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Al final de las tierras movedizas de la dominicanidad, el triunfo de Pinky Cerebro.
Miguel D. Mena

 

Los dominicanos accedimos a una modernidad contra insurgente. Pocos espacios reflejaron tales manejos de lo público y lo privado como la ciudad de Santo Domingo. Fueron los años del primer régimen balaguerista (1966-1978), en el que el remodelamiento de la capital dominicana servía a finalidades múltiples.

Primero había que „sanar“ las cicatrices de la reciente Guerra de Abril de 1965, lo que significaba hacer la gramática de la estructura urbana legible a los nuevos designios del poder. Pensemos que lo mismo había ocurrido en el París de 1871 con el Barón Haussmann, como en su tiempo lo señalaron Federico Engels y Carlos Marx.

Segundo, al clarificar sus vías de comunicación, se le creaban las condiciones para una mayor celeridad dentro de la movilización urbana. El auto se convirtió en el nuevo objeto de masas. El grito de guerra infantil de “cuente los Austin” ya había pasado de moda.

Tercero, había que insertar en el imaginario local un  sensación de ciudad/fábrica, de trabajo que era progreso.

Al calor de estos procesos los barrios más tradicionales, San Lázaro, San Miguel, Villa Francisca y San Carlos, y otros de la periferia, como Villa Duarte, sufrieron significativas fracturas en sus órdenes internos. Era el tiempo de la varilla y el cemento, donde unidades barriales se derrumbaban y se levantaban de un día a otro, sin estudios, evaluaciones, valoraciones de la ciudad como constructo social. La lógica de la acumulación y las imágenes pervertidas de “progreso” se incrustaron en el imaginario colectivo. Un “apartamentico” se convirtió en el sueño de cualquier familia proveniente del campo o de otro barrio. Vivir en una quinta planta fue el sueño de muchos, aunque luego se viera a familias enteras subiendo agua en latas o sin saber qué hacer con la basura. Nadie pensó entonces en los niños y sus espacios para el juego, en los ancianos y sus posibilidades físicas.

Los “apartamenticos” de aquellos decenios del 60 y del 80 se transformaron hacia los noventas en los nuevos sueños de la clase media “departamental”. Era preferible permutar una casa con patio y todo, por un “departamento” donde se lograse la sensación de un “mano a mano”.

Mientras tanto la ciudad crecía, como en aquella novela de don Carlos Federico Pérez. Algunos aprestos post-modernos -el cable, Miami, el ferry-, se correspondían por su parte a los aprestos post-modernizantes del Estado. Las placitas se convirtieron en el nuevo símbolo de que lo pequeño tenía su encanto, así como en una época para la revista “Ebony” “lo negro era bello”. Pero el sueño de lo mínimo se esfumó en algunas zonas por la gigantomanía de los nuevos malls.

De repente la naturaleza no era el patio sino la plantita en el balcón, no era el juego de los regalos sino la lista de bodas, no era el espacio maleable sino el prefabricado.

Arquitectos e ingenieros dejaron los sueños de la “ciudad jardín”, las utopías de Le Corbusier y las críticas de Venturi, para hacer sus casitas de movibles Lego.

La ciudad ha comenzado a llenarse de torres. El nuevo ideal de bienestar es vivir en un departamento. Todo se desplaza hacia lo alto. 

Y aquí llegamos a los nuevos ideales de progreso, bienestar y convivencia, en los que lamentablemente raras veces se plantean temas tales como desarrollo sostenible, calidad de vida, dimensión humana, espacio democratizantes.

Recorrer a pie la ciudad es ya toda una proeza. Al caer por Gazcue advertiremos cómo esta es la última zona donde la memoria histórica se une a lo habitacional, rasgo que lamentablemente la Ciudad Colonial perdió desde principio de los 70. En las edificaciones levantadas lo primero y casi único que se percibe, son inmensos garajes en los que los niños tratan de jugar bajo la celosa mirada del guachimán. Quizás por eso tengamos que caer en la cuenta que la única salida que le quedará a esa generación será luego contentarse con Johnny Bravo y el Dr. Cerebro.

Los accesos dominicanos a la modernidad son movedizos, pero no por ellos deben escapar a nuestra responsabilidad. Al final de cuentas, la ciudad somos todos nosotros.

13 de noviembre 2000