La
Vie Secret Des Anges
“cuán
tristes las metáforas”
Ocho
de la mañana, la luz del día borrando sueños y poniendo en su lugar
calles y aceras llenas de niños y ancianos con la cara hinchada y
las mochilas hinchadas y los cuartos de hora y los tapones, cuando
dices tu propio nombre porque es lo primero que te viene a la cabeza,
tal vez el inicio de un momento de reflexión espiritual, lo propio
cuando vienes oyendo a Julio Iglesias y política y el sabor a pasta
dental y el carro detenido y tú y yo salimos como escupidos y nada
más. Nunca mirarnos a las caras. Todo comienza, en lo adelante será
lo mismo muchas veces, y otras tantas, una copia inexacta del día
anterior y del siguiente. Pero te decía que eran las ocho de la mañana,
en la puerta del edificio el guardián, con una placa verde que grita
resplandeciente un Don Eusebio, juega con las llaves y un vasito de
café frío. Acaba de abrir la puerta de la imprenta. Doña Wanerja,
un Gerente en otra placa más discreta, entra con su faldita corta
inaugurando el día de labor. Los dos ojazos de Don Eusebio le miran
las piernas que tienden a parecerse a las de Edilí y la doña le devuelve
la mirada con un ojo y con el que se le gobierna mira hacia el Pollo
Victorina donde tú y yo escapamos de los ojos de los empleados, que
a esta hora se pasean por el edificio como si fuera la primera vez,
con la boca abierta y en las manos siempre el periódico calientito
que Don Eusebio les extiende con los ojos cerrados. Pero yo ya he
dejado de mirar a los ojos de los empleados de la imprenta, me han
aburrido. Me gusta verte dibujar en la mañana, pones la carita que
tanto me gusta justo cuando va una teta, una mujer alada, una mano
cucuteadora, un garfio, una señal de tránsito, unos lentes de sol,
unos niños jugando Nintendo, viendo Fox Kids, una sagrada familia,
una última cena en Pollo Victorina cuando se ha hecho tarde y no tenemos
ganas de ir a verle las tetas a Doña Wanerja que se salen del bleizer
y dan vueltas cada vez que te ve.
“Te
lo dije”, discutía con bollitos de yuca sobre todos los empleados
del edificio y sus horas atrasadas. En este lugar todos andan fuera
de hora, como una costumbre. Como en la oficina, donde parecemos morir
cuando dan las cinco y aún falta un proyecto, un pedido de ese papel
amarillo donde imprimirás tu libro algún día, una emisión de poemas
de algún adolescente que quiere parecerse a Piñera, una autorización
de Alfonso, jefecito desde la invención del patrimonio, que nunca
debió dejar de ser tu novio para poder subirnos el sueldo como lo
hace él cada vez que les sacas sus patazas con bowling shoes de los
atolladeros en los que sabe meterse. Pero decidiste terminar cuando
se compró el dvd de Moulin Rouge para verlo todas las noches. Semejante
tortura cuando tú sólo querías que con sus siete pies te enseñara
numeritos de sexo tántrico e invertebrado.
Esa
noche llegaste con ocho Presidentes y dos equis a la casa, te instalaste
en mi cama y, despues de llorar amargamente durante tres segundos,
pusiste el disco de los Moldy Peaches, te hiciste una bufanda con
una toalla y llamaste a todos los amigos.
Me
acababas de contar el chiste más fascista del mundo. Yo ya no te hablaba.
Para alegrarme, me pusiste el cd mamey, el bueno, en la punta de la
lengua; debajo, la tuya. Tu maldita madre cuando son las tres de la
mañana. Yo a veces soy un poco cursi, un campesinito que no se ha
podido afeitar por la mala iluminación del baño, por la mala distribución
del agua potable, por una mano que se mete en el baño a darme un joint
y me queda un chivo sobre la boca, molestándome cuando debo salir
de la bañera a pasar el tabaco, que ya se mojó. Lo pusimos entre un
libro de Andy Warhol y uno de Deleuze, en la cajita del cd mamey,
el bueno a las tres de la mañana, cuando tú quieres subir el volumen
y yo salgo de la bañera enjabonado mirando por las ventanas buscando
luces en el apartamento de al lado. Afuera es cuando el calor comienza.
Hay ocho u ochenta personas que nunca se miran a la cara. No aparecen
las llaves, ni el celular de Emilio, ni un libro de Deleuze que tenía
un joint enterito al lado. “Eso entró al baño y no salió más nunca”,
dijo alguien que ya lo tiene en el bolsillo o que está parado en el
balcón encendiéndolo. “¡Ya está Carlitos clavando yerba ajena!”. El
Dco me enseñó a clavar detrás de los cuadros, cuando estaba clavando
mis dos cigarros aprisionándolos en el bastidor de un cuadro del Chepe,
se los metió en el bolsillo del oberol azul de jean que le queda tan
mal. A veces, todos parecemos Teletubbies o Gumbies. Al menos eso
pienso. Todo ha salido mal. El tabaco cayó por el balcón. Cuando me
puse los pantalones, salimos de la casa, cada uno a un paso distinto.
Tú tomaste un globo blanco y con un dedo ensalivado estás haciendo
ruido por toda la escalera. Otra vez estoy yo mirando por las puertas,
buscando luces, pasos, comentarios que casi puedo oír y te golpeo
la cabeza y te quito la vejiga blanca, señalándote con el dedo índice
y abriéndote los ojos como quien escupe el boche más grande de todo
el mundo.
Éramos
una fila buscando diversión en todos los lugares gay de la ciudad.
El otro lado del puente puede ser espantosamente divertido algunos
días de la semana cuando queremos correr el riesgo de un botellazo
en la cabeza o una puñalada en un ojo. Sobre todo al Dco le resulta
tan atractivo ese tipo de espectáculos. Esos y el de un travesti en
leather blanco metiéndose una Presidente en la boca, hasta la mitad
de la botella, detrás de ella un bachatero boricua sacaba tarjetitas
de presentación y las repartía sin razón aparente entre la multitud.
Luego de dos horas, habías vomitado tú, Emilio, yo, tres desconocidos
y el travesti, que salió gritando “¡E’ preñá’ que ‘toy!” y se metió
en el camerino. De allí salió con tres menores encamisados, la nariz
blanquita y las llaves de un Porsche. A nosotros nos dio envidia.
Alguien sugirió un tour a la cuarentidós. Tú y yo nos enganchamos
al primer brazo sin olor a vómito que tuviera carro y pocas ganas
de darse un pase para llevárnoslo a la casa con la promesa de ocho
cervezas que se podía beber solito. Emilio gritó desde el fondo un
“yo” prendiendo un cigarrillo.
Llegamos
a la casa a las seis menos quince. Cada cual a un rincón diferente
del colchón de la sala. Tú a prender velas e incienso. Yo a prender
la lámpara y el radio. Emilio a prender el joint que habíamos metido
entre Deleuze y Andy Warhol.
Hoy
estás cansada, llorando los tres segundos correspondientes por cada
día, sin pronunciar palabra. Llegamos al Victorina por un desayuno
y ya son las tres (Don Eusebio grita desde el parqueo que ya son las
once) y no has levantado la mirada de tu resma de papel y las felpas
que te robaste de la oficina. Has estado dibujando mujercitas con
caritas felices, despreocupadas, largas y desmembradas y otras mujeres
más gordas y feas, con caras de megadivas de tv o galeristas de arte
contemporáneo infelices que se hacen amigas de las artistas, lesbianas
infelices como las megadivas de tv del séquito de las galeristas lesbianas,
es decir, lo actual. En fin, todas mujeres de diferentes profesiones
y martillos, mandarrias marca “Hazme” y celulares y lámparas. La parte
que más disfruto es cuando escribes cinco o seis palabras al pie de
la hoja o en el reverso. Una frase conocida que podría salir de la
galerista o de la niña golpeada. Yo guardo las hojas en una carpeta
sin mirarlas.
Hemos
de cruzar el pasillo y entrar a la oficina, ya nos han visto. “Hemos
de cruzar el pasillo y entrar a la oficina, ya nos han visto”, te
digo tocándote el brazo despacio, con pena, casi con miedo. Tu cara
gastada con el sol que entra por el ventanal. Sueltas todo y me dices
palabritas inventadas o sacadas de un documental del Discovery. Yo
no entiendo nada, cualquier gesto puede significar: “Debemos encontrar
mejores escondites”, “la comida es malísima”, “hoy hace calor”, “hoy
estoy harta”, “me estoy volviendo loca”, o todo eso sale de mi boca
cuando sigo tus labios con los míos, con la cara gastada y la voz
ronquísima de tan poco hablar. Nadie sabe, nadie conoce palabras reales.
Cinco de la tarde (Don Eusebio vocifera desde el patio que son las
tres). Hay que ir a lamerle el culo a Alfonso, que puede hacerte llorar
amargamente cuando, sentada frente a tu Mac descargando una copia
exacta de John Cage para regalarme, te pasa por detrás cantando Lady
Marmalade acompañado por los tacones Nine West que se ha comprado
en secreto.
A
la salida, nada sucede. Nos sentamos en el pasillo, entre el Victorina
y la imprenta. Miras al techo, al cielo raso donde hubo una vez una
filtración con la cara de Gertrude Stein, y hablas de carros y los
carros de tu familia diciendo una marca diferente cada vez que mencionas
un tío. ¿De dónde vienen tus carros?, quise preguntarte tratando de
vencer ese muro infranqueable que es el soñar cuando estamos juntos.
Tú acabas de poner inconscientemente tu vaso de cocacola y el mío
en una mesa de tu lado del mueble, la mirada perdida y chupándote
el labio como si fueras a arrancártelo. Habíamos estado sentados mirando
al techo y pensando en las mismas cosas. Habíamos estado sentados
y el mueble aún no estaba caliente. Y quise preguntarte: “¿De dónde
vienen tus carros?”, “¿Adónde van?” Era eso o tu nombre, la hora,
la corbata que te pusiste anoche. Era eso o pararme y salir, recoger
una hoja de papel timbrado del suelo que venía volando de donde viene
la luz. Estaba vacío, solo un “Distinguidos Señores :” como si yo
debiera continuar la carta y no tú, la que envía todo lo que se envía
y se recibe donde te da la gana, yo solo leo y releo los mensajes
de correo electrónico que mi conexión me permite, sin subject, ni
cc. Tú conmigo desde Marzo, ¿o yo contigo desde Febrero? Tú ya estabas
cuando llegué a tu oficina con un sobre manila en la mano que también
decía “Distinguidos Señores:”. Tú dijiste lo que has dicho desde entonces:
“¿Quién eres? Siéntate. Espérate. Voy y vengo. ¿Quieres una Fendramín?”.
Yo siempre respondiendo las preguntas de tu cabeza inclinada sobre
la mía, los post-its y los sms’s. Tú nunca lo haces. Aún cuando te
hago preguntas sobre tus tíos, sus carros y tus sueños, sé que sólo
empiezas a hablar cuando yo ya he colgado el auricular.
Eran
las seis y el sol, muriendo frente al edificio, deja una luz amarilla
cegadora, esa luz amarilla caliente abrazando el suelo desde la puerta
principal que luce en plateado el nombre del edificio hasta tu zapato,
Romántica Radio en especial de Lucecita Benítez, tú y yo en el mueble
del pasillo. Soñando lo mismo aunque tú estés ensuciando tu Rover
de arena en Palmar de Ocoa y yo con insectos y lesbianas boricuas
boleristas cortándonos las sienes con guadañas y hachas marca “Hazme”.
A veces me da pánico. “A veces me da pánico”, te digo sin esperar
respuesta. Tú suspiras mordiendo un vaso. Tus ojos, y tu cara siguiéndolos,
voltean hacia mí, hacia la salida de emergencia. Y si te hiciera una
señal, si te saludara desde lejos como alguien que no te ha saludado
por años, si fuéramos enemigos acérrimos y yo te hiciera un gesto
de “¿Y entonces?”, entonces todas las puertas se romperían o es que
un señor ha chocado con el cristal que exhibe en plateado el nombre
del edificio. Por un momento dudo, me retuerzo, suspiro. Te miro a
ti, a la puerta, a los dos vasitos de cocacola. Me levanto. Camino
hacia la puerta principal donde se pasea el último empleado. Recojo
un papel timbrado que dice “Distinguidos Señores :”. “Escríbeme una
carta”, te digo, sin esperar respuesta.