Primero de abril,
tarde. Cinco calles más abajo Rafael y Marquitos se desnudaban y
mordían las manos, tragaban bolitas de queso que alguien había frito
en aceite de tres días, el verdadero sabor a grasa y óxido. Yo en
la calle cinco calles más arriba, la garganta seca y un encendedor
en el bolsillo. Sólo un encendedor, una muñequera roja y mis pantalones
de todos los viernes. Dentro de un automóvil que casi me pisa las
Doctor Martin, una china gritaba direcciones al copiloto, se detiene
y el copiloto es otra china con la cabeza rapada o un chino con
una camisa negra que brillaba bajo la luz de las lámparas coloniales
con sistemas digitales que se encienden al menor movimiento de cuerpos
diferentes o el viento, o los gritos de la china que me menea una
cola de caballo y un flequillo horrible cuando me pregunta:
¿Dónde queda
Aire?
Siempre tengo
que mirar a todos lados para dar direcciones, para llegar a la acera
sin que un perro casi muerto me atropelle ni ensuciarme los pies
con la sangre de una rata que otro perro u otro automóvil ya ha
arrollado. Le digo con calma, explicando en un español que parece
chino dónde está Aire o dónde ir si no encuentran diversión.
Rafael y Marquitos
se manoseaban bajo un almendro en un parque, cinco calles más abajo.
Yo tenía solamente un encendedor que manoseaba y encendía en el
bolsillo para ver el fuego apagarse inmediatamente al contacto con
la tela de mi pantalón de todos los viernes. La calle y la gente
que pregunta por lugares de los que acaba de salir, por calles del
otro lado del puente y por compañía pagada por unas horas. Viejos
en jeepetas que me invitan a sus apartamentos o se invitan al mío.
Quince lesbianas que quieren golpearte por estar cruzando la calle
y rompiendo la fila india de quince lesbianas que cruza la calle
perpendicularmente. Yo recordaba que Marquitos y Rafael se quitaban
la ropa bajo un almendro cinco o quince cuadras más abajo. Yo recordaba
que sólo tenía un encendedor en el bolsillo, el bolsillo vacío y
el encendedor tomando la dirección de las quince lesbianas o de
la calle que yo seguía, esperando a encontrar a Marquitos y a Rafael
manoseándose cinco calles más abajo.
Empecé a llorar,
con la brújula encerrada en el puño más apretado de mi mano y la
otra mano perdida o enredada en la cinta verde que sostiene la llave
del apartamento vacío. El apartamento vacío con todos los ceniceros
volteados y sin una colilla fumable para que yo no tenga que bajar
los cinco pisos del edificio y caminar todas las calles para encontrar
a Marquitos y a Rafael bajo un almendro y pedirles uno o tres cigarrillos
y volver a la casa a dormirme con ellos en las manos sudadas.
Y luego llovía,
y luego caía tanta agua del cielo que empecé a encender el encendedor
de nuevo para sentir calor y luego sólo para escuchar el sonido
del aparato inservible en mi bolsillo. Lo tiré en un charco enorme
en el que otro automóvil se refleja cuando baja la ventanilla y
pregunta:
¿Tú tienes cigarrillos?
¿Tú sabes dónde hay algo hoy?
Y yo suspiro
con las manos en el trasero y sigo caminando.
Bajo un almendro,
Rafael y Marquitos escuchaban el mismo cd de Elastica en sus discmans,
sincronizados, mirándose con cara de orgullo y dándose besitos de
vez en cuando, mirando a todos lados, mirando a todas partes para
verme llegar con los ojos enrojecidos y una cara de que pido auxilio
o albergue en su almendro de esta lluvia infernal que nunca se vio
venir.
Marquitos me
dice que no tiene cigarrillos, pero que Rafael irá con mucho gusto
a comprarlos en el colmado de enfrente. Vamos. Rafael y yo, y entrando
al colmado tengo toda la ropa seca y un Bic azul casi transparente
en las manos, lo sostengo firme y con mucha fuerza logro encenderlo
para que Rafael diga, mirando en la pantalla del televisor una película
porno en la que tres mujeres besan la misma parte de sus cuerpos:
Mira, por favor,
dame una media Marlboro Nacional Light Menthol grande, por favor.
Y enciendo el
cigarro y camino a la casa a terminar con las historias de cigarrillos
y alquitrán en formato digital que nunca terminan en un número par.
De vuelta a la
casa, una brisa de cuaresma macho me empuja hacia atrás, el par
de cigarrillos más apretado que yo mismo, aferrados al suelo y mis
Doctor Martin tratando de salvar la distancia de las cinco calles.
A esta hora, todas las calles parecen iguales, una lámpara colonial
que se apaga, otra se enciende a veinte metros, otro automóvil baja
las ventanillas y las dos chinas gritan las direcciones para llegar
a su hogar, al colmado abierto en Arroyo Hondo, una vía, mientras
se desprende Quasimoto y un olor a yerba punto rojo y yo cruzo por
una puerta con un gato y una grabación de un discurso del presidente.
Nadie habla.
El viento y su interpretación de Carmina Burana en los oídos, un
gato que me ha perseguido o ha seguido en mi misma dirección.
Dos cuadras más
adelante, algo se tambalea y cae aparatosamente sobre la calle El
Conde. Yo aprieto los cigarrillos, sólo son dos y no puedo regalar
ninguno. Lo que se tambalea es un anciano que viene hacia mí con
dos maletas de piel enormes, como si acabara de llegar del campo
o del cielo o del mismo infierno a pedirme mis cigarrillos, a invitarse
a mi casa, a invitarme a la de él, los ojos verdes grandotes sobre
mis manos, que están metidas en mis bolsillos. Y tiemblo y me tambaleo
un poco yo también. Y el viejo chapoteando el agua de El Conde con
unas botas de goma enormes y las manos negras como si también fueran
de goma arrastrando las maletas de piel negras. Me mira mientras
pasa, con la boca haciendo ese movimiento como que va a decir algo
que nunca ha dicho y la camisa sucia y los pantalones negros finos
tan sucios y el jacket negro también con tanto lodo y polvo, como
si hubiera estado siempre limpio. Aprieto los dos cigarrillos, una
cosa me agarra la cabeza, el viejo también volteando como si otra
cosa lo hubiera hecho detenerse y su boca se libera cuando lo oigo
decir:
¿Tú leíste el
último boletín?
Y yo escupo un
no pequeñito, que no es capaz de taparle ni un ojo y sonrío.
El mundo entero
se va a volver hielo en treinta días, esa es la última. Por eso
es que todos los presidentes se están robando todo los cuartos,
para construir un cuarto con calefacción. Inglaterra está en hielo,
Francia en hielo. Yo voy a conseguir un dinerito, ¿tú ves?, y voy
a construir un cuarto con calefacción para todos nosotros, los de
aquí, ¿entiendes? Invita a los otros.