Cancionero Popular
Iba por la Ramón Ramírez, tejiendo
chismes con el culo, levantando con las nalgas un reguero de insultos.
Decían “cuero-quita-macho-peladora” y la verdad es que
Blanquita no era paja de coco. La primera vez que la vi fue en boca
de Chanchi. Estábamos él, Espía, Moreta, Karla y yo pujando el demo
de nuestro grupito punk-conceptual, el demo que esperaban con ansias
en la oficina de Wilfrido Vargas, de donde llegaría el patrocinio
que nos arrebataría para siempre del cuarto de servicio de Chanchi
y del bajo a pantymedia y desodorante Deporte. Nosotros, que tocábamos
por tripeo o misión con la humanidad y teníamos una lírica tan profunda
que ni los metaliquitos (esos metálicos de mierda) ni los jevitos
de la Lincoln iban a entender nunca.
Todos juraban habérsela cogido alguna
vez, que la hembra sabía de eso, que tenía el bollo más grande del
mundo, que había vivido en La Fe y allí le decían bocachula, que
se había mudado porque una vieja amenazaba con hacerle un siete
en la cara porque le había vuelto maricón a un nieto, que los niños
de la cuadra le chupaban las tetas gratis, que con ella se estrenaron
todos los varones de la familia Bermúdez, los Hernández, los Cabral,
los Báez y los Fiallo, “porque la jeva sabe”, repetía
Chanchi, “porque tiene el bollo más grande del mundo”.
Karla, la mariconcita más bucha que ha tocado el bajo jamás, se
fue a la cocina metiéndose un dedo.
Blanquita doblando la María Montez
con unas licras rojas y una blusita blanca. Un moreno policía le
gritaba: “¡Ven a decirte una cosa y a meterte otra!”.
La miré tres segundos y volteé para tener casi en la boca la erección
de Espía, una monumental erección escondida detrás de una batería,
un bulto musical. Chanchi se agarraba el suyo y daba brincos como
una arañita de las que tienen una bombita de aire. Chanchi era un
animal, sus expresiones grotescas a nosotros nos parecían un retro-anarquismo
exquisito. La banda había empezado a tocar algo de los New York
Dolls para callarlo. Luego cambiaron el ritmo y resultó una melodía
juguetona. Karla salió del baño y recogiéndose el pelo en una cola
de caballo suspiró: “Blanquita, Blanquita” y yo improvisé
un par de líneas obscenas. Mantuvimos el ritmo y armamos una canción
nueva. La tocamos una o dos veces. La mostramos a los amigos y conocidos.
Había nacido “La Rubia del Bollo”, la mejor pieza jamás
compuesta por un grupito punk-conceptual en la genuflexa historia
de la república. De hecho, era el mejor merengue de doble sentido
desde que Blas Durán y los Peluches lanzaran su magistral “Pelando
pa’ que otro chupe”. La grabamos y la llevamos a las
oficinas de Wilfrido. “Nuestro primogénito, un parto difícil”,
dijo Espía al entregar el minidisc a la secretaria, una mamita de
17 que ya tendría cinco tragando leche de merengueros. Eran las
3:30 p.m. cuando sonó el teléfono y el propio Wilfrido, padre del
patrocinio y las oportunidades, el grande, el soberano fusionador
de electro-boogie y jardineros de la Vega Real, dijo que quería
vernos para hablar de contrato. Fue así como nuestro grupito punk-conceptual
salió de la inedición y Chanchi, Espía, Moreta, Karla y yo logramos
éxito a nivel nacional. La magia duró poco. Poco antes de que comenzara
nuestro tour “ Me pica la cebolla y no me la puedo rascar”,
que incluiría presentaciones en todos los destacamentos de la frontera
and beyond, “La Rubia del Bollo” fue fusilada en una
versión más “tropical” por el combo de meren-house “MariMambo”,
con todo el apoyo de su excelencia, Wilfrido Vargas, versión que
ganó estima y popularidad inmediata en oídos de un público poco
apto para nuestra propuesta.
Yo aproveché el escaso dinero que
Wilfrido nos soltó por los derechos para venir a España a reclutar
aliados para formar un grupito de funk-indie-folkie-salsa que revolucionará
la escena étnico-vanguardista gay de Castilla. Chanchi aún vive
en Villas Agrícolas, en su último e-mail me cuenta que Blanquita
se puso gordísima, y así gordísima se la llevó de encuentro un camión
con una propaganda de Seguros Pepín de un lado y Leche Rica del
otro, la rubia del bollo no sobrevivió el impacto, por supuesto.
Todos se alegraron que no se muriera de SIDA, porque, según ellos,
en la capital no había varón que no hubiera metido el zapato en
ese lodo, por lo menos una vez.