El Ángel Exterminador
Historias de brujos y santos, de luaces, en la pared del fondo,
una imagen del Gran Poder de Dios, de gente que, con interés
en protegerse de todo el mal que hay en el mundo, se trasladan a
Haití y compran allí un hombre que, con un cachimbo
en la boca, pañuelo en la cabeza y todo, te da un vasito
de agua con sabor a goma quemada o helado rancio que en tu estómago
se convierte en un animal horrendo como un ciempiés gigante
o una tarántula roja. Al momento de tu muerte, para poder
fallecer en paz, agonizante en la cama debes esperar al brujo haitiano
para que, diciéndote cosas al oído te haga vomitar
al pequeño monstruo y facilitarte la muerte. A veces sucede
–puede suceder– que tienes tiempo de buscar una buena
mujer que te haga una cruz en el pecho con trementina o amoníaco
para que una baba dulce te salga de la boca, llores mucho, hables
en lenguas y duermas por tres días soñando con vírgenes
y ángeles, ríos, cascadas y hermanos gemelos que no
conoces. Cuando despiertas, ya no estás protegido contra
el mal de ojo ni los hechizos. Sosteniendo un azabache, le cuentas
historias de brujas al oído más cercano, bajito porque
no se debe interrumpir si estamos haciendo lo que siempre hacemos,
ver películas de Buñuel. Alguien levanta un brazo,
es Tony que exhibe una mordedura extraña, un hueco pequeño
y “esto algo tiene que ver con las brujas”, le digo
al oído que tengo pegado a la boca. Y la boca me cree, abierta
diciendo: “Wow”. Y sé que es mentira lo maravillada
que está la boca (o la oreja), igual de mentira que hay brujas
en todas partes esperando la oportunidad de chuparse a tus hijos
y comerse tus intestinos con la única finalidad de ser brujas
que chupan niños y comen intestinos, igual de mentira que
todas las historias, lo que acabo de decir, tan mentira como la
misma oreja, el antebrazo de Tony, la película de Buñuel,
etcétera, etcétera, etcétera.
Resulta que tenemos la capacidad de mentir, todos los que estamos
aquí, en el piso de la estancia de Tony. No somos los únicos,
podemos inventarlo todo y modificarlo a conveniencia, inventar aforismos
donde se descubre la verdadera identidad del Papa, el origen de
las chancletas de goma, el uso desconocido de la luz de la televisión,
la nueva función del hígado, la procedencia del dentrífico,
la palabra noruega para: “el lavamanos roto me ha caído
en el pie”, el proceso para declarar un perro, específicamente
un German Pointer o un Gran Pirineo Masónico, en la tercera
circunscripción del distrito, la fauna de Rumanía,
a causa de lo extremado del clima… y empieza una ponencia
sobre el fuego, a cargo del maestro Tony (ha perdido las llaves
y necesita hablar para buscarlas), a quien le aparecen en las manos,
sin la intervención de efectos especiales, aparatos de telecomunicación
con los que, con la misma facilidad, se establecen conversaciones
con poetas petromacorisanos fallecidos. Cuestión de brujería,
o sea, la cosa más cotidiana del mundo, dice la voz en el
celular, mientras yo pregunto la procedencia real de la pasta dental,
curiosidad costosa si no se dispone de los compendios enciclopédicos
adecuados.
Esa estúpida manía de llevar los zapatos puestos,
dice la voz en la pantalla. Traducido al pie, en ese blanco y negro
que es el mismo que tengo en mis pesadillas, donde va el subtítulo
en inglés no dice nada. Al mismo tiempo alguien se quita
el zapato izquierdo y dice con acento inglés, como se supone
que se burle uno de la insuperablemente cómica podredumbre
lingüística de un gringo hablando esingpañoles
con acento: “esa estúpida manía de llevar los
zapatos puestos”. En medio de la octava repetición
de El Ángel Exterminador, frente a la pantalla del televisor,
que más que televisor oráculo, o en este cajón
cerrado que es la sala de Tony, nos da con movernos mucho, cambiar
ochenta veces de posición, siempre repitiendo el diálogo
sin emitir sonido, haciendo la voz de Silvia Pinal o de ese actor
que es el mismo del telenovelón que veían en el canal
seis cuando éramos pequeños. Todo esto porque Tony
quiere mantenernos encerrados, metidos en su sala repitiendo chistes
malos y mostrando de vez en cuando su mordedura de bruja. Yo me
deslizo hasta el baño y desde allí grito mi último
descubrimiento: “La vejiga deja de contraerse luego de media
hora de aguantar las ganas de mear, por eso la orina desciende tan
despacio y se dura más tiempo de pie, describiendo círculos
en el inodoro tratando de que no se escuche afuera”. Cinco
cojines se acomodan por decimoquinta vez y hasta hay una voz que,
como presionando un botón automatizado, dice: “Wow”.
Al terminar la película, alguien con lágrimas en los
ojos me tira un brazo por el pecho y recuesta la cabeza en mi hombro,
lágrimas viscosas mojándome una tetilla y eso es sal,
tanta que, si estuviera desnudo, formaría una costra blancuzca
delicadísima en alguna de las cavidades que forma mi pecho
a falta de grasa y músculos. La cabeza se mueve, formando
un caminito de manchones húmedos que da a parar a mi barriga,
la boca de la cabeza abriéndose y sale una voz alta, más
alta que la de Tony, dice:
La verdad, señores – la cabeza pone cara de profeta,
de mesías, de poeta muerto– la verdad que todo funciona
con calor y sal, sin pecar de romántica, mira las lágrimas,
tan calientes y saladas, sin necesidad.
A la cabeza le crece una mano grandísima
que le frota los ojos y se eleva mojada hasta mis ojos y los de
Tony (sonriente y lagrimal Tony) y los demás ojos, que siguen
pegados a la pantalla azul del televisor con lágrimas y hasta
hay alguno que repite la operación sin voltear la cara a
ver la mía o la de la cabeza de mi barriga que, lo he descubierto,
pertenece a una preciosa quinceañera que Tony ha traido a
la casa, que ha encerrado con nosotros para verla, bellísima,
derramar, dramatiquísima, lágrimas. Yo, es decir,
mi cabeza, pongo cara de doctor del Discovery cuando le digo a la
quinceañera, me lo ha dicho dejándome una lágrima
en la oreja, Miryam que “las lagrimas son saladas porque si
te las tragas, son capaces de tranquilizarte, el llanto termina
felizmente y te quedas en una paz de suicida o de servicio al cliente
debido a la alta salinidad de las lágrimas. El relajante
natural, con la cantidad de sal justa que requiere tu cuerpo, otro
truquito de la anatomía humana, tan perfecta”. Entonces
Miryam pone cara de bebé de probeta, que solo es de probeta
mientras está metido en ese tubito de cristal, abre la boca
y los ojos enrojecidos de tanto llorar y se desprende de su garganta,
para acompañar a los botones automatizados, un terriblemente
inocente: “¡Wow!” y es la delicia de todas las
cabezas presentes, que están rodeándonos con las bocas
abiertas, en espera de más.
“Para liberarse de la presión que puede ejercer una
película en tu mente”, dice Anna con un antifaz de
relajación en la cara, uno de esos aparatos llenos de líquido
verde de primera clase de Iberia que hay que poner a enfriar y promete
eliminar la tensión y el stress, dice que “para sacudirse
el blanco y negro y a Buñuel y las pesadillas y el oso que
cuelga de las cortinas y las tuberías y repite su caída
en nuestras mentes, lo mejor es comer palomitas de maíz.
Un bol lleno de palomitas, lo mismo que se usa en los cines para
quedar exento del drama, de la tristeza, de las naves espaciales,
de los based-on-a-true-story y de los disparos de Arnold Schwarzenneger
que sigue ejecutando con maestría y cara de que en cualquier
momento va a decir, acompañado por todos los espectadores
con bolsas de palomitas vacías: “Hasta la vista, baby”.
Tony levanta un brazo cuando decido dar de comer a los niños,
hace una terrible historia de palomas asesinadas en el parque por
un par de psicópatas y me entrega un encendedor gastado para
encender la estufa. Huele a gas. Digo. Nadie escucha porque un Toyota
del 98 pasa con ocho o más latas de aceite Crisol y dos hojas
de zinc amarradas a la parte trasera. Una manifestación popular,
algo de veinte mil almas derramándose en un estadio, con
uniformes amarillos y bates y batazos para los invitados. Mucho
ruido y no se escucha la escena final de la película que
tres cabezas observan con atención. Y no huele a otra cosa
que a gas, como que Freddy Kruger me espera con un delantal Maggi
o Carnation y el guante con cuchillas haciendo el mismo ruido del
Toyota en la hornilla. Al final del pasillo, Miryam y Anna sonríen
como si repartieran volantes para un bonche, un concierto de Luis
Miguel o un incendio. Es decir, bromas pesadas, chistes malos como
los que hacen las brujas a sus víctimas, que pueden ser,
entre otros, un gato angora, un diseñador gráfico,
una lesbiana comunista joven, una prostituta bonita, un pintor,
un miembro de los cuerpos de paz, un extranjero o un mentiroso compulsivo.
Me entregan una bolsa llena de maíz mostrándome los
senos y poniéndose fijador. Entonces un olor a pelo chamuscado
y el sonido que producen los granos al caer desparramados, extrañamente
parecido al del gas al consumirse. Todos corren como si anotaran
la carrera decisiva del juego y el pitcher Buñuel gritando
con voz de mujer: “¡Salgamos, vamos, vamos!”.
Un despliegue de piernas y brazos entrando a la cocina y yo sentía
las carcajadas de las brujas entrando con ellas. Ocho manos revisándome
la cara y las axilas buscando quemaduras o un cabello a salvo. En
la sala, cuando llegaba cargado por ocho brazos, un ejercito de
ovejas salía de una iglesia en el Zócalo, México,
D.F., con imágenes “reales de la revolución”,
le digo, le alcanzo a decir a Miryam que, con una cara extrañísima
de condescendencia me mira y repite, como apretando un botón:
“FIN”. Y todas las caras mirando a otra parte, cabezas
y brazos acomodándose, dedos oprimiendo rewind.