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Cigarro Gourmet

José del Castillo

 

En el Diario de Colón se lee que en la primera expedición de reconocimiento por el interior de la isla de Cuba, los enviados informaron al Almirante que se habían encontrado por el camino “mucha gente que atravesaba a sus pueblos, mujeres y hombres, con un tizón en la mano y yerbas para tomar sus sahumerios que acostumbraban”, aludiéndose con ello a la práctica de los indios de fumar túbanos. Fray Bartolomé de las Casas refiere en su Historia de las Indias que los aborígenes de La Española llamaban tabaco a “estos mosquetones”, habiéndose extendido entre los españoles el hábito de fumarlos. A tal grado, que al ser reprendidos por este vicio, respondían impotentes que no “estaba en sus manos dejarlo”, actitud que hizo exclamar al sacerdote: “no sé que sabor o provecho hallaban en ello”.

Girolamo Benzoni, en su Historia del Mondo Novo (1572) relata la importancia de la planta y su uso por parte de los indios: “En esta isla, como en algunas otras provincias de estos nuevos países, hay unos arbustos no muy altos, parecidos a cañas, que producen una hoja como la del nogal, pero de tamaño algo mayor, que es tenida en grandísima consideración por los habitantes, y es también muy apreciada por los esclavos que los españoles han traido de Etiopía. Al llegar la temporada los naturales recogen esas hojas y atadas en manojos las cuelgan encima del lugar donde hacen fuego, hasta que estén bien secas; cuando las quieren utilizar toman una hoja de espiga de su trigo, le ponen adentro una de las otras, las enrollan juntas en forma de cañón y luego por un lado les dan fuego, y teniendo la otra parte en la boca, aspiran el aire hacia ellos, de manera que aquel humo les va a la boca, a la garganta y a la cabeza. Lo soportan lo más que pueden puesto que les da placer.”

Para los aztecas el tabaco -que tenía múltiples usos medicinales y rituales- se hallaba asociado a Tlaloc, divinidad de la lluvia, quien al echar bocanadas de humo formaba las nubes, de donde se originaba la lluvia. Chac, el dios maya de la lluvia, fumaba para provocar la precipitación del agua. Para las etnias aborígenes norteamericanas fumar o quemar hojas de tabaco, era parte de sus ritos ceremoniales.

Desde que se produjera este importante hallazgo por parte de los europeos, el tabaco, ya en forma de delicado rapé para inhalar, de sesuda picadura de pipa, de estilizado cigarrillo, de andullo amargo para mascar o de un elegante habano, ha recorrido un ciclo de 500 años. Hoy, bajo la envoltura de cigarro, enloquece al mundo, particularmente a jóvenes de clase alta y bellas mujeres, seducidos por este nuevo símbolo de estatus, parte importante del estilo de vida gourmet. Afortunadamente, en esta reciente historia los dominicanos tenemos mucho que contar. Aventajados de las restricciones impuestas al habano cubano en el mercado norteamericano, hemos desarrollado nuestra propia ruta, conquistando netamente las preferencias de los fumadores.

Napoleón aspiraba rapé y fumaba puros. Lincoln prefería las rústicas pipas de mazorca de maíz y de barro para disfrutar la picadura de tabaco de Virginia, que también mascaba con deleite. Stalin, Roosevelt y Churchill -los tres líderes de los países aliados que libraron la Segunda Guerra Mundial contra el eje Alemania, Italia y Japón- tenían claras predilecciones sobre la forma de aspirar la Nicotiana tabacum: en pipa, cigarrillo y puro, respectivamente. A tal grado era la afición del Primer Ministro británico por los habanos, que se contentaba en decir, “siempre tengo a Cuba en mis labios”. En su honor, se identifican por su nombre los enormes túbanos que fumaba hasta en la cama, como una verdadera extensión de su lengua.

Fidel Castro, desde que bajó de Sierra Maestra, lo hizo con un tabaco en la boca -como reza una de las estrofas del Papá Bocó de Manuel Sánchez Acosta. Sus maratónicos discursos en la Plaza de la Revolución han servido no sólo para embrujar con su retórica desbordante a las masas cubanas y a las latinoamericanas que lo identificaron como un símbolo de liberación continental, sino también para promover mundialmente los efectos tonificantes que produce un buen cigarro. El Che Guevara -otro empedernido fumador a pesar del asma crónica que siempre le acompañó- nos dice en su Manual de Guerra de Guerrillas, “que un complemento habitual y sumamente importante en la vida del guerrillero, es la fuma.”

Entre los escritores, fumar ha sido un estímulo fundamental. Para Víctor Hugo, el tabaco “convierte el pensamiento en ensueño”. Lord Byron -cuya poesía y estilo de vida generaron múltiples imitadores en el mundo, incluido nuestro país que tuvo en el poeta Arturo Pellerano Castro a su propio Byron-, concluye su poema Sublima Tobacco en forma imperativa: “Déme un tabaco.” Thomas Mann consideraba, que “un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento”. Ernest Hemingway -trotamundos, bebedor de whisky y aventurero- era un apasionado del cigarro.

Rudyard Kipling, el autor de El Libro de la Selva, plantea en su poema Los prometidos una rotunda preferencia por el cigarro:

 

“Pero Maggie me ha escrito diciéndome que elija

y yo no sé qué hacer con mi sortija.

Hay que escoger entre el amor que llora

o Nicotina, dama encantadora...

No sé. Venga un Habano que aclare mi cabeza...

A ver, un buen Habano de la caja aromosa

porque no quiero a Maggie por esposa.”

 

Carlyle iba más lejos, recomendando que se incorporara la práctica de fumar en las sesiones del Parlamento británico: “Si tan sabia práctica se introdujera en el Parlamento, habría, junto a un mínimum de discursos, la apacible y estimulante influencia del humo del tabaco.”

Rumbo 10 DICIEMBRE 1998