Fashion Foam
“el esquizoide
desempleado”
Se registra información
en la caja rápida de 10 artículos o menos. Sin tarjeta, sin empleados
en patines sacándote fundas de adentro de las fundas de papel higiénico
y lechuga repollada. Justo cuando sales, suena la alarma y es que
una señora de 193 años se lleva una niña envuelta en seis polos
de gamuza marca Naf Naf. La niña, de 193 días de nacida, se acaba
de cagar en el pañuelo de lino crudo que la señora cargó para su
marido que espera en un Skoda Yaris Felicia Fabia Combi en el parqueo
con el otro niño, el mellizo, que viene envuelto en un pareo verde
marca Betty La Fea de Planeta Fashion. La señora emprende la huida,
colgando la niña de un brazo se llevó tres patinadores, dos cajeras
y el letrero de la máquina de tomarse la presión en la puerta de
la botica donde un anciano de 90 años susurra a 25,000 decibelios:
“¿Hay Viagra?”. Llega al parqueo no sin antes agarrar tres lapiceros
y ocho tenedores eléctricos que mete en trece fundas amarillas que
servirán para echar la basura. Se monta en el carro y, poniéndose
la caja de dientes, grita:
Step on it!!!
Y girando a 80
años luz por persona llegaron a Manresa, donde, chupando de los
calimetes olor a sal y a comunicadores muertos, vieron un atardecer
diferente cada uno.
Al final, hay
que sacar a los niños.
Yo me disuelvo
en el asiento trasero, mordiéndole el borde al vaso para marcarlo
y que ningún viejo venga a pasarme saliva por la boca, la lengua,
el paladar y los dientes. En la radio, Sergio Mendes, la gloria
del Brasil, lo mejor que parió esa tierra después de Niemeyer, así
como Maité Proença, Lima Duarte y Os Mutantes. Yo mastico a mis
artistas y las escupo al vidrio más cercano, donde caen mojados
de saliva mía y la del viejo verde que ahora se prueba polos. Arrancamos
a los Go-kart. “Spin, Spin, Sugar!”, grita la vieja con su caja
de dientes a punto de salirse de su boca, parece un tiburón tigre,
se baja del carro y se pone las gafas oscuras que le compró a Jania.
Jania vende prendas
y accesorios, además de rifar cubrecolchones, cojines, Chivas Reagal,
blusas desmangadas y el combo de 36 plátanos verdes barahoneros
y un jamón bolo a medio podrir. Pero eso es para los menos afortunados,
la vieja es rica y se puede pagar sus gafas Gucci. Jania: “Yo soy
morena, yo ando rifando una licuadora marca papelito y un papermate
color televisión… ¿Quién ama a morena? ¡Mireya ama a Morena, Thelma
habla a Morena, Colasa ama a Morena y la Señora ama a Morena!” cada
vez que va a cobrar y termina escupiéndome en la cara con los dientes
rosados que Dios le dio, me dice mi abuela, “fue Papá-Dios que se
los dio”.
A mi me gusta
comer chicle bubble double con chocolate embajador. Con un peso
se compra. Me gusta comerme el chocolate e inmediatamente después
el chicle, para que parezca catarro marrón por algunas horas y luego
se convierta en el concreto del que está hecha la dentadura tipo
Barbie de Jania. En casa de Jania, porque para amarla siempre hay
que llevarme, había un perro con jabón pegado al lomo y un niño
como de 25 minutos de nacido se lo arrancaba para comérselo. A mi
me diagnosticaron bulimia, capricho, malacrianza y mal gusto por
la comida, pero nunca nadie hizo caso y desapareció por sí solo.
Lo que pasa es que mi mamá se antojó de comer jabón de cuaba cuando
estaba embarazada de mí. Jabón en la mañana, jabón al mediodía,
jabón en la noche, jabón en el paladar disolviéndose en burbujitas
que se iban al estómago, a la barriga y yo explotaba con mis manitas
de 113,567,453 células de formadas. Por eso no me gustaba el baño.
Cuando llegaba del colegio con el uniforme sucio, mi abuela me mandaba
a la cisterna a buscar un cubo de agua para bañarme. A mí no me
gustaba, mucho menos la parte en la que tenía que bañarme con mis
medias hasta que estuvieran limpias. Por eso un día me tiré. Y adentro
estaba limpiecito, no me importaba que hubiera una cucaracha flotando
en la cisterna como de 15,000 kilómetros cúbicos, allí estaba limpio.
Llegué al fondo, me impulsé con los pies, subí a la superficie y
grité: “¡Samantha!” a mi prima que seguramente estaba en la baranda
bailando el baile de la mariposa al revés, para que viniera a bañarse
conmigo. Claro, era de entender que me sacara por el pelo llorando
como quien acaba de salvar una vida. Yo caí desmayado por el dolor
de cabeza, me llevaron al médico a hacerme un chequeo y determinaron
que tenía el pene demasiado largo, lo cual me había provocado una
desviación en la séptima vértebta y me pusieron en un tratamiento
que consistía en fuertes apretones de mi abuela, la mujer con los
muslos más grandes de América Latina y mi prima, la mariconcita
más cruel de la cuadra.
Mi prima era
un suceso, le gustaba peinarse con ocho mechones de cabellos en
ocho direcciones diferentes que formaban un moño que desembocaba
de el comideja más elaborado del colegio. Yo trataba de comer boca,
comerle la boca cuando hablaban del chicle que botan los hombres
y yo lo imaginaba marrón y dulce y con sabor a chocolate.
A mi casa iban
Doña Rosa Esther Munné de Aquino y Peguero, el que vendía escobas
plásticas de marcas reconocidas que traía Pepín Corripio en grandes
barcos como los que hay pintados en la pared del almacén Corripio,
cerca de mi casa. Juntos, mi abuela y Manolo, el loco de mi calle,
hacían tardes de tertulia en los que trasquilaban los cerebros de
chocolate y Malta Morena de Doña Munné y Peguero. A mi se me permitía
escuchar las conversaciones, sin obligarme a quedarme con Samantha
en el patio a sacarle los ojos y cortarle la cola a toda lagartija
que se apareciera. Muchas veces, Samantha y yo guardábamos todo
junto a los ojos de gallina, las crisálidas de gusanos de maíz,
los restos del último gofio y los experimentos de Heno de Pravia
con vinagre en una caja de zapatos, la misma en la que se antojaba
Manolo de llevarse un par de cucharas soperas, dos cajetillas de
cigarrillos que él mismo trajo y dos mazorcas de maíz tierno para
darle a Doña Meche, la vieja con las tetas más caídas del mundo,
que vivía a ocho horas de vueltas en la ciudad. Manolo abría los
ojos como dos pañales envueltos cuando saltaba de la revolución
a la ocupación norteamericana a la crisis petrolera del 1000 900
90. Todo lo traía escrito y lo leía, lo cantaba y lo recitaba. Yo
me lo llevaba al colegio para dibujarle atrás.
En los Go-kart
es imposible mirar al mar. Siempre tienes que posar la mirada en
la M enorme que te cae de frente cuando chocas con la goma #919.
Por eso desistí, me fui con Doña Munné. Manolo se desespera cuando
la oye hablar del comercio de pipiota y se le pone un ojo más chiquito
cuando le da el boche, logrando el gracioso efecto de que, con cada
cambio de luces, saca de su cartera Gucci que también le compró
a Jania, un canal diferente de televisión nacional. A las seis de
la tarde ya era hora de irse a la casa. Estábamos Samantha, la abuela,
el viejo, Manolo, los mellos y yo atravesando el malecón como sin
ganas de llegar. Se cortan chazos, se vende frío frío, hot dog,
violao, pan de azúcar, películas de Herzog, libritos de ciencia
ficción, de moral y cívica, física cuántica, de mecánica popular,
de atención al cliente, de atención a los ataques epilépticos, retención
de líquidos y cocacola en sobre para el viaje. Luego de ocho horas,
suena la alarma del curso, es una llamada de la directora, la secretaria
docente y la encargada de disciplina: “Tus abuelos fueron detenidos
en un supermercado, están en el Plan Piloto, tu prima te viene a
buscar”.