2063. Durante
los simulacros de manejo espacio-tiempo en la base espacial Libelly
Vásquez, los científicos alemanes Danny N. Shuffle y Melko Keene
descubrieron una brecha en un módulo estelar que un astrónomo llamado
Nástulus, el inventor del Astrolabio en el 927, quien cambió su
nombre a Miltiadis Pappadopolus cuando arribó a costas dominicanas
en 1940, llamó PriceMart. El astrónomo, que ha fungido como observador
electoral en las últimas doce elecciones presidenciales del país,
censuró el proceso investigativo que se realiza en la base espacial.
Durante una rueda de prensa realizada en su villa en Casa de Campo,
donde murió hace 25 años, Miltiadis Pappadopolus ha dado instrucciones
exactas para el manejo de la red interestelar y de los 80 módulos
existentes en esta galaxia. Afirmó que Puerto Plata, el Colmado
La Beba y un apartamento en la 19 de Marzo son puntos estratégicos
para lograr la teletransportación en los módulos, y usando las instrucciones
de la forma más precisa posible, puede, al igual que el mismo astrolabio
de su invención, mejorarse.
Aquí redactamos
la declaración textualmente:
El mundo, digo.
No un conjunto de ríos que van a dar a ninguna parte, el refugio
lleno de agua, colorcitos, boquitas y ojos: el planeta. Digo el
mundo y me sobra un pedazo de camisa que meter en el pantalón, señalando
con la nariz la calle intransitable donde pululan todas las boquitas
con sus voces y sus ojos. Y Angela con el sol, que bien parece un
tinaco en llamas, iluminándole la cara. Le digo que el mundo es una miniatura
con cordeles para colgar ropa limpia y sucia que también conducen
electricidad de puerto a puerto, millones de televisores conectados
a los tubos de pvc fundido y concreto armado que suben y bajan el
puente sin la presencia bastante necesaria de pasolas, guitarras
eléctricas, helipuertos donde caer desnudo luego de una avalancha
de comida sin grasa y sin sabor. Así es el mundo, digo, la cosa.
Esta mañana me caí de la cama, un efecto dópler, digamos, cuando
se sueña se está expuesto a tantas cosas. Enfermo esta mañana, con
una sobredosis de Fendramín cuando deberíamos estar todos haciendo
el recuento oficial de la historia mundial desde el 1600, o de una
película de Kusturika, o de Fassbinder. Pero hay que comer y no
hay quien aguante lenguas extranjeras. La literatura española nos
da de comer hoy domingo por la tarde por la módica suma de 200 pesos.
Dos tomos antiquísimos que el papá de Angela trajo de Cuba junto
a muchas fotos de La Habana, un sacerdocio y la estrategia para
exterminar el comunismo en la república. Este es el mundo, decía
en la dedicatoria cuando el comprador abrió el compendio y aprendió
a leer en una caligrafía que perfectamente podía ser la del mismo
Cervantes. Y como sólo teníamos en el estómago un pan con chocolate
de agua que nos repartimos como buenos hermanos alabando las dotes
culinarias de Angela, no objetamos cuando nos ofreció el par de
billetes de cien. Lo que pasa, digo, es que Alonzo con una cara
de primate nos cuenta la odisea que es pedir un crédito en el colmado
cuando están en inventario, en producción de tetas boricuas que
bajan frías a dos por chele. Alonzo dijo que el banilejo dijo: “A esas no la brinca una chiva”,
mientras entregaba el papelito donde se le pedía, hasta el día 30:
2 doble litros
Coca-Cola
10 Panes de Agua
3 Barritas de
Mantequilla
2 Marlboro Grande
10 pesos de queso
1 Botellón de
Agua
2 Cajas de Fósforos
“Y
me decía lo que te acabo de decir”. Entretanto, Angela preparaba una salsa
de tomate para acompañar el pan que no llega y tuvimos que tomárnosla
como sopa. Angela tenía una gorra del H4 en el tres, un pañuelo
en la cabeza y una curita en la mejilla aunque no tiene más que
una cicatriz que le dejó montarse en un perro rabioso como lo hacía
siempre cuando tenia 8 años. Cuando la pimienta de la salsa de tomate
empezó a bajarnos la presión, nos sentamos todos en el cojín rosado
que tenemos en la sala, un regalo de Patutus, una pieza de arte
contemporáneo, artículos de moda en los hogares cool de la isla.
La noche anterior habíamos estado en la galería, con tanta gente
de moda y tantos parachoques en las carteras, tanto cd de moloko
y la gente preguntando: “¿molokow?, ¿molokow?” y los catálogos de las exposiciones
del año pasado, series fotográficas y textos muy pretenciosos que
estuvieron guardados en el mismo cajón de la mesita de noche donde
se guardan también las entrevistas entre Franco y Hitler. Tres viejas
en equis exhibían las chancletas que tenían frente a un micrófono
en un salón lleno de piezas de El Salvador en muy mal estado y las
cervezas las servía un mozo con un traje negro seis números más
grandes. Está de moda, digo, se lo digo a Angela que, por miedo,
se esconde detrás de un panel de plexiglás amarillo y en los ojos
se le refleja una bocota enorme que en ese momento saca la lengua
y se chupa el labio inferior como para arrancárselo, es una de las
viejas que ha terminado de hablar y, metiéndose la cartera entre
las piernas y balanceándose de atrás adelante, da paso a la segunda,
que no deja de mirar hacia arriba. Libelly se me acerca. Y si no
es Libelly, puede ser la galerista que para el momento hace las
mismas muecas de Libelly y me dice la voz que todas parecen ser
Libelly, la Vásquez, todos tienen la cara derretida, a todos se
les están cayendo los pantalones y se los amarran de la gargantilla
de plata que les regalaron y llevan usando en cada evento de la
galería desde hace dos años, cuando estaban de moda, digo.
A esta hora,
con esta temperatura y con esta concurrencia, todo se me parece
a Villa Mella, una casa con verjas verdes de la primera etapa de
un proyecto de vivienda para desarrabalizar esa parte de la ciudad
donde viví durante dos años, junto a una boricua que supuestamente
era bruja y se había chupado ocho niños y tumbaron del techo con
un puño de sal una noche. Al caer, solo vieron una perra sin cola,
un carrete de hilo negro y un timón de bicicleta, precisamente el
de mi bicicleta, ese que me dejó marcas indelebles en los pulgares.
“Sin fulnitura”, decía la vieja
señalando el interior de su casa, donde solo había un altar con
Santa Marta y un Gran Poder de Dios, “pero con la esperanza de sillones térmicos
para controlar la temperatura, como la gente del 568 2222”.
Alonzo leía el
papelito, aprendiendo a leer en la caligrafía del banilejo, donde
todas las vocales parecen números. Al cabo de tres horas, con el
estomago cantando la bamba, ya se había descubierto un clavo de
pastillas que hacen el mismo efecto de tres equis amazónicas, se
había hecho la historia del maricón que hubo que atracar para que
aparecieran esas pastillas, la teoría de que las sustancias añejadas
son mejores, llegó el grupo de hip hop Lo Correcto y se fueron al
balcón a ensayar el sencillo que habla de la situación y la emoción
o la amistad o algo así. “¡Me estoy poniendo mala! ¿Qué es lo que
estoy? ¡Me guallaron uñas!”, gritó una voz muy ronca de mujer tocando
la puerta con cuatro manos. Cuando entró la estampida de pelucas
y uñas postizas, tuvimos que devolver las amazónicas y venderle
los dos tomos de literatura española a un negociante de armas de
fuego y artículos de primera necesidad que nos hablaba de la importancia
del Internet y de que eso era la demanda.
Esto es un disparate,
digo. Y cuando digo disparate, no me refiero a la gripe de Angela,
que siempre llega con una jaqueca de un solo lado de cabeza de esas
reuniones de la galería, tampoco a Alonzo, que está escuchando los
gatos de Regina Angelorum gritándole obscenidades desde que abandonó
al gato de la casa por mearle en la ropa limpia justo al lado de
la residencia parroquial. Mucho menos a Libelly, la Vásquez, la
pobrecita se ha bebido dos pastillas que encontró rodando en un
zócalo y la hemos sorprendido tres veces confesándole a su mamá
que está embarazada, su novia es uno de los travestis amigo del
dueño de las pastillas; Pepe, se hace llamar y en cuanto entró le
cogió la mano derecha y la puso a acariciarle sus tetas llenas de
aceite Crisol y le metió un dedito aquí, otro allí. Al final se
la llevaron, se llevaron el dinero, las equis y un cassette de Regina
y Reutelio que Angela y yo compramos en Zuni Disco un domingo en
la mañana cuando salimos a la Duarte a que nos llenaran de insultos,
humo y colores en los ojos. “¿Qué es eso?”,
preguntó un gordo que se quitaba el sudor de la panza con una Comunicard
haciendo franjas secas en una esquina. Un disparate, digo yo.