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¿EXISTE EL PRD?

Miguel D. Mena

Hubo una vez un partido, revolucionario y dominicano, fundado en 1939, en el exilio, en La Habana. Prestigiosos intelectuales, luchadores anti-dictatoriales, gente simple que sólo pretendía implantar un clima democrático, estuvieron en todas las filas de esa organización.

Aconteció en 1961 lo que todo mundo sabe, volvieron al solar nativo aquellos luchadores, uno de ellos, el más preclaro, accedió a la presidencia dos años más tarde.

En aquella experiencia sietemesina de Juan Bosch no se pudo aclimatar aquella vieja aspiración de un país más digno. El fantasma revolucionario cubano, los estamentos más conservadores de la política, la política más agresiva por parte de los Estados Unidos, se confabularon para soplar y derrumbar eso que quería ser algo más que un castillo de arena.

El Partido Revolucionario Dominicano en los años 60 operó como la mayor organización de la esperanza dominicana. En sus estructuras se filtraban las aspiraciones de una clase media y una mayoría obrera y urbana, esperanzada en verdaderos cambios políticos y económicos.

Vino el 65, la guerra y la ocupación, los bombardeos y las negociaciones. Cuando uno ve aquellas fotos uno sólo percibe una parte de aquella historia. Uno también está advirtiendo, en la tensión de aquel lazo que va del 65 hasta el presente, la manera en que aquellas fotos de héroes, luchadores y esperanzas se amarillentaron repentinamente. Buena parte –tal vez podría decirse la mayoría- de aquellos que se destacaron por la voz, el decir, la decisión, la voluntad, el coraje, prontamente habrían de esfumarse en la muerte más infame, el exilio, la anulación tras un puestecito o la renuncia simple.

Curiosamente fue la dirigencia del PRD de entonces la que siguió dirigiendo después. Sólo a ese partido le cupo el reconocimiento de mantenerse en doce años de tragedias nacionales. Cuando 1978 llegó, y la voz de don Antonio Guzmán tenía que ser editada en los estudios de grabación del Radiotelevisión Dominicana para quitarle todas las faltas, la consigna de que el “Estado somos todos”, creo que invento del genio publicitario que es José Cabrera, operó como una ráfaga que pronto se llevaría al partido de paso.

Luego de aquellos primeros años de gobierno, el balance que ofrecía el viejo partido no podía más que ser desolador. Las tendencias con sus caudillos se habían revelado más fuerte que el interés de pensarse como opción política. Intentos de la Socialdemocracia Internacional por brindar asesoría ideológica, se fueron por donde vinieron: por el aeropuerto de las Américas. La Fundación Friedrich Ebert no pudo enfrentar el desinterés, la corrupción, y al final perdimos una oportunidad de contar con un conjunto de pensadores y producciones intelectuales independientes. La política fue el negocio.

El segundo gobierno del PRD (1982-1986) se llevó las manos blancas de Salvador Jorge Blanco. Frente a todos los intentos de su dirigente más preclaro, el José Fco. Peña Gómez, las ideologías, los conceptos, también escogieron otro curso, no el de dirección de las cabezas. Los días trágicos de abril de 1984 marcaron una nueva en la historia dominicana. El PRD, el antiguo partido de la esperanza, se esfumó como propuesta, como moral, como voz diferenciada. Si bien este proceso había comenzado mucho antes –recordemos el tirijala entre Jacobo Majluta y Peña Gómez alrededor del Palacio-, aquellos días de sangre inocente en las calles del país arrastraron consigo la credibilidad de un partido en sí mismo. ¿Cómo justificar aquella violencia indiscriminada, inédita en la vida política nacional?

No sólo la política era el negocio, sino que el PRD se convirtió en el negocio más dudoso.

A diferencia de un Reformista y uno de la Liberación Dominicana, el Revolucionario Dominicana contaba con toda una tradición de luchas, conceptos y figuras. Abril del 84 abrió heridas, trazó caminos, sepultó las luces de viejos símbolos.

Si entendemos un partido como una asociación, como una comunidad de voluntades, alrededor de algún concepto político, advertiremos que sólo las ventajas económicas cortoplacistas son el elemento de conciliación de intereses al interior de esa organización.

Bajo la égida de Hipólito Mejía el PRD ha roto completamente con algunas de sus tradiciones esenciales. A la vieja pluralidad de voces, que permitía al menos un margen de democracia, se le ha respondido con una folklórica política de “boches” o insultos y amenazas. Frente a aquel partido que luchó en las calles por la autoderminación nacional en 1965, ahora tenemos un presidente que asume la presencia militar dominicana en Irak como su cosa, en un aire francamente mercenario, aún y en contra de la Constitución y la mayoría de las voces de su propio partido.

El hipolitismo ha sustituido al perredeísmo. Al jacho le ha sobrepuesto su chacabana. Al verbo encendido lo ha barrido con su chacabanismo. Hemos vuelto a una forma de hablar –que es una forma de pensar y de actuar- que no se distancia mucho del concho-primismo.

De repente el PPH nos recuerda a la Avanzada Electoral, pero en una versión mucho más fundamentalista y más empresarial. La política es el negocio. Invierta ahora en Hipólito, y espere que los ángeles no sean los de Eloy Blanco, los ángeles negros.

¿Ha desaparecido el PRD?

Hay un local central en la Av. Bolívar y cantidad de localcitos en sus alrededores, que se le pegan como aquellos peces que aprovechan los desechos del tiburón. Hay un busto del coronel Francisco Caamaño a quien nadie se atreve ponerle flores. Hay una tumba de Peña Gómez que opera como el último genius loci que le queda a ese partido.

Pero, partido blanco y azul, transparente y elevado como el cielo dominicano, hay que sólo buscarlo en aquellas fotos del abril heroico del 65.

Hoy, 9-08-2003