Elektra
“labor
de los electrodomésticos”
Me pareció llegar
a La Romana por un letrero enorme de Elektra metiéndose por el cristal
que apoyaba mi cabeza. Había estado llorando dormido por la bachata
con sentimiento de Yoskar Sarante y los párpados se me habían pegado
a las mejillas. No podía ver, a estas alturas, quién conducía o
qué un chamaco con cara de sanky panky me estaba tomando fotos con
una cámara digital y fue enseñándome, sin voltear a verme, cuántas
lágrimas llegaron a mi camisa negra que sentía ya pegada a mi asiento
por el calor de la superautopista del este a las tres de la tarde.
El sanky también tenía cara de pendejo, así que puse un dedo en
la cámara y ya no pude ver más. Desde el asiento trasero lo escuché
decirme la historia de las tres divas españolas que han de venir
a salvarlo de las matas de cocos. “Es que estoy harto de las palmeras”,
me dijo abriendo un ojito que se le puso verde y después azul y
más tarde de un miel que se volvió un amarillo intenso y se metió
en el mío con una estrella roja. Adentro del ojo, electrodomésticos
que Manuel señaló con el pulgar izquierdo y dijo: “Vamos a venir
aquí a comprar las cosas para tu apartamento, si hay que cojerlo
fiao no importa”. Yo me aterro, me revuelco tres veces y dibujo
en mi mascotica verde, la que me regaló un noruego al que tampoco
le gusta el este, otra mujer de una sola pierna, mientras la sostengo
como un escudo vikingo para que el pulgar de Manuel no me deje tuerto.
Es que me traen a vivir a la Romana, qué horror. Fueron a buscarme
con un vasito de café con leche y una galleta de soda para convencerme,
me llevaron a comer a Outback con un alemán vendedor de blancas
y morenas de Los Alcarrizos para impresionarme, me metieron en un
carro nuevecito que se calentó tanto por el sol que vi una mosca
freírse en la calva del alemán mientras me decía: “Este se eista
convirtiendon Maiami” y desaparecía con ese mismo rumbo en su jeepeta
verde.
Al cabo de una
hora de vueltas por la ciudad, descubrimos por qué todas las calles
están cerradas: el pueblo está de fiestas patronales y Tulile toca
hoy en el parque. Rodeamos el lugar casi pisando El Seibo y por
fin llegamos a nuestro destino. El sanky pasó en un carro con una
rubia escandalosa diciendo adiós con las dos manos, pero en inglés,
mientras la rubia sostenía el volante con la boca y se agarraba
las tetas para que no se le vieran los panties. Subimos a una segunda
que, más que segunda, parecía un sótano y me enteré de que este
es el negocio de Manuel, el que yo debo manejar, una compañía de
grabaciones turísticas a la que toda española que se precie debe
acudir a la hora de tener un moreno de siete pies grabándola y poder
mostrar a sus amigas de infancia cuantas horas duró topless y cuantas
horas grabó el moreno. También ofrece servicio de grabación nocturna,
pero los cassettes mini-dv parecen gastarse rápido y solo se graban
los primeros cinco minutos de la fabulosa velada en el restaurant
del hotel, el show, y el restaurant del hotel, de nuevo, muchas
horas más tarde.
En un cuartico
de tres metros por dos, doce personas peleaban por la mejor excursión.
Uno, sacándose la barba completa con una pinza, peleaba con la secretaria
por setecientos pesos, la insultaba, le rogaba, pedía perdón, pedía
setecientos pesos, salía y volvía a entrar y todo eso por setecientos
pesos, en señas y sin que Manuel se enterara. Manuel agarró un negro
enorme por la muñeca y resultó ser Ramón, el jefecito, la mano derecha
o la muñeca de Manuel, nadie sabe, pero Ramón le estaba contando
y Manuel también, así que nunca me enteré. A mi me sentaron en una
silla plástica frente a una computadora y una gorda como de tres
pies me señalaba un programa primitivísimo de contabilidad llamado
Mónica y me decía al oído: “Hay que meter esas facturas aquí, yo
no sé como, pero hay que meterlas” y me dio un fajo enorme de papelitos
donde lo único que podía leerse era Video y todo lo demás
eran garabatos escritos por un sanky con una cámara en la mano.
A mí hasta pena me dio todo el asunto, y luego hambre, y luego un
calor que se me notaba en la cara. Ramón me vio y me abrió dos ojotes
negros de campesino y sacó del bolsillo de su camisa una fundita
de maní. Yo aparé la fundita con los dos brazos, le metí la mano
y de a puñados me la comí. Debajo de todas las facturas y detrás
de la computadora, lo único que se me veía era la cabeza, así que
cuando Manuel, a quien descubrí que en ese lugar todos llaman Papi,
se dio cuenta de todas las muecas que hacía, se apiadó de mi y me
llevó a otro cuarto donde estaban todas las cámaras y tres monitores
con el mismo close-up a un par de tetas italianas que “deben ser
entregadas en el front-desk del hotel mañana a primera hora”, le
dijo a un sordo que tenía tres aparatos que hasta la fecha desconozco
en las manos. El sordo me miró de arriba abajo, agarró también una
escoba, me la tiró y me dijo casi hablándome: “¡Barre!” y sus labios
decían tres malaspalabras en griego. Yo, por supuesto, barrí, ya
lo había hecho antes en el Plan Piloto cuando caí preso por andar
con escandalosas figuras de la escena gay local y otras especies
interesantísimas, así que todo fue muy sencillo, del suelo pude
rescatar tres memos que nadie leyó jamás y un video de Whitney Houston
que llegó como regalo por la compra de 80 cámaras digitales 18x
High Definition. Cuando solté la escoba, ya era tarde, así que Manuel
me sacó de allí, le dio a Ramón doscientos pesos para mi manutención
y arrancó hacia la capital, se devolvió a dejarme mi mascotica verde,
a recoger su celular, y se fue otra vez. Cuando llegaba a San Pedro
todavía lo escuchaba decir: “Tienes que estar aquí temprano mañana,
quédate, búscate un hotel o algo” y fue justamente en ese momento
cuando Ramón me dijo: “¡Ahora vamos a beber! Te quedas en mi casa
y mañana duermes el día completo y en la tarde vamos a la represa
a bañarnos y después, tal vez, vamos a trabajar, mañana no hay nada
que hacer en esa oficina, jip”. Pánico, tristeza y angustia. Ramón
se fue con su hipo, su cerveza y tres traspiés en la puerta de un
bar de maricones undercover que hay al lado de la compañía que no
hizo más que recordarme cuantas veces pueden poner Hotel California
en la copia del Soho más deprimente del ala este del apartamentito
que llamamos país.
Yo estaba sentado
jugando Cuatro conmigo mismo y viendo un póster de la exposición
Jackson Pollock en el MOMA del 93 junto a las fotos de los Beatles
de Richard Avedon y, en la pared del lado, donde un gordo hace de
dj frente a una pc viejísima y de vez en cuando saca el micrófono
y dice: “On a dark desert highway…”, hay, por supuesto, una tabla
de surf con un reloj con una cosa que gira que no es una aguja y
me está volviendo loco. El gordo suelta el micrófono y se para a
bailar con una mujer coja a quien le pregunté tímidamente: “¿Yo
te conozco?” y me contó que fue mi vecina, antes de que Rafaelina
se mudara allí y se autosecuestrara. Despues de ocho cervezas, Ramón
lloraba su pobreza. Su mujer y su cuñado, un bizco enanísimo que
me agarraba las nalgas, estaban dando brincos porque, a petición
popular, se repite esa canción de Lionel Ritchie que no soporto.
Alrededor de cinco horas más tarde en el reloj de la tabla de surf,
la mujer de Ramón soltó la cerveza, dio tres brincos y dijo que
a “mi hay que llevarme a Studio 2000”, y Studio 2000 resultó ser
un antro con lo que una vez fue una alfombra roja y un travesti
y ocho mujeres bailaban en el medio de la pista los mismos cinco
pasos, los mismos cinco pasos, los mismos cinco pasos. Cuando la
canción de Thalía se acabó, el travesti se me acercó y me dijo:
“¿Yo te conozco?” y yo resulté ser uno de sus primeros amores cuando
todavía era un hombre y yo no me veía tan mal con la décima cerveza
en la mano. Me dijo: “Me llamo Mónica, antes Raúl, pero aquí trabajo
solo unos meses para ahorrar el dinero de mi operación”. Yo le dije
lo mismo y nos despedimos con un besito. Ramón me pregunta que quién
es esa muñecasa y después de la palabra muñecasa lo único que escuché
fue un merengue de los Reyes del Carnaval y entraron el sanky y
la rubia escandalosa que fue anunciada por otro dj gordo como “La
Mortificadora” y la vi romper, tal y como en la lucha libre gringa,
una franela con los dientes, pegarse una paleta en el toto y luego
pegar la paleta en su lengua y su lengua en la de un tipo que le
ponía un pedazo de hielo y/o una paleta en el mismo toto que estaba
cubierto únicamente por el restante de un cinturón que empezó como
cinturón y ahora es sólo eso. Yo ya quería vomitar y, como no tengo
una cámara, le dije a Ramón casi llorando que me llevara a acostar,
a un hotel, al parque, adonde sea, pero que me sacara de ahí que
me estaba cayendo de la borrachera. La mujer de Ramón hizo un par
de pucheros y luego se me pegó de un brazo y me dijo, levantando
la mano e imitando a Shakira: “Tú me tienes que enseñar a bailar
suerte, yo sé que tu sabes”. Yo no dije nada.
A estas horas
las calles de La Romana ya ni se parecen a las de la capital, antes
de entrar a la discoteca juro que vi la bomba de la esquina de mi
casa y desapareció al salir. Ramón dio tres vueltas al parque dizque
buscando al cuñado que se había ido a acostar hacía rato y luego
de ocho vueltas más, llegamos a la casa. Me dieron una habitación
con un cubrecama enorme color vino sobre la cama y el aire más ruidoso
de la Bio de Samsung y una sabanita rosada de un material parecido
a la seda. Un exceso de Lacroix nunca podría igualar tal visión.
En un extremo de la lúgubre habitación, un gavetero con espejo se
veía arropado por ochenta peluches de colores que, un rato después,
empezarían a hablarme si Ramón no entra a hacerme firmar con esmalte
de uñas mi contrato de trabajo.