Letras · Pensamiento · Espacio urbano · Caribe · Ediciones · Enlaces · Miguel D. Mena

DOSSIER JUNOT DÍAZ

Para acercarnos a Junot Diaz.

Miguel D. Mena


Junot Díaz es un tipo difícil de digerir. Tiene algo que escasea en los buenos dominicanos: respeto por sí mismo, el no diferenciar las oportunidades del oportunismo, el valor de escribir sin tipos tocándote la maraca en la puerta de tu cumpleaños.

Mientras la literatura oficial dominicana sigue bregando con los trujillos y trujillitos, con recetas de autoayuda y un erotismo más barato que el de las revistas “Caliente Caliente” que se conseguían donde Macalé, Junot anda en otras esferas, en verdad no tan lejanas de estas que menciono, pero más envueltas en la percepción de un decir “yo”.

Ahora todo mundo se tira a sus pies y como si fuera en un mantra hipernacional, todo mundo acepta que sí, que es dominicano, el más dominicano de todos, porque el Pulitzer puede hasta sellarte tu pasaporte y hacerlo válido más allá de los seis años reglamentarios.

Cuando Díaz lanzó “Drown” en 1996, salía a flote un autor que se creó así mismo. Se formó en la soledad de los recuerdos, en el choque de pasar de Villa Juana –por ahí por la calle Tunti Cáceres- a New Jersey, de un paisaje de tígueres y retozos a un vertedero de basura que le quedaba frente a frente a su casa. Supo lo que sabían los clásicos samuráis, el arte de la espera y la conciencia de la fuerza. Sintió en la piel y en la sangre lo que era ser “dominican”, “nigger”, pobre, y viviendo en New Jersey. Recuerdo una escena de la película “Birdy”, cuando dicen “pero cómo es que tú estás loco naciendo en New Jersey”. Fácil no la tuvo el Junot: de Villa Juana a New Jersey. De ahí la acidez, la frescura, el amasar un inglés en la cristalina tradición de Hemingway y un dominicano de sobremesa y de barra esperando un buen jugo de lechoza.

“Drown” fue como un brincar a la luna. Newsweek seleccionó a Junot –el único escritor, por cierto-, como una de las diez caras nuevas de 1996. Los premios y el reconocimiento de los lectores no se hizo esperar. De repente en torno a él se elevó una torrecita de Babel, con lectores leyéndolo en sueco, holandés, noruego, alemán, francés, e incluso hasta en un castellano para todos los colares, el de “Los Boys” y el de “Negocios”. En nuestro país, fueron pocos los que asumimos la dominicanidad más radical que se puede encontrar –la suya.

Aunque anonada por el inesperado éxito –que al menos le permitió una cátedra de escritura creativa en el MIT-, Junot no perdió una noción de la calle, de la gente, del buscar dominicanos en todos los rincones posibles, del gozarnos y gozarse, sí, porque de todo hay bajo esta bóveda celeste.

Aquí, en la Isla, tanto éxito y tanta verdad no fue saludablemente digerido. A Junot le regateamos su condición más que evidente y elocuente de dominicano. Se decía que escribía en inglés, que era más “americano” que dominicano. Incluso a Franklyn Gutierrez –curiosamente, representante de Cultura en los Estados Unidos-, se le olvidó incluirlo en su “Diccionario de la literatura dominicana”. ¡Craso error!

Y mientras tanto Junot en la curvita de la calle Paraguay, yendo y viniendo, sin mucho coro oficial –por suerte-, con mucha calle –también por suerte. Y él pasando por ahí y el mismo mundo criollo al revés. El colmo fue que no hubo una voz solidaria suficiente cuando fue rebotado de una reconocida discoteca de Santo Domingo porque era “negro”, según el portero de turno, que por cierto, era más “negro” que Junot.

Según el hacha iba y vanía, Junot seguía como el “Ghost Dog” de Jarmusch, lanzando sus palomas mensajeras y administrando sus fuerzas y como diciendo para su interior, “no me van a descalabrar”

Mientras daba clases y escribía, nuestro autor participaba de movimientos sociales. Entre sus muchas movidas, ahí estaban aquellas movilizaciones junto a Edwige Danticat, gran hermana haitiana, vida bien paralela a la suya y en permanente intento por sacarle su chispa a esta insularidad tan volátil que nos quema por ambas partes del Santo Domingo que somos.

A Junot no podían leerlo nuestros escolares porque su escritura era “americana”. Era algo exótico, como un pez de las Seychelles que llevan en pecera y todo a Hainamosa, para no decir a Los Mina. Era muy jodón, porque sus personajes eran malísimos y tiernos y porque de la gozadera de verdad hay que desconfiar.

Pero he aquí y viene a ser que después de “Drown” apareció Super Sánchez y pasamos por Hollywood de la mano de Zoe Saldaña y A-Rod conquistó el corazón de media humanidad con ojos tan verdes, ay muchacha. El dique de la dominicanidad oficial colapsó. Sí, la dominicanidad oficial, esa prohijada por Trujillo y que exigía estar en la Isla y persignarse y hablar en un tono maz que caztellano e hizpánico, se quedó como reliquia del siglo XX. Aunque no quisimos ver lo que germinaba en Washington Heights también era parte de nuestro ser, los washingtones asumían su derecho a esta isla que no deja tranquilo a nadie, ni a los dormilones.

Extra, post, nueva dominicanidad, llámalo como quiera y ya lo sabrás. Accedíamos a nuevas identidades. Los que se fueron metieron en el horno su galleticas y he aquí que aquella generación de los idos nunca en verdad se fue. Junot nunca salió de Villa Juana. Josefina Báez nunca salió de la Romana, y sin embargo, hizo de la Romana una especie de espacio nirvánico, y sólo tendremos que leer “Dominicanish” –libro que nuestros astutos escolares tampoco podrán leer porque también es un libro “americano”. Silvio seguirá por Santiago si no es que se queda en algún parador degustando un casabe. Julia Álvarez comenzó su viaje volviendo a su infancia y siguiendo ruta por el tren de tantas historias de mujeres, como Salomé, Camila, las Mirabal. (A Nelly y al resto, que no se preocupen, que algún día las leeré).

Ahora Junot Díaz gana el Pulitzer, que es como ir más allá de la gloria.

A Díaz lo asedia medio mundo con entrevistas y en cada una de ellas saca su banderita y subraya que es dominicano.

Para él lo dominicano no es la banderita y que alta en el tope estás, etc. Volver a “Drown” o meterse en la vida de Oscar Wao es recorrer ese mundo esquizo en que los dominicanos modernos hemos sido conformados. Esa nacionalidad de pacotilla y de héroe no será la pomada a ponerse, sino el misterio por revelar. Trujillo, Rubirosa, Balaguer son una cara de la moneda. La otra es la de ese mundo de gente resolviendo, “oh degracimao”, viendo a ver lo que pasa, gozando sin una línea métrica, disolviendo la gran aspirina de la dominicanidad en algo que evapore tanto mundo de sonrisas acartonadas y verborreicos cervantinos, “Oh gran Cepeda y Cepeda”.

Ahí está el tío, el “méteselo expert”. Ahí están las muchas necias, la adrenalina que daba el darse una “oreja”, léase, arte de gozar con ver un chin de pantie y sospechar que por esa vía ya cualquier problema con la Manuela estará resuelto.

Cuando me leí esta breve y maravillosa vida de Oscar Wao, le dije a René Grullón –librero dominicano ya puertorriqueño-, “muchacho, esto es fabuloso”. A los pocos días René me decía que Luis Rafael Sánchez auguraba un Pulitzer para Junot de seguir así el camino de la crítica. Eso fue en enero. La semana pasada hablé por teléfono con el autor de “La guaracha del Macho Camacho” y me reafirmó el concepto, que sí, que parecía que la novela era todo un éxito, y que el camino estaba expedito.

Este lunes Junot recibió la noticia del premio.

Sé que hubo fiestas en Nueva York, Boston, en Berlín, en Madrid y en la azotea de Chiqui.

Aún estamos fiestando.

8 de abril, 2008.

 

© Ediciones CIELONARANJA, noviembre 2007 ::: webmaster@cielonaranja.com