Episodio Rosado
Yo sólo supe
que era de día, las horas estaban cayendo en una pileta y yo las
recogía con la mitad de un galón que debajo decía DIGENOR en un
relieve enmohecido por permanecer tanto tiempo en el agua. Justo
al lado, un poste de luz cuya base estaba también enmohecida y junto
al poste Iraima que, con un vestido rosado de vuelos brillando con
el sol de media mañana, me miraba llenar mi pistolita de agua introduciéndola
en el jarrito azul que era la mitad del galón. En la pileta decía,
en un bajo relieve que también se pondría verde moho: Angel 2-01-
y el año estaba perdido en una pisada que alguien había dado en
el cemento fresco. Iraima sostenía una muñeca rubia y un mango de
bicicleta, su bicicleta había perdido el timón y ella venía a enseñarme
la prueba. Detrás de Iraima un niño trataba de montar la bicicleta
que daba tres zigzag y caía al suelo y hacía brotar otra lágrima
que caía sobre su cara, sobre el vestido rosado y en la pileta.
Era el día de Reyes.
Su papá estaba
parado en la esquina viendo el juego de taquito de todos los padres
de la cuadra. Como era Domingo, la farmacia estaba cerrada y no
había olor a amoníaco que le impidiera jugar hasta que llegaba la
noche y con la noche trece limpiabotas que se jugaban las ganancias
del día con el mismo juego. Su papá no le hizo caso, por eso vino
a la pileta, donde yo estrenaba la pistolita de agua que me regaló
mi abuela como todos los días de reyes de todos los años; una pistolita
de agua y un par de medias que terminaban siendo títeres cuando
perdían la elasticidad, cuando se cansaba y se rompía el último
hilo elástico de las medias de vestir que siempre eran negras, azules
o crema. Iraima dejó de llorar y sus lágrimas fueron sustituidas
inmediatamente por un chorro de agua proveniente de mi pistolita
y yo descubría que era anaranjada cuando estaba llena, igual que
cuando estaba vacía. Yo le sonreía con mis bracers recién puestos
y ella ponía una cara de enojo que yo no conocía. Tal vez porque
yo no le conocía la cara, tal vez porque en día de reyes se vale
mojarse, tal vez porque no me parecía verla enojada conmigo por
un chorro de agua saliendo de mi pistolita y cayéndole en la cara,
mojando su vestido rosado de domingo día de reyes y volviendo el
agua a caer en la pileta, de donde yo volvía a llenar la pistola
y a mojarle la cara.
Iraima llegó
a la cuadra en Octubre dos años antes, su padre la trajo de Monteplata,
junto a sus dos hermanas y su mamá. Las metió en un cuartito de
cuatro metros por tres y dos camas matrimoniales que llegaron de
noche en un camión de mudanza y acarreo desde Monteplata. Una vez
me contó que no conocía el mar, que en Monteplata hay ríos en los
que se bañaba desnuda con todos sus primitos y se lanzaba de un
árbol desde el que se podía ver el país completo. Yo le robé dinero
a mi mamá y nos fuimos a Boca Chica, pero regresó triste porque
una mancha de aceite le cruzó la cara y todo mundo se reía de ella.
Al llegar, nos dieron una pela a los dos y nos mandaron a cada uno
a la habitación sin permiso de salida. Las habitaciones daban a
un garaje de autobuses que daban servicios turísticos y por la noche
siempre se escuchaba el beep beep de la reversa, las ventanas estaban
una junto al lado de la otra y eso servía para pasar extensiones
cuando cortaban la luz, para gritar llamadas telefónicas, para avisar
emergencias y para hablar cuando estábamos de castigo. El aviso
para iniciar la comunicación eran dos golpes con los talones en
la pared, eso lo descubrimos el día del incendio.
El fuego ocurrió
poco después de su llegada, esa noche jugábamos el pañuelito en
la puerta de la fábrica de colchones que estaba al lado de la casa
y de la que sólo nos separaba un angostísimo callejón que era un
criadero de ratas y en el que aún sueño caer desde la azotea. Vimos
al mismo hombre pasar tres veces y tirar colillas de cigarrillo
por un hueco debajo de la puerta de hierro de tres pisos por el
que solo cabía un brazo de niño, el brazo de uno de los niños que
las sacaba “pa’ que no e’plote esa vaina”. Cuando dieron las once
y era hora de irse a acostar, Iraima me tomó del brazo y me contó
al oído un sueño:
“Soñé que la
ciudad hacía mucho ruido. Un ruido como del mismo infierno, que
parecía gente corriendo, disparos, muertos, hojas de zinc que caían
de los techos de las casas y mataban a los niños que también corrían
en la acera sosteniendo velas y la cera le quemaba los bracitos.
Yo sentía el dolor. Soñé que mientras dormía y soñaba eso mi padre
soñaba lo mismo y daba brincos a cada disparo. Soñé que se levantaba
y agarraba la pistola, subía a la azotea, saltaba a la fábrica y
nunca lo volvía a ver. Que había un perro muerto en la calle y,
junto al perro, mi abuela estaba rezando un rosario, igual que reza
un rosario por cada muerto de la familia de los últimos treinta
años. Que la gente tumbaba a mi abuela en el medio de la calle y
la pisaba. Que era una revolución, una guerra, una tragedia, una
guerra que no iba a terminar nunca y una turba que no iba a terminar
nunca y seguían pisando a mi abuela que estaba tirada junto al perro
aún rezando el último rosario y llamándome con una voz onda que
me hizo despertar.”
Iraima siempre
me contaba sus pesadillas, como aquella vez que soñó que alguien
trataba de quitarle la batita de dormir y cuando despertó encontró
a su papá roncando con el miembro saliéndosele del zipper abierto.
Todas siempre las decía al oído y las lágrimas me caían en el hombro.
Yo la empecé a consolar dándole besitos en la mejilla que luego
se convirtieron en torpes besos en la boca con la lengua tiesa,
la bocota lo más abierto posible y mucha saliva que tragábamos como
muestra de un amor en el que yo te cuento mis sueños y tú me cuentas
los tuyos.
Desde el mismo
centro del ruido de una guagua salieron golpes que retumbaron la
habitación, eran los puñitos de Chuchi, la hermanita de Iraima,
que trataba de avisarnos que pasaba algo malo, casi podía sentir
los deditos de ocho años de la niña romperse contra la pared y luego
los gritos en el patio común, en la calle, las puertas que se abren
y se cierran, una mujer que grita que esto es el fin, un coño que
despertó a todos los perros del barrio, llaves para abrir el candado
de la puerta del callejón y muchas chancletas yendo y viniendo como
quien busca la salida y no la encuentra. Mi mamá abrió la puerta
temblorosa. Antes de que la luz de la luna entrara clarísima hasta
la habitación, ya sabíamos todo lo que ocurría. Yo agarré la muñeca
de mi mamá y le dije que se calmara, le di un vaso con agua de azúcar
y ella me acariciaba la cabeza como quien consuela esa terrible
forma de morir. Me dijo que me fuera a casa de mi abuela a una cuadra
y yo sin quererlo obedecí. Al cruzar la calle vi las llamaradas
devorando las máquinas, la tela, la madera de las patas de las camas
que siempre veía a un negro pintar de amarillo con esponjas y las
esponjas también quemarse. Saltaban gruesas gotas de plástico derretido
desde lo alto de la nave industrial. Todo era tan grande, había
tanta luz. Las caras de la gente estaba iluminada por aquel fuego
infernal que devoraba todo y salía por las ventanas altísimas y
también iluminaba las azoteas de las casas, donde se quemaban las
sabanas de uno de los vecinos. Vi ratas salir del callejón y junto
a las ratas corría gente huyendo de los cables del tendido eléctrico
que se habían quemado y saltaban como jugando y buscando a la gente
como un látigo de punta de plata. Todo era bellísimo, un amarillo
intenso como el mismo sol y mucho azul y rojo. Antes de seguir mi
camino enceguecido por la luz del fuego, vi a un hombre vestido
de bombero que sacaba el radio de mi casa rompiendo la antena antes
de salir del callejón y Doña Nena, la vecina del otro lado, se lo
arrebataba y lo metía en su casita azul de madera diciéndole un
gracias, como se le dice a un ladrón en una emergencia. Los bomberos
no llegaban. Yo volví a mi casa, mi mamá daba vueltas en el patio
común, todas las madres de la vecindad lo hacían y una de ellas,
una blanca con un trasero enorme que había venido de Curazao a poner
una casa de citas repartía bofetadas a todas las que se alteraran
demasiado mientras consolaba a su hijo que lloraba y pataleaba de
miedo. Al amanecer, todo estaba callado, los bomberos y sus bellísimos
camiones rojos llegaron, pero sin agua, así que cuando todo se consumió,
el fuego, solito, terminó por apagarse. El dueño de la fábrica pasó
rugiendo en un Mercedes negro nuevecito con dos cervezas y dos cueros
en cada mano esperando que a primera hora llegara el abultado cheque
del seguro. A Iraima la vi montada en un taxi llevando a Chuchi
a enyesarle el bracito. Dos lágrimas iluminadas por el sol del amanecer
brillaban en sus mejillas.
Y es que Iraima
tiene ese color mulato que hace brillar el agua sobre su cara, de
eso me di cuenta cuando le mojaba la cara con mi pistolita de agua,
entretenido, distraído, sin darme cuenta de que su cara brillante
se volvía oscurísima de rabia. Me saltó encima como una gata, me
arañó la frente, las mejillas y el cuello. El niño que estaba montando
la bicicleta me puso una lata de leche Kanny en la mano y yo intenté
golpearla, pero solo atiné a tirarla al suelo y tratar de agarrarle
las manos, pero eso solo la enojó más y me golpeaba salvajemente.
Yo aún sin entender, no concebía pegarle a Iraima, es que su cara
aún mojada seguía siendo tan bonita y aún brillaba bajo el sol del
domingo día de reyes. Cuando por fin me la quitaron de encima, se
fue diciéndome algo que no recuerdo. Yo me quedé en la acera llorando
y todos los padres de la cuadra se burlaban de mí por haberme dejado
pegar de una niña.
Desde entonces,
no he hablado con ella.