REVOLVER
Que
te encontraste parado frente a la puerta con los puños listos para
romper maxilares, que tienes los dientes apretados, puestas las
Samuráis de tu padrastro y los pantalones Pepe button-fly cortos
de mujer con el ruedo deshecho y la camiseta de Mario Bros. II,
que a tu izquierda hay una bajaíta o una cañada, y más allá el puente
y un cruza calle “vuelve y vuelve”, entonces lánzate, esquiva las
cáscaras de plátano verde y gajos de naranja. Salta. Recoge una
fundita de agua y tírala, cúbrete, escóndete y corre. En la bajaíta
alcanzas velocidades extremas (casa verde, casa azul, casa amarilla,
compraventa, banca, casa verde, colmado…) y se te salen los dedos
de las chancletas y los encojes sin temor a las deformaciones de
las que habla tu mamá.
Entras
en el colmado y pides salsa de tomate y el ají gustoso que debiste
llevar antes de que tu madre terminara de hacer las albóndigas.
Con el cambio te haces rico y momentáneamente sientes cosquillas
en la nuca y los pies polvorientos y sucios como quien no ha corrido
nunca. Te vas rápido, afuera hay un escuadrón esperándote. Tu arsenal
consiste en una papa podrida, tres tapitas de refresco y dos cáscaras
de guineo. Te cubres, escabulles y burlas toda vigilancia. Al doblar
la esquina ya estás fuera de su alcance.
El
callejón es largo y angosto. Justo en el medio, el pozo séptico.
La tapa de cemento se tambalea como lo ha hecho siempre. Al final,
el patio, el área común donde se te permite jugar; nunca en casa
ajena, nunca en el techo, nunca cruzando techos para volar chichigua
en Marzo. Al entrar, el tiempo desaparece y todo vuelve a ser como
antes. La imagen de tu mamá haciendo bolas de carne junto a la estufa
y tirándolas al aceite caliente, el radio negro Lasonic perfectamente
cuadrado que grita:
“Que
raro, ayer te vi pasar y al quererte llamar, la verdad, es para
que te asombres. A pesar de lo mucho que te amé, ¿me puedes tú creer?
¡Se me olvidó tu nombre! En vano desfilaron por mi mente aquellas
a quien diera mi querer, mas fue en vano no pude recordarte, solo
sé que te quise alguna vez…”
y
tu padrastro, detestable, semidesnudo en la habitación gritando
a su vez un segundo después mientras ponía toneladas de desodorante
en la mata de vellos de su axila izquierda.
En
la televisión, el Chavo del Ocho te invita a pasar a su barril,
no te invita, se arrepiente, llora, le da la chiripiorca y tú estás
parado frente a las 10” grises del Panda imitándolo con un libro
de chamanes y leyendas mexicanas en la mano. Tu mamá disfruta y
perdona haber traído la salsa de tomate estrujada en una fundita.
Tiernamente te saca el Bazooka de la boca y te da un vaso de leche
y dos pastillas de aceite de hígado de bacalao.
Para
las cuatro de la tarde, se espera la visita de Nadie. Tu padrastro
debe irse porque nunca ha de entender sobre política, sobre izquierda,
sobre la conciencia de saberse responsable de un país, o de creerse,
o de ser. En fin, la conciencia no es para todo el mundo. Tu padrastro
que viene de Dajabón, un alcohólico ignorante que tu mamá sacó de
La Vieja Habana más por sexo que por lástima y más por lástima que
por amor. Seguramente se iría al Hotel Latino a cagar, a tomarse
un pote, a hablar de Moisés Alou y Pedro “La Marcha” con el bartender
que ya lo conoce y le prepara bolas de queso cheddar con palillitos
y el periódico memorizado esperando propina.
A
las cuatro, con una puntualidad de autómata, empieza tu gira. Te
sientas a la mesa de metal con tope verde de formica y las sillas
de metal con espaldar de vinil que te gusta arañar para escuchar
el ruido que hace. Apoyas la cabeza en una mano y te das el regalo
revolucionario, la voz del PACOREDO. Terminas en las piernas de
Nadie que te escribe poemas pequeños “para que te quepan en las
manos y los ojos” y te dice que nunca permitas que la revolución
te llegue sin una chilena en la ropa interior. Los poemas nunca
aparecían, como nunca aparecían las fotos de Nadie. Tampoco aparecieron
los libros de Nietzsche, Eco y Baudrillard ni los cd’s de Talking
Heads, Blondie y Peter Tosh.
De
esas reuniones, puedes resumir que a Nadie lo mataron, tu mamá terminó
votando por el Partido Reformista y tu padrastro aún deambula por
tu calle buscando a tu madre, con una ficha en la policía por abuso
intrafamiliar, una cicatriz en la mano por una mordida tuya y un
pote bajo el brazo.
El
Ángel Exterminador
Historias
de brujos y santos, de luaces, en la pared del fondo, una imagen
del Gran Poder de Dios, de gente que, con interés en protegerse
de todo el mal que hay en el mundo, se trasladan a Haití y compran
allí un hombre que, con un cachimbo en la boca, pañuelo en la cabeza
y todo, te da un vasito de agua con sabor a goma quemada o helado
rancio que en tu estómago se convierte en un animal horrendo como
un ciempiés gigante o una tarántula roja. Al momento de tu muerte,
para poder fallecer en paz, agonizante en la cama debes esperar
al brujo haitiano para que, diciéndote cosas al oído te haga vomitar
al pequeño monstruo y facilitarte la muerte. A veces sucede –puede
suceder– que tienes tiempo de buscar una buena mujer que te haga
una cruz en el pecho con trementina o amoníaco para que una baba
dulce te salga de la boca, llores mucho, hables en lenguas y duermas
por tres días soñando con vírgenes y ángeles, ríos, cascadas y hermanos
gemelos que no conoces. Cuando despiertas, ya no estás protegido
contra el mal de ojo ni los hechizos. Sosteniendo un azabache, le
cuentas historias de brujas al oído más cercano, bajito porque no
se debe interrumpir si estamos haciendo lo que siempre hacemos,
ver películas de Buñuel. Alguien levanta un brazo, es Tony que exhibe
una mordedura extraña, un hueco pequeño y “esto algo tiene que ver
con las brujas”, le digo al oído que tengo pegado a la boca. Y la
boca me cree, abierta diciendo: “Wow”. Y sé que es mentira lo maravillada
que está la boca (o la oreja), igual de mentira que hay brujas en
todas partes esperando la oportunidad de chuparse a tus hijos y
comerse tus intestinos con la única finalidad de ser brujas que
chupan niños y comen intestinos, igual de mentira que todas las
historias, lo que acabo de decir, tan mentira como la misma oreja,
el antebrazo de Tony, la película de Buñuel, etcétera, etcétera,
etcétera.
Resulta
que tenemos la capacidad de mentir, todos los que estamos aquí,
en el piso de la estancia de Tony. No somos los únicos, podemos
inventarlo todo y modificarlo a conveniencia, inventar aforismos
donde se descubre la verdadera identidad del Papa, el origen de
las chancletas de goma, el uso desconocido de la luz de la televisión,
la nueva función del hígado, la procedencia del dentrífico, la palabra
noruega para: “el lavamanos roto me ha caído en el pie”, el proceso
para declarar un perro, específicamente un German Pointer o un Gran
Pirineo Masónico, en la tercera circunscripción del distrito, la
fauna de Rumanía, a causa de lo extremado del clima… y empieza una
ponencia sobre el fuego, a cargo del maestro Tony (ha perdido las
llaves y necesita hablar para buscarlas), a quien le aparecen en
las manos, sin la intervención de efectos especiales, aparatos de
telecomunicación con los que, con la misma facilidad, se establecen
conversaciones con poetas petromacorisanos fallecidos. Cuestión
de brujería, o sea, la cosa más cotidiana del mundo, dice la voz
en el celular, mientras yo pregunto la procedencia real de la pasta
dental, curiosidad costosa si no se dispone de los compendios enciclopédicos
adecuados.
Esa
estúpida manía de llevar los zapatos puestos, dice la voz en la
pantalla. Traducido al pie, en ese blanco y negro que es el mismo
que tengo en mis pesadillas, donde va el subtítulo en inglés no
dice nada. Al mismo tiempo alguien se quita el zapato izquierdo
y dice con acento inglés, como se supone que se burle uno de la
insuperablemente cómica podredumbre lingüística de un gringo hablando
esingpañoles con acento: “esa estúpida manía de llevar los zapatos
puestos”. En medio de la octava repetición de El Ángel Exterminador,
frente a la pantalla del televisor, que más que televisor oráculo,
o en este cajón cerrado que es la sala de Tony, nos da con movernos
mucho, cambiar ochenta veces de posición, siempre repitiendo el
diálogo sin emitir sonido, haciendo la voz de Silvia Pinal o de
ese actor que es el mismo del telenovelón que veían en el canal
seis cuando éramos pequeños. Todo esto porque Tony quiere mantenernos
encerrados, metidos en su sala repitiendo chistes malos y mostrando
de vez en cuando su mordedura de bruja. Yo me deslizo hasta el baño
y desde allí grito mi último descubrimiento: “La vejiga deja de
contraerse luego de media hora de aguantar las ganas de mear, por
eso la orina desciende tan despacio y se dura más tiempo de pie,
describiendo círculos en el inodoro tratando de que no se escuche
afuera”. Cinco cojines se acomodan por decimoquinta vez y hasta
hay una voz que, como presionando un botón automatizado, dice: “Wow”.
Al
terminar la película, alguien con lágrimas en los ojos me tira un
brazo por el pecho y recuesta la cabeza en mi hombro, lágrimas viscosas
mojándome una tetilla y eso es sal, tanta que, si estuviera desnudo,
formaría una costra blancuzca delicadísima en alguna de las cavidades
que forma mi pecho a falta de grasa y músculos. La cabeza se mueve,
formando un caminito de manchones húmedos que da a parar a mi barriga,
la boca de la cabeza abriéndose y sale una voz alta, más alta que
la de Tony, dice:
La
verdad, señores – la cabeza pone cara de profeta, de mesías, de
poeta muerto– la verdad que todo funciona con calor y sal, sin pecar
de romántica, mira las lágrimas, tan calientes y saladas, sin necesidad.
A
la cabeza le crece una mano grandísima que le frota los ojos y se
eleva mojada hasta mis ojos y los de Tony (sonriente y lagrimal
Tony) y los demás ojos, que siguen pegados a la pantalla azul del
televisor con lágrimas y hasta hay alguno que repite la operación
sin voltear la cara a ver la mía o la de la cabeza de mi barriga
que, lo he descubierto, pertenece a una preciosa quinceañera que
Tony ha traido a la casa, que ha encerrado con nosotros para verla,
bellísima, derramar, dramatiquísima, lágrimas. Yo, es decir, mi
cabeza, pongo cara de doctor del Discovery cuando le digo a la quinceañera,
me lo ha dicho dejándome una lágrima en la oreja, Miryam que “las
lagrimas son saladas porque si te las tragas, son capaces de tranquilizarte,
el llanto termina felizmente y te quedas en una paz de suicida o
de servicio al cliente debido a la alta salinidad de las lágrimas.
El relajante natural, con la cantidad de sal justa que requiere
tu cuerpo, otro truquito de la anatomía humana, tan perfecta”. Entonces
Miryam pone cara de bebé de probeta, que solo es de probeta mientras
está metido en ese tubito de cristal, abre la boca y los ojos enrojecidos
de tanto llorar y se desprende de su garganta, para acompañar a
los botones automatizados, un terriblemente inocente: “¡Wow!” y
es la delicia de todas las cabezas presentes, que están rodeándonos
con las bocas abiertas, en espera de más.
“Para
liberarse de la presión que puede ejercer una película en tu mente”,
dice Anna con un antifaz de relajación en la cara, uno de esos aparatos
llenos de líquido verde de primera clase de Iberia que hay que poner
a enfriar y promete eliminar la tensión y el stress, dice que “para
sacudirse el blanco y negro y a Buñuel y las pesadillas y el oso
que cuelga de las cortinas y las tuberías y repite su caída en nuestras
mentes, lo mejor es comer palomitas de maíz. Un bol lleno de palomitas,
lo mismo que se usa en los cines para quedar exento del drama, de
la tristeza, de las naves espaciales, de los based-on-a-true-story
y de los disparos de Arnold Schwarzenneger que sigue ejecutando
con maestría y cara de que en cualquier momento va a decir, acompañado
por todos los espectadores con bolsas de palomitas vacías: “Hasta
la vista, baby”.
Tony
levanta un brazo cuando decido dar de comer a los niños, hace una
terrible historia de palomas asesinadas en el parque por un par
de psicópatas y me entrega un encendedor gastado para encender la
estufa. Huele a gas. Digo. Nadie escucha porque un Toyota del 98
pasa con ocho o más latas de aceite Crisol y dos hojas de zinc amarradas
a la parte trasera. Una manifestación popular, algo de veinte mil
almas derramándose en un estadio, con uniformes amarillos y bates
y batazos para los invitados. Mucho ruido y no se escucha la escena
final de la película que tres cabezas observan con atención. Y no
huele a otra cosa que a gas, como que Freddy Kruger me espera con
un delantal Maggi o Carnation y el guante con cuchillas haciendo
el mismo ruido del Toyota en la hornilla. Al final del pasillo,
Miryam y Anna sonríen como si repartieran volantes para un bonche,
un concierto de Luis Miguel o un incendio. Es decir, bromas pesadas,
chistes malos como los que hacen las brujas a sus víctimas, que
pueden ser, entre otros, un gato angora, un diseñador gráfico, una
lesbiana comunista joven, una prostituta bonita, un pintor, un miembro
de los cuerpos de paz, un extranjero o un mentiroso compulsivo.
Me entregan una bolsa llena de maíz mostrándome los senos y poniéndose
fijador. Entonces un olor a pelo chamuscado y el sonido que producen
los granos al caer desparramados, extrañamente parecido al del gas
al consumirse. Todos corren como si anotaran la carrera decisiva
del juego y el pitcher Buñuel gritando con voz de mujer: “¡Salgamos,
vamos, vamos!”. Un despliegue de piernas y brazos entrando a la
cocina y yo sentía las carcajadas de las brujas entrando con ellas.
Ocho manos revisándome la cara y las axilas buscando quemaduras
o un cabello a salvo. En la sala, cuando llegaba cargado por ocho
brazos, un ejercito de ovejas salía de una iglesia en el Zócalo,
México, D.F., con imágenes “reales de la revolución”, le digo, le
alcanzo a decir a Miryam que, con una cara extrañísima de condescendencia
me mira y repite, como apretando un botón: “FIN”. Y todas las caras
mirando a otra parte, cabezas y brazos acomodándose, dedos oprimiendo
rewind.