitud de selección y guía en la importancia que parece concederle al concepto de obra antológica, según demuestra la reseña de "La joven literatura hispanoamericana", de Manuel Ugarte, sus reflexiones sobre "Las cien mejores poesías" (1909) o "Los mejores libros" (1909) y su participación en la Antología del centenario (1910) con Luis G. Urbina y Nicolás Rangel. Todo lo cual parece una renacida ampliación de la antología dominicana iniciada con Max en días de adolescencia.[15]

En la prosa, aunque vuelve brevemente al Ariel de Rodó, añade una reseña sobre "Liberalismo y Jacobinismo", juzga a Walter Pater, recuerda a Hostos, comenta a Varona como sicólogo, y se adentra por el mundo de la filosofía en enfoques del platonismo, positivismo y pragmatismo. Hace excursiones históricas a su isla, tratando de preservar las ruinas seculares de la catedral primada, interviniendo a favor de la autenticidad de los restos de Colón en Santo Domingo, aclarando conceptos sobre la independencia dominicana, la literatura nacional y la novela histórica. Como en los años anteriores a Ensayos críticos, la música ejerce particular atracción y si aparece en los usuales comentarios periodísticos halla acaso su expresión cabal en la ópera "La leyenda de Rudel", del compositor mexicano Ricardo Castro. Por último añade nuestro autor dos temas nuevos: la inquietud de la joven intelectualidad mexicana del centenario, con todas sus implicaciones nacionales, y la vigencia del mundo clásico griego en esos años primeros del siglo XX.

Lo que de esa producción se recoge en su segundo libro Horas de estudio (1910), revela una reducción del interés teatral y musical del autor pues se limita a dos estudios: uno de teatro estadounidense y otro de ópera mexicana. Por el contrario continúa, aumentada, su devoción por los temas patrios, ya de carácter histórico y literario. Y, debido a su estancia en México desde 1906, se evidencia la problemática intelectual de los años finales del porfiriato, surgiendo con gran detalle la exposición de las doctrinas filosóficas contemporáneas. Cabría aquí recordar que el crítico dominicano publica su primer libro a los veintiún años y el segundo a los veintiséis;[16] si bien por su carácter de recopilación ambas obras han sido escritas, parcialmente, en años anteriores. La precocidad del niño y del adolescente se ha convertido en la promesa del escritor en flor. De modo que, con toda probabilidad, no existe entonces en Hispanoamérica otro escritor joven con la amplitud de su curiosidad intelectual, con la fecundidad de su intelecto.

Aunque sin intención exhaustiva, y sólo a grandes rasgos se ha intentado trazar aquí la producción crítica de Pedro Henríquez Ureña, es evidente que en sus dos primeros libros está el germen de una labor posterior cada vez más concentrada en el mundo hispánico. Sus previas aficiones teatrales y musicales[17] constituirán, por otra parte, la base sólida en que se han de asentar estudios sobre España y América. En lo que respecta al teatro, volverá su atención a los dramaturgos del Siglo de Oro y al teatro colonial de Hispanoamérica, o trazará el desarrollo del arte escénico discutiendo las posibilidades de su renovación contemporánea,[18] mientras la música, que debe haberle facilitado la apreciación del ritmo y la melodía verbal poéticos, le resultará base imprescindible para la comprensión y análisis de sus manifestaciones cultas y populares.[19] Algo semejante ocurre con la filosofía, aunque la abandona como estudio autónomo después de escribir sus agudos y bien documentados trabajos de Horas de Estudio.[20] En ellos, observa Aníbal Sánchez Reulet, y antes de los veinticinco años, Pedro Henríquez Ureña es el primero en nuestra América que expone las ideas de William James cuando apenas empezaban a conocerlas en Europa; es también el primero que hace en Hispanoamérica una crítica a fondo del positivismo, juzgándolo como un movimiento del pasado; y se cuenta entre los primeros que advierten los aspectos pragmatistas del pensamiento de Nietzsche.[21]

Andrés Avelino, por su parte, añade:

Lástima que el pensador dominicano no continuase la brillante labor teorética emprendida con estos estudios en que mostró una singular intuición filosófica respaldada por un profundo conocimiento de las corrientes filosóficas existentes. A su preferencia por los valores estéticos, se debe, sin duda, que la filosofía americana no haya recibido de él una más amplia contribución al pensamiento sistemático. Sin embargo en su obra de crítica literaria siempre aparece la actitud filosófica contenida, que ha hecho de sus juicios críticos notables páginas estéticas.[22]

De modo que si la filosofía como tratado independiente de su bibliografía, sobrevive diluida en su tarea crítica, como apoyo y como fuerza orientadora. Tal es el "espíritu filosófico" que él considera

„...capaz de abarcar con visión personal e intensa los conceptos del mundo y de la vida y de la sociedad, y de analizar con fina percepción de detalles los curiosos paralelismos de la evolución histórica, y las variadas evoluciones que en el arte determina el inasible elemento individual.[23]

El retorno a la metafísica y la marcada inclinación platónica que acusa la campaña antipositivista de los jóvenes de la Sociedad de Conferencias mexicana, señalan en Henríquez Ureña, el idealismo filosófico evidente en su obra antes y después de México.[24] Y es esa actitud la que desde Ensayos críticos comienza a delinear los caracteres de su visión utópica. Así en "José Joaquín Pérez" ve en la obra final del compatriota "el amor universal de las futuras relaciones latentes en el curso de !a fecunda evolución humana"; en la interpretación de Rodó, en "Ariel", parece identificarse con su idealismo "por una solidaridad cada vez más firme" de la civilización; y en el "Estudio de Lluria sobre la naturaleza y el problema social", destaca "el amor, medio natural de selección en la vida superorgánica" como "la base de la sociedad del porvenir."[25] Semejante concepción utópica termina el discurso sobre "Barreda", de Horas de estudio, manifestándose igualmente en otras obras;[26] pero obteniendo su concreción máxima en "La utopía de América" y "Patria de la justicia",[27] donde expone el ideal de una América unida, libre por la educación, la justicia social y la reforma económica; abierta a todos los vientos del espíritu y dedicada a perfeccionar el carácter original de su cultura.[28]

Como es bien sabido las letras hispánicas representan en la obra de Pedro Henríquez Ureña el cauce principal de sus aficiones críticas. Y dentro de ellas los temas que primero atrajeron su atención creadora fueron, fundamentalmente, los relacionados con las Antillas españolas en particular los de su patria y Cuba y con el modernismo. Lo esencial de esa producción inicial, que recoge en Ensayos críticos, está constituido por sus estudios sobre "José Joaquín Pérez", "El modernismo en la poesía cubana", Rubén Darío" y "Ariel". El primero que, a más de reflejar su preocupación por honrar los valores nativos, es una clara exposición de la obra del poeta, poco estudiado en su patria y menos conocido en América, es su primer intento serio de hurgar en la cultura nacional para preservación de sus tesoros y esclarecimiento de propios y extraños. Cuando aparece su segundo libro, Horas de estudio, el tema se ha extendido hasta merecer una sección especial titulada, precisamente, "De mi patria". En ella incluye materia histórica, literaria y cultural. A la ya mencionada defensa de las ruinas de la catedral y a la cuestión de la existencia de una literatura nacional, en las que la dilucidación histórica predomina, se añaden el trabajo sobre "José Joaquín Pérez", ya publicado en Ensayos críticos, y el perspicaz análisis de Galaripsos de Gastón Fernando Deligne; así como un panorama de la "Vida intelectual de Santo Domingo", al que complementa "Biblioteca Dominicana", bibliografía mínima de la cultura nacional. Desde 1904, por lo menos, Pedro Henríquez Ureña había penetrado con agudeza sorprendente en el mundo poético de Deligne, según indica "Reflorescencia", en La Cuna de América, el 18 de diciembre. El artículo provocó una carta del poeta, profundamente sorprendido por "la sagacidad crítica" del joven, que contaba en esa fecha veinte años:

Doy a Ud. gracias muy sinceras por los conceptos que Ud. externa acerca de mi labor literaria, en el último No. de La Cuna de América. Ninguno de los que han hecho juicios análogos, ha estado tan al hilo de lo que he querido hacer —aficionado literario— como Ud. Permítame que me regocije, al celebrar una sagacidad crítica nacional como la suya: de la que espero legítimamente un Sainte Beuve, un Zola, un Tayne: sin lisonja! [29]

Cuando cuatro años más tarde Henríquez Ureña escribe el artículo "Gastón F. Deligne", que incluye en Horas de Estudio (1 910), el análisis del poeta quedaría ya como definitivo, en su parte esencial, y revisado por el autor en 1946 se empleará como prólogo de la edición de poesías de Deligne titulada Galaripsos.[30]

El enfoque individual de autores, parte inicial de sus tareas literarias sobre la tierra natal, puede decirse que termina con los estudios sobre José Joaquín Pérez y Gastón F. Deligne, transformándose desde entonces en la amplitud de un período, de un género. En tal sentido debe considerarse seminal la significación de "Vida intelectual de Santo Domingo". Juzgándola desde el punto de vista local Emilio Rodríguez Demorizi traza, no obstante, la ampliación de su contenido, en los términos siguientes:

Entre los trabajos de Henríquez Ureña hay uno bien significativo, revelador de su entrañable dominicanidad: "Vida intelectual dominicana", que es de los capítulos de Horas de estudio, escrito en 1908. Años más tarde, en 1917, el trabajo aparece ampliado con el título de "Literatura dominicana", y en 1936 el breve folleto se refunde en la erudita obra La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, dedicado a un dominicano: al Dr. Américo Lugo. El caso es tan sencillo como significativo. Revela cómo el ilustre compatriota, a través del tiempo, iba acumulando noticias de su patria, sin perder un solo dato...[31]

Como si toda esta incesante labor no fuera suficiente, por el mismo Rodríguez Demorizi sabemos que en 1944, dos años antes de su muerte, Henríquez Ureña proyectaba una nueva edición aumentada y corregida de esa obra.[32] De modo que tema y patria lo acompañaban con vitalidad no disminuida, por toda su vida creadora.

Por el modernismo entra Pedro Henríquez Ureña, como crítico, a los grandes temas de la cultura hispánica, más allá de los límites patrios y antillanos.[33] El examen del movimiento, hecho en su primer libro principalmente a través de tres trabajos[34] revela una asombrosa modernidad y perspicacia que contiene la simiente de frutos posteriores. De especial originalidad es para esos primeros años del siglo el calificativo que emplea de "iniciadores" del modernismo para referirse a quienes la crítica continental llamará por muchos años "precursores": "Cuba es la patria de dos de los cuatro iniciadores del movimiento modernista en la poesía americana: Casal y Martí, copartícipe en esa gloria con Rubén Darío y Gutiérrez Nájera.[35] La novedad de esta afirmación por un joven de veintiún años, en 1905, al parecer pasa desapercibida y no reaparece en la crítica hasta que la repite casi cincuenta años después su hermano Max, en Breve historia del modernismo (1954).[36] Dos años más tarde, en el artículo "La poesía hispanoamericana",[37] Federico de Onís le dará vigencia definitiva al término hasta el punto de que, desde entonces, será aceptado por un buen número de críticos y profesores.[38] No consta, sin embargo, que se haya reconocido el aporte original de Henríquez Ureña.

En el mismo artículo de Henríquez Ureña sobre "El modernismo en la poesía cubana", sorprende, por el contrario, el olvido de Silva entre los iniciadores del modernismo, y la inclusión entre ellos del propio Rubén Darío. ¿Se debió esta omisión a lo poco conocida que fue por algún tiempo la obra de Silva aun en su propia patria? Difícil sería explicarlo. Lo cierto es que en el estudio sobre "Rubén Darío", también de 1905, y en el dedicado a "José María Gabriel y Galán" de dos años después, Henríquez Ureña muestra su conocimiento del poeta bogotano, mencionándolo más de una vez, y en el segundo de los trabajos citados lo incluye claramente entre los poetas modernistas.[39] Por último, cuando aparece en 1945 la edición de sus conferencias de Harvard bajo el título Literary Currents in Hispanic America, Silva se halla ya entre los iniciadores del movimiento aunque se conserva entre ellos, igualmente, la figura de Darío.[40]

También en ese trabajo de Ensayos críticos Henríquez Ureña capta bien la ceguera que ha de predominar en Cuba por largo tiempo sobre los valores literarios de Martí, eclipsados por su figura de apóstol.[41] Y en un artículo del mismo año 1905, "Martí, escritor", desarrolla el tema en el periódico La discusión:

Martí fue, aunque en Cuba lo sepan pocos, uno de los grandes escritores castellanos de su siglo. Fue un renovador del estilo... Como los artistas que, dominadores de la técnica de su arte, la revolucionan porque les resulta estrecha para sus nuevas concepciones, Martí realizó la reforma del estilo armado con un conocimiento profundo de la lengua y de los clásicos. Su estilo no ofrece semejanzas con el estacionario de la mayoría de sus contemporáneos de España: en ocasiones tiene la intensidad emocional de Teresa de Jesús, el mesurado y sugestivo donaire de Gracián, la maestría no forzada de los siglos de oro, siglos en que el castellano, evolucionando en armonía con las tendencias coetáneas, reflejaba mejor que hoy el espíritu y la vida de la raza. Pero el estilo de Martí quería ser y era moderno, "actual", como el de los escritores modernos de los países activos y fecundos en que el idioma evoluciona, como todo... Estilo sabio por la estructura, claro en el concepto, original en las imágenes, infinitamente variado en la expresión y con todo y sobre todo, personal y "humano" y siempre rico de pensamiento.

Por último, Martí fue un orador asombroso, verdaderamente único en su manera, y, por su sensibilidad, un gran poeta. No dominó el verso resonante de la tradición española; más bien "eludió la forma", como Bécquer, y fue un poeta exquisitamente sugestivo. Pocas estrofas hay en nuestra lengua más cálidas, "frágiles", que las que dedicó a la hija de su amigo Gutiérrez Nájera. ¿No bastarían para consagrarlo gran poeta sus páginas en prosa y verso para los niños? ...[42]

Por supuesto, no hay en este análisis estético de la obra martiana mención de lsmaelillo (1882) poco asequible entonces,[43] pero si una captación admirable de la labor innovadora del escritor, de las peculiaridades de su estilo de prosista y de poeta, de su lugar cimero en "el espíritu y la vida de la raza". El articulo demuestra igualmente que Henríquez Ureña se adelanta a la critica hispanoamericana al referirse a "la voluntad de estilo" de Martí, al entronque de su prosa con la de clásicos españoles como Santa Teresa, a la ecuación modernismo y modernidad.[44] Cuando Henríquez Ureña publica otro articulo titulado "Martí", en 1931, lamenta la bibliografía aún no escrita y la obra en gran parte inédita todavía.[45] No debe olvidarse, por consiguiente, que al escribir sus artículos de 1905 apenas se habían publicado cinco volúmenes de las Obras completas de Martí, editadas por Gonzalo de Quesada, y que de ellos el volumen V exclusivamente contenfa producción literaria: La Edad de Oro. "Nuestra América", Amistad funesta, Ismaelillo, Versos sencillos y "Versos libres", su obra teatral y critica, son de fecha posterior y se incluyen entre los volúmenes Vil y XIII, de 1911 a 1914.[46] ¿Conocfa Henrfquez Ureña parte de la obra martiana antes de venir a Cuba? Es muy posible. De paso por Santo Domingo, nos dice, Martf "electrificó con sus discursos y esto bastó para que allí se publicara en 1896 un libro de ofrendas a su memoria".[47] Sin duda conoció Henríquez Ureña ese libro; pero además es lógico asumir que haya sentido mucho más cercana la presencia del gr