Ediciones del Cielonaranja
LETRASPENSAMIENTOSANTO DOMINGOEDICIONES MIGUEL D. MENA

Some Like Parties

 

Amanda Miguel, eso era lo que escuchaban todas en sus discmans, una versión remasterizada de los maravillosos lp’s de la diva de ahora y siempre, decía la carátula. Una versión sintética de la voz de la diva de antaño, creadora indiscutible del desamor, detonadora de cabelleras hechas rolos en cuartos de baño, amargachopa del mundo and beyond. Eran tres, una señora gordísima con todas las arrugas que le faltaron a Libertad Lamarque, y dos jóvenes con el cabello largo que dejaban en las pupilas una sensación como de haber visto a Grecia Colmenares y a Caridad Canelón, respectivamente. Un brillito como de que han ido tantas veces al salón que el cabello ya se sabe de memoria donde acomodarse a ciertas horas del día y en ciertos lugares, como una estación de autobuses, por ejemplo, una tienda de panties, el cine, Zara y baskin robbins. Es decir, megadivas indiscutibles que no han trabajado en televisión porque recién salió del aire el gordo de la semana, admiradoras sempiternas y patrocinadoras de los viajes a Miami de Panky y todos sus desquiciados amigos, fichas permanentes en los conciertos de Alejandro Fernández y Gilberto Santarrosa en Altos de Chavón y, lo que es mejor aún, portadoras permanentes de almohaditas que dicen en una serigrafía a prueba de roce de culo: Gilberto Santarrosa en Altos de Chavón. En las manos le crecían piñacoladas sin necesidad alguna de refill, gente hay que tiene esos poderes; iniciación oficial en casa de Jochy Santos, pistas para la conservación de la sangre fría en el programa de cocina más cercano al canal donde dejaron puesta la novela anoche, mientras se hacían los rolos y se ponían sus batolas de chantún rojo para dormir, se permite un trago de whisky primero, no lo comentan a nadie, nada de tocadera con el marido, ya sabes.

La señora decía que era amiga personal de Socorro Castellanos, que era su amiga, su confidente, su manita, su amistad, siendo amistad el estatus más elevado de intimidad entre esta gente pelusa que intercambia joyas por números de teléfonos, televisores por elevados, bancos de sangre por dinero en efectivo y secretos de estado por pasajes aéreos a Europa y otras localidades tan familiares desde que fueron a los internados suizos donde estudiaron las amigas de sus abuelas.

Esto es todo lo chic que puedo ser, dice Emil sacando el cuadro de la cama de la camioneta y mostrando su horrible pantalón de vestir azul y una camisa rosada. Del cuello le cuelga algo que, desde el interior de la cabina trasera, parece un tomate dorado, o una cruz gamada, una runa o un símbolo griego como del zodíaco, cosas todas con las que Emil está familiarizado. En el residencial, cada casa tiene un guachimán, un gato callejero y una terraza como esta, en la que es bueno tomar teaverdejapaness y hacer recepciones finísimas con los ejecutivos de cuentas de todas las publicitarias o, lo que es lo mismo, candidatos presidenciales y uno que otro diputado del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). No todos pueden entrar a la casa, una Husky Siberiano que mantienen en un cuarto con aire acondicionado de veinte mil beteús es muy arisca y no acepta la presencia de nadie que no haya sido bendecido por el monseñor en alguna boda. Boda, eso dice la señora y se refiere a la boda Henríquez-Siniestro a celebrarse en la catedral el día siguiente. “Son gente muy exquisita”, dice, “El presidente estará presente”, dice, “músicos en vivo interpretarán el avemaría en una bellísima versión bossa nova y hasta Maridalia Hernández, superado su lío con su productor, cantará en la ceremonia. Los padres de la novia patrocinan el Chateauneuf du Pape, bocadillos y servicio de catering de primera…” y antes de que la niña número uno, es decir, la princesita que hasta habla con el acento argentino que todos conocemos hiciera una demostración del vestido de la novia y hasta la marcha nupcial, Emil se metió el cheque en el bolsillo, se deshizo el nudo de la corbata y se fue: “me están esperando, mi galerista, ya sabes”.

Por supuesto quedaron muy contentas, complacidísimas de ver un artista famoso con clase y responsabilidad, prometieron comprar otras tres piezas, algunos de los jarrones que Emil hace para enamorar a todas las cincuentonas y sesentonas ricas de la parte alta de la ciudad, de esas que viven en cualquier Simone de Beauvoir o Indhira Gandhi, mucha clase, mucho carro lujoso, mucho político corrupto, mucha junta de vecinos que no aceptan profesionales de rápido ascenso como peloteros, ganadores de lotería y dominicanyorks.

A la salida, un guachimán de San Pedro de Macorís nos retira el sello de la casa y nos desea un buen viaje, protocolo indispensable para mantener su empleo y a todos los senadores del residencial satisfechos. Y nos fuimos oyendo un cd de Radiohead, uno de esos álbumes que son como ataques terroristas para los que, como uno, no son fanáticos ni mucho menos, la voz de Tom Yorke en una letanía eterna, la voz propia que te cambia, que te dan deseos de que se lleve tu corazón y tus patines, tu video porno, tu postal de Godard y tus disquitos de Proppelerheads, pero que te deje vivir en paz, que ya estás harto, que, que. “Eso es porque no estás deprimido”, me dice Horner-Rossi, ella metida con todo y cuerpo en el suelo de la cabina, mirándome con cara de chisme, ese apellido tan largo que tuve que aprenderme cuando la conocí porque no estaba dispuesta a decirme su nombre. En Alemania nadie puede llamarse como le da la gana, no hay Yurisleidy ni Surilainys. Me dice que no me gusta Radiohead porque no estoy deprimido y yo con una caja de kleenex llorando por todos los perros que nadie cuida, buscando excusas para dar una lloradita pendeja, la oigo decir: “te descubrí”. Abro la ventana y la ciudad deja pasar un ruido como de gente que también está harta de Radiohead y de la Sophy y de todos los Juan Luis Guerras que se pasean por Casa de Teatro, todos los ahijados de Freddy Ginebra que tiene uno que aguantar en la radio, la batería inconfundible de Guy Frometa, la guitarra de Ordoñez, un tal Peter Nova y otras tuercas y manubrios. Por eso alguien apagó el radio, “ay, Emil, gracias” y Emil que manipula el radio, maneja y se quita el mameluco de Guillo Perez o de Acrobartista Contemporaneo.

En el banco nadie deja pasar a nadie por delante en la fila, cuando digo nadie me refiero a las cajeras que, al parecer, les gusta la presencia escandalosa de todos los que usan pantalones anaranjados. Entramos todos porque hace calor y en la camioneta no se puede encender el aire acondicionado, hay que ahorrar gasolina hasta que se cambie el cheque y se llene hasta la F, requisito ineludible para la gente que, como Tony, como Horner-Rossi, como Tanya y yo, nos gusta tanto el país en sus carreteras, pasar quemando gasola por las arterias verdes en las que se ve lo lindo que es este campito. Inmediatamente una oficial de cuentas te pregunta si eres actor o pintor y nosotros, que no somos operadores de servicio al cliente ni recepcionistas del banco, para no dar explicaciones decimos que sí a todo, nada nuevo, esas preguntas son las mismas desde que se inventó esa cosita tan jodona como el amor que todo el mundo insiste en llamar arte. Por supuesto, el escándalo de dos mujeres tocándose las nalgas y los labios simultáneamente acelera el proceso, eso o que Emil ondeaba el cheque que exhibía la maravillosa firma de la doña, escuchamos varios empleados decir entre dientes: “viaipí, viaipí” y recibímos el bollo de billetes nuevecitos como un autoservicio, en la camioneta. La ruta, la casa de un pusher de equis, “el jevito más bello de la ciudad”, dice Tanya, “localízece en cualquier bonche, es aquel que saca primero los lentes de sol”, “un hijo de un coronel que ahora mismo está pegao en el gobierno, tiene su carro y su novia de Unibe”, dice Emil, “dispara equis porque cree en el amor y quiere que se le recuerde como” “el pusher más rápido de los bonches”, dice el muchacho, que se llama Gorky: “locuras que hacen los viejos cuando son jóvenes y se creen comunistas porque se han leído El Capital”, yo recordando la jornada de conversión de comunistas al balaguerismo que duró mucho más de doce años. Aquí no se salva nadie, decía un letrero enorme que tenía metido en la cabeza desde tres amet atrás.

“Si se busca el manual de usuario de la camioneta”, le digo a Emil, que está rebasando camiones y patanas como un go-kart, “se encuentran las especificaciones del diseñador, esta es una actividad que no se recomienda…”, y cuando acabo de hablar entramos al parqueo del edificio, una torre horrible frente al mar que la galerista, que sí existe, le ha prestado a Emil para mantenerlo contento, con un balconcito ínfimo donde solo cabe un perro pequeño y un suicida, amueblado exquisitamente con una cama que ha visto pasar a las amantes de la galerista y una nevera. El radio encendido tiene a Nina Simone, que ya en los setentas era una loca bullosa y que a todos nos gusta, es decir, que si nadie cambia la música no nos metemos nada, y aparecen ocho cd’s de Fela Kuti, doce pastillas que parecen plásticas y un bolón en la despensa, terminación de primera que exhibe en su interior una caja de cereal y un flan de La Lechera, alimentación balanceada y rica al paladar. Yo agarro una laptop y doy a parar a una esquina de la habitación, donde pueda ver que la ciudad sigue viva, sacarme de la cabeza esta sensación de que el tiempo se detiene cuando entra uno a una habitación desconocida.

Abro un documento en blanco. Es muy pesado y hace un ruidito como de cristal sobre dedo gordo, como de cámara fotográfica que ilumina la habitación y está Tanya metiéndole el pie a la botella que acaba de caer. Y la botella no se rompe, pero salta a una silla agarrándose el pie con una mano, la boca con la otra, la barriga con la otra, la cabeza con la otra, y casi toca un piano sobre la cama. Los dedos de los pies no se enyesan, no se entablillan, como si no se rompieran nunca. El perro salta asustado, se le ha pasado el efecto de los ocho diazepam y la sidra que ha lamido de la cabeza de Horner-Rossi. Horner-Rossi ha dejado de llorar, Emil le tiró una botella de Sidra con todo y botella en la cabeza y ella había roto en llanto, borrachísima, sorprendidísima de las costumbres fiesteras de esta isla. Yo abro los ojos después de haber soñado despierto con todos los familiares que no tengo y abro un documento en blanco. La cosa está buena, empieza a decir, es este veranito permanente del caribe, caribe siendo esa palabrita tan fea para el arco de islas tan feo en esta parte del mundo tan caliente. También hay gente que odia los veranos, continúa, cantan un “suuuuuuumertime” en su crucero freestyle de primera y setenta y dos plantas y quedan fascinados con las palmeras y las playitas y los volcanes en erupción que dejan veinte pulgadas de cenizas sobre las cabezas de todos los caribeños, ese nombrecito que me pone en la cabeza diapositivas de las hormigas enormes del Discovery Channel, concluye. Y el amanecer que acaba por llegar como siempre con ruidos de gallos aunque estés en la octava planta de una torre, gallos por todas partes, siempre a deshora y nadie se levanta. Suena el teléfono y hay que extender la mano desde la cama, la cara gastada de tanto y tanto.  La garganta seca de tanto. Cansado y todavía tan.

La señora insiste en que vayamos todos a la boda, la misma familia de la novia nos extiende, a Emil y a sus maravillosos amigos, una cordial invitación. Emil habla y se revisa los bolsillos, revisa la nevera y ve correr el alcohol por la alfombra de la catedral, la oportunidad de hablarle en verso de Mishima y Kawabata a las rubias de la última fila, de Deleuze y Guatari a los politólogos y abogados de la primera, el sueño de gritar en plena ceremonia, con unas botas Doctor Martin y un vestido Vera Wang: “¡Nadie se puede casar, la novia soy yo!” y desaparecer antes de que los ochenta guardaespaldas de los ochenta funcionarios millonarios saquen el arsenal con el que intimidan a todos los poetas erranticistas que hablan mal del gobierno, a todos lo que hacen campaña a favor de Virtudes Álvarez y todos los que prenden, en la intimidad de su hogar, una vela por Narcisazo, o sea, terroristas con sueldos básicos de noventa mil, jeepetas mandadas a hacer y muchos helicópteros que aterrizan en los patios de sus casas. Así que ponemos San Sebastián, nada mejor que tanto mariconeo para aguantar las nupcias y las náuseas, y esperamos la hora. Descubrimos que en algún rincón del armario, todos tienen un trajecito de polyester y alguno hasta tiene marcas de que fueron arremangados a lo Don Johnson. Todos vestidos de Miami Vice y los ojos maquillados para que no se noten tanto las ojeras.

Llegamos temprano, las doñas habían llorado un rato, el padre de la novia ya estaba borracho y la niña, una de las niñas Siniestro que tanto dan de que hablar en las páginas sociales por su carácter y su belleza, educada en Canadá y con el porte de reina de belleza que le enseñaron en John Casablancas, no acababa de llegar.  El novio, uno de los niños Henríquez que tanto dan de que hablar en las páginas necrológicas por sus carros y sus bonches, educado en Unibe y con el temple de los politólogos con tanto prestigio que hay en la familia, le pellizcaba las nalguitas a la cuñada, a la suegra y hasta se daba un par de petacazos de black label de vez en cuando. Chambelanes repartían cajas de kleenex entre los invitados, una delicia, una asquerosa delicia, tomamos un par de cajas porque la mezcla de perfumes produce alergias en las narices como las nuestras, en condiciones tan delicadas. Y justo cuando no esperábamos a nadie más, que habíamos tomado un banco para nosotros porque nadie quiso unírsenos, entran el mismísimo presidente de la república y la vicepresidenta, cayéndose de sus tacos por la altura o por el alcohol, pero esas fueron conjeturas que debieron ser detenidas porque toda la escolta se colocó a nuestro lado y los personajes gubernamentales al otro. La vice saludó cortésmente y el presidente, en su chacabana blanca impecable que no dejaba de chirriar contra la madera del banco, alzó la mano y miró en todas direcciones, “esta gente saluda tan elegantemente”, escuchamos decir a nuestras espaldas y luego todo fue silencio.

Todo como estaba previsto, la música, Sonia, la novia impecable, brillante en su vestido, los fotógrafos, mucha gente de la prensa, mucho llanto, mucho desearle bien, muchas bendiciones y mucho, mucho, mucho dinero.

La recepción fue efectuada, dirían los suplementos sociales de los periódicos, en el Country Club, la presencia distinguidísima de todas las personalidades del ámbito artístico y cultural y resaltar que el presidente asistió y hasta bailó un merengue con la novia, la novia sufriendo lo cepillao de los santiagueros al bailar, el presidente tratando de quemar a través de toda la tela del vestido con un sabroso merengue de fondo: “Que bien te ves, con tu cretona”. Todo muy entretenido.

Tomamos una mesa, por supuesto, en la vía de los camareros y Tony se había ido con el padrino a capear un par de gramos, uno para cada uno, seguramente, en estas fiestas siempre hay que estar preparados, entre tanto político y tanto guardia no se puede uno estar pasando gramos de mano a mano, hay que ser cuidadosos, decía Tanya con las ganas de cagar que le entran desde que sabe que va a darse un pasecito. La boca incontrolada en el mono y las manos sudando frío. Yo me acerqué a la novia a preguntarle donde estaba el almacén de bebidas, los camareros son rápidos y a esta hora y en estas condiciones siempre me da con procesar información como una pentium III, imposible seguirle los pasos a los modelitos de Robert Flores que se ganan la vida haciendo catering. No me dijo nada, me preguntó por su vestido, por la cola, por el tocado y por la hora exacta en la que debía tirar el ramo. Me contó de ochenta desfiles de modas en los que ha participado y de la luna de miel en Francia, todo patrocinado por el jugoso sueldo del suegro y el marido, que era un gordo alto que estaba en un programa, confesó algo compungida después de tomarme algo de confianza a cambio de trucos de maquillaje y de sexo oral, de rehabilitación por su adicción al casino, es decir, una pareja común y corriente con todo y los planes de vivir en la Anacaona y los Ferrari y los niños que manejarán los Ferraris y los pobres niños y los colegios bilingües.

Y llega Emil con los pantalones mamey, una mochila y un guachimán que no lo deja pasar, el padrino detrás del guachimán y todo el mundo voltea. Se sienta en la mesa y dentro de unas campanitas de las que vieron a los niños del Country hacer sus pininos en las sustancias alucinógenas que recogió en el jardín del club, nos entrega bolsitas del mejor material de la zona, al padrino le brilla la sonrisa mientras va camino al baño, simultáneamente sonreímos nosotros y empieza la Banda Gorda a tocar. Mambo para todos, filosofía de las orquestas que amenizan las recepciones y las graduaciones. Golpes de barriga de todas las doñas de puerta de hierro, el portal y Cuesta Hermosa, ejército de niñas metidas en vestidos de mucho brillo y lentejuela con señores cincuentones que menean las panzas y tratan de seguirle el ritmo cuando realizan con maestría el divertido baile del “pecaito” que el mismísimo Jochy Santos popularizó en la celebración, subido en una tarima dando golpes de barriga a diestra y siniestra. El novio y el padrino en el baño, la suegra y las amigas con una botella en la mano cada una. Emil está subido en una mesa y la que está gritando con un trago de whisky en la mano es la vice acompañada de la galerista, Emil gritando versos de Carlos Fuentes Lemus y diciendo: “¡¡¡ojalá y viera todo esto, ojalá y lo viera!!!”, con lágrimas en los ojos.  Y dando brincos de mesa en mesa cayeron tres flores de las que hay en el jardín, un bolígrafo y la tarjeta de una de las doñas interesadas en su trabajo. Emil se detiene con una cara de horror, nos mira y nosotros estamos mirando el suelo con los ojos bien abiertos y mordiéndonos las manos, Emil se mete debajo de la mesa, a estas alturas ya han dejado de pedirle que se vaya, que se calme o que suba a bailar con la Banda Gorda, de mesa en mesa arrastrándose por el suelo, las doñas gritan y nadie deja de bailar mientras mira la maniobra de caminar con el mantel enredado en una pierna, hasta que, para el gusto de todos los periodistas y la ruina de la novia, el pastel, una pirámide de ocho plantas que lleva la cara de la novia y el novio, una pieza alma mater de Miryam Gautreaux, cae al suelo no sin antes recibir la puñalada de veinte manos que quisieron salvarlo y solamente quedaron enterradas bajo la masa de almendras, melocotón y chocolate.

La novia grita desde lo alto de la mesa de los novios con el acento del inglés canadiense, una escena de Carrie seguramente sería menos terrorífica: ¡¡¡Tú y tus amigous aruinauron mi bouda!!!” y tuvimos que salir disparados por entre las piernas de los encargados de seguridad, un beso al camarero y un centro de mesa, un recuerdo de la fiesta y Emil, solemne ante tal desastre, puso voz del locutor del sorteo de lotería y tuvo tiempo de felicitar a los agraciados.

La Vie Secret Des Anges “cuán tristes las metáforas”
Potato, tomato.
Cancionero Popular
Taquito “de los desórdenes”
Fashion Foam “el esquizoide desempleado”
Mighty Fantastic Invisible Mono-Chested Siamese Identical Twin Average Thundercats Brothers.
Some Like Parties
Electra “labor de los electrodomésticos”
Sapo
Episodio Rosado
Revolver
El Ángel Exterminador
13 “Formato Alquitrán”


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