(Santo Domingo, 1884 -Buenos Aires, 1946)

Pedro Henríquez Ureña:
La identidad cultural hispanoamericana en la "Utopía de América"

Laura A. Moya López

Introducción

La reconstrucción de la historia de las ideas en el México de principios del siglo XX se encuentra íntimamente ligada al estudio de uno de los grupos intelectuales responsables de sentar las bases de la cultura mexicana contemporánea: el Ateneo de la Juventud (1909-1914). Álvaro Matute ha definido al Ateneo como una asociación civil, un grupo y una generación, demostrando así las dificultades que todo estudioso enfrenta al momento de clasificarles. Asimismo el Ateneo ha sido reconocido como una comunidad que contribuyó a la ruptura política y filosófica con el legado positivista, herencia de la República Restaurada (1867-1876) y fundamentalmente del Porfiriato (1876-1911). [1]

El Ateneo representó el regreso a las llamadas preocupaciones metafísicas, afirmando la validez de la libertad humana como fundamento del espíritu y por supuesto de todo proceso de conocimiento. Alfonso Reyes, Antonio Caso, José Vasconcelos y Pedro Henríquez Ureña constituyeron el núcleo ateneísta, pero la asociación estuvo conformada aproximadamente por 69 miembros, muchos de ellos abogados, historiadores, pintores, literatos, un ingeniero —Alberto J. Pañi— y un médico —Alfonso Pruneda. Destacaron en particular los nombres de Martín Luís Guzmán, Julio Torri, Ricardo Gómez Róbelo, Jesús Acevedo, Enrique González Martínez, Manuel M. Ponce, Diego Rivera, Ángel Zárraga, entre otros. [2] Muchos de ellos fueron intelectuales formados en la mejor tradición positivista, y emprendieron caminos diversos para rebatir la ortodoxia política y teórica de esta corriente de pensamiento que sin embargo moldeó su disciplina y talentos. Alejados del darwinismo social y del fetichismo de la ciencia como única vía de conocimiento verdadero, impulsaron el libre albedrío y creyeron en la fuerza del sentimiento y la responsabilidad humana, tanto individual como colectiva, frente a todo fatalismo.

El Ateneo de la Juventud representó un intento y la consumación del esfuerzo por resignificar la cultura y los problemas de México, desde la perspectiva de nuevos marcos interpretativos que transitaron del humanismo griego a las lecturas de Kant, Nietzsche, Schopenhauer, Bergson, Boutroux, Croce y José Enrique Rodó, entre otros. Sus objetivos se centraron en la necesidad de trabajar en favor de la cultura y el arte. Para lograrlo organizarían reuniones públicas en las cuales se daría lectura a trabajos literarios, científicos y filosóficos. Asimismo sus miembros escogerían temas para dar lugar a discusiones y a la difusión de las ideas.

Pedro Henríquez Ureña es entre los ateneístas uno de los autores más representativos de las preocupaciones que recorrieron esta organización cultural: el problema de la identidad nacional y de la identidad hispanoamericana. Sin duda, el replanteamiento del problema de la identidad se desenvolvió en los albores del siglo XX, bajo la presencia de un doble escenario: la pérdida de la última colonia española que cuestionó profundamente los lazos aún existentes entre el nuevo continente y España, y por otra parte la reflexión heredada del siglo XIX en torno al referente mestizo como sinónimo de identidad nacional.

Las ideas de Henríquez Ureña sobre la identidad cultural de la América española, objeto de este ensayo, se encuentran claramente plasmadas en un amplio proyecto civilizatorio que denominó la utopía de América. En él, Henríquez Ureña vio en la cultura de las humanidades heredada de los griegos una oportunidad para cultivar un espíritu crítico del mundo circundante, capaz de juzgar, comparar y experimentar. Su utopía de América aspiraba al acceso a la modernidad bajo el ideal del perfeccionamiento individual constante.

Sin embargo, la entraña de la utopía se fundaba no sólo en una aspiración, sino en una realidad cotidiana. Este proyecto civilizatorio, denominado utopía, ubicó la esencia de la identidad hispanoamericana bajo la representación común del mundo contenida en el idioma español y su función vinculante en el continente. Así Henríquez Ureña compartió con Antonio Caso y José Vasconcelos la inquietud por resolver el problema hispanoamericano dado por la tensión entre lo universal, la cultura humanista, y lo particular dado en este caso por las tradiciones, costumbres e historia nacionales. Henríquez Ureña contribuyó a la historia de las ideas, y al pensamiento hispanoamericano, gracias a su reconstrucción de las corrientes literarias y artísticas que expresaban el espíritu de un puñado de pueblos enlazados por el vínculo de la lengua española. El idioma tanto para Henríquez Ureña como para Miguel de Unamuno sintetizaba formas de pensamiento y de representación del mundo que integraban a la América española a través de un mestizaje espiritual.

El pensamiento utópico de Pedro Henríquez Ureña entendió la relevancia de su momento histórico, al asumir que la comprensión de éste derivaba en la obligación moral de promover nuevos proyectos. Henríquez Ureña centró su atención en la dimensión de la vida cultural, como el horizonte que posibilitaría la perfectibilidad moral y espiritual de Hispanoamérica, sustento de todo cambio estructural. Así, los aspectos del pensamiento del autor referidos a la utopía de América le permitieron establecer un contraste entre el mundo ideal por él deseado y los problemas acuciantes de su tiempo. La consecuencia natural de este proceso fue el constante impulso a la creación de instituciones y actitudes que contribuyeran a forjar un espíritu crítico y humanista. De ello, Henríquez Ureña dio cuenta en toda Hispanoamérica.

En este ensayo intentamos presentar las ideas de Henríquez Ureña que nos brindan un panorama de los elementos integrantes de la utopía de América, no sólo en tanto proyecto cultural afianzador de la identidad hispanoamericana, sino también como parte del sustento histórico, filosófico y sociológico necesario para comprender el sentido y los fines de la obra del autor, en un sentido más amplio. El ensayo está dividido en tres apartados. En el primero de ellos, presentamos una semblanza biográfica que pretende mostrar el profundo vínculo existente entre la vida de Henríquez Ureña, sus ligas familiares con el mundo de la cultura y el perfil de su riquísima trayectoria intelectual. Lo anterior permitió descubrir no sólo los orígenes de su pensamiento utópico, sino la fuente de su preocupación por el problema de la identidad.

En la segunda parte, explicamos una de las dimensiones más importantes del pensamiento del autor y que se refieren a los conceptos e ideas que integran la llamada utopía de América. Este apartado se subdividió a su vez en tres grandes temas eje del pensamiento del autor: "Cultura y Universidad", "La cultura de las humanidades" y finalmente "La utopía de América". De esta manera, pretendemos mostrar la relación que encontramos entre el papel de las instituciones, la filosofía humanista y la dimensión del pensamiento utópico del autor, el cual, como veremos, se vio además fuertemente influido por José Enrique Rodó y las nuevas interpretaciones sobre la presencia de España en América.

Finalmente, en el tercer y último apartado explicamos por qué para Pedro Henríquez Ureña eran la literatura y el idioma español los caminos que conducían a la realización de la utopía en la América hispánica y a la definición de un rostro cultural y una identidad común para las naciones hispanoamericanas. Planteamos cómo sus ideas sobre el conflicto generado por la búsqueda de la originalidad en este terreno se encontraban engarzadas en realidad con el problema de la identidad cultural hispanoamericana. El legado de la cultura latina que España había brindado sería asimilado a través de la vivencia, el paisaje y la historia única e irrepetible de este continente. La literatura permitiría engarzar lo universal bajo una expresión particular y única. En el siglo XX, éste era nuestro vínculo fundamental con aquella nación y la raíz de nuestra identidad.

Pedro Henríquez Ureña: los orígenes de la utopía de América,

1884-1946

Los aspectos biográficos de Pedro Henríquez Ureña proporcionan algunas claves importantes para comprender la presencia constante del tema de la identidad a lo largo de su obra y que se sintetizan con claridad en la utopía de América: comprender la fuerza y potencial integrador de la palabra y del idioma español, su amor filial a la literatura, los agravios por la invasión de Santo Domingo y de la cultura anglosajona, materialista y sensual, en toda Hispanoamérica. De ahí derivó probablemente su nostalgia por la herencia latina y humanista de España que lo convirtió, como veremos, en un intelectual que vivió en América y en España como exiliado. Éste es el origen de su búsqueda de un ideal de fraternidad cultural compartida por la lengua española, por encima de las fronteras geográficas y las diferencias económicas, políticas o culturales. La experiencia del desarraigo lo llevó a buscar su ideal de patria en aquella fraternidad hispanoamericana.

Nacido el 29 de junio de 1884 en Santo Domingo, República Dominicana, nuestro autor fue hijo del médico, político y escritor Francisco Henríquez y Carvajal, quien fue ministro de Relaciones Exteriores del país y presidente de la República, y de Salomé Ureña, importante escritora, quien además bajo la influencia de Hostos estableció la Escuela Normal de Santo Domingo y en 1881 fundó el Instituto para Señoritas. [3] Por ambas ramas la familia cultivó y consolidó cierta tradición cultural en la isla. El padre, opositor del dictador Ulises Heureaux fue director de la Escuela Preparatoria. Su madre, autora de poemas patrióticos de intención civil y civilizadora, fue, junto con José Joaquín Pérez, la escritora más significativa de las letras dominicanas de entonces.

Uno de los datos biográficos más interesantes en la trayectoria de Henríquez Ureña radica en el hecho de haber sido educado, junto con sus hermanos Fran y Max, directamente por sus padres. Asistieron por primera vez a un sistema de educación formal en 1895, en el Liceo Dominicano. Sin embargo, el proceso de aprendizaje se vio constantemente reforzado por la asiduidad familiar a veladas literarias y por el temprano contacto de Pedro con la cultura musical. Su vida en esta etapa se vio marcada por la trayectoria política del padre. Su inconformidad con el régimen político de Heureaux los obligó a instalarse en Cabo Haitiano, donde los tres hijos de la familia Henríquez Ureña fundaron una sociedad literaria llamada "El Siglo Veinte". En 1897, Pedro y Fran regresaron a Santo Domingo, después del deceso de su madre, para continuar el bachillerato. El hogar de Henríquez Ureña estuvo integrado por la escuela y la velada literaria, de donde adquirió su profundo sentido del deber, la responsabilidad, su incipiente espíritu reflexivo y su profunda pasión por la poesía.

Sin duda, la historia de Santo Domingo explica en parte la admiración y la nostalgia de Pedro por la España renacentista y el Siglo de Oro, temas recurrentes en su obra: la isla fue el primer suelo americano pisado por Cristóbal Colón, lo cual le otorgaba un lugar privilegiado en la historia de la América española. Después de su independencia forzada en 1821, Santo Domingo se volvió a unir a España entre 1861 y 1865, y no es sino hasta 1905 que Estados Unidos ocupó las aduanas e invadió el país.

Un poco antes, en 1899, con el asesinato del general Ulises Heureaux, cambió la situación familiar. El nuevo presidente, Juan Isidro Jiménez, nombró al padre de Pedro ministro de Relaciones Exteriores. Pedro publicó sus primeros artículos en las revistas literarias El Ibis, Páginas y Nuevas Páginas. Entre 1901 y 1906, la vida de Pedro Henríquez Ureña transcurrió entre los Estados Unidos y La Habana, bajo un proceso intenso de formación intelectual que incluyó estudios musicales, literarios y una inclinación temprana por la crítica literaria y la difusión cultural.

En 1903, concibió su proyecto de escribir un estudio sobre tres escritores jóvenes a los que consideró como representativos de las tres razas: D'Annunzio por la latina, Kipling por la sajona y Gorki por la eslava. En realidad sólo escribió el ensayo sobre D'Annunzio, que publicó junto con un ensayo sobre Rodó, primero en la revista Cuba Literaria y después en su primer libro Ensayos críticos. En 1905, incluyó otros ensayos para completar el contenido de esta obra con reflexiones sobre letras europeas (D'Annunzio, Wilde, Shaw) y tres artículos sobre ópera.

En 1906 y hasta 1914 Henríquez Ureña vivió en México, donde realizó una importantísima labor cultural. Aquí ingresó a la redacción de El Imparvial y se vinculó con la Revista Moderna dirigida por Jesús Valenzuela. Conoció a Antonio Caso, a Alfonso Cravioto y a Luís Castillo Ledón —fundadores de Savia Moderna—, a Alfonso Reyes, Luís G. Urbina, Marcelino Dávalos y José Vasconcelos, entre otros. Bien conocido en este periodo fue el episodio de la participación de Henríquez Ureña en la redacción de una protesta por la reaparición de la Revista Azul, dirigida por Caballero en 1907, así como su participación en un acto de desagravio a Gutiérrez Nájera.

En ese mismo año se fundó la Sociedad de Conferencias, organizada por el grupo más selecto de la juventud intelectual mexicana; se dictaron seis conferencias iniciales encabezadas por A. Cravioto, A. Caso, R. Valenti, J. T. Acevedo, R. Gómez Róbelo y Henríquez Ureña. El espíritu de independencia intelectual, la inquietud filosófica y en general la defensa de las humanidades se convirtieron en parte de la identidad de este grupo. En 1908, Henríquez Ureña y, una vez más, Jesús Acevedo organizaron otro ciclo de conferencias, antes del cual cada miembro del grupo estudiaría un tema de la cultura griega, y juntos leerían y discutirían. Estas conferencias no se realizaron, pero marcaron el punto de ruptura y crítica de Henríquez Ureña con el positivismo y, ante todo, una experiencia de conocimiento profundo sobre Grecia y la llamada cultura de las humanidades. En ella encontró las semillas de nuestra identidad cultural.

Un segundo ciclo de conferencias que sí se realizó en 1908 incluyó a Caso, Max Henríquez Ureña, Fernández McGregor, I. Fabela y R. Valenti. Pedro no participó en esta ocasión. Mientras, dio a conocer su libro Horas de estudio y contribuyó con Alfonso Reyes para la publicación en México del Ariel de Rodó.

En 1909, Henríquez Ureña se convirtió en un importante miembro en la fundación del Ateneo de la Juventud y también comenzó sus estudios de métrica al publicar el ensayo sobre "El verso endecasílabo", en la Revista Moderna. Asimismo, se interesó por asuntos de filosofía con un ensayo sobre positivismo, que integraría a su obra Horas de estudio. En ese mismo año, nuestro autor asistió a la Convención Nacional Reeleccionista en la que Porfirio Díaz y Ramón Corral fueron proclamados como candidatos a la presidencia y vicepresidencia, respectivamente. Presente entre el público, Henríquez Ureña escuchó y criticó después un discurso pronunciado por Antonio Caso en nombre de la juventud, en el cual Caso no se dirigía directamente a las personas y "manoseaba", en opinión de Henríquez Ureña, el concepto de democracia, al justificar por qué no podía implantarse en México, en ese momento. Algunos ateneístas, entre ellos nuestro autor, le indicaba a Caso que como intelectual debía evitar el compromiso político directo o bien que no tenía por qué comprometerse con una opción tan inmovilista como la reeleccionista.

El año de 1910 fue para nuestro autor de preparación de la Antología del centenario, diseñada por Justo Sierra y cuya redacción estuvo a cargo de Luís G. Urbina y Nicolás Rangel. Henríquez Ureña escribió las introducciones a once escritores mexicanos del siglo XVIII, así como el índice biográfico de la época. Fue también en ese entonces cuando ocupó el cargo de oficial mayor de la secretaría de la Universidad. Fue designado profesor de Lengua Española en la Escuela Superior de Comercio y Administración y catedrático de Literatura Española e Hispanoamericana en la Escuela Preparatoria de la Universidad. Hacia 1912, fue cofundador de la Universidad Popular de México y continuó sus estudios de abogacía.

Posteriormente fue catedrático de literatura Inglesa y de Historia de la Lengua y la Literatura Españolas en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México. Redactó las Tablas cronológicas de la literatura española para la Universidad Popular Mexicana. A ese año correspondieron también varios trabajos sobre letras españolas o coloniales americanas, entre ellos su conferencia sobre Juan Ruiz de Alarcón. En 1914, el autor obtuvo el título de abogado y, sin aguardar la entrega del diploma (que recibió por él su discípulo Antonio Castro Leal), partió hacia Cuba, donde colaboró en revistas como El Fígarv y en el periódico El Heraldo de Cuba. Para optar por el título, presentó una tesis sobre la Universidad, con la cual al publicarse, parcialmente en 1919, tuvo la intención no sólo de cumplir con un requisito universitario sino, en palabras del autor, de contribuir a la defensa de esta institución frente a la cerrazón positivista.

En esos años también participó angustiado en los sucesos dominicanos a partir del desembarco de tropas americanas en 1916, la elección de su padre como presidente provisional por el Congreso dominicano y su posterior exilio.

Entre 1917 y 1920 impartió cursos en Minnesota sobre literatura española de 1500 a 1900, estudios sobre la obra de Cervantes, lecturas de español sobre textos hispanoamericanos y, en Chicago, sobre drama español de los siglos XIX y XX, la novela española y Cervantes vida y obra, entre otros. Asimismo, concluyó y presentó su tesis de doctorado en filosofía que escribió en español y que tituló La versificación irregular en la poesía castellana. El viaje a España se constituyó en una de las experiencias más intensas de Henríquez Ureña, dado su profundo conocimiento del idioma español como fuente y vínculo de la identidad hispanoamericana. Esta preocupación se reflejó en la publicación en la Revista Filológica Española de su tesis y de diversos ensayos sobre el español en América que inspiraron su progresiva dedicación a los estudios sobre la lengua.

En 1921 tuvo lugar el retorno fugaz de Henríquez Ureña a México. Llamado por Vasconcelos, fue profesor de la Universidad y promovió las actividades de la Escuela de Altos Estudios. Un año después publicó su libro En la orilla Mi España, en el que reunió ensayos que había escrito sobre letras españolas, así como artículos sobre costumbres, arte español, etcétera. En su viaje a Buenos Aires en la comitiva de José Vasconcelos, quien representaba a México en las ceremonias de transmisión del mando presidencial, conoció la Universidad de La Plata, donde se celebró un homenaje a la delegación mexicana. Ahí, Pedro Henríquez Ureña leyó su famosa conferencia "La utopía de América", de 1922, y posteriormente publicó otro texto ligado estrechamente al tema, "Patria de la justicia", en 1925. Dadas las condiciones de inestabilidad y confrontación política en México, y sus fuertes diferencias con Vasconcelos, Henríquez Ureña renunció a su cargo de jefe del Departamento de Intercambio Universitario y a la Escuela de Verano en septiembre de 1923. Emigró hacia Argentina en busca de nuevas oportunidades, y este país se convirtió en su residencia definitiva desde 1924 hasta su muerte en 1946.

En los años siguientes, nuestro autor fue profesor en la Universidad Nacional de La Plata, y se dedicó con ahínco a la divulgación humanista, fijando lo que consideraba como los principios rectores de la cultura hispanoamericana. Bajo esta tónica, impartió algunas de sus conferencias más famosas y publicó sus más difundidos textos. [4] La vida de Henríquez Ureña refleja una sensación de desarraigo que tuvo como contraparte su insistencia por echar raíces y permanecer. Buscó sus puntos de semejanza con otros intelectuales que asumieron la dirección cultural de sus naciones, a partir de la creación de instituciones, de la difusión, el ejercicio crítico, la discusión y el rescate indispensable de la cultura de las humanidades. Veamos cuáles fueron algunos de los componentes fundamentales del proyecto de recomposición cultural de Pedro Henríquez Ureña.

El problema de la identidad, es decir, de la definición del conjunto de referentes que fijan los sentidos de pertenencia a una comunidad, tuvo durante el siglo XIX su núcleo fundamental de discusión en torno a la variable de la raza. De esta forma, el ideal de patria, por lo menos en México, estaba profundamente ligado a contenidos de tipo mestizo. Algunos miembros del Ateneo de la Juventud, entre ellos, Henríquez Ureña, plantearon sus reflexiones sobre la identidad bajo un marco de interpretación que enfatizó no el contenido biológico de las razas, sino la posibilidad de un mestizaje cultural, aceptando de una vez el peso de la herencia latina y huma-nista. Sin duda José María Vigil y Justo Sierra fueron en el contexto mexicano antecesores importantes en esta reflexión.

La identidad de Hispanoamérica para nuestro autor se encontraba fincada en el ámbito de la cultura, que fue planteado en dos dimensiones complementarias a lo largo de su obra. En primer lugar, el autor convirtió a la historia de la cultura en la América hispánica en un objeto de estudio que logró clasificar y ordenar un complejo entramado de costumbres, expresiones estéticas y artísticas, así como de tendencias literarias y filosóficas diversas, para brindarnos un panorama coherente de la esencia hispanoamericana, vinculada para Henríquez Ureña por la existencia de una forma de expresión y por tanto de representación común del mundo: el idioma español. Encontró en la escritura de la historia de la cultura una forma de afianzar la memoria colectiva de Hispanoamérica.

La segunda dimensión de su análisis cobre la cultura se refiere al planteamiento de un problema filosófico de gran importancia en su época: la relación entre lo particular y lo universal, es decir, el eterno conflicto entre lo nacional y lo universal, tema del que se ocuparon también Vasconcelos, Caso, Reyes y, posteriormente, Samuel Ramos en 1934 con la obra El perfil del hombre y la cultura en México.

Frente a este dilema entre lo universal (la cultura de las humanidades) y lo particular (las manifestaciones culturales nacionales), Henríquez Ureña respondió a partir de la formulación de una utopía, es decir, de un esfuerzo por construir una imagen de la sociedad deseable en que la armonía sería el valor dominante. Para cumplir con este objetivo, la atención del autor se centró no en reflexiones sobre el contexto socioeconómico y político hispanoamericano, sino en la dimensión de la vida cultural como el gran horizonte que permitiría la perfectibilidad moral y espiritual del hombre. Muchos de los ensayos a los que nos referiremos a continuación reflejan una gran confianza en las posibilidades humanas.

El utopismo de Henríquez Ureña contribuyó a recordarle a las sociedades hispanoamericanas sus limitaciones y que, aunque pudieran estar satisfechas consigo mismas, eran concebibles otras formas de vida. Si en la época actual podemos advertir que el utopismo logra articular una perspectiva y un diagnóstico sobre los problemas más acuciantes, a partir del contraste con el mundo ideal, Henríquez Ureña logró no sólo reconstruir nuestra memoria histórica sobre la vida cultural de Hispanoamérica, sino que además contribuyó a perfilar una utopía, un proyecto cultural que, si bien en sí mismo era irrealizable como toda utopía, su importancia radicó en orientar la vida intelectual del autor hacia ese fin, otorgándole sentido y dirección a cada una de sus empresas culturales. [5] Logró pensar lo posible a través de la dimensión de lo deseable y, si bien reconoció la importancia de las transformaciones estructurales en Hispanoamérica, depositó su fe absoluta en la necesidad de una transformación moral y cultural.

La llamada utopía de América de Pedro Henríquez Ureña no es solamente el título de un discurso que el autor pronuncia en Argentina, sino un verdadero proyecto civilizador que lograría integrar a Hispanoamérica. Sus componentes fundamentales eran los siguientes: en primer lugar, la discusión en torno al papel de la educación pública, la Universidad y la alta cultura; en segundo lugar, el referente griego de la cultura humanista y su ideal de progreso, y finalmente su aguda reflexión sobre el sentido de las utopías en América.

Cultura y Universidad

Para nuestro autor, reflexionar sobre la universidad significó la defensa de un proyecto que los ateneístas compartieron con el maestro Sierra, cuando éste era ministro de Instrucción Pública, a partir de 1905. Este proyecto consistió en advertir los logros que la educación positivista había traído consigo: el carácter laico y racional de la educación impartida en México a partir de 1867. En el homenaje a Barreda, el mismo Henríquez Ureña pronunció un discurso en el que defendía estas ideas, y terminaba anunciando tres grandes vetas de transformación educativa: la renovación filosófica en México, la fundación de la Universidad y el papel activo que desempeñaría la nueva generación, es decir, la suya. La fundación de la Universidad Nacional de México en 1910, y en particular la fundación de la Escuela de Altos Estudios, significó para los ateneístas en general y para Henríquez Ureña en particular la apertura de nuevos espacios para el ejercicio crítico y el estudio institucionalizado de las humanidades.

Hacia 1914, Henríquez Ureña definía a la Universidad como una institución destinada a cumplir los fines de la alta cultura y de cultura técnica. En esos días se discutía si la Universidad debía destinarse sólo a la alta cultura, a la investigación y al conocimiento desinteresado, aunque históricamente nunca había desatendido la cultura técnica y práctica que llevaba el nombre de educación profesional. [6] Nuestro autor vio a la Universidad como una de las herencias de Grecia a la civilización moderna, pues las instituciones de principios de siglo no eran más que la reaparición del pensamiento libre y de la investigación audaz. Destinada a la libre investigación por sus lejanos orígenes helénicos y por las modernas influencias germánicas, y obligada también a la aplicación práctica de la cultura por el mundo latino, la Universidad debía abarcar escuelas profesionales y planteles para la pesquisa científica. Henríquez Ureña realizó así un completísimo rastreo sobre el origen histórico de la Universidad, para advertir la existencia de tres tipos importantes en esa época: el inglés antiguo, el francés antiguo reformado y el alemán moderno. [7] Esta tipología para Henríquez Ureña no tenía solamente un valor erudito, sino que era punto de referencia para caracterizar y defender a la universidad hispanoamericana en general y a la mexicana en particular. En este último caso, buscaba reivindicar la institución fundada por Justo Sierra frente a algunos ataques positivistas ya tardíos que cuestionaban los fines de la cultura humanista y la independencia de la enseñanza pública, dentro de la vida política de las naciones.

Pedro Henríquez Ureña dedicó una parte sustantiva de su esfuerzo dentro de este tema a rastrear los orígenes de la Universidad Nacional de México (1910). Para ello, desplazó su memoria al estudio de los orígenes de las universidades españolas del siglo XIII, hasta el traslado de esta institución a América a partir de la Conquista. Se fundaron la Imperial y Pontificia de Santo Domingo en 1538 y la Pontificia de México en 1553. Sus cátedras, ocho al principio, se aumentaron con el tiempo hasta veinticuatro, distribuidas en cuatro facultades: Arte, Teología, Medicina y Derecho. La Universidad tenía como característica predominante el ser independiente del poder político por el origen de sus recursos y capacidad de autogobierno. Después de numerosas vicisitudes históricas y políticas, señala Henríquez Ureña, en el siglo XIX la Universidad desapareció, en 1865.

Para el autor, cuando en 1910, Justo Sierra organizó la institución existente, la Universidad Nacional de México, ésta era una necesidad de civilización del país. [8] Las condiciones de la vida intelectual mexicana exigían que hubiera un centro de coordinación, difusión y de perfeccionamiento. Para Henríquez Ureña, dos influencias combinadas formaron la Universidad de México: la francesa representada por Justo Sierra y la alemana representada por Ezequiel Chávez. Siguiendo la primera se incorporaron a la institución las escuelas de Jurisprudencia, Medicina, Ingeniería y Arquitectura. Además, siguiendo la tradición medieval, se le sumó la Escuela Preparatoria. A la tendencia alemana se debían la creación de la Escuela de Altos Estudios y la incorporación de los planteles de investigación, tales como los institutos médico, patológico, bacteriológico, geológico, así como los observatorios meteorológico y astronómico y los museos de Arqueología, Historia y Etnología. Puede observarse que bajo este esquema organizativo desaparecía la facultad o escuela de Teología.

En el orden de ideas relativo a la refundación de la Universidad, Henríquez Ureña externó preocupaciones no sólo filosóficas, sino fundamentalmente políticas. En los artículos "La Universidad", texto de 1914, síntesis de su tesis de licenciatura, y "Las universidades como instituciones de derecho público" de 1915, el autor se preocupó por establecer los términos del vínculo entre el Estado y la cultura universitaria, en defensa del carácter público y autónomo de las funciones de dicha institución. Después de disertar sobre los fines y funciones del Estado, ante la crisis del liberalismo individualista del siglo XIX, y aun bajo cierta inspiración utilitarista, que justificaba la intervención del Estado en el ámbito de la educación, Henríquez Ureña sostuvo como obligación del Estado la impartición de la educación popular que cubriera las necesidades sociales básicas, así como el impulso a la llamada alta cultura y a la cultura técnica. Sin embargo, Henríquez Ureña defendió el hecho de que sostener pecuniariamente a la Universidad no le daba derechos al Estado para interferir en su administración y gobierno.

Cabe señalar que el énfasis de Henríquez Ureña sobre este asunto venía a cuestionar el estatuto que daba origen a la Universidad, institución que entonces dependía del Poder Legislativo para la expedición o modificación de sus leyes constitutivas y planes de estudio y para la aprobación de sus gastos y sus asignaciones en el Presupuesto Federal de Egresos. [9] En el fondo de esta importantísima controversia se encontraba la demanda de delimitar las intervenciones de la Secretaría de Instrucción Pública y del Congreso Federal a sus justos términos, lo que implicaba la aplicación de criterios netamente académicos en la designación de autoridades y en la formulación de planes de estudio. La tesis de Henríquez Ureña contribuyó a la discusión sobre la Universidad Nacional como persona jurídica, cuyo principio de independencia le permitía desarrollar libremente muchas actividades y organizarse como entidad autónoma.

Estos ensayos son una clara muestra de cómo los estudios de leyes de nuestro autor se encontraban ligados a su preocupación por lograr una libertad intelectual que debía encarnar en los fines de la Universidad misma. Henríquez Ureña defendió la importancia de la educación profesional, debido a que estaba convencido de la necesidad de formar a una nueva clase que dirigiera los destinos culturales de las naciones de Hispanoamérica. La defensa jurídica de la institución fundada por Sierra se sustentaba además en una filosofía permeada por los valores de la cultura humanista, como gran referente de crítica a otros sistemas de ideas, entre otros el positivismo. La inauguración de la Universidad Nacional y de la Escuela de Altos Estudios significó la definición de un espacio académico y político para el estudio de las humanidades, nuevo patrimonio de ideas que reformularían los valores de la identidad hispanoamericana. Veamos qué elementos rescató Henríquez Ureña de la herencia latina humanista.

La cultura de las humanidades

Éste fue el título no sólo de un discurso pronunciado con motivo de la inauguración de las clases en la Escuela de Altos Estudios en 1910, sino que sintetiza una de las preocupaciones intelectuales más importantes del pensamiento de Pedro Henríquez Ureña. A la par que analizó el proceso de organización de la Universidad, se dedicó a explicar cómo tuvo lugar la institucionalización de la alta cultura con la fundación de la Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México en 1910, así como la génesis del Ateneo de la Juventud, ambos acontecimientos como parte sustantiva de un movimiento amplio de cuestionamiento de las bases culturales del Porfiriato.

La importancia de la Escuela de Altos Estudios radicaba, para Henríquez Ureña, en impulsar las ciencias, las humanidades y la alta cultura desinteresada. [10] En América Latina, este último fin había sido visto con gran recelo, pues fundamentalmente se buscaba ilustrar para dirigir socialmente. La Escuela de Altos Estudios, señalaba Henríquez Ureña, se enfrentó al problema de no haber presentado planes, programas ni modalidades de organización de las carreras, y, con la caída de Díaz, fue desdeñada por los gobiernos sucesivos y víctima de numerosos ataques. El autor advirtió el impacto de diversas figuras públicas y corrientes filosóficas en aquella Escuela: el positivista Porfirio Parra, de tradición comtiana; la trascendencia del primer curso libre de la Escuela de Filosofía, encabezado por Antonio Caso, y las presencias bienhechoras de Alfonso Pruneda y Ezequie