Los dominicanos accedimos a una modernidad
contra insurgente. Pocos espacios reflejaron tales manejos de lo público
y lo privado como la ciudad de Santo Domingo. Fueron los años del primer
régimen balaguerista (1966-1978), en el que el remodelamiento de la
capital dominicana servía a finalidades múltiples.
Primero había que „sanar“ las cicatrices de
la reciente Guerra de Abril de 1965, lo que significaba hacer la gramática
de la estructura urbana legible a los nuevos designios del poder. Pensemos
que lo mismo había ocurrido en el París de 1871 con el Barón Haussmann,
como en su tiempo lo señalaron Federico Engels y Carlos Marx.
Segundo, al clarificar sus vías de comunicación,
se le creaban las condiciones para una mayor celeridad dentro de la
movilización urbana. El auto se convirtió en el nuevo objeto de masas.
El grito de guerra infantil de “cuente los Austin” ya había pasado de
moda.
Tercero, había que insertar en el imaginario
local un sensación de ciudad/fábrica, de trabajo que era progreso.
Al calor de estos procesos los barrios más
tradicionales, San Lázaro, San Miguel, Villa Francisca y San Carlos,
y otros de la periferia, como Villa Duarte, sufrieron significativas
fracturas en sus órdenes internos. Era el tiempo de la varilla y el
cemento, donde unidades barriales se derrumbaban y se levantaban de
un día a otro, sin estudios, evaluaciones, valoraciones de la ciudad
como constructo social. La lógica de la acumulación y las imágenes pervertidas
de “progreso” se incrustaron en el imaginario colectivo. Un “apartamentico”
se convirtió en el sueño de cualquier familia proveniente del campo
o de otro barrio. Vivir en una quinta planta fue el sueño de muchos,
aunque luego se viera a familias enteras subiendo agua en latas o sin
saber qué hacer con la basura. Nadie pensó entonces en los niños y sus
espacios para el juego, en los ancianos y sus posibilidades físicas.
Los “apartamenticos” de aquellos decenios del
60 y del 80 se transformaron hacia los noventas en los nuevos sueños
de la clase media “departamental”. Era preferible permutar una casa
con patio y todo, por un “departamento” donde se lograse la sensación
de un “mano a mano”.
Mientras tanto la ciudad crecía, como en aquella
novela de don Carlos Federico Pérez. Algunos aprestos post-modernos
-el cable, Miami, el ferry-, se correspondían por su parte a los aprestos
post-modernizantes del Estado. Las placitas se convirtieron en el nuevo
símbolo de que lo pequeño tenía su encanto, así como en una época para
la revista “Ebony” “lo negro era bello”. Pero el sueño de lo mínimo
se esfumó en algunas zonas por la gigantomanía de los nuevos malls.
De repente la naturaleza no era el patio sino
la plantita en el balcón, no era el juego de los regalos sino la lista
de bodas, no era el espacio maleable sino el prefabricado.
Arquitectos e ingenieros dejaron los sueños
de la “ciudad jardín”, las utopías de Le Corbusier y las críticas de
Venturi, para hacer sus casitas de movibles Lego.
La ciudad ha comenzado a llenarse de torres.
El nuevo ideal de bienestar es vivir en un departamento. Todo se desplaza
hacia lo alto.
Y aquí llegamos a los nuevos ideales de progreso,
bienestar y convivencia, en los que lamentablemente raras veces se plantean
temas tales como desarrollo sostenible, calidad de vida, dimensión humana,
espacio democratizantes.
Recorrer a pie la
ciudad es ya toda una proeza. Al caer por Gazcue advertiremos cómo esta
es la última zona donde la memoria histórica se une a lo habitacional,
rasgo que lamentablemente la Ciudad Colonial perdió desde principio
de los 70. En las edificaciones levantadas lo primero y casi único que
se percibe, son inmensos garajes en los que los niños tratan de jugar
bajo la celosa mirada del guachimán. Quizás por eso tengamos que caer
en la cuenta que la única salida que le quedará a esa generación será
luego contentarse con Johnny Bravo y el Dr. Cerebro.
Los accesos dominicanos a la modernidad son
movedizos, pero no por ellos deben escapar a nuestra responsabilidad.
Al final de cuentas, la ciudad somos todos nosotros.
13 de noviembre 2000