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LA PLAZA OMAR TORRIJOS

Ángela Peña

 

      Cuando el doctor José Francisco Peña Gómez la inauguró en su gestión de los años 80 era un acogedor mirador al que iban las familias a disfrutar de la belleza del inmenso mar que se observa espléndido.  También acudían románticos enamorados, pensadores, escritores, que recibían la inspiración acogidos por el murmullo de las olas, cobijados por los frondosos árboles. Esa plaza, erigida en honor del ex Presidente panameño que dejó numerosos amigos dominicanos, era un remanso. Las personas sensibles no se resistían al encanto de detenerse para sentarse o pasear por allí unos minutos porque el entorno era bello. El ex síndico tuvo un indiscutible acierto al habilitar con bancos, flores, plantas, ese estratégico punto de la Capital donde la naturaleza se ofrece generosa, regia.

      Pero después vieron los comerciantes que aquello era un punto para el lucro y cualquierizaron el espacio, se adueñaron del ambiente. Habilitaron casuchas para chimichurris, trasladaron neveras para las cervezas, colocaron sillas y mesas y les pusieron encima veloncitos y flores para crear la sensación de que aquello era un gran restaurante en la playa y cobrar por la estadía.

     Entonces la plaza Omar Torrijos dejó de ser del pueblo para tornarse en un negocio arrabalizado. El que no consumía no tenía derecho a disfrutar de esa belleza que Dios prodigó. Al anochecer, la plaza no era apta para menores porque la volvían área reservada para que hombres y mujeres descargaran sus pasiones. El que no iba a amarse a la luz de la luna con las idas y venidas de los golpes de mar, tenía que pedir la cuenta y marcharse o quedarse y compartir el espectáculo marino con los susurros y caricias de las desentendidas parejas que se entregaban mutuamente, sin el menor rubor, plenas, espontáneas.

     Hace unas semanas la plaza fue desocupada. Muchos se alegraron porque pensaron que los comerciantes fueron desalojados para retornarle a la Omar Torrijos el lustre de sus primeros días, con sus flores multicolores y sus pródigos bancos y arbustos. Creyeron que volverían a solazarse gratuitamente, sin obligación de consumo, en ese sitio magnífico que el Señor, en su infinita misericordia, regaló a los dominicanos. La alegría, sin embargo, ha durado poco, la felicidad fue efímera, las expectativas falsas. Ahí se va a construir un helipuerto. Se alega, entre otras cosas, que en la Plaza se escenificaban actos inmorales. Habrá quienes los comprobaran. Allí, después que los chimichurreros y vendedores de alcohol se adueñaron, los enamorados se amaban. Si eso es inmoral, deberían reacondicionarla como en sus orígenes y poner vigilantes decorosos, castos, incorruptibles, y letreros que prohíban a los enamorados quererse al aire libre. Entre tantas inmoralidades que hay en este país, esa parece ser la más preocupante.

     Nunca, sin embargo, deberían cometer el crimen de eliminarla. Es hora de que aquí se acabe con la práctica de construir hoy para derribar mañana. Esa plaza es un paraíso que los habitantes del Distrito extrañaban. Que ansiaban salvar de las manos del negocio improvisado. El pueblo no la quiere para pista de despegue y aterrizaje.  Por ahí camina a diario medio Santo Domingo. La acera contraria es muy accidentada en ese trecho.

     De un tiempo a esta parte el malecón se ha tornado en mojiganga de los intereses privados y oficiales. Cada día surge en ese litoral un nuevo invento.  Nadie se ha referido a unas mallas metálicas que han colocado en un amplio tramo a la altura de Ciudad Nueva, impidiendo el acceso a la playa. ¿Qué nuevo proyecto aguarda a los capitaleños?   

     Ojalá no anulen la plaza Omar Torrijos. Sería  matar la ilusión de los que soñaron con que volverían a disfrutar sin pagar de uno de los más bellos paisajes del Distrito, hasta hace poco enajenado por el oportunismo de negociantes ambiciosos.

 

     (Periódico HOY, Santo Domingo, República Dominicana,

     9 de Abril de 2007)