Taquito
“de
los desórdenes”
Porque siempre
me quedo en casa esos días en los que todos llaman para sacarme
de la cama, que me quitan la computadora de las piernas, me sacan
las hojas de debajo de los brazos, me meten uno, dos, tres pases
y me halan por las manos. Alguno hasta me pone los zapatos y luego
las medias. Cuando alguien pregunta: “¿Se acabaron los kanks?”, cuando alguien ha clavado la mitad
del perico del grupo y se mete la mano en los bolsillos y dice:
“No,
men, yo no lo tengo”, entonces es cuando decido quedarme
en casa a llenarme la cabeza de colorcitos en programas infantiles,
hasta que un merenguero llamado Kike Mangú sale a menearse y dos
muchachitas que no pasarían de los doce como en ácido, como en equis,
como en cuerería pesada salen a menearse con él. Cambio el canal.
Una repetición de Basquiat, un disquito rayado, una barbie haciendo
el papel del verdugo, del “verdadero
verdugo”. De la boca de Eddy sale verdugo y
es justamente cuando abre su edición especial de Tacones Altos,
donde una dómina española le mete un taco hasta la garganta a un
muchacho que también le está metiendo algo en la boca a una niña,
que también se mete algo en otra parte, que es un objeto cilíndrico
con forma de pene. “Eso es una vaina
pa’ maricone”, dice Eddy,
“que solo lo usan los maricones y los cueros, y las niñas sumisas”,
que le están metiendo vainas por la boca directo desde el ano del
muchacho. Y el repetía “Bárbaro, animal”, pero yo no
escuchaba nada, había un ruido como de madera contra concreto, un
¡bum! como de carne contra hueso, como de mano sobre boca abierta
y uñas en espalda. Y era que en la pieza contigua, Ernesto le rompía
las piernas a Raysa a una velocidad de espaldar de cama a 250 golpes/seg.
Tablazo, grito, empujón, “¡Dale!”,
“¡coge!”. “¡Bum!”. Claro que Eddy salió manoseándose al baño. Consigo
se llevó tres revistas y, disimuladamente, un desodorante. Con los
golpes se movía mi cama, mi mesita de noche y un vinyl de Raul Recio
que tengo sobre mi cabecera esperando que me libre de todo bien.
El cuadro cayó justo sobre el florero lleno de canicas que compré
en la miscelánea junto a la fábrica de muebles de mimbre. Al golpe
salió Eddy subiéndose el ziper. Como si nada agarró el control remoto
del vhs y puso una película de Hitchcock, una de las que hizo cuando
viejo y todo lo que hacía parecía una serie de Teleantillas, buscó
un Clamato y empezó a chupárselo mientras buscaba el mejor punto
en el suelo, entre todas las bolitas de colores, para sentarse.
A Eddy hace tres
meses le dio con dejar de beberse las 21 divisiones en el colmado
de Don Lépido. Se tomó fotos con los Mellos, La Prieta, Australia
y Joaquín Joaquín el día en que se declaró, se juró, se prometió,
se decretó, se afirmó y se reafirmó que “se acabó la birra fría, se acabo el
jodedero en la calle en la madrugada, se acabaron las cervezuanas,
se suspende el crédito en el colmado”. Bulla, bulla, mucha bulla, pero ninguno
de los cueros estuvo contenta, le cogieron mala voluntad en la casa
de citas de Lilo y Janet, la que está al lado de la miscelánea,
al lado de la fabrica de muebles de mimbre donde trabaja Patchy,
que está más buena que la codeina en primavera, que se supone lleve
a cenar todos los días a cambio de favores orales. Siempre nos agarraba
la madrugada o la lluvia o un bonchecito de kanky matriculado en
el techo, aguantando la respiración y las ganas de rompernos los
brazos porque nadie soportaba que Mami estuviera lavando el baño
y escuchando lo que decíamos, si sonaba un gemido o una fosa nasal
en plena succión. Supuestamente yo no sabía que Patchy se acostaba
con Eddy, pero es que ella es un tirapiedras. Una Honda Lead en
las manos y se va a la cuarentidós con Eddy a ligarse el mil de
los treinta polvos, famosos por su larga duración y fabulosa demostración
del poder físico de Eddy, a quien siempre están esperando en casa
de Lilo para que floje un par de frías y un par de pases, tal vez
un pica pollo y un pote, pero como hay fotos que atestiguan su nueva
y rampante sanidad, él prefiere meterse en mi propio cuarto a hacer
musiquita y mandármela al techo a hablar. A los 20 minutos, después
de que suena la cubeta de agua vaciándose sobre el cuerpecito de
la muchachona, viene fresquesita y con la nariz blanquita a parlotearme
de su, de mi, de nos, de mis, de tus, de ex, de que a veces... recostada
sobre mis piernas sobándose el coxis y a veces hasta la cara con
las marcas delatoras del espaldar de mimbre. A mí me suena el ¡Bum!
en la cabeza. ¡bum! ¡bum! y Eddy me pregunta que si es Raysa la
que está, que si es Raysa la que es, que si no es, ¿que quién es?
A mi me importa tan poco, porque es que también tengo que aguantarme
a Ernesto, el hermanito de Patchy, un enanito, el típico proto-panky
de los barrios, el chamaquito que no suda, que tiene flow, baqueao
por el dominican-york de turno, esperando a que maten a su padrino
para ser adoptado por algún otro que le compre mejores tennis. Ernesto
se coge a cualquier niña del barrio sin saberle el nombre ni el
número de botones que se quitó él o le quitó ella, sin compasión,
sin pena y con toda la gloria que todos los gritos de la niña pueden
darle. Raysa era la última adquisición, me dijo una vez que me dio
un ataque de profamilia y lo agarré por el brazo para darle un paquete
de condones, “la bizca”,
me dijo, “y bien que lo hace la perra”,
me dijo, “gracias, manito” y se metió
en la habitación y casi pude escuchar la caja cayendo en el fondo
de una gaveta y un salto en la cama y el ¡bum, bum, bum!
Raysa no piensa
en otra cosa que el sexo, una sensualidad fingida que más bien parece
retardo mental, los ojitos torcidos y un diente menos. O dos, o
tres, nunca se sabe porque nunca se ríe, tiene la boca ocupada haciendo
boquitas frente al espejo. Se mudó al cuarto de servicio con Ernesto
hace una semana y ya la tengo metida en mi habitación, en la cama,
en la computadora, en la cuenta de correo, en el gavetero y en los
condones que me devuelve con una cara de desorden y bum bumes. Se
robó tres ceniceros, ocho portarretratos, trece libros y 26 cd’s
que luego también devolvió rotos y rayados, junto a otros tantos
que no eran míos, pero que aceptaba como recompensa para que Patchy
no se me fuera de la casa. El bum cesó y Eddy recogió una canica,
el florero, la echó dentro y fue a buscarse otro clamato.