Aquella generación
conoció la tiranía en el miedo de las rodillas que la mecían. Criada sin padres, hermanos, tíos... Estaban exiliados, presos o
muertos y sólo el silencio explicaba la ausencia.
Ignoraba por qué
cerraban las ventanas cuando se escuchaba el sonido del motor de un
Volkswagen y no le extrañaban las conversaciones de los mayores bajo
la ducha. De repente descubrió, detrás de los altares caseros, una fotografía
con tres rostros femeninos y veía crespones negros por doquier. Entre
alegrías y misterios aprendió a escribir utilizando cuadernos con la
imagen del jefe y su escolaridad fue interrumpida por disturbios callejeros.
Escuchaba sollozos mientras compartía con vecinos las noches interminables
de toque de queda, después de la libertad.
Libertad,
sin saber el significado, la infancia no tiene restricciones en el alma.
Libertad y basta ya, Libertad y Balaguer Muñequito de Papel y los paleros
y los sicarios huyendo o escondidos. Libertad y los dicterios de Bonillita
y las explicaciones del Profesor. Sombreritos de cana, el buey que más
jala, machete verde, PLE, Vanguardia, 1J4 y Alianza Para el Progreso.
Esa generación no
pudo coger un fusil en el 65 y tampoco asumir la genuflexión. Creció
entre el espanto ajeno, una libertad que no comprendía y se encontró
con la adolescencia en una esquina ensangrentada y el silencio era distinto.
Generación pequeño burguesa de los 70, respirando rock, mezclando
a Martha Harnecker y a Neruda, a Nikitin y a Gorki, soñando con una
beca del partido, recitando a Silvio y estrenando el amor al mismo tiempo
que entrenaba la conciencia. Entre Paris, La Habana, una misión, unos
poemas, un periódico clandestino y la universidad compartía utopía y
consternación.
La revolución era
posible, sobraban indicios y símbolos, la trasgresión también, sobre
todo para aquellos que no acariciaban rejas ni recibían culatazos. Entre
canciones y riesgos se hacía patria y Joaquín Balaguer encarnaba el
mal. Propiciaba la corrupción y la muerte, el atraso, la violación a
los derechos humanos, la entrega de nuestras riquezas al capital extranjero.
Poco se decía, no obstante, que también encarnaba el trujillismo, eso
vino después, cuando la geopolítica lo permitió. Demasiado exilio y
tortura, demasiado cadáver y familia rota, demasiado afán empeñado en
la transformación que no se produjo.
Entre el PCD, el
PS, o la cercanía con Bosch se repartía la rebeldía. Los más aguerridos
coqueteaban con el MPD. Había iconos del antibaleguerismo, se mantuvieron
firmes y sufrientes. Pasó el tiempo pero él no. Pasó el tiempo y
fueron cayendo, uno a uno. Primero la canonjía, después el piropo,
luego el escritorio en una oficina pública. El 78 trajo nuevos aires,
llegaron los expatriados, destituyeron militares, se respetaban los
derechos humanos, pero un Senado fiel determinaba la permanencia. A
partir del 86 recupera formalmente el poder, lo había
prestado, ser antibaleguerista
se convertía en antigualla. El reto fue ganar su favor.
Después de ser reconocido
padre de la democracia y convertir su casa en un santuario de obligada
visita para aquel que pretendiera poder, todos le rinden culto. Sus
presos, sus torturados, sus exiliados, sus viudas, sus huérfanos, sus
ofendidos. Uno a uno como caballeros y todos juntos como malandrines.
Y aquella generación, derrotada por su vigencia, se enfrenta
a una realidad única: Sin él, carece de discurso, debe asumir las riendas
de su vida, de su compromiso. Está sola, los demás transaron.
Desde el 1930 ese
hombre perteneció al poder, desde el 61 decide, a partir del 78 se dedicó
a demostrar que hemos sido una ficción como país, que la democracia
nunca ha existido y lo que dijo determinó la vida de millones de nacionales
que lo odiaron queriéndolo.
No hay ilusión posible.
Perdimos la inocencia, nos la quitaron. Con su partida, carentes de
excusas para los errores, envejecemos. Hay que resolver los problemas
sin el susurro pérfido del oráculo de Navarrete, con relevos castrados
y cómplices. Ya no somos los de entonces, debemos buscar identidad.
(fin)
Rumbo 28, julio 2002