Ediciones del Cielonaranja
LETRASPENSAMIENTOSANTO DOMINGOEDICIONES MIGUEL D. MENA

Fashion Foam

“el esquizoide desempleado”

 

Se registra información en la caja rápida de 10 artículos o menos. Sin tarjeta, sin empleados en patines sacándote fundas de adentro de las fundas de papel higiénico y lechuga repollada. Justo cuando sales, suena la alarma y es que una señora de 193 años se lleva una niña envuelta en seis polos de gamuza marca Naf Naf. La niña, de 193 días de nacida, se acaba de cagar en el pañuelo de lino crudo que la señora cargó para su marido que espera en un Skoda Yaris Felicia Fabia Combi en el parqueo con el otro niño, el mellizo, que viene envuelto en un pareo verde marca Betty La Fea de Planeta Fashion. La señora emprende la huida, colgando la niña de un brazo se llevó tres patinadores, dos cajeras y el letrero de la máquina de tomarse la presión en la puerta de la botica donde un anciano de 90 años susurra a 25,000 decibelios: “¿Hay Viagra?”. Llega al parqueo no sin antes agarrar tres lapiceros y ocho tenedores eléctricos que mete en trece fundas amarillas que servirán para echar la basura. Se monta en el carro y, poniéndose la caja de dientes, grita:

Step on it!!!

Y girando a 80 años luz por persona llegaron a Manresa, donde, chupando de los calimetes olor a sal y a comunicadores muertos, vieron un atardecer diferente cada uno.

Al final, hay que sacar a los niños.

Yo me disuelvo en el asiento trasero, mordiéndole el borde al vaso para marcarlo y que ningún viejo venga a pasarme saliva por la boca, la lengua, el paladar y los dientes. En la radio, Sergio Mendes, la gloria del Brasil, lo mejor que parió esa tierra después de Niemeyer, así como Maité Proença, Lima Duarte y Os Mutantes. Yo mastico a mis artistas y las escupo al vidrio más cercano, donde caen mojados de saliva mía y la del viejo verde que ahora se prueba polos. Arrancamos a los Go-kart. “Spin, Spin, Sugar!”, grita la vieja con su caja de dientes a punto de salirse de su boca, parece un tiburón tigre, se baja del carro y se pone las gafas oscuras que le compró a Jania.

Jania vende prendas y accesorios, además de rifar cubrecolchones, cojines, Chivas Reagal, blusas desmangadas y el combo de 36 plátanos verdes barahoneros y un jamón bolo a medio podrir. Pero eso es para los menos afortunados, la vieja es rica y se puede pagar sus gafas Gucci. Jania: “Yo soy morena, yo ando rifando una licuadora marca papelito y un papermate color televisión… ¿Quién ama a morena? ¡Mireya ama a Morena, Thelma habla a Morena, Colasa ama a Morena y la Señora ama a Morena!” cada vez que va a cobrar y termina escupiéndome en la cara con los dientes rosados que Dios le dio, me dice mi abuela, “fue Papá-Dios que se los dio”.

A mi me gusta comer chicle bubble double con chocolate embajador. Con un peso se compra. Me gusta comerme el chocolate e inmediatamente después el chicle, para que parezca catarro marrón por algunas horas y luego se convierta en el concreto del que está hecha la dentadura tipo Barbie de Jania. En casa de Jania, porque para amarla siempre hay que llevarme, había un perro con jabón pegado al lomo y un niño como de 25 minutos de nacido se lo arrancaba para comérselo. A mi me diagnosticaron bulimia, capricho, malacrianza y mal gusto por la comida, pero nunca nadie hizo caso y desapareció por sí solo. Lo que pasa es que mi mamá se antojó de comer jabón de cuaba cuando estaba embarazada de mí. Jabón en la mañana, jabón al mediodía, jabón en la noche, jabón en el paladar disolviéndose en burbujitas que se iban al estómago, a la barriga y yo explotaba con mis manitas de 113,567,453 células de formadas. Por eso no me gustaba el baño. Cuando llegaba del colegio con el uniforme sucio, mi abuela me mandaba a la cisterna a buscar un cubo de agua para bañarme. A mí no me gustaba, mucho menos la parte en la que tenía que bañarme con mis medias hasta que estuvieran limpias. Por eso un día me tiré. Y adentro estaba limpiecito, no me importaba que hubiera una cucaracha flotando en la cisterna como de 15,000 kilómetros cúbicos, allí estaba limpio. Llegué al fondo, me impulsé con los pies, subí a la superficie y grité: “¡Samantha!” a mi prima que seguramente estaba en la baranda bailando el baile de la mariposa al revés, para que viniera a bañarse conmigo. Claro, era de entender que me sacara por el pelo llorando como quien acaba de salvar una vida. Yo caí desmayado por el dolor de cabeza, me llevaron al médico a hacerme un chequeo y determinaron que tenía el pene demasiado largo, lo cual me había provocado una desviación en la séptima vértebta y me pusieron en un tratamiento que consistía en fuertes apretones de mi abuela, la mujer con los muslos más grandes de América Latina y mi prima, la mariconcita más cruel de la cuadra.

Mi prima era un suceso, le gustaba peinarse con ocho mechones de cabellos en ocho direcciones diferentes que formaban un moño que desembocaba de el comideja más elaborado del colegio. Yo trataba de comer boca, comerle la boca cuando hablaban del chicle que botan los hombres y yo lo imaginaba marrón y dulce y con sabor a chocolate.

A mi casa iban Doña Rosa Esther Munné de Aquino y Peguero, el que vendía escobas plásticas de marcas reconocidas que traía Pepín Corripio en grandes barcos como los que hay pintados en la pared del almacén Corripio, cerca de mi casa. Juntos, mi abuela y Manolo, el loco de mi calle, hacían tardes de tertulia en los que trasquilaban los cerebros de chocolate y Malta Morena de Doña Munné y Peguero. A mi se me permitía escuchar las conversaciones, sin obligarme a quedarme con Samantha en el patio a sacarle los ojos y cortarle la cola a toda lagartija que se apareciera. Muchas veces, Samantha y yo guardábamos todo junto a los ojos de gallina, las crisálidas de gusanos de maíz, los restos del último gofio y los experimentos de Heno de Pravia con vinagre en una caja de zapatos, la misma en la que se antojaba Manolo de llevarse un par de cucharas soperas, dos cajetillas de cigarrillos que él mismo trajo y dos mazorcas de maíz tierno para darle a Doña Meche, la vieja con las tetas más caídas del mundo, que vivía a ocho horas de vueltas en la ciudad. Manolo abría los ojos como dos pañales envueltos cuando saltaba de la revolución a la ocupación norteamericana a la crisis petrolera del 1000 900 90. Todo lo traía escrito y lo leía, lo cantaba y lo recitaba. Yo me lo llevaba al colegio para dibujarle atrás.

En los Go-kart es imposible mirar al mar. Siempre tienes que posar la mirada en la M enorme que te cae de frente cuando chocas con la goma #919. Por eso desistí, me fui con Doña Munné. Manolo se desespera cuando la oye hablar del comercio de pipiota y se le pone un ojo más chiquito cuando le da el boche, logrando el gracioso efecto de que, con cada cambio de luces, saca de su cartera Gucci que también le compró a Jania, un canal diferente de televisión nacional. A las seis de la tarde ya era hora de irse a la casa. Estábamos Samantha, la abuela, el viejo, Manolo, los mellos y yo atravesando el malecón como sin ganas de llegar. Se cortan chazos, se vende frío frío, hot dog, violao, pan de azúcar, películas de Herzog, libritos de ciencia ficción, de moral y cívica, física cuántica, de mecánica popular, de atención al cliente, de atención a los ataques epilépticos, retención de líquidos y cocacola en sobre para el viaje. Luego de ocho horas, suena la alarma del curso, es una llamada de la directora, la secretaria docente y la encargada de disciplina: “Tus abuelos fueron detenidos en un supermercado, están en el Plan Piloto, tu prima te viene a buscar”.

La Vie Secret Des Anges “cuán tristes las metáforas”
Potato, tomato.
Cancionero Popular
Taquito “de los desórdenes”
Fashion Foam “el esquizoide desempleado”
Mighty Fantastic Invisible Mono-Chested Siamese Identical Twin Average Thundercats Brothers.
Some Like Parties
Electra “labor de los electrodomésticos”
Sapo
Episodio Rosado
Revolver
El Ángel Exterminador
13 “Formato Alquitrán”


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