ACCESO A LA DECADENCIA O "ANGELO, DAME UNA FRIA"
Miguel D. Mena

Viven en Santo Domingo y lo saben.

Viven la ciudad porque están instalados en sus noches y la insistencia en ver dónde caer.

El desasosiego de esta Isla es el de esta ciudad.

En el salir o no salir se juega el ser, el estar, la estancia.

Vives para las aperturas si hay algún pana con la máquina esperándote.

Todo es encendido.

O ponchar o tocar. 

Tienes que ubicarte.

O se prende el auto o accedes el control automático.

O te aplatanas frente al Discovery Chanel con alguna emisión sobre Galápagos o el suicidio en la Bolsa de Tokio, o te das cuentas de la importancia del bulto en el bar de moda. Salir o o no salir, that is the cuestion, dear Hamlet.

Los cadáveres al teléfono crecen.

Las especies atrapadas en la doble línea se multiplican más que las gallinas en Granja Mora.

Algo hay que cuidar.

Las manos, las uñas, los pies, el alma, la cara y los buenos modales que Héctor Báez sabrá atrapar con el flash.

No sólo el Doctor duerme en formol –por aquello de la conservación.

Cada vez menos se sale del auricular.

Eres sólo una voz, baby, no sé si existes.

Sólo la compañía telefónica me hace sospechar de tu existencia.

Ojalá y no sea una trampa de Bill Gates para confirmar que al final sólo podremos existir vía fibras ópticas.

Pero hay gente que sale o que salta o que se esfuma. Hay esperanza todavía.

Hay manadas en el éxodo, etnias desasitiadas luego de la caída del Muro de Drake’s.

Está la última jevitería mostrando el peso de sus ruedos, tremenda confusión ésa para los clasificadores, de si es la generación X o la Y.

Están Rita Indiana y su argolla en la ceja como  Isis de la esclavitud postmoderna. Atrás vendrán los chicos publicitarios, con el último palo, ¿la última pala?, pasiones por el Trash –que son las mías, indudablemente-. La Fiallo mostrará unos lentes old fashion y una risotada más propia para andar en un descapotable por el San Francisco de los 60 que por el Santo Domingo del siglo XXI. Homero insistirá en explotarse en el cuartico a la izquierda, viviendo su Temporada en el Infierno particular, razón más que suficiente para que las Penélopes posibles saquen los pies aunque al final haya que resolver con la llevadera y la llamada al Apolo Taxi. El bultero mayor dominará el murito de la entrada, vigía que es el Pérez, todos estaremos en el Desierto de los Tártaros gracias a su alturas. Octavio continuará con el desasosiego de siempre, entre el colmado y el otro murito. Jenny, Raquel, Daisy, Carmen Rosa, todas serán temas para algún bolero del último Festival de la Voz en Jimaní. Las Chicas Palmolive –Lady Aspirin, la chica de los deseos, la del Café Puschkin- harán su entrada triunfal, a las 12 y 15, todos estaremos obligados a pensar en almohadas, frisas, bostezos, saltos por los aires, patadas voladoras, eso es la lucha libre. Nos pondremos en el gordito de la esquina, en el chota guillado de chico rompedor, loco por rompernos la cabeza para así levantar la gasolina para la  Passola. Las dos Claudia, la de la buena moral y la del Dylan –Blonde on Blonde- habrán ocupado, no el breve  espacio en que no estás, sino otra canción de amargue revolucionario, en su trinchera de la derecha, que es un puesto más lógico que el ocupado  el viernes anterior. Betty, naturalmente, continuará con sus recorridos de pieles europeas, como el Carlitos, como el Arias, Arturito, Raúl, entre itálicos locos por conocer nuestros bellezos naturales, hispanos que no bailan flamenco, germanas con las ineludible picadas de mosquitos, chicas francas que se pondrán más rojas que un bombillito de un motel después de cuatro cervezas y al instante de constar que sí, que la bachata es la música del futuro. Con seguridad que todos accederán luego a las ternuras escandinavas, eso en el caso de que no se les dañe la nevera. Llegará entonces la Xiomara y su tropa de gozadera, como salidas de algún Nacimiento boticceliano, dispuestas a cogerles el paso a la musiquita, el swing, la sudadera que comenzará puntualmente a partir de la una. Afuera seguirán patrullando los socios, viendo a las amiguitas posibles afuera, los autos parqueados enfrente, evaluando la importancia de caer temprano o seguir cogiendo ruta. El Super se dará cuenta de que hay muelas posibles, que la energía es buena. Tras el arribo de Aurora sabremos si este puede ser un gran día, pregúntatelo a tí, de si tu carta astral te disparará al cosmos o cogerás ruta por las Vegas de San Isidro. Al final caerán Edgar y su mansedumbre a lo Mamma and the Papas, el otro Californian Dreamin’ de Manuel, Miguel, Gabino, si es que no hay pinche por ahí. Irán llegando las tropas, trazándose las trincheras, definiéndose la batalla entre pánzeres y pistolitas de mito, de coger luego para donde sea como estericando la noche hasta que reviente o reventemos. Muchos querrán agarrarse de la colita del escultor Bonnelly para entrar a cuartas dimensiones. Otros seguirán sedientos de algún hit de cierto grupo argentino, buenísimo y que nadie conocerá hasta la fecha, motivo para lanzar un respirito de triunfo y sabio reconocimiento. “Angelo, dame un fría” será el grito para ponerle su suero al tiempo muerto, activando neuronas, algo para oir más finamente el merenguito que se pondrá si es que se divisan españolas a la deriva u otras carnes blancas por intervenir. “Angelo, dame una fría”. “Dásela”, será la confirmación de la buena sociedad, de la gente que te quiere, la solución a tus problemas edípicos, el acceso al hampa de la amistad, a la Fuente aquella de la Eterna Juventud. Irás de un mundo blanquinegro a los destellos de los cocuyos, a los carros frenando allá afuera como si se toparan con Dumbo o Peter Pan dentro de limpiavidrios. Tendremos que seguir entonces. “Salir de aquí, salir, esa es mi meta”, diría un Kafka local. Salir, sí, salir, pero antes, dénme un fría, Angelo, dame una.

Y arranca, sií, arranca, que la noche de Santo Domingo es grande, tan grande.

 

17 de enero 2000

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