José
Luis Martínez
El cincuentenario y la
recopilación de los estudios mexicanos
Pedro
Henríquez Ureña, el maestro dominicano cuyo cincuentenario se conmemora,
contribuyó con generosidad y lucidez a la formación de la cultura
moderna de México y es un escritor cuya obra en conjunto tiene un
valor excepcional como visión orgánica de la cultura hispanoamericana.
Para
honrar su memoria y acercarnos al conocimiento de su obra y aumentar
el de nuestra propia cultura, el presente volumen recoge los estudios
que escribió Henríquez Ureña sobre temas mexicanos: letras coloniales,
literatura de la época de Independencia, crónicas de la empresa ateneísta,
notas sobre escritores y artistas e instituciones y estudios sobre
el español y el folklore de México. Con esta recopilación —en la que
se han excluído las numerosas referencias a personalidades y obras
mexicanas que hay en sus obras generales: Corrientes literarias
en la América hispánica (1945) e Historia de la cultura en
la América hispánica (1947)— queda integrado lo principal de este
sector importante en la obra de Henríquez Ureña, y se rescata de la
dispersión lo mucho y valioso que el maestro dominicano escribió sobre
cosas de nuestro país que fue también suyo.
El
29 de junio de 1884, día de San Pedro, nació en Santo Domingo, capital
de la República Dominicana, Pedro Nicolás Federico, segundo hijo de
Francisco Henríquez y Carvajal y de Salomé Ureña. El padre, médico
de profesión, sería Ministro de Relaciones Exteriores y Presidente
de la República, y dio a Pedro su espíritu cívico y su inclinación
científica. Las letras le venían de su madre, poetisa y educadora,
discípula de Eugenio María de Hostos y fundadora del Instituto de
Señoritas, que fue considerada en Santo Domingo la personalidad sobresaliente
de la literatura de su tiempo.
La
intuición maternal de Salomé Ureña de Henríquez advirtió, desde la
niñez de Pedro, su gravedad y su intensa vocación por el estudio y,
cuando su hijo contaba seis años, le escribió este vaticinio de conmovedora
ternura:
Mi Pedro no es soldado; no ambiciona
de César ni Alejandro los laureles;
si a sus sienes aguarda una corona,
la hallará del estudio en los vergeles.
¡Si lo vierais jugar! Tienen sus juegos
algo de serio que a pensar inclina.
Nunca la guerra le inspiró sus fuegos:
la fuerza del progreso lo domina.
¡Hijo del siglo, para el bien creado,
la fiebre de la vida lo sacude;
busca la luz, como el insecto alado,
y en sus fulgores a inundarse acude.
Amante de la Patria y entusiasta,
el escudo conoce, en él se huelga,
y de una caña que transforma en asta,
el cruzado pendón trémulo cuelga.
El
6 de marzo de 1897 muere de tuberculosis la poetisa Salomé Ureña.
Lo último que escribió fueron dos estrofas más para completar el poema
de 1890.
Así es mi Pedro, generoso y bueno;
todo lo grande le merece culto;
entre el ruido del mundo irá sereno,
que lleva de virtud germen oculto.
Cuando sacude su infantil cabeza
el pensamiento que le infunde brío,
estalla en bendiciones mi terneza
y digo al porvenir: ¡Te lo confío!
Años
más tarde, en 1901 su padre viaja a los Estados Unidos comisionado
por su gobierno y lleva con él a sus hijos Francisco, Pedro y Max
—los dos últimos acaban de graduarse de bachilleres. Viven en Nueva
York e inician estudios en la Universidad de Columbia. Pero al año
siguiente, don Francisco tiene que regresar a Santo Domingo y los
muchachos deciden seguir en Nueva York sosteniéndose por su propia
cuenta. Francisco y Pedro toman un curso comercial y Pedro logra obtener
un duro trabajo como oficinista, Max es pianista en un restaurante.
A pesar del rigor del trabajo, Pedro sigue asistiendo a conciertos,
óperas y teatros, lee en las bibliotecas públicas y comienza a escribir
crónicas y poesías. En marzo de 1904 volverán los hermanos a La Habana,
adonde se había trasladado su padre. Gracias a sus años estadounidenses
dominó el inglés, que escribirá corrientemente, y en su educación
dominicana y posteriormente había aprendido latín, tenía nociones
de griego y sabía francés e italiano.
En
1905 se publica en La Habana el primer libro de Pedro Henríquez Ureña,
Ensayos críticos, con estudios que habían aparecido, en su
mayor parte, en Cuba Literaria, la revista que dirigía Max
en Santiago de Cuba. Sus temas son letras europeas (D’Annunzio, Wilde,
Shaw), letras americanas (Ariel de Rodó, Hostos, Lluria) y tres ensayos
sobre ópera. El maestro uruguayo José Enrique Rodó saluda la aparición
del primer libro del joven dominicano.
Primera
estancia en México: 1906—1914
En
busca de aires más amplios y afines, a los veintidós años, el 7 de
enero de 1906 viaja a México donde permanecerá ocho años, los más
fértiles de su vida. Después de algunos meses en el puerto de Veracruz,
donde trabaja como periodista, en abril o mayo llega a la ciudad de
México. Aquí es redactor de El Imparcial y de El Diario,
periódicos en que trabaja hasta 1907. Pronto conoce a Jesús E. Valenzuela,
director de la Revista Moderna de México, y al grupo modernista:
Luis G. Urbina, Marcelino Dávalos, José Juan Tablada, Jesús Urueta,
Efrén Rebolledo, y a los artistas: Julio Ruelas, Roberto Montenegro,
Jesús F. Contreras, Manuel M. Ponce, y hacia el mes de junio comienza
a colaborar en la revista. Al mismo tiempo, se relaciona con los jóvenes
que entonces publicaban Savia Moderna y comenzaban a abrirse
paso: Antonio Caso, Luis Castillo Ledón, Alfonso Cravioto, Jesús L.
Acevedo, Ricardo Gómez Robelo y Alfonso Reyes. Ellos, a los que luego
se unirán José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y Julio Torri, serán
su propia generación literaria.
Al
contacto con este grupo, cuyos miembros contaban edades cercanas a
la suya —con excepción de los benjamines Reyes y Torri, cinco años
menores—, se despierta en Henríquez Ureña la vocación de maestro y
promotor de cultura. Y a pesar de que debe cumplir trabajos venales
para subsistir (redacción de periódicos y luego empleo en una compañia
de seguros), va constituyendo, con el apoyo principal del filósofo
Antonio Caso, un núcleo que trabaja activamente en su formación intelectual.
Los incita a estudios y lecturas más amplios y exigentes, guía sus
vocaciones, corrige sus trabajos, abre sus horizontes y les infunde
una norma de rigor, precisión y claridad en sus trabajos y austeridad
en sus vidas. Los persuade también de los beneficios del trabajo en
equipo, que se manifestará sobre todo en las series de lecturas y
comentarios de textos clásicos y de filósofos modernos, y poco después,
con la organización de conferencias y otras actividades públicas.
Todo ello, marcará una honda huella en la cultura mexicana. Son los
“días alcióneos”.
En
1907 Henríquez Ureña y Acevedo constituyen la Sociedad de Conferencias
que organizará dos ciclos. En el primero, de este año, se ofrecen
seis conferencias en el Casino de Santa María, a cargo de Cravioto,
Caso, Rubén Valenti, Acevedo, Gómez Robelo y Henríquez Ureña, este
último sobre la poesía de Gabriel y Galán. En el segundo, de febrero
de 1908, la Sociedad ofrece cuatro conferencias más en el Conservatorio
Nacional, a cargo de Caso, Max Henríquez Ureña, Genaro Fernández Mac
Gregor e Isidro Fabela. El 22 de mayo Henríquez Ureña organiza un
homenaje al educador Gabino Barreda, en el que dice una alocución
en el acto de la Preparatoria. Y por la noche en la ceremonia del
Teatro Arbeu, Justo Sierra pronuncia un “Panegírico de Barreda”. Asiste
el presidente Porfirio Díaz.
A
principios de 1909 Henríquez Ureña publica en la Revista Moderna
su esbozo trágico a la manera antigua “El nacimiento de Dionisos”
e inicia sus estudios sobre cuestiones métricas. Y el 28 de octubre
se constituye el Ateneo de la Juventud, “invención de Caso” dirá Henríquez
Ureña, con 32 socios numerarios y 8 correspondientes. En la primera
directiva Antonio Caso es el presidente y Pedro Henríquez Ureña el
secretario de correspondencia. Además del antiguo grupo, son socios
del Ateneo José Vasconcelos, Carlos González Peña, Martín Luis Guzmán
y Julio Torri.
El
Ateneo de la Juventud —que luego se llamaría Ateneo de México— sólo
llegó a organizar dos series de conferencias. La más conocida y famosa,
y la única que llegó a imprimirse, la de 1910, ofreció seis conferencias,
en agosto y septiembre de este año del Centenario, a cargo de Caso,
Reyes, Henríquez Ureña, González Peña, José Escofet y Vasconcelos.
La de Pedro expuso “La obra de José Enrique Rodo”.
En
este mismo año, bajo la dirección de Justo Sierra y colaborando con
Luis G. Urbina y Nicolás Rangel, Henríquez Ureña trabaja en la preparación
de los dos volúmenes de la Antología del Centenario (1910).
Escribe introduciones a once escritores, una nota sobre el siglo XVIII
y el “índice biográfico de la época”. Y también en 1910 aparece
su segundo libro, Horas de estudio (París, Ollendorff, 1910)
formado por las siguientes secciones: Cuestiones filosóficas, Literatura
española y americana, De mi patria y Varia.
De
abril a junio de 1911 viaja a Santo Domingo, con escalas en La Habana
para ver a Max, y en Santiago de Cuba para ver a su padre. Al volver
a México es profesor de la Escuela de Altos Estudios, recién fundada,
y oficial mayor de la secretaría de la Universidad Nacional.
A
partir de noviembre de 1910, México se transformó profundamente: fue
derrocado el porfiriato que parecía eterno, triunfó la revolución
maderista y, por un breve lapso, antes del cuartelazo huertista de
febrero de 1913, el país se abrió a nuevos aires de libertad y democracia.
Para responder a ellas, el Ateneo de la Juventud decidió convertirse
en Universidad Popular, un intento generoso para difundir en barrios
y centros de trabajo nocionés elementales.
Cuando
sobrevino la desorganización del país con el huertismo y la presión
creciente de la revolución constitucionalista, Henríquez Ureña —que
además de pragmático veía el porvenir de los estudios universitarios—
se preocupó especialmente por la renovación de los cuadros de profesores,
en la Preparatoria, en Altos Estudios y en otras escuelas, e hizo
cuanto estuvo en sus manos y en sus hábiles relaciones para contrarrestar
el peso muerto de los viejos positivistas, de los maestros de medio
pelo Novo y Vicente Lombardo Toledano. Como jefe de Intercambio Universitario,
invita a venir a México, entre otros, a Federico de Onís, Arturo Torres
Rioseco y Walter Pach. En 1922 Vasconcelos lo incluye, junto con Antonio
Caso y Julio Torri, en la comitiva que viaja al Brasil y a la Argentina.
En
1923 Pedro Henríquez Ureña, ya de 39 años, casa con la mexicana Isabel
Lombardo Toledano. Pocos meses después, a consecuencia de conflictos
en la Universidad Nacional, pierde sus puestos. Por un breve tiempo,
es director de educación del Estado de Puebla, perturbado por las
rebeliones militares. Ante la imposibilidad de continuar en México,
decide trasladarse a la Argentina.
El
balance de esta segunda y última estancia del maestro dominicano en
México es menos rico que el de los juveniles “días alcióneos”. Sin
embargo, dejará honda huella en sus nuevos discípulos, publicará un
libro, En la orilla: Mi España (México Moderno, 1922), pondrá
prólogos a algunos tomos de la serie de “Cultura”, escribirá artículos
sobre letras y arte mexicanos y nos dejará uno de sus más lúcidos
ensayos, “La influencia de la Revolución en la vida intelectual de
México” (1924), que concluye con estas líneas:
“Tal vez el mejor símbolo del México
actual es el vigoroso fresco de Diego Rivera en donde, mientras el
revolucionario armado detiene su cabalgadura para descansar, la maesta
rural aparece rodeada de niños y de adultos, pobremente vestidos como
ella, pero animados con la visión del futuro.”
Último
período: 1924—1946
A
mediados de 1924, ya con una hija mexicana, los Henríquez Ureña desembarcan
en Buenos Aires. Sus amigos argentinos, Rafael Alberto Arrieta y Arnaldo
Orfila Reynal, habían logrado para él clases secundarias de español
en un colegio de la Universidad de La Plata.
Durante
este último periodo de su vida, centrado principalmente en la Argentina,
Pedro Henríquez Ureña realizará una tarea muy intensa en la cátedra
y las conferencias, en sus ensayos y estudios de tema americano, en
investigaciones filológicas, en la organización de una colección de
clásicos y en la muy activa vida cultural de aquelos años en Buenos
Aires.
Sus
clases en la Universidad de La Plata, así fueran aumentadas, lo obligaban
a viajar, por tren, hasta el último día de su vida, varias veces por
semana y, cuando decidió vivir en esa Universidad, a hacer constantemente
el viaje inverso a Buenos Aires, para otros cursos, conferencias y
actividades culturales y sociales. Además, debido a una ley argentina
que impedía ser profesores titulares a los extranjeros, nunca pasó
de la categoría de suplente. “Maravilloso hombre —decía de él Ernesto
Sábato—, que fue tratado tan mal en este país como si hubiera sido
argentino.” Y también en la Argentina, como en México y en La Habana,
encontrará discípulos muy cercanos, como Enrique Anderson Imbert,
José Luis Romero, Emilio Carilla y Sábato, y amigos como Jorge Luis
Borges, Amado Alonso, Ezequiel Martínez Estrada, Victoria Ocampo,
entre tantos otros.
De
sus primeros años en la Argentina son sus grandes ensayos doctrinales
de tema americano, como “La utopía de América” (1925), y los
que reunirá en Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928).
Después
de sus estudios sobre versificación, cultivados en años anteriores,
en la década 1930—1940 realiza importantes trabajos en el campo de
la filología: colabora en la Revista de Filología Española y
trabaja en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires,
al lado de Amado Alonso. Escribe entonces sus “Observaciones sobre
el español en América” (RFE, 1921, 1930 y 1931), “Papa y batata.
Historia de dos palabras” (1938), “El enigma del aje” (1938),
“Palabras antillanas” (1938), “El español en la zona del
Mar Caribe” (1937) y “Sobre el problema del andalucismo dialectal
en América” (1937). A México, cuya lengua tan bien conocía, dedicó
“Observaciones sobre el español de México” (1931), “El español
en México y sus vecindades” (1937) y “Datos sobre el habla
popular en Méjico” (1938). Aún dentro de sus estudios lingüísticos
debe recordarse la notable y vigente Gramática castellana,
primero y segundo cursos, escrita en colaboración con Amado Alonso
(Buenos Aires, 1939, luego corregida y reimpresa muchas veces). Junto
a sus estudios filológicos pueden recordarse los que dedicó al folklore
o literatura tradicional: “Romances en América” (1914) y “Romances
tradicionales en México” (1924) que escribió con la colaboración
de Bertram D. Wolfe.
Desarraigado
desde su juventud de su tierra natal, Santo Domingo, Pedro Henríquez
Ureña sentíase en deuda con ella. En 1931 el gobierno dominicano lo
invitó a volver, para ocupar la Superintendencia de Enseñanza. Max,
su hermano, ya se encontraba allí y don Francisco, su padre, había
recibido un cargo diplomático. Pedro aceptó volver, aunque sin cortar
sus vínculos argentinos. Con gran recibimiento, llegó a Santo Domingo
a fines de 1931. Y como siempre lo había hecho, se empeñó en múltiples
actividades: reorganización de la enseñanza; cursos, conferencias
y publicaciones; reorganización de la Facultad de Filosofía y Letras,
visita al país. La República Dominicana se había librado de la intervención
estadunidense pero, desde 1930 el presidente era Rafael Leónidas Trujillo
y, aunque entonces comenzaba la que sería una de las más atroces dictaduras
que duraría 31 años, ya era un régimen intolerable. Henríquez Ureña
se dio pronto cuenta del error que había cometido. Pero una vez más
tuvo que esperar año y medio para encontrar un pretexto y poder costearse
el regreso. El 29 de junio de 1933 salió por última vez de tierras
dominicanas y, tras una breve visita a su padre que era Ministro en
París —el pretexto— volvió a Buenos Aires. Así fuera amargo el retorno
a su patria, le dedicaría un estudio fundamental, La cultura y
las letras coloniales en Santo Domingo (Buenos Aires, 1936).
En
la Argentina reanuda sus antiguos trabajos pedagógicos y su intensa
vida intelectual. Se vincula al grupo de la revista Sur, de Victoria
Ocampo, fundada en 1931 y en cuyo consejo de redacción figuraba desde
el primer número; escribe en La Nación; prosigue sus estudios filológicos,
y en 1938 emprende una nueva y enorme tarea. Vinculado a la Editorial
Losada, de Buenos Aires, proyecta y dirige la colección “Las cien
obras maestras de la literatura y el pensamiento universal”. Además
de supervisar los tomos confiados a otros escritores, él escribe las
introducciones y cuida los textos de 21 volúmenes de esa serie, entre
1938 y 1941. Al mismo tiempo, cuida otra colección de “Grandes
escritores de América”, para la cual escribe introducciones para
los tomos Nuestra América, de José Martí, y Moral social,
de Eugenio María de Hostos.
Y
este lector e investigador sin reposo tabajaba sin biblioteca propia.
Sus libros habían quedado dispersos en Santo Domingo, en México y
en La Habana, al cuidado de sus hermanos y amigos. Nunca logró disfrutarlos
reunidos, y echaba de menos los libros raros adquiridos con sacrificio
y las anotaciones que había dejado en tantos de ellos.
Acababa
Henríquez Ureña de preparar para su edición los estudios de Plenitud
de España (Buenos Aires, 1940), cuando recibió uno de los mayores
reconocimientos: la Universidad de Harvard lo invita a ocupar, en
el año académico 1940-1941, la cátedra de poética Charles Eliot Norton
—honor que también recibirían en 1958 Carlos Chávez, en 1967 Jorge
Luis Borges y en 1972 Octavio Paz. Las ocho conferencias que pronunció
en Cambridge serían motivo de una larga y minuciosa reelaboración.
El texto definitivo sólo apareció en 1945 publicado por la Harvard
University Press, y en 1949, cuando su autor ya había muerto, el Fondo
de Cultura Económica editaría la tradución al español de Las corrientes
literarias en la América hispánica, hecha por Joaquín Díez-Canedo.
Aún aquellos materiales serían la fuente de la última obra salida
de su pluma, la Historia de la cultura en la América hispánica
(FCE, México, 1947).
Durante
sus embajadas en Buenos Aires (1927-1930 y 1936-1937), Alfonso Reyes
volvió a frecuentar a su antiguo y constante amigo y ha contado que
tuvo la impresión de que trabajaba demasiado:
“Leía y escribía junto a la sopa, en
mitad de la conversación, delante de las visitas, jugando al bridge,
entre los deberes escolares que corregía —¡el cuitado vivió siempre
dedicado a mil menesteres pedagógicos!—, de una cátera a otra, en
el tren que lo llevaba y traía entre las Universidades de La Plata
y Buenos Aires. Aveces llegué a preguntarle si seguía trabajando durante
el sueño. ” (“Evocación de Pedro Henríquez Ureña”, 1946).
Este
exceso de actividad intelectual agotó su resistencia y el 11 de mayo
de 1946 —antes de cumplir 62 años— murió de un síncope cardiaco cuando,
en el tren que desde hacía más de veinte años lo llevaba a La Plata,
se disponía a corregir deberes escolares.
El haz de circunstancias externas
que llamamos la vida, y cierta incapacidad personal para la defensa,
hicieron muy dura la existencia de Henríquez Ureña. Durante sus dos
estancias en México fue forzado a salir; por sentimentalismo nacional
cayó en la trampa de la dictadura trujillista, y en la Argentina,
a pesar de la prescripción que le impidió ser profesor titular, se
empeñó en seguir con clases que lo extenuaban cuando es posible que
hubiera podido subsistir sin ellas. La fuera externa de los hechos
y una necesidad interior de rigor y honestidad que le impedía rehuir
las duras tareas de revisión de textos y deberes escolares y lo mantuvo
fiel a los trabajos intelectuales, no le permitieron emprender sino
tres libros orgánicos (La Versificación, la Gramática
y Las corrientes). Otro factor adverso fue la dispersión constante
de sus propios libros, que lo obligaba a duplicar trabajos. ¿Hubiera
rendido más frutos de haber tenido circunstancias menos adversas?
No existe respuesta razonable para tal pregunta, pero sí pude suponerse
que su trabajo hubiera sido menos innecesariamente agotador y que
acaso su vida se hubiera alargado.
Aún
así, la obra realizada por Pedro Henríquez Ureña es excepcional tanto
por su magisterio personal, sobre todo en los años de la empresa ateneísta
de México, a principios del siglo, y durante su estancia en la Argentina,
como por su extensa obra escrita. Ésta tiene un sector de primera
importancia: los ensayos y estudios orgánicos acerca del conjunto
de las letras hispanoamericanas, y otros de índole monográfica, valiosos
en sus respectivos campos: métrica, filología, folklore y sus estudios
sobre cultura dominicana, argentina y mexicana. Reunir estos últimos
es un homenaje y un reconocimiento de nuestra deuda a la memoria de
su autor, y un rescate de páginas que, desde varias perspectivas y
siempre con lucidez y con amor, iluminan nuestro propio conocimiento.
(Tomado
de: Tena Reyes, Dr. Jorge, editor: Ponencias de la Semana Internacional
en Homenaje a Pedro Henríquez Ureña en el Cincuentenario de su Muerte,
1946-1996. Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos
de la República Dominicana, Santo Domingo, 1996, pp. 292-304).