Ediciones del Cielonaranja
LETRASPENSAMIENTOSANTO DOMINGOEDICIONES MIGUEL D. MENA

La Vie Secret Des Anges
“cuán tristes las metáforas”

 

Ocho de la mañana, la luz del día borrando sueños y poniendo en su lugar calles y aceras llenas de niños y ancianos con la cara hinchada y las mochilas hinchadas y los cuartos de hora y los tapones, cuando dices tu propio nombre porque es lo primero que te viene a la cabeza, tal vez el inicio de un momento de reflexión espiritual, lo propio cuando vienes oyendo a Julio Iglesias y política y el sabor a pasta dental y el carro detenido y tú y yo salimos como escupidos y nada más. Nunca mirarnos a las caras. Todo comienza, en lo adelante será lo mismo muchas veces, y otras tantas, una copia inexacta del día anterior y del siguiente. Pero te decía que eran las ocho de la mañana, en la puerta del edificio el guardián, con una placa verde que grita resplandeciente un Don Eusebio, juega con las llaves y un vasito de café frío. Acaba de abrir la puerta de la imprenta. Doña Wanerja, un Gerente en otra placa más discreta, entra con su faldita corta inaugurando el día de labor. Los dos ojazos de Don Eusebio le miran las piernas que tienden a parecerse a las de Edilí y la doña le devuelve la mirada con un ojo y con el que se le gobierna mira hacia el Pollo Victorina donde tú y yo escapamos de los ojos de los empleados, que a esta hora se pasean por el edificio como si fuera la primera vez, con la boca abierta y en las manos siempre el periódico calientito que Don Eusebio les extiende con los ojos cerrados. Pero yo ya he dejado de mirar a los ojos de los empleados de la imprenta, me han aburrido. Me gusta verte dibujar en la mañana, pones la carita que tanto me gusta justo cuando va una teta, una mujer alada, una mano cucuteadora, un garfio, una señal de tránsito, unos lentes de sol, unos niños jugando Nintendo, viendo Fox Kids, una sagrada familia, una última cena en Pollo Victorina cuando se ha hecho tarde y no tenemos ganas de ir a verle las tetas a Doña Wanerja que se salen del bleizer y dan vueltas cada vez que te ve.
“Te lo dije”, discutía con bollitos de yuca sobre todos los empleados del edificio y sus horas atrasadas. En este lugar todos andan fuera de hora, como una costumbre. Como en la oficina, donde parecemos morir cuando dan las cinco y aún falta un proyecto, un pedido de ese papel amarillo donde imprimirás tu libro algún día, una emisión de poemas de algún adolescente que quiere parecerse a Piñera, una autorización de Alfonso, jefecito desde la invención del patrimonio, que nunca debió dejar de ser tu novio para poder subirnos el sueldo como lo hace él cada vez que les sacas sus patazas con bowling shoes de los atolladeros en los que sabe meterse. Pero decidiste terminar cuando se compró el dvd de Moulin Rouge para verlo todas las noches. Semejante tortura cuando tú sólo querías que con sus siete pies te enseñara numeritos de sexo tántrico e invertebrado.
Esa noche llegaste con ocho Presidentes y dos equis a la casa, te instalaste en mi cama y, despues de llorar amargamente durante tres segundos, pusiste el disco de los Moldy Peaches, te hiciste una bufanda con una toalla y llamaste a todos los amigos.
Me acababas de contar el chiste más fascista del mundo. Yo ya no te hablaba. Para alegrarme, me pusiste el cd mamey, el bueno, en la punta de la lengua; debajo, la tuya. Tu maldita madre cuando son las tres de la mañana. Yo a veces soy un poco cursi, un campesinito que no se ha podido afeitar por la mala iluminación del baño, por la mala distribución del agua potable, por una mano que se mete en el baño a darme un joint y me queda un chivo sobre la boca, molestándome cuando debo salir de la bañera a pasar el tabaco, que ya se mojó. Lo pusimos entre un libro de Andy Warhol y uno de Deleuze, en la cajita del cd mamey, el bueno a las tres de la mañana, cuando tú quieres subir el volumen y yo salgo de la bañera enjabonado mirando por las ventanas buscando luces en el apartamento de al lado. Afuera es cuando el calor comienza. Hay ocho u ochenta personas que nunca se miran a la cara. No aparecen las llaves, ni el celular de Emilio, ni un libro de Deleuze que tenía un joint enterito al lado. “Eso entró al baño y no salió más nunca”, dijo alguien que ya lo tiene en el bolsillo o que está parado en el balcón encendiéndolo. “¡Ya está Carlitos clavando yerba ajena!”. El Dco me enseñó a clavar detrás de los cuadros, cuando estaba clavando mis dos cigarros aprisionándolos en el bastidor de un cuadro del Chepe, se los metió en el bolsillo del oberol azul de jean que le queda tan mal. A veces, todos parecemos Teletubbies o Gumbies. Al menos eso pienso. Todo ha salido mal. El tabaco cayó por el balcón. Cuando me puse los pantalones, salimos de la casa, cada uno a un paso distinto. Tú tomaste un globo blanco y con un dedo ensalivado estás haciendo ruido por toda la escalera. Otra vez estoy yo mirando por las puertas, buscando luces, pasos, comentarios que casi puedo oír y te golpeo la cabeza y te quito la vejiga blanca, señalándote con el dedo índice y abriéndote los ojos como quien escupe el boche más grande de todo el mundo.
Éramos una fila buscando diversión en todos los lugares gay de la ciudad. El otro lado del puente puede ser espantosamente divertido algunos días de la semana cuando queremos correr el riesgo de un botellazo en la cabeza o una puñalada en un ojo. Sobre todo al Dco le resulta tan atractivo ese tipo de espectáculos. Esos y el de un travesti en leather blanco metiéndose una Presidente en la boca, hasta la mitad de la botella, detrás de ella un bachatero boricua sacaba tarjetitas de presentación y las repartía sin razón aparente entre la multitud. Luego de dos horas, habías vomitado tú, Emilio, yo, tres desconocidos y el travesti, que salió gritando “¡E’ preñá’ que ‘toy!” y se metió en el camerino. De allí salió con tres menores encamisados, la nariz blanquita y las llaves de un Porsche. A nosotros nos dio envidia. Alguien sugirió un tour a la cuarentidós. Tú y yo nos enganchamos al primer brazo sin olor a vómito que tuviera carro y pocas ganas de darse un pase para llevárnoslo a la casa con la promesa de ocho cervezas que se podía beber solito. Emilio gritó desde el fondo un “yo” prendiendo un cigarrillo.
Llegamos a la casa a las seis menos quince. Cada cual a un rincón diferente del colchón de la sala. Tú a prender velas e incienso. Yo a prender la lámpara y el radio. Emilio a prender el joint que habíamos metido entre Deleuze y Andy Warhol.
Hoy estás cansada, llorando los tres segundos correspondientes por cada día, sin pronunciar palabra. Llegamos al Victorina por un desayuno y ya son las tres (Don Eusebio grita desde el parqueo que ya son las once) y no has levantado la mirada de tu resma de papel y las felpas que te robaste de la oficina. Has estado dibujando mujercitas con caritas felices, despreocupadas, largas y desmembradas y otras mujeres más gordas y feas, con caras de megadivas de tv o galeristas de arte contemporáneo infelices que se hacen amigas de las artistas, lesbianas infelices como las megadivas de tv del séquito de las galeristas lesbianas, es decir, lo actual. En fin, todas mujeres de diferentes profesiones y martillos, mandarrias marca “Hazme” y celulares y lámparas. La parte que más disfruto es cuando escribes cinco o seis palabras al pie de la hoja o en el reverso. Una frase conocida que podría salir de la galerista o de la niña golpeada. Yo guardo las hojas en una carpeta sin mirarlas.
Hemos de cruzar el pasillo y entrar a la oficina, ya nos han visto. “Hemos de cruzar el pasillo y entrar a la oficina, ya nos han visto”, te digo tocándote el brazo despacio, con pena, casi con miedo. Tu cara gastada con el sol que entra por el ventanal. Sueltas todo y me dices palabritas inventadas o sacadas de un documental del Discovery. Yo no entiendo nada, cualquier gesto puede significar: “Debemos encontrar mejores escondites”, “la comida es malísima”, “hoy hace calor”, “hoy estoy harta”, “me estoy volviendo loca”, o todo eso sale de mi boca cuando sigo tus labios con los míos, con la cara gastada y la voz ronquísima de tan poco hablar. Nadie sabe, nadie conoce palabras reales. Cinco de la tarde (Don Eusebio vocifera desde el patio que son las tres). Hay que ir a lamerle el culo a Alfonso, que puede hacerte llorar amargamente cuando, sentada frente a tu Mac descargando una copia exacta de John Cage para regalarme, te pasa por detrás cantando Lady Marmalade acompañado por los tacones Nine West que se ha comprado en secreto.
A la salida, nada sucede. Nos sentamos en el pasillo, entre el Victorina y la imprenta. Miras al techo, al cielo raso donde hubo una vez una filtración con la cara de Gertrude Stein, y hablas de carros y los carros de tu familia diciendo una marca diferente cada vez que mencionas un tío. ¿De dónde vienen tus carros?, quise preguntarte tratando de vencer ese muro infranqueable que es el soñar cuando estamos juntos. Tú acabas de poner inconscientemente tu vaso de cocacola y el mío en una mesa de tu lado del mueble, la mirada perdida y chupándote el labio como si fueras a arrancártelo. Habíamos estado sentados mirando al techo y pensando en las mismas cosas. Habíamos estado sentados y el mueble aún no estaba caliente. Y quise preguntarte: “¿De dónde vienen tus carros?”, “¿Adónde van?” Era eso o tu nombre, la hora, la corbata que te pusiste anoche. Era eso o pararme y salir, recoger una hoja de papel timbrado del suelo que venía volando de donde viene la luz. Estaba vacío, solo un “Distinguidos Señores :” como si yo debiera continuar la carta y no tú, la que envía todo lo que se envía y se recibe donde te da la gana, yo solo leo y releo los mensajes de correo electrónico que mi conexión me permite, sin subject, ni cc. Tú conmigo desde Marzo, ¿o yo contigo desde Febrero? Tú ya estabas cuando llegué a tu oficina con un sobre manila en la mano que también decía “Distinguidos Señores:”. Tú dijiste lo que has dicho desde entonces: “¿Quién eres? Siéntate. Espérate. Voy y vengo. ¿Quieres una Fendramín?”. Yo siempre respondiendo las preguntas de tu cabeza inclinada sobre la mía, los post-its y los sms’s. Tú nunca lo haces. Aún cuando te hago preguntas sobre tus tíos, sus carros y tus sueños, sé que sólo empiezas a hablar cuando yo ya he colgado el auricular.
Eran las seis y el sol, muriendo frente al edificio, deja una luz amarilla cegadora, esa luz amarilla caliente abrazando el suelo desde la puerta principal que luce en plateado el nombre del edificio hasta tu zapato, Romántica Radio en especial de Lucecita Benítez, tú y yo en el mueble del pasillo. Soñando lo mismo aunque tú estés ensuciando tu Rover de arena en Palmar de Ocoa y yo con insectos y lesbianas boricuas boleristas cortándonos las sienes con guadañas y hachas marca “Hazme”. A veces me da pánico. “A veces me da pánico”, te digo sin esperar respuesta. Tú suspiras mordiendo un vaso. Tus ojos, y tu cara siguiéndolos, voltean hacia mí, hacia la salida de emergencia. Y si te hiciera una señal, si te saludara desde lejos como alguien que no te ha saludado por años, si fuéramos enemigos acérrimos y yo te hiciera un gesto de “¿Y entonces?”, entonces todas las puertas se romperían o es que un señor ha chocado con el cristal que exhibe en plateado el nombre del edificio. Por un momento dudo, me retuerzo, suspiro. Te miro a ti, a la puerta, a los dos vasitos de cocacola. Me levanto. Camino hacia la puerta principal donde se pasea el último empleado. Recojo un papel timbrado que dice “Distinguidos Señores :”. “Escríbeme una carta”, te digo, sin esperar respuesta.
Carlos Ortíz

"Nací el 27 de Enero de 1983 bajo el signo de Acuario en Santo Domingo, donde aun resido no por eleccion propia. Amante de Eco, Foucault, Cortázar, me gusta ver muñequitos y las palomitas con mantequilla. No he publicado nada, salvo textos cortos en algunas revistas. Compongo, junto a Jorge Nieto, el proyecto artístico Logo, creando propuestas de video-arte, performance y libros ilustrados a poner a circular en la medida de lo posible".

La Vie Secret Des Anges “cuán tristes las metáforas”
Potato, tomato.
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