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Botella en el mar

UN HELIPUERTO EN EL MALECÓN

Pedro Conde Sturla


     El cómico de televisión dice que en la plaza Omar Torrijos del malecón se cometen actos inmorales. El problema, si fuera tan acuciante, podría resolverse con simple vigilancia policial, pero el cómico piensa en grande y la solución que se le ocurre, en consecuencia, es construir un helipuerto.
     Dilapidar una fortuna en la construcción de un helipuerto en una ciudad carente de servicios elementales -contraviniendo además todas las normas ambientales- no sólo es un acto inmoral sino un chiste de mal gusto.
     La dinámica nacional impone la construcción de un helipuerto, dice el cómico de televisión, a pesar, de que hay varios en el Distrito, ubicados en las alturas de algunas de las más flamantes torres ejecutivas, en la zona verde del Hotel Santo Domingo, e incluso en la residencia de un honesto político reformista, excusando el oxímoron.
     El helipuerto, dice el cómico de televisión (y este es el peor chiste) no beneficiará a los ricos sino seguramente a los miles de dominicanos que se desplazan diariamente en ese medio de transporte, la popular máquina volátil.
     La escogencia del sitio parecería de una ingenuidad conmovedora si no fuera perversa, conmovedoramente perversa. En el farallón del malecón, frente al mar Caribe que combate día y noche y arroja toneladas de salitre, frente al mismo mar Caribe que hundió al acorazado Menphis sin preaviso, estrellándolo contra las rocas se construirán tres pistas de aterrizaje, un estacionamiento para seis helicópteros, a la intemperie, y una terminal de pasajeros en vidrio transparente para no irrespetar la naturaleza. ¡Cuánta delicadeza!
     Uno se horroriza ante el absurdo, lo que parece un absurdo, porque quizás la idea es esa, precisamente, construir una obra que cueste mucho y dure poco. Las cosas malas se hacen aposta porque rinden beneficios.
     En fin, nuestros políticos nos tienen acostumbrados a esas excentricidades, si acaso se acostumbra uno. Un síndico balaguerista, durante el régimen de pesadilla de los doce años, demolió los bancos del malecón que se encontraban en perfecto estado, y en su lugar se construyeron unos adefesios que no resistieron la primera marejada. Otro síndico balaguerista, cómico también de televisión, dejó en la sufrida vía como legado visible de su gloriosa gestión el más infame monumento al mal gusto del cual se tenga memoria en la ciudad capital. Era una especie de fuente -justo al final de la Ave. Máximo Gómez- con un grifo o llave de agua gigante y un espantoso letrero en homenaje a Balaguer por haber traído el agua a la sedienta urbe.
     Otro síndico, esta vez perredeísta (y también cómico de los que no hacen reír sino llorar), sustituyó la ominosa llave por una fabulosa fuente lumínica valorada en veinte millones de pesos que dejó de funcionar a los tres meses.
Y pensar que aquí hay gente pudriéndose en la cárcel por haberse robado un salami.



pcs, viernes 06 de Abril de 2007