Sapo
Miguel, Miguelito,
Sapo. Conocí a Miguel una mañana de Septiembre, al inicio del año
escolar. Lo vi sentado en el pasillo detrás de una profesora que
sostenía un cartel con el número y la letra del curso. Miguel devoraba
uno de esos cigarrillos de chicle que botaban un polvillo que simulaba
humo al ser soplado. Era uno de mis ocho cambios de colegio, este
era el peor de la lista y en el que duré más tiempo. Durante tres
semanas soñé que llegaba desnudo al plantel, ahora me parece que
este sueño recurrente es una enfermedad psicológica, un vicio de
la mente de los niños “inadaptados”. Miguelito tenía mi edad, mi
estatura, mi forma de ser. Un niño albino de nueve años es fácil
de encontrar en cualquier parte, pero Miguel era diferente. Fue
el único que se sentó a mi lado en las banquetas de dos espacios
del colegio, el único que jugaba conmigo a hacer hablar a las rocas
en recreo, el único que no me bautizó “Mónica” de los cuarenta y
cuatro compañeros. Yo perdía las plumas fuentes que mi tía me traía
de Francia y Miguelito las recuperaba. Así, haciendo muecas para
parecer un sapo y hacerme reír, se convirtió en mi defensor, porque
yo nunca aprendí a pelear, porque me daba pavor acercarme a los
demás, porque ya me había resignado a encontrar piedras en mi lonchera,
o que me robaran el dinero de la merienda.
El Padre Guillermo
era el director, el Dios, y su enviado entre los mortales, Pina,
el subdirector y encargado de disciplina. Juntos habían formado
ese centro educativo donde todo funcionaba con dinero por encima
de la mesa, colocado bajo una flor que bailaba activada por el sonido,
terrorífico si usted no tiene en el bolsillo un bollito de billetes
anaranjados y un quiere una C en vez de una D o ha faltado mucho
y no quiere quemarse. Quizá fue un acto de esa naturaleza colocar
el cuarto curso de primaria en el cuarto piso en un edificio de
barandas bajas que aún es parte de mis pesadillas. A veces sueño
que me pierdo en laberintos y precipicios y solo Sapo puede salvarme.
Mi madre nunca supo el origen de mis moretones y aruñazos, me daba
mucho miedo reconocer que todos los días alguien me cojía de bolsa
de boxeo. Mis profesores no decían nada. Era parte de su contrato
no intervenir, permitir que los estudiantes fueran armados hasta
los cojones y lanzaran butacas desde la última planta para ver como
salían desmayadas tres o cuatro niñas por la impresión, luego pasar
a la oficina del supremo y todopoderoso Padre Guillermo y allí resolver
con un par de billetes de cien. Al fin y al cabo, la salvación es
barata en algunas doctrinas.
Miguel solía
comprarme un friquitaqui a la salida, hasta que mis ataques de ameba
se hicieron recurrentes y me prohibió comer de la calle. Mi mamá
trabajaba hasta tarde, así que yo iba a comer a su casa todos los
días, algo también porque un muchacho más grande me apretaba el
cuello todo el camino. Soledad, su madre, se convirtió en mi tutora,
una madrastra pequeñita con un cuarto pequeño y dos mecedoras, donde
terciábamos una tabla improvisando un escritorio. Con él hacía mi
tarea y mami me iba a buscar tarde en la noche, después de MacGiver
y la Patrulla Motorizada.
Un día, mientras
yo temblaba de fiebre por las amígdalas inflamadas, Miguelito no
subió al aula conmigo, fue a la oficina del gordo Padre Guillermo,
el rey omnipotente, y dijo que todos, los 23 varones del curso,
me habían encerrado en el baño y obligado a chuparles el pene. También
dio detalles, dijo que, dado que solo dos de ellos llegaron a eyacular,
el proceso fue largo y terrible y que a mí hasta me provocó una
crisis de amigdalitis. El Padre y Pina, que no olvidaban su compromiso
con la moral, profesando santidad y castigando duramente a los indisciplinados,
nos llevaron a todos al patio. Allí me confrontaron, me preguntaron
que si esto era cierto y Miguel, al lado mío, me pellizcó en costado
y me sacó un sí y dos lágrimas, que dieron el toque dramático al
asunto y desencadenaron, a su vez, el llanto de otros 23 niños indignados
por semejante acusación y el de Miguelito, con la cara roja e hinchada
de orgullo. El Padre y Pina intercambiaban miradas y una o dos veces
vi brillar el diente de oro de Pina con el sol del patio a las 10
de la mañana. Todos, los 23, fueron expulsados del colegio. Sin
explicación, para no mancillar la reputación del colegio; a nadie
le convenía que los padres se enteraran, así que el episodio fue
olvidado justo antes de los exámenes cuatrimestrales, cuando el
Padre dio una misa orando por los estudiantes expulsados por indisciplina
y malas costumbres que afean la gloriosa paz del centro estudiantil.
Todavía lo recuerdo y me alegra saber que todas las niñas del bachillerato
denunciaron sus abusos, formando el escándalo más grande de la Arquidiócesis
de Santo Domingo.
Miguelito cambió
de colegio ese año. Yo intenté pedírselo a mi mamá, pero a mí nunca
me escucharon. Realmente, no me importaba tanto, Miguelito y yo
fuimos reyes ese segundo ciclo del curso y en los siguientes, las
niñas se encargaban de decir a los de nuevo ingreso que yo era hijo
de un funcionario, que había hecho botar a todos los que me molestaban,
que tuvieran mucho cuidado. Creándome una reputación de cerebrito
terrorista que solo alababan ellos, a mí me tenía fastidiado. Mis
días pasaban en el área de maternal y nido, donde me convertí en
profesor auxiliar durante las horas libres.
Años después,
volvería a casa de Miguelito a darle una sorpresa. Su madre, que
rompió en llanto al verme, me contó que Miguel murió de Leucemia
dos años después de salir del colegio, que no tenía a nadie y que
el poco dinero que tenía se había ido en clínicas y tratamiento,
que la había dejado sola. El abandono de Miguel fue colectivo. Dejó
sola a mucha gente. Yo regresé varias veces después, a verla, a
ver las fotos del Sapo en el espejo de la habitación, hasta que
no la encontré mas y la casa fue demolida. En su lugar un vacío
con un par de piedras rojas y el nombre de Miguel en grafiti negro
en la pared trasera. Alguien me dijo que se casó, quedó embarazada
y se mudó a los Jardines del Este. Que su bebé se llamaría como
su primer hijo y que seguro sería otro alma de Dios, de las que
vienen a poblar la soledad.