Viven en
Santo Domingo y lo saben.
Viven la
ciudad porque están instalados en sus noches y la insistencia en ver
dónde caer.
El desasosiego
de esta Isla es el de esta ciudad.
En el salir
o no salir se juega el ser, el estar, la estancia.
Vives para
las aperturas si hay algún pana con la máquina esperándote.
Todo es
encendido.
O ponchar
o tocar.
Tienes
que ubicarte.
O se prende
el auto o accedes el control automático.
O te aplatanas
frente al Discovery Chanel con alguna emisión sobre Galápagos o el suicidio
en la Bolsa de Tokio, o te das cuentas de la importancia del bulto en
el bar de moda. Salir o o no salir, that is the cuestion, dear Hamlet.
Los cadáveres
al teléfono crecen.
Las especies
atrapadas en la doble línea se multiplican más que las gallinas en Granja
Mora.
Algo hay
que cuidar.
Las manos,
las uñas, los pies, el alma, la cara y los buenos modales que Héctor
Báez sabrá atrapar con el flash.
No sólo
el Doctor duerme en formol –por aquello de la conservación.
Cada vez
menos se sale del auricular.
Eres sólo
una voz, baby, no sé si existes.
Sólo la
compañía telefónica me hace sospechar de tu existencia.
Ojalá y
no sea una trampa de Bill Gates para confirmar que al final sólo podremos
existir vía fibras ópticas.
Pero hay
gente que sale o que salta o que se esfuma. Hay esperanza todavía.
Hay manadas
en el éxodo, etnias desasitiadas luego de la caída del Muro de Drake’s.
Está la
última jevitería mostrando el peso de sus ruedos, tremenda confusión
ésa para los clasificadores, de si es la generación X o la Y.
Están Rita
Indiana y su argolla en la ceja como
Isis de la esclavitud postmoderna. Atrás vendrán los chicos publicitarios,
con el último palo, ¿la última pala?, pasiones por el Trash –que son
las mías, indudablemente-. La Fiallo mostrará unos lentes old fashion y una risotada más propia para
andar en un descapotable por el San Francisco de los 60 que por el Santo
Domingo del siglo XXI. Homero insistirá en explotarse en el cuartico
a la izquierda, viviendo su Temporada
en el Infierno particular, razón más que suficiente para que las
Penélopes posibles saquen los pies aunque al final haya que resolver
con la llevadera y la llamada al Apolo Taxi. El bultero mayor dominará
el murito de la entrada, vigía que es el Pérez, todos estaremos en el
Desierto de los Tártaros
gracias a su alturas. Octavio continuará con el desasosiego de siempre,
entre el colmado y el otro murito. Jenny, Raquel, Daisy, Carmen Rosa,
todas serán temas para algún bolero del último Festival de la Voz en
Jimaní. Las Chicas Palmolive –Lady Aspirin, la chica de los deseos,
la del Café Puschkin- harán su entrada triunfal, a las 12 y 15, todos
estaremos obligados a pensar en almohadas, frisas, bostezos, saltos
por los aires, patadas voladoras, eso es la lucha libre. Nos pondremos
en el gordito de la esquina, en el chota guillado de chico rompedor,
loco por rompernos la cabeza para así levantar la gasolina para la
Passola. Las dos Claudia, la de la buena moral y la del Dylan
–Blonde on Blonde- habrán
ocupado, no el breve espacio
en que no estás, sino otra canción de amargue revolucionario, en su
trinchera de la derecha, que es un puesto más lógico que el ocupado el viernes anterior. Betty, naturalmente, continuará
con sus recorridos de pieles europeas, como el Carlitos, como el Arias,
Arturito, Raúl, entre itálicos locos por conocer nuestros bellezos naturales,
hispanos que no bailan flamenco, germanas con las ineludible picadas
de mosquitos, chicas francas que se pondrán más rojas que un bombillito
de un motel después de cuatro cervezas y al instante de constar que
sí, que la bachata es la música del futuro. Con seguridad que todos
accederán luego a las ternuras escandinavas, eso en el caso de que no
se les dañe la nevera. Llegará entonces la Xiomara y su tropa de gozadera,
como salidas de algún Nacimiento boticceliano, dispuestas a cogerles
el paso a la musiquita, el swing, la sudadera que comenzará puntualmente
a partir de la una. Afuera seguirán patrullando los socios, viendo a
las amiguitas posibles afuera, los autos parqueados enfrente, evaluando
la importancia de caer temprano o seguir cogiendo ruta. El Super se
dará cuenta de que hay muelas posibles, que la energía es buena. Tras
el arribo de Aurora sabremos si este puede ser un gran día, pregúntatelo
a tí, de si tu carta astral te disparará al cosmos o cogerás ruta por
las Vegas de San Isidro. Al final caerán Edgar y su mansedumbre a lo
Mamma and the Papas, el otro Californian
Dreamin’ de Manuel, Miguel, Gabino, si es que no hay pinche por ahí.
Irán llegando las tropas, trazándose las trincheras, definiéndose la
batalla entre pánzeres y pistolitas de mito, de coger luego para donde
sea como estericando la noche hasta que reviente o reventemos. Muchos
querrán agarrarse de la colita del escultor Bonnelly para entrar a cuartas
dimensiones. Otros seguirán sedientos de algún hit de cierto grupo argentino,
buenísimo y que nadie conocerá hasta la fecha, motivo para lanzar un
respirito de triunfo y sabio reconocimiento. “Angelo, dame un fría”
será el grito para ponerle su suero al tiempo muerto, activando neuronas,
algo para oir más finamente el merenguito que se pondrá si es que se
divisan españolas a la deriva u otras carnes blancas por intervenir.
“Angelo, dame una fría”. “Dásela”, será la confirmación de la buena
sociedad, de la gente que te quiere, la solución a tus problemas edípicos,
el acceso al hampa de la amistad, a la Fuente aquella de la Eterna Juventud.
Irás de un mundo blanquinegro a los destellos de los cocuyos, a los
carros frenando allá afuera como si se toparan con Dumbo o Peter Pan
dentro de limpiavidrios. Tendremos que seguir entonces. “Salir de aquí,
salir, esa es mi meta”, diría un Kafka local. Salir, sí, salir, pero
antes, dénme un fría, Angelo, dame una.
Y arranca,
sií, arranca, que la noche de Santo Domingo es grande, tan grande.
17 de enero
2000