No
viajamos con el submarino amarillo, pero tuvimos las Ruinas de San
Francisco.
No
tuvimos Monterrey ni Woodstock, ni aquella isla inglesa donde Hendrix
no tuvo ganas de destrozar su guitarra.
No tuvimos un George Brassens andando por los prostíbulos y
ligando lo que apareciera mientras la pobre Piaf seguía más
triste que un perro de Boca Chica, chequeando el ombligo de las mujeres
de los policías de tránsito o resolviendo en los bancos
públicos, ni siquiera esperando que la mujer del vecino te
cayera en los días de lluvia, sí, porque el marido siempre
salía a vender pararrayos.
No tuvimos a Dylan trotando por las carreteras, on the road como Kerouac,
convenciendo al tractorista de que lo sacara de ese infierno, buscando
los sonidos del viento, visitando al Guthrie en el hospital y pensando
que sí, que esta tierra era mi tierra.
No tuvimos un Andy Warhol hablando sobre cualquier pendejada con el
Capote, descubriendo nuevas perversiones en Mao antes de que el Tse
Tung se echara a nadar, repitiéndolo infinidad de veces como
si el lunar de la Marylin no fuera suficiente, como si la cara del
Jagger no fuera suficiente, como si nada lo fuera.
No tuvimos a un Jim Morrison en su onda apocalíptico-wagneriana
de The End antes de que las valquirias echasen a rodar aceite antes
que sangre, antes que Coppola lo pensase en aquella escena donde el
capitán perdido en la jungla quizás apareciera.
No tuvimos a Janis Joplin, la chica más fea de la universidad,
fotografiada toda encuera antes de que los materiales dejaran en su
cuerpo más hoyos que los que se apreciarían en la luna
o en una víctima de Torquemada, la Janis siempre cantando hasta
decir ya, esperando que el próximo amante le trajera el Mercedes
Benz y ella sin poder más que pedirle entre balbuceos que la
dejara donde fuera, que ella sólo quería dormir.
No tuvimos la alegría de un Touré Kounda, ni la onda
jardín-de-Epicuro de Manu Dibango con aquello del Soul Makousa,
del "macusa ye ye" tan celebrado en los barrios de San Carlos
camino al Liceo Estados Unidos.
No tuvimos a Marley bajando un splif fmientras los chicos uniformados
jugaban a lo peor de la Patrulla de Caminos, mientras el resto trataba
de dispararle al sheriff.
No tuvimos a un señor McMurphy acabando con la siquiatra cuando
lo que en verdad quería era volar sobre el nido del cucú.
No tuvimos a Pink Floyd en las ruinas de Pompeya mientras el Cló
se deshacía con las cenizas dañándole una de
sus camisas más bellas, conmoción cuasi sísmica
naturalmente lamentada por aquellos que -como yo- quería seguir
en el can de pásame aquello.
No tuvimos ni siquiera algún suicida amigable, salvo el que
se fumara el mítico cigarrillo de René del Risco.
Tuvimos las Ruinas de San Francisco en una noche estival de Santo
Domingo con Luis Días entonces "amargado", Días
y sus jevitas todavía rocapiedra, Días y los jevitos
aún dispuestos a lo que fuera en un mundo donde Dolores echaba
gas,
mientras la criminala,
mientras Vickiana,
mientras Anaísa...
tú y yo,
alguna vez,
y dos son tres...
Miguel D. Mena
Octubre, 1998