Koldo Campos Sagaseta
Un síndico que se proponga una buena gestión del poder que se le confía sólo necesita conocer y practicar tres virtudes: saber oír, saber pensar y saber hacer. Lamentablemente, Roberto Salcedo, síndico de Santo Domingo, no conoce ni practica ninguna de las tres. Tampoco las restantes. Cierto que, en ese afán por el desconocimiento, él no es el único propietario del escaparate, sólo el último en poner en evidencia sus carencias, ya que no sus escrúpulos.
Reconozco que nunca ha sido Salcedo santo de mi devoción y que tampoco estoy de acuerdo con el axioma de que un mal cómico siempre será un buen síndico. De viejas comicidades municipales ya los ciudadanos y ciudadanas de Santo Domingo lamentamos no pocos antecedentes. Desde el Monumento al Grifo de Corporán, hasta la Fuente Cibernética de Fello, pasando por los planes del presente síndico de construir un campo de golf en el Malecón, para no mencionar el pasado y funesto proyecto de la Isla Artificial, no ha habido sindicatura en la historia de la ciudad que no pusiera en marcha alguna llamativa patochada so pretexto de servir a la ciudadanía y en aras, siempre, de la modernidad, de convertir a Santo Domingo en una Nueva York chiquita o en una nueva Miami, enfermiza obsesión de la que ningún farandulero que haya pasado por el ayuntamiento se ha librado y que sólo ha servido para desnaturalizar, fragmentar y esconder Santo Domingo.
Convencido de que una ciudad puede administrarse como si fuera un programa de televisión o uno de sus bodrios de teatro, todo el empeño de Salcedo ha estado centrado en construir un bonito y turístico “set”, un hermoso y costoso decorado, huérfano de libreto, que permita ocultar la ciudad a propios y extraños. Y así, Santo Domingo que, sospecho, sólo aspira a que la dejen ser Santo Domingo, debe vivir de espaldas a su historia y a sus habitantes, avergonzada de su patrimonio cultural, para no decepcionar a los turistas que aún ignoren el secreto mejor guardado del Caribe: la existencia de un mugriento y ruidoso caos detrás de la vitrina que preocupa al síndico.
Para la vitrina, precisamente, es que se la ocurrido otra genial idea al libretista de la comedia municipal en uso: construir un helipuerto en el Malecón.
Y no conforme con tan descabellada idea, Salcedo, incluso, trató de argumentarla:”Serviría de gran ayuda en casos de emergencia para trasladar a un accidentado, a una persona que sufra una repentina enfermedad. No vamos a construir un helipuerto para complacer el capricho de gente adinerada y, además, la plaza donde se hará el helipuerto era usada para acciones inmorales”.
El síndico no anunció la construcción de nuevos helipuertos en Capotillo, La Cucaracha, Gualey u otros residenciales de la ciudad en la que también los residentes pueden sufrir enfermedades repentinas, ni explicó por qué entonces no mejor construir en el Malecón un centro médico de primeros o de segundos auxilios. Se limitó a negar lo que nadie le había preguntado: que no complacía el capricho de gente adinerada. Como si sólo la gente adinerada disfrutara del uso de helicóptero.
Ni siquiera quiso el síndico Salcedo reconocer lo que yo ya me sospecho, que ese helipuerto es para facilitar el tránsito de los golfistas, que no golfos, que inauguraran su previsto campo y a los que no se puede transportar en metro.
Lo que no entiendo, dadas sus declaraciones, es porqué no construye otros helipuertos en el Congreso y en el Senado de la República, o en el mismo Palacio Nacional.
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