Some Like Parties
Amanda Miguel,
eso era lo que escuchaban todas en sus discmans, una versión remasterizada
de los maravillosos lp’s de la diva de ahora y siempre, decía la
carátula. Una versión sintética de la voz de la diva de antaño,
creadora indiscutible del desamor, detonadora de cabelleras hechas
rolos en cuartos de baño, amargachopa del mundo and beyond. Eran
tres, una señora gordísima con todas las arrugas que le faltaron
a Libertad Lamarque, y dos jóvenes con el cabello largo que dejaban
en las pupilas una sensación como de haber visto a Grecia Colmenares
y a Caridad Canelón, respectivamente. Un brillito como de que han
ido tantas veces al salón que el cabello ya se sabe de memoria donde
acomodarse a ciertas horas del día y en ciertos lugares, como una
estación de autobuses, por ejemplo, una tienda de panties, el cine,
Zara y baskin robbins. Es decir, megadivas indiscutibles que no
han trabajado en televisión porque recién salió del aire el gordo
de la semana, admiradoras sempiternas y patrocinadoras de los viajes
a Miami de Panky y todos sus desquiciados amigos, fichas permanentes
en los conciertos de Alejandro Fernández y Gilberto Santarrosa en
Altos de Chavón y, lo que es mejor aún, portadoras permanentes de
almohaditas que dicen en una serigrafía a prueba de roce de culo:
Gilberto Santarrosa en Altos de Chavón. En las manos le crecían
piñacoladas sin necesidad alguna de refill, gente hay que tiene
esos poderes; iniciación oficial en casa de Jochy Santos, pistas
para la conservación de la sangre fría en el programa de cocina
más cercano al canal donde dejaron puesta la novela anoche, mientras
se hacían los rolos y se ponían sus batolas de chantún rojo para
dormir, se permite un trago de whisky primero, no lo comentan a
nadie, nada de tocadera con el marido, ya sabes.
La señora decía
que era amiga personal de Socorro Castellanos, que era su amiga,
su confidente, su manita, su amistad, siendo amistad el estatus
más elevado de intimidad entre esta gente pelusa que intercambia
joyas por números de teléfonos, televisores por elevados, bancos
de sangre por dinero en efectivo y secretos de estado por pasajes
aéreos a Europa y otras localidades tan familiares desde que fueron
a los internados suizos donde estudiaron las amigas de sus abuelas.
Esto es todo
lo chic que puedo ser, dice Emil sacando el cuadro de la cama de
la camioneta y mostrando su horrible pantalón de vestir azul y una
camisa rosada. Del cuello le cuelga algo que, desde el interior
de la cabina trasera, parece un tomate dorado, o una cruz gamada,
una runa o un símbolo griego como del zodíaco, cosas todas con las
que Emil está familiarizado. En el residencial, cada casa tiene
un guachimán, un gato callejero y una terraza como esta, en la que
es bueno tomar teaverdejapaness y hacer recepciones finísimas con
los ejecutivos de cuentas de todas las publicitarias o, lo que es
lo mismo, candidatos presidenciales y uno que otro diputado del
Partido Revolucionario Dominicano (PRD). No todos pueden entrar
a la casa, una Husky Siberiano que mantienen en un cuarto con aire
acondicionado de veinte mil beteús es muy arisca y no acepta la
presencia de nadie que no haya sido bendecido por el monseñor en
alguna boda. Boda, eso dice la señora y se refiere a la boda Henríquez-Siniestro
a celebrarse en la catedral el día siguiente. “Son gente muy exquisita”,
dice, “El presidente estará presente”, dice, “músicos en vivo interpretarán
el avemaría en una bellísima versión bossa nova y hasta Maridalia
Hernández, superado su lío con su productor, cantará en la ceremonia.
Los padres de la novia patrocinan el Chateauneuf du Pape, bocadillos
y servicio de catering de primera…” y antes de que la niña número
uno, es decir, la princesita que hasta habla con el acento argentino
que todos conocemos hiciera una demostración del vestido de la novia
y hasta la marcha nupcial, Emil se metió el cheque en el bolsillo,
se deshizo el nudo de la corbata y se fue: “me están esperando,
mi galerista, ya sabes”.
Por supuesto
quedaron muy contentas, complacidísimas de ver un artista famoso
con clase y responsabilidad, prometieron comprar otras tres piezas,
algunos de los jarrones que Emil hace para enamorar a todas las
cincuentonas y sesentonas ricas de la parte alta de la ciudad, de
esas que viven en cualquier Simone de Beauvoir o Indhira Gandhi,
mucha clase, mucho carro lujoso, mucho político corrupto, mucha
junta de vecinos que no aceptan profesionales de rápido ascenso
como peloteros, ganadores de lotería y dominicanyorks.
A la salida,
un guachimán de San Pedro de Macorís nos retira el sello de la casa
y nos desea un buen viaje, protocolo indispensable para mantener
su empleo y a todos los senadores del residencial satisfechos. Y
nos fuimos oyendo un cd de Radiohead, uno de esos álbumes que son
como ataques terroristas para los que, como uno, no son fanáticos
ni mucho menos, la voz de Tom Yorke en una letanía eterna, la voz
propia que te cambia, que te dan deseos de que se lleve tu corazón
y tus patines, tu video porno, tu postal de Godard y tus disquitos
de Proppelerheads, pero que te deje vivir en paz, que ya estás harto,
que, que. “Eso es porque no estás deprimido”, me dice Horner-Rossi,
ella metida con todo y cuerpo en el suelo de la cabina, mirándome
con cara de chisme, ese apellido tan largo que tuve que aprenderme
cuando la conocí porque no estaba dispuesta a decirme su nombre.
En Alemania nadie puede llamarse como le da la gana, no hay Yurisleidy
ni Surilainys. Me dice que no me gusta Radiohead porque no estoy
deprimido y yo con una caja de kleenex llorando por todos los perros
que nadie cuida, buscando excusas para dar una lloradita pendeja,
la oigo decir: “te descubrí”. Abro la ventana y la ciudad deja pasar
un ruido como de gente que también está harta de Radiohead y de
la Sophy y de todos los Juan Luis Guerras que se pasean por Casa
de Teatro, todos los ahijados de Freddy Ginebra que tiene uno que
aguantar en la radio, la batería inconfundible de Guy Frometa, la
guitarra de Ordoñez, un tal Peter Nova y otras tuercas y manubrios.
Por eso alguien apagó el radio, “ay, Emil, gracias” y Emil que manipula
el radio, maneja y se quita el mameluco de Guillo Perez o de Acrobartista
Contemporaneo.
En el banco nadie
deja pasar a nadie por delante en la fila, cuando digo nadie me
refiero a las cajeras que, al parecer, les gusta la presencia escandalosa
de todos los que usan pantalones anaranjados. Entramos todos porque
hace calor y en la camioneta no se puede encender el aire acondicionado,
hay que ahorrar gasolina hasta que se cambie el cheque y se llene
hasta la F, requisito ineludible para la gente que, como Tony, como
Horner-Rossi, como Tanya y yo, nos gusta tanto el país en sus carreteras,
pasar quemando gasola por las arterias verdes en las que se ve lo
lindo que es este campito. Inmediatamente una oficial de cuentas
te pregunta si eres actor o pintor y nosotros, que no somos operadores
de servicio al cliente ni recepcionistas del banco, para no dar
explicaciones decimos que sí a todo, nada nuevo, esas preguntas
son las mismas desde que se inventó esa cosita tan jodona como el
amor que todo el mundo insiste en llamar arte. Por supuesto, el
escándalo de dos mujeres tocándose las nalgas y los labios simultáneamente
acelera el proceso, eso o que Emil ondeaba el cheque que exhibía
la maravillosa firma de la doña, escuchamos varios empleados decir
entre dientes: “viaipí, viaipí” y recibímos el bollo de billetes
nuevecitos como un autoservicio, en la camioneta. La ruta, la casa
de un pusher de equis, “el jevito más bello de la ciudad”, dice
Tanya, “localízece en cualquier bonche, es aquel que saca primero
los lentes de sol”, “un hijo de un coronel que ahora mismo está
pegao en el gobierno, tiene su carro y su novia de Unibe”, dice
Emil, “dispara equis porque cree en el amor y quiere que se le recuerde
como” “el pusher más rápido de los bonches”, dice el muchacho, que
se llama Gorky: “locuras que hacen los viejos cuando son jóvenes
y se creen comunistas porque se han leído El Capital”, yo recordando
la jornada de conversión de comunistas al balaguerismo que duró
mucho más de doce años. Aquí no se salva nadie, decía un letrero
enorme que tenía metido en la cabeza desde tres amet atrás.
“Si se busca
el manual de usuario de la camioneta”, le digo a Emil, que está
rebasando camiones y patanas como un go-kart, “se encuentran las
especificaciones del diseñador, esta es una actividad que no se
recomienda…”, y cuando acabo de hablar entramos al parqueo del edificio,
una torre horrible frente al mar que la galerista, que sí existe,
le ha prestado a Emil para mantenerlo contento, con un balconcito
ínfimo donde solo cabe un perro pequeño y un suicida, amueblado
exquisitamente con una cama que ha visto pasar a las amantes de
la galerista y una nevera. El radio encendido tiene a Nina Simone,
que ya en los setentas era una loca bullosa y que a todos nos gusta,
es decir, que si nadie cambia la música no nos metemos nada, y aparecen
ocho cd’s de Fela Kuti, doce pastillas que parecen plásticas y un
bolón en la despensa, terminación de primera que exhibe en su interior
una caja de cereal y un flan de La Lechera, alimentación balanceada
y rica al paladar. Yo agarro una laptop y doy a parar a una esquina
de la habitación, donde pueda ver que la ciudad sigue viva, sacarme
de la cabeza esta sensación de que el tiempo se detiene cuando entra
uno a una habitación desconocida.
Abro un documento
en blanco. Es muy pesado y hace un ruidito como de cristal sobre
dedo gordo, como de cámara fotográfica que ilumina la habitación
y está Tanya metiéndole el pie a la botella que acaba de caer. Y
la botella no se rompe, pero salta a una silla agarrándose el pie
con una mano, la boca con la otra, la barriga con la otra, la cabeza
con la otra, y casi toca un piano sobre la cama. Los dedos de los
pies no se enyesan, no se entablillan, como si no se rompieran nunca.
El perro salta asustado, se le ha pasado el efecto de los ocho diazepam
y la sidra que ha lamido de la cabeza de Horner-Rossi. Horner-Rossi
ha dejado de llorar, Emil le tiró una botella de Sidra con todo
y botella en la cabeza y ella había roto en llanto, borrachísima,
sorprendidísima de las costumbres fiesteras de esta isla. Yo abro
los ojos después de haber soñado despierto con todos los familiares
que no tengo y abro un documento en blanco. La cosa está buena,
empieza a decir, es este veranito permanente del caribe, caribe
siendo esa palabrita tan fea para el arco de islas tan feo en esta
parte del mundo tan caliente. También hay gente que odia los veranos,
continúa, cantan un “suuuuuuumertime” en su crucero freestyle de
primera y setenta y dos plantas y quedan fascinados con las palmeras
y las playitas y los volcanes en erupción que dejan veinte pulgadas
de cenizas sobre las cabezas de todos los caribeños, ese nombrecito
que me pone en la cabeza diapositivas de las hormigas enormes del
Discovery Channel, concluye. Y el amanecer que acaba por llegar
como siempre con ruidos de gallos aunque estés en la octava planta
de una torre, gallos por todas partes, siempre a deshora y nadie
se levanta. Suena el teléfono y hay que extender la mano desde la
cama, la cara gastada de tanto y tanto. La garganta seca de tanto.
Cansado y todavía tan.
La señora insiste
en que vayamos todos a la boda, la misma familia de la novia nos
extiende, a Emil y a sus maravillosos amigos, una cordial invitación.
Emil habla y se revisa los bolsillos, revisa la nevera y ve correr
el alcohol por la alfombra de la catedral, la oportunidad de hablarle
en verso de Mishima y Kawabata a las rubias de la última fila, de
Deleuze y Guatari a los politólogos y abogados de la primera, el
sueño de gritar en plena ceremonia, con unas botas Doctor Martin
y un vestido Vera Wang: “¡Nadie se puede casar, la novia soy yo!”
y desaparecer antes de que los ochenta guardaespaldas de los ochenta
funcionarios millonarios saquen el arsenal con el que intimidan
a todos los poetas erranticistas que hablan mal del gobierno, a
todos lo que hacen campaña a favor de Virtudes Álvarez y todos los
que prenden, en la intimidad de su hogar, una vela por Narcisazo,
o sea, terroristas con sueldos básicos de noventa mil, jeepetas
mandadas a hacer y muchos helicópteros que aterrizan en los patios
de sus casas. Así que ponemos San Sebastián, nada mejor que tanto
mariconeo para aguantar las nupcias y las náuseas, y esperamos la
hora. Descubrimos que en algún rincón del armario, todos tienen
un trajecito de polyester y alguno hasta tiene marcas de que fueron
arremangados a lo Don Johnson. Todos vestidos de Miami Vice y los
ojos maquillados para que no se noten tanto las ojeras.
Llegamos temprano,
las doñas habían llorado un rato, el padre de la novia ya estaba
borracho y la niña, una de las niñas Siniestro que tanto dan de
que hablar en las páginas sociales por su carácter y su belleza,
educada en Canadá y con el porte de reina de belleza que le enseñaron
en John Casablancas, no acababa de llegar. El novio, uno de los
niños Henríquez que tanto dan de que hablar en las páginas necrológicas
por sus carros y sus bonches, educado en Unibe y con el temple de
los politólogos con tanto prestigio que hay en la familia, le pellizcaba
las nalguitas a la cuñada, a la suegra y hasta se daba un par de
petacazos de black label de vez en cuando. Chambelanes repartían
cajas de kleenex entre los invitados, una delicia, una asquerosa
delicia, tomamos un par de cajas porque la mezcla de perfumes produce
alergias en las narices como las nuestras, en condiciones tan delicadas.
Y justo cuando no esperábamos a nadie más, que habíamos tomado un
banco para nosotros porque nadie quiso unírsenos, entran el mismísimo
presidente de la república y la vicepresidenta, cayéndose de sus
tacos por la altura o por el alcohol, pero esas fueron conjeturas
que debieron ser detenidas porque toda la escolta se colocó a nuestro
lado y los personajes gubernamentales al otro. La vice saludó cortésmente
y el presidente, en su chacabana blanca impecable que no dejaba
de chirriar contra la madera del banco, alzó la mano y miró en todas
direcciones, “esta gente saluda tan elegantemente”, escuchamos decir
a nuestras espaldas y luego todo fue silencio.
Todo como estaba
previsto, la música, Sonia, la novia impecable, brillante en su
vestido, los fotógrafos, mucha gente de la prensa, mucho llanto,
mucho desearle bien, muchas bendiciones y mucho, mucho, mucho dinero.
La recepción
fue efectuada, dirían los suplementos sociales de los periódicos,
en el Country Club, la presencia distinguidísima de todas las personalidades
del ámbito artístico y cultural y resaltar que el presidente asistió
y hasta bailó un merengue con la novia, la novia sufriendo lo cepillao
de los santiagueros al bailar, el presidente tratando de quemar
a través de toda la tela del vestido con un sabroso merengue de
fondo: “Que bien te ves, con tu cretona”. Todo muy entretenido.
Tomamos una mesa,
por supuesto, en la vía de los camareros y Tony se había ido con
el padrino a capear un par de gramos, uno para cada uno, seguramente,
en estas fiestas siempre hay que estar preparados, entre tanto político
y tanto guardia no se puede uno estar pasando gramos de mano a mano,
hay que ser cuidadosos, decía Tanya con las ganas de cagar que le
entran desde que sabe que va a darse un pasecito. La boca incontrolada
en el mono y las manos sudando frío. Yo me acerqué a la novia a
preguntarle donde estaba el almacén de bebidas, los camareros son
rápidos y a esta hora y en estas condiciones siempre me da con procesar
información como una pentium III, imposible seguirle los pasos a
los modelitos de Robert Flores que se ganan la vida haciendo catering.
No me dijo nada, me preguntó por su vestido, por la cola, por el
tocado y por la hora exacta en la que debía tirar el ramo. Me contó
de ochenta desfiles de modas en los que ha participado y de la luna
de miel en Francia, todo patrocinado por el jugoso sueldo del suegro
y el marido, que era un gordo alto que estaba en un programa, confesó
algo compungida después de tomarme algo de confianza a cambio de
trucos de maquillaje y de sexo oral, de rehabilitación por su adicción
al casino, es decir, una pareja común y corriente con todo y los
planes de vivir en la Anacaona y los Ferrari y los niños que manejarán
los Ferraris y los pobres niños y los colegios bilingües.
Y llega Emil
con los pantalones mamey, una mochila y un guachimán que no lo deja
pasar, el padrino detrás del guachimán y todo el mundo voltea. Se
sienta en la mesa y dentro de unas campanitas de las que vieron
a los niños del Country hacer sus pininos en las sustancias alucinógenas
que recogió en el jardín del club, nos entrega bolsitas del mejor
material de la zona, al padrino le brilla la sonrisa mientras va
camino al baño, simultáneamente sonreímos nosotros y empieza la
Banda Gorda a tocar. Mambo para todos, filosofía de las orquestas
que amenizan las recepciones y las graduaciones. Golpes de barriga
de todas las doñas de puerta de hierro, el portal y Cuesta Hermosa,
ejército de niñas metidas en vestidos de mucho brillo y lentejuela
con señores cincuentones que menean las panzas y tratan de seguirle
el ritmo cuando realizan con maestría el divertido baile del “pecaito”
que el mismísimo Jochy Santos popularizó en la celebración, subido
en una tarima dando golpes de barriga a diestra y siniestra. El
novio y el padrino en el baño, la suegra y las amigas con una botella
en la mano cada una. Emil está subido en una mesa y la que está
gritando con un trago de whisky en la mano es la vice acompañada
de la galerista, Emil gritando versos de Carlos Fuentes Lemus y
diciendo: “¡¡¡ojalá y viera todo esto, ojalá y lo viera!!!”, con
lágrimas en los ojos. Y dando brincos de mesa en mesa cayeron tres
flores de las que hay en el jardín, un bolígrafo y la tarjeta de
una de las doñas interesadas en su trabajo. Emil se detiene con
una cara de horror, nos mira y nosotros estamos mirando el suelo
con los ojos bien abiertos y mordiéndonos las manos, Emil se mete
debajo de la mesa, a estas alturas ya han dejado de pedirle que
se vaya, que se calme o que suba a bailar con la Banda Gorda, de
mesa en mesa arrastrándose por el suelo, las doñas gritan y nadie
deja de bailar mientras mira la maniobra de caminar con el mantel
enredado en una pierna, hasta que, para el gusto de todos los periodistas
y la ruina de la novia, el pastel, una pirámide de ocho plantas
que lleva la cara de la novia y el novio, una pieza alma mater de
Miryam Gautreaux, cae al suelo no sin antes recibir la puñalada
de veinte manos que quisieron salvarlo y solamente quedaron enterradas
bajo la masa de almendras, melocotón y chocolate.
La novia grita
desde lo alto de la mesa de los novios con el acento del inglés
canadiense, una escena de Carrie seguramente sería menos terrorífica:
¡¡¡Tú y tus amigous aruinauron mi bouda!!!” y tuvimos que salir
disparados por entre las piernas de los encargados de seguridad,
un beso al camarero y un centro de mesa, un recuerdo de la fiesta
y Emil, solemne ante tal desastre, puso voz del locutor del sorteo
de lotería y tuvo tiempo de felicitar a los agraciados.