Ediciones del Cielonaranja
LETRASPENSAMIENTOSANTO DOMINGOEDICIONES MIGUEL D. MENA

Episodio Rosado

 

Yo sólo supe que era de día, las horas estaban cayendo en una pileta y yo las recogía con la mitad de un galón que debajo decía DIGENOR en un relieve enmohecido por permanecer tanto tiempo en el agua. Justo al lado, un poste de luz cuya base estaba también enmohecida y junto al poste Iraima que, con un vestido rosado de vuelos brillando con el sol de media mañana, me miraba llenar mi pistolita de agua introduciéndola en el jarrito azul que era la mitad del galón. En la pileta decía, en un bajo relieve que también se pondría verde moho: Angel 2-01- y el año estaba perdido en una pisada que alguien había dado en el cemento fresco. Iraima sostenía una muñeca rubia y un mango de bicicleta, su bicicleta había perdido el timón y ella venía a enseñarme la prueba. Detrás de Iraima un niño trataba de montar la bicicleta que daba tres zigzag y caía al suelo y hacía brotar otra lágrima que caía sobre su cara, sobre el vestido rosado y en la pileta. Era el día de Reyes.

Su papá estaba parado en la esquina viendo el juego de taquito de todos los padres de la cuadra. Como era Domingo, la farmacia estaba cerrada y no había olor a amoníaco que le impidiera jugar hasta que llegaba la noche y con la noche trece limpiabotas que se jugaban las ganancias del día con el mismo juego. Su papá no le hizo caso, por eso vino a la pileta, donde yo estrenaba la pistolita de agua que me regaló mi abuela como todos los días de reyes de todos los años; una pistolita de agua y un par de medias que terminaban siendo títeres cuando perdían la elasticidad, cuando se cansaba y se rompía el último hilo elástico de las medias de vestir que siempre eran negras, azules o crema. Iraima dejó de llorar y sus lágrimas fueron sustituidas inmediatamente por un chorro de agua proveniente de mi pistolita y yo descubría que era anaranjada cuando estaba llena, igual que cuando estaba vacía. Yo le sonreía con mis bracers recién puestos y ella ponía una cara de enojo que yo no conocía. Tal vez porque yo no le conocía la cara, tal vez porque en día de reyes se vale mojarse, tal vez porque no me parecía verla enojada conmigo por un chorro de agua saliendo de mi pistolita y cayéndole en la cara, mojando su vestido rosado de domingo día de reyes y volviendo el agua a caer en la pileta, de donde yo volvía a llenar la pistola y a mojarle la cara.

Iraima llegó a la cuadra en Octubre dos años antes, su padre la trajo de Monteplata, junto a sus dos hermanas y su mamá. Las metió en un cuartito de cuatro metros por tres y dos camas matrimoniales que llegaron de noche en un camión de mudanza y acarreo desde Monteplata. Una vez me contó que no conocía el mar, que en Monteplata hay ríos en los que se bañaba desnuda con todos sus primitos y se lanzaba de un árbol desde el que se podía ver el país completo. Yo le robé dinero a mi mamá y nos fuimos a Boca Chica, pero regresó triste porque una mancha de aceite le cruzó la cara y todo mundo se reía de ella. Al llegar, nos dieron una pela a los dos y nos mandaron a cada uno a la habitación sin permiso de salida. Las habitaciones daban a un garaje de autobuses que daban servicios turísticos y por la noche siempre se escuchaba el beep beep de la reversa, las ventanas estaban una junto al lado de la otra y eso servía para pasar extensiones cuando cortaban la luz, para gritar llamadas telefónicas, para avisar emergencias y para hablar cuando estábamos de castigo. El aviso para iniciar la comunicación eran dos golpes con los talones en la pared, eso lo descubrimos el día del incendio.

El fuego ocurrió poco después de su llegada, esa noche jugábamos el pañuelito en la puerta de la fábrica de colchones que estaba al lado de la casa y de la que sólo nos separaba un angostísimo callejón que era un criadero de ratas y en el que aún sueño caer desde la azotea. Vimos al mismo hombre pasar tres veces y tirar colillas de cigarrillo por un hueco debajo de la puerta de hierro de tres pisos por el que solo cabía un brazo de niño, el brazo de uno de los niños que las sacaba “pa’ que no e’plote esa vaina”.  Cuando dieron las once y era hora de irse a acostar, Iraima me tomó del brazo y me contó al oído un sueño:

“Soñé que la ciudad hacía mucho ruido. Un ruido como del mismo infierno, que parecía gente corriendo, disparos, muertos, hojas de zinc que caían de los techos de las casas y mataban a los niños que también corrían en la acera sosteniendo velas y la cera le quemaba los bracitos. Yo sentía el dolor. Soñé que mientras dormía y soñaba eso mi padre soñaba lo mismo y daba brincos a cada disparo. Soñé que se levantaba y agarraba la pistola, subía a la azotea, saltaba a la fábrica y nunca lo volvía a ver. Que había un perro muerto en la calle y, junto al perro, mi abuela estaba rezando un rosario, igual que reza un rosario por cada muerto de la familia de los últimos treinta años. Que la gente tumbaba a mi abuela en el medio de la calle y la pisaba. Que era una revolución, una guerra, una tragedia, una guerra que no iba a terminar nunca y una turba que no iba a terminar nunca y seguían pisando a mi abuela que estaba tirada junto al perro aún rezando el último rosario y llamándome con una voz onda que me hizo despertar.”

Iraima siempre me contaba sus pesadillas, como aquella vez que soñó que alguien trataba de quitarle la batita de dormir y cuando despertó encontró a su papá roncando con el miembro saliéndosele del zipper abierto. Todas siempre las decía al oído y las lágrimas me caían en el hombro. Yo la empecé a consolar dándole besitos en la mejilla que luego se convirtieron en torpes besos en la boca con la lengua tiesa, la bocota lo más abierto posible y mucha saliva que tragábamos como muestra de un amor en el que yo te cuento mis sueños y tú me cuentas los tuyos.

Desde el mismo centro del ruido de una guagua salieron golpes que retumbaron la habitación, eran los puñitos de Chuchi, la hermanita de Iraima, que trataba de avisarnos que pasaba algo malo, casi podía sentir los deditos de ocho años de la niña romperse contra la pared y luego los gritos en el patio común, en la calle, las puertas que se abren y se cierran, una mujer que grita que esto es el fin, un coño que despertó a todos los perros del barrio, llaves para abrir el candado de la puerta del callejón y muchas chancletas yendo y viniendo como quien busca la salida y no la encuentra. Mi mamá abrió la puerta temblorosa. Antes de que la luz de la luna entrara clarísima hasta la habitación, ya sabíamos todo lo que ocurría. Yo agarré la muñeca de mi mamá y le dije que se calmara, le di un vaso con agua de azúcar y ella me acariciaba la cabeza como quien consuela esa terrible forma de morir. Me dijo que me fuera a casa de mi abuela a una cuadra y yo sin quererlo obedecí. Al cruzar la calle vi las llamaradas devorando las máquinas, la tela, la madera de las patas de las camas que siempre veía a un negro pintar de amarillo con esponjas y las esponjas también quemarse. Saltaban gruesas gotas de plástico derretido desde lo alto de la nave industrial. Todo era tan grande, había tanta luz. Las caras de la gente estaba iluminada por aquel fuego infernal que devoraba todo y salía por las ventanas altísimas y también iluminaba las azoteas de las casas, donde se quemaban las sabanas de uno de los vecinos. Vi ratas salir del callejón y junto a las ratas corría gente huyendo de los cables del tendido eléctrico que se habían quemado y saltaban como jugando y buscando a la gente como un látigo de punta de plata. Todo era bellísimo, un amarillo intenso como el mismo sol y mucho azul y rojo. Antes de seguir mi camino enceguecido por la luz del fuego, vi a un hombre vestido de bombero que sacaba el radio de mi casa rompiendo la antena antes de salir del callejón y Doña Nena, la vecina del otro lado, se lo arrebataba y lo metía en su casita azul de madera diciéndole un gracias, como se le dice a un ladrón en una emergencia. Los bomberos no llegaban. Yo volví a mi casa, mi mamá daba vueltas en el patio común, todas las madres de la vecindad lo hacían y una de ellas, una blanca con un trasero enorme que había venido de Curazao a poner una casa de citas repartía bofetadas a todas las que se alteraran demasiado mientras consolaba a su hijo que lloraba y pataleaba de miedo. Al amanecer, todo estaba callado, los bomberos y sus bellísimos camiones rojos llegaron, pero sin agua, así que cuando todo se consumió, el fuego, solito, terminó por apagarse. El dueño de la fábrica pasó rugiendo en un Mercedes negro nuevecito con dos cervezas y dos cueros en cada mano esperando que a primera hora llegara el abultado cheque del seguro. A Iraima la vi montada en un taxi llevando a Chuchi a enyesarle el bracito. Dos lágrimas iluminadas por el sol del amanecer brillaban en sus mejillas.

Y es que Iraima tiene ese color mulato que hace brillar el agua sobre su cara, de eso me di cuenta cuando le mojaba la cara con mi pistolita de agua, entretenido, distraído, sin darme cuenta de que su cara brillante se volvía oscurísima de rabia. Me saltó encima como una gata, me arañó la frente, las mejillas y el cuello. El niño que estaba montando la bicicleta me puso una lata de leche Kanny en la mano y yo intenté golpearla, pero solo atiné a tirarla al suelo y tratar de agarrarle las manos, pero eso solo la enojó más y me golpeaba salvajemente. Yo aún sin entender, no concebía pegarle a Iraima, es que su cara aún mojada seguía siendo tan bonita y aún brillaba bajo el sol del domingo día de reyes. Cuando por fin me la quitaron de encima, se fue diciéndome algo que no recuerdo. Yo me quedé en la acera llorando y todos los padres de la cuadra se burlaban de mí por haberme dejado pegar de una niña.

Desde entonces, no he hablado con ella.

La Vie Secret Des Anges “cuán tristes las metáforas”
Potato, tomato.
Cancionero Popular
Taquito “de los desórdenes”
Fashion Foam “el esquizoide desempleado”
Mighty Fantastic Invisible Mono-Chested Siamese Identical Twin Average Thundercats Brothers.
Some Like Parties
Electra “labor de los electrodomésticos”
Sapo
Episodio Rosado
Revolver
El Ángel Exterminador
13 “Formato Alquitrán”


©2003 Ediciones del Cielonaranja webmaster@cielonaranja.com
1