Juan Bosch: De Cristóbal Colón a
Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial.
Ediciones Alfaguara, S.a., Barcelona, 1970.
Capítulo I
UNA FRONTERA DE CINCO SIGLOS
El Caribe está entre los lugares de la tierra que han sido
destinados por su posición geográfica y su naturaleza privilegiada para
ser fronteras de dos o más imperios. Ese destino lo ha hecho objeto
de la codicia de los poderes más grandes de Occidente y teatro de la
violencia desatada entre ellos.
Hasta
el momento está por hacer un estudio de geografía económica que abarque
el conjunto de los países del Caribe. Sin embargo muchas gentes tienen
una idea más o menos acertada sobre la región; conocen por sí mismas,
de oídas o a través de lecturas, la variedad de sus climas, la abundancia
y la bondad de sus puertos y sus aguas y la hermosura de sus tierras.
Se sabe que, además de hermosas, esas tierras son de excelente calidad
para la producción de la caña de azúcar, de maderas, tabaco, cacao,
café, ganados. En los últimos cincuenta años la imagen de la riqueza
del Caribe se multiplicó, pues se vio que además de cacao, café, tabaco
y caña de azúcar, allí había criaderos casi inagotables de petróleo,
de bauxita, de hierro, de níquel, de manganeso y de otros metales valiosos.
Tan pronto se conoció la calidad y la riqueza de esas tierras
se despertó el interés de los imperios occidentales por establecerse
en ellas. Cada imperio quiso adueñarse de una o más islas, de alguno
o de varios de sus territorios, a fin de producir allí los artículos
de la zona tropical que no podían producir en sus metrópolis o a fin
de tener el dominio de sus depósitos de minerales y de las comunicaciones marítimas
entre América y Europa.
La historia del Caribe es la historia de las luchas de los
imperios contra los pueblos de la región para arrebatarles sus ricas
tierras; es también la historia de las luchas de los imperios, unos
contra otros, para arrebatarse porciones de lo que cada uno de ellos
había conquistado; y es por último la historia de los pueblos del Caribe
para libertarse de sus amos imperiales.
Si no se estudia la historia del Caribe a partir de este
criterio no será fácil comprender por qué ese mar americano ha tenido
y tiene tanta importancia en el juego de la política mundial; por qué
en esa región no ha habido paz durante siglos y por qué no va a haberla
mientras no desaparezcan las condiciones que han provocado el desasosiego.
En suma, si no vemos su historia como resultado de esas luchas no será
posible comprender cuáles son las razones de lo que ha sucedido en el
Caribe desde los días de Colón hasta los de Fidel Castro, ni será posible
prever lo que va a suceder allí en los años por venir.
La conquista del Caribe por parte de los muchos imperios
que han caído sobre él causó la casi total desaparición de los indígenas
en la región y la desaparición total de ellos en las islas, y causó,
desde luego, las naturales sublevaciones de unos pueblos que se negaban
a ser esclavizados y exterminados en sus propias tierras por extraños
que habían llegado de países lejanos y desconocidos. Esa conquista causó
la llegada a la fuerza y la subsiguiente expansión demográfica de los
negros africanos, conducidos al Caribe en condición de esclavos, y causó
sus terribles y justas rebeliones, que produjeron inmensas pérdidas
de vidas y bienes. Las actividades de los imperios han provocado guerras
civiles y revoluciones que han trastornado el desenvolvimiento, natural
de los países del Caribe, y ese trastorno ha impedido su desarrollo
económico, social y político.
Algunas de las revoluciones del Caribe, como la de Haití
y la de Venezuela, dieron lugar a matanzas que asombran a los estudiosos
de tales acontecimientos, y desataron fuerzas que operaron o se reflejaron
en países lejanos. La violencia con que han luchado los pueblos del
Caribe contra los imperios que los han gobernado da la medida de la
fiereza de su odio a los opresores. Los pueblos del Caribe han llegado
en el pasado, y sin duda están dispuestos a llegar en el porvenir, a
todos los límites con tal de verse libres del sometimiento a que los
han sujetado y los sujetan los imperios. Sólo si se comprende esto puede
uno explicarse que Cuba haya venido a ser un país comunista.
Lo que cada pueblo puede dar de sí, económica, política,
culturalmente, viene determinado por lo que ha recibido en el pasado,
por la calidad de las fuerzas que lo han conformado e integrado. Las
fuerzas que han actuado y están actuando en el Caribe han sido demasiado
a menudo ciegas, crueles y explotadoras. Nadie puede esperar que los
pueblos formados e integrados por ellas sean modelos de buenas cualidades.
Los Estados Unidos fueron el último de los imperios que
se lanzó a la conquista del Caribe, y a pesar de que sus antecesores
les llevaban varios siglos de ventaja en esa tarea, han actuado con
tanta frecuencia y con tanto poderío, que poseen total o parcialmente
islas y territorios que fueron españoles, daneses o colombianos. Hasta
en la Cuba comunista mantienen la base naval y militar de Guantánamo.
Además de usar todos los métodos de penetración y conquista
que usaron sus antecesores en la región, los Estados Unidos pusieron
en práctica algunos que no se conocían en el Caribe, aunque ya los habían
padecido, en el continente del norte, España en el caso de las Floridas
y México en el caso de Texas. En el Caribe nadie había aplicado el método
de la subversión para desmembrar un país y establecer una república
títere en lo que había sido una provincia del país desmembrado. Eso
hicieron los Estados Unidos con Colombia en el caso de su provincia
de Panamá.
Lo que da al episodio panameño de la política imperial norteamericana
en el Caribe un tono de escándalo sin paralelo en la historia de las
relaciones internacionales, es que Panamá fue creada república mediante
una subversión organizada y dirigida por el Presidente de los Estados
Unidos en persona, y lo hizo no ya sólo para tener en sus manos una
república dócil, por débil, sino para disponer en provecho de su país
de una parte de esa pequeña república. Esa parte —la llamada zona del
canal— fue dada a los Estados Unidos por los panameños en pago de los
servicios prestados por el gobierno de Theodore Roosevelt en la tarea
de desmembrar a Colombia y de impedirle defenderse. En la porción de
territorio obtenido en forma tan tortuosa construyeron los norteamericanos
el canal de Panamá y establecieron la llamada Zona del Canal. Esa zona
es, a ambos
lados y a todo lo largo del canal, una base militar. Además,
el canal es propiedad de una compañía comercial, la cual, a su vez,
es propiedad del gobierno de los Estados Unidos. Es difícil concebir
un procedimiento más audaz para violar las normas de las relaciones
internacionales. Arrebatar a un país una provincia y crear en esa provincia
una república para obtener de ésta una porción, que además la corta
por la mitad, era algo que el mundo no había visto antes. Su antecedente
—el caso de Tejas— no llegó a tanto.
Los Estados Unidos iniciaron en el Caribe la política de
la subversión organizada y dirigida por sus más altos funcionarios,
por sus representantes diplomáticos o sus agentes secretos; y ensayaron
también la división de países que se habían integrado en largo tiempo
y a costa de muchas penalidades. El mundo no acertó a darse cuenta a
tiempo de los peligros que había para cualquier país de la tierra en
la práctica de esos nuevos métodos imperiales, y sucedió que años más
tarde la práctica de la subversión se había extendido a varios continentes
y el procedimiento de dividir naciones se aplicaba en Asia. Donde durante
largos siglos había habido una China, donde había habido una Corea y
una Indochina, acabó habiendo dos Chinas, dos Coreas, dos Vietnam, cada
una en guerra contra su homónima.
Después de la guerra mundial de 1914-1918, los líderes más
sensibles a la opinión pública —lo mismo en Europa que en los Estados
Unidos— comenzaron a aceptar la idea de que había llegado la hora de
poner fin al sistema colonial, tan en auge en el siglo xix. Se pensaba,
con cierta dosis de razón, que la enorme matanza de la guerra se había
desatado debido principalmente a la competencia entre los imperios por
los territorios coloniales. Al terminar la segunda guerra —la de 1939-1945—
comenzaron las de Indochina y Argelia, lo cual reforzó la posición anticolonialista
de pueblos y gobiernos en todo el mundo. En consecuencia, Francia e
Inglaterra, grandes imperios tradicionales, iniciaron la política de
la descolonización, que alcanzó al Caribe algunos años después.
La descolonización comenzó a ser aplicada en territorios
ingleses del Caribe, y en cierta medida también en las islas holandesas
y francesas; y lógicamente nadie podía esperar que después de iniciada
esa etapa, nueva en la historia, volverían a usarse los ejércitos para
imponer la voluntad imperial en el Caribe.
Pero volvieron a usarse.
Cuando se produjo la revolución dominicana de 1965, y con
ella el desplome del ejército de Trujillo —que era una dependencia virtual
de las fuerzas armadas norteamericanas— los Estados Unidos desafiaron
la opinión pública mundial, olvidaron más de treinta años de lo que
ellos mismos habían llamado política del Buen Vecino y Alianza para
el Progreso, resolvieron violar el pacto múltiple de no intervención
que habían firmado libremente con todos los países de América, y desembarcaron
en Santo Domingo su infantería de Marina.
Santo Domingo es un país del Caribe y el Caribe seguía siendo
en el año 1965 una frontera imperial, la frontera del imperio americano.
Esa circunstancia justificaba a los ojos del poder interventor —y de
muchos otros poderes— la intervención norteamericana en Santo Domingo.
Pues una frontera —como se sabe— es una línea que demarca el límite
exterior de un país, y todo país tiene derecho a defenderse si es atacado.
Y pues Santo Domingo es parte de la frontera imperial, a los ojos del
imperio y de sus partidarios era lógico y justo que ese pequeño país
padeciera su sino de tierra fronteriza.
Claro que sería ridículo ponerse a pensar, siquiera, cómo
se hubieran desarrollado los pueblos del Caribe de no haber sido las
víctimas de los imperios que han operado en ese mar de América. Si España
no hubiera descubierto y conquistado el Caribe, y si no hubiesen intervenido
allí los ingleses o los franceses o los portugueses, ¿qué rumbo habrían
tomado esos pueblos?
Pero es el caso que la historia se hace, no se imagina,
y España llegó al Caribe, y con ella los hombres, la organización social,
las ideas, los hábitos y los problemas de Occidente. Uno de esos problemas,
el que más ha afectado la vida del Caribe, fue la lucha entre los imperios,
su debate armado dirigido a la conquista de tierras nuevas y a su explotación
mediante el uso de esclavos y a través del mando rígido, en lo político
y en lo militar, de los territorios conquistados. Los esclavos podían
ser indios, blancos o negros. Inglaterra usó en las islas de Barlovento
esclavos blancos, irlandeses e ingleses, mantenidos en esclavitud bajo
la apariencia de "sirvientes" (white servants). Estos esclavos
blancos se comportaban en horas de crisis igual que los indios y los
negros; se ponían de parte de los que atacaban las islas inglesas o
simplemente peleaban por conquistar su libertad. Por ejemplo, cuando
la isla de Nevis fue atacada por una flota española en septiembre de
1629, los llamados "sirvientes" que formaban parte de la milicia colonial inglesa desertaron
y se pasaron a los españoles a los gritos de "¡Libertad, dichosa
libertad!"; y en otros casos se comportaron en igual forma o en
franca rebeldía.
Decíamos que España llegó al Caribe; tras España llegaron
Francia, Inglaterra, Holanda, Dinamarca, Escocia, Suecia, Estados Unidos,
y trataron de llegar los latvios; y fueron llevados negros africanos;
y los indios arauacos, los ciguayos, los siboneyes, los guanatahibes
y tantos otros de los que habitaban las grandes Antillas fueron exterminados
; y los caribes pelearon de isla en isla, a partir de Puerto Rico hacia
el sur, con tanto denuedo y tesón que todavía en 1797 atacaban a los
ingleses en San Vicente. En el siglo XIX se llevaron a Cuba, como semiesclavos,
indios mayas de Yucatán, chinos de las colonias portuguesas de Asia;
a Trinidad y a otras islas inglesas llegaron miles de chinos y de hindúes.
Todo ese amasijo de razas, con sus lenguas y sus hábitos
y tradiciones y las medidas políticas, a menudo turbias, que hacían
falta para mantener el dominio sobre ese amasijo, tenían necesariamente
que producir lo que ha sido y es —y lo que sin duda será durante algún
tiempo— el difícil mundo del Caribe: un espejo de revueltas, inestabilidad
y escaso desarrollo general.
Sin embargo el observador inteligente se fijará en que no
todos los países del Caribe son ejemplos extremos de inestabilidad,
y se preguntará por qué sucede así. En el Caribe hay países cuyos grados
de turbulencia son distintos. Veamos el caso de Costa Rica.
A menudo se alega que Costa Rica es más tranquilo y más
organizado que sus vecinos de la América Central, que Santo Domingo,
Haití, Venezuela o Cuba, debido a que su población es predominantemente
blanca, lo que no sucede en los países mencionados. Pero entonces habría
que preguntarse por qué los ingleses tuvieron una revolución sangrienta
en el siglo XVII; por qué los franceses produjeron la espantosa revolución
de 1789 y las revueltas de 1830 y 1844 y el alzamiento de la Comuna
en 1870; por qué los norteamericanos hicieron la revolución contra Inglaterra
y la guerra civil del siglo XIX; por qué Alemania ha iniciado las mayores
turbulencias de Europa, esto es, las guerras de 1870, de 1914 y de 1945,
y por qué se organizó allí el nazismo, con su secuela de millones de
judíos horneados hasta la muerte. Todos ésos eran y son países blancos
y además están entre los más civilizados del mundo. (En los Estados
Unidos había negros, pero no desataron ninguna de las dos revoluciones norteamericanas y ni siquiera participaron en ellas.) Si la inestabilidad
de los países del Caribe tuviera algo que ver con la presencia de sangre
negra o de otros orígenes en la composición de sus pueblos, habría que
hacer una pregunta que seguramente ninguno de los imperios podría contestar.
La pregunta es ésta: ¿Quién llevó a los negros, a los chinos y a los
hindúes al Caribe? Los llevaron los imperios. Luego, si se aceptara
la tesis de que las sangres mezcladas producen pueblos incapaces de
vivir civilizadamente, los imperios tendrían la responsabilidad por
lo que ha estado sucediendo y por lo que sucederá en el Caribe.
El observador inteligente que haya advertido la diferencia
que hay entre Costa Rica y sus vecinos de la región, observará que a
Costa Rica no ha llegado nunca un ejército imperial, ni siquiera el
español; de manera que por azares de la historia, aunque el imperialismo
en su forma económica —y con sus consecuencias políticas— ha estado
operando en Costa Rica desde hace casi un siglo, ese pequeño país del
Caribe se ha visto libre de los gérmenes malsanos que deja tras sí una
intervención militar extranjera. Costa Rica es un pueblo que se formó
a partir de un pequeño núcleo de españoles, establecido en el siglo
XVI en un territorio que se mantuvo aislado largo tiempo, y la formación
del pueblo costarricense no fue desviada, por lo menos en sus orígenes,
por intromisión de poderes militares de los imperios.
En el extremo opuesto, en cuanto a causas, se halla Puerto
Rico. Puerto Rico no se rebeló contra España. En 1898, Puerto Rico pasó
a poder de los Estados Unidos sin que su pueblo hiciera ningún esfuerzo
ni por seguir siendo español ni por ayudar a la derrota de los españoles.
La isla pasó de un imperio a otro como si a su pueblo le tuviera sin
cuidado ese cambio. Sin embargo en Puerto Rico había habido conspiraciones
contra el poder español, aunque no pasaron de ser obra de grupos muy
pequeños; y ha habido luchas contra los Estados Unidos, pero también
llevadas a efecto por sectores pequeños y tardíamente, cuando ya era
imposible desafiar con probabilidades de éxito el poderío imperial norteamericano.
Los puertorriqueños lucharon braviamente por España en los
días de Drake, de Cumberland y de Henrico, cuando ingleses y holandeses
quisieron arrebatarle la isla a España. Ahora bien, España convirtió
a la isla en una fortaleza militar, un bastión de su imperio que era
prácticamente inexpugnable, como puede verlo cualquier
viajero que vaya a Puerto Rico y se detenga frente a los
poderosos fuertes que defendían a San Juan. El puertorriqueño no podía
rebelarse porque vivía inmerso en un ambiente de poder militar qué lo
paralizaba. A su turno, los norteamericanos hicieron lo mismo. Puerto
Rico quedó convertido en una formidable base militar de los Estados
Unidos y resulta difícil hacerse siquiera a la idea de que ese poderío
puede ser derrotado por los puertorriqueños mediante una confrontación
armada. Sin embargo Puerto Rico ha conservado su lengua y sus hábitos
de pueblo diferente al norteamericano; ha mantenido su personalidad
nacional con tanto tesón que el observador sólo puede explicárselo como
una respuesta a un reto. Es como si los puertorriqueños se hubieran
planteado ante sí mismos el problema de su supervivencia como pueblo
y hubieran resuelto que ni aun todo el poder de Norteamérica, el más
grande que ha conocido la historia humana, podrá hacerles cambiar su
naturaleza nacional.
Hay países del Caribe donde al parecer nunca hubo convulsiones;
tal es el caso de las islas inglesas, como Jamaica, Barbados, Trinidad
y tantas más. Pero cuando se entra en el estudio de su historia se advierte
que las islas inglesas del Caribe fueron factorías azucareras organizadas
sobre el esquema de amos blancos y esclavos negros, y que en casi todas,
si no en todas, hubo sublevaciones de esclavos, y aun de "sirvientes"
blancos, como hemos dicho ya. Esas sublevaciones fueron aniquiladas
siempre con rigor típicamente inglés, es decir, sin llegar a los límites
de la hecatombe pero sin quedarse detrás del límite del castigo que
sirviera como ejemplo. Por lo demás, en muchas de esas islas —por no
decir en todas— hubo choques, a veces muy repetidos y casi siempre muy
violentos, con otros poderes imperiales. De manera que la historia de
esas islas no es tan plácida como suponen los que no la conocen.
Hubo otras colonias, como las danesas en las Islas Vírgenes
o las de Holanda en Sotavento, que se mantuvieron —y se mantienen— en
un estado de tranquilidad. Pero debemos observar que la isla más importante
de las primeras y la más importante de las segundas —Santomas y Curazao,
respectivamente— fueron abiertas al comercio como puertos libres casi
desde el momento en que los imperios se establecieron en ellas; y esa
condición de puertos libres les confirió categoría de territorios neutrales,
respetados por todos los contendientes. En el caso de Santomas, vendida
junto con el grupo de las Vírgenes a Estados Unidos en 1917, siguió siendo puerto
libre bajo Norteamérica, y todavía lo es. De todos modos, conviene recordar
que en Curazao hubo por lo menos dos rebeliones de esclavos, una en
1750 y otra en 1795, y algo parecido sucedió en Santomas, si bien no
fueron realmente serias. Por lo que respecta a las otras islas Vírgenes
y a las de Sotavento, son tan pequeñas y su población fue tan escasa
en los días álgidos de las luchas imperiales, que mal podían darse disturbios
en ellas. Otro tanto sucede con varias islas mínimas de Holanda, Francia
e Inglaterra en el área de Barlovento.
Digamos, porque es importante tenerlo en cuenta, que el
lanzamiento de una fuerza militar sobre un país, grande o pequeño, es
siempre la expresión armada de una crisis. Puede ser que a su vez esa
crisis genere otras, pero no estamos en el caso de estudiar la cadena
o las cadenas de acontecimientos desatados en el Caribe por esta o aquella
agresión militar. El que se propusiera hacer la historia de una frontera
imperial tan vasta y tan compleja como es el Caribe con el plan de relatar
uno por uno todos los episodios de tipo económico, social, político
y de otra índole que han estado envueltos en esa historia de tantos
siglos, necesitaría dedicar su vida entera a esa tarea. Para la ambición
del autor es bastante —y puede que sea demasiado para su capacidad—
ceñirse a exponer los momentos críticos, es decir, aquellos en que se
lanzó un ataque militar o se realizó la conquista de un territorio de
la región o aquellos en que se obtuvo un resultado parecido con otros
medios que los militares.
El solo relato de esos momentos culminantes del debate armado
de los imperios en las tierras del Caribe puede parecer a menudo la
invención de un novelista. En verdad, causa sorpresa recorrer la historia
del Caribe en conjunto —no un episodio ahora y otro mañana, uno en este
país y otro en aquel—, organizada sobre un esquema lógico. Esa historia
sorprende porque ni aun nosotros mismos, los hombres y las mujeres del
Caribe, acertamos a percibirla en toda su dramática intensidad debido
a que la estudiamos en porciones separadas. Es como si en medio de una
epidemia que ha estado asolando la ciudad, cada uno alcanzara a darse
cuenta nada más de los enfermos y los muertos que ha habido en su familia.
La aparición
de propósitos, voluntad y planes imperiales en países de Europa fue
un hecho que obedeció a un conjunto de causas. Pero a un solo conjunto.
Que ese único fenómeno producido por ese único conjunto de causas se
manifestara por diversas vías, no implica que tuviera varios orígenes.
Hubo imperio inglés, imperio holandés, imperio francés, porque Europa
—es decir, Occidente— estaba dividida en varias naciones y cada una
de ellas quiso ejercer en su exclusivo provecho las facultades que le
proporcionaba el fenómeno histórico llamado imperialismo. Pero como
el origen de ese fenómeno era uno solo, sus resultados en el Caribe
obedecían a una misma y sola fuerza histórica. El Caribe fue conquistado
y convertido en un escenario de debates armados de los imperios —y por
tanto, en frontera imperial— debido a que la historia de Europa produjo
de su seno el imperialismo, y el imperialismo era una corriente histórica,
no muchas.
En buena lógica, pues, no debe verse a ningún país del Caribe
aislado de los demás. Todos surgieron a la vida histórica occidental
debido a una misma y sola causa, y todos han sido arrastrados a lo largo
de los siglos por una misma y sola fuerza, aunque en ciertas tierras
esa fuerza hablara inglés y en otras francés y en otras español. Al
verlos en conjunto, la verdadera dimensión del drama histórico del Caribe
se nos presenta con una estatura agobiante; y al conocer su drama mediante
una exposición organizada según las líneas profundas que lo produjeron
—esto es, las líneas de las luchas imperiales— se comprende con meridiana
claridad por qué en el Caribe se ha derramado tanta sangre y se han
aniquilado pueblos, esfuerzos y esperanzas.
Al entrar en el ámbito de Occidente, el Caribe pasó a sufrir
los resultados de las luchas europeas, y a su vez esas luchas eran batallas
inter-imperiales. Si esas luchas, reflejadas en el Caribe, tuvieron
en la región del Caribe consecuencias diferentes a las que tuvieron
en Europa, ello se debió a las condiciones especiales de sus tierras,
que eran apropiadas para la producción de artículos que no podían obtenerse
en Europa; y también se debió al hecho de que en este o en aquel momento,
tal o cual imperio no podía defender al mismo tiempo su territorio metropolitano
y su territorio colonial. Pero al cabo, esos fueron detalles de poca
importancia en una batalla de gigantes provocada por la aparición del
imperialismo. El apetito imperial apareció y actuó en Europa y rebotó
en el Caribe, y los efectos de su acción en el Caribe impidieron la
formación natural y sana de sociedades que pudieran defenderse, a su
turno, de los efectos
de nuevas luchas. De todas maneras, el hecho es que todos
los países del Caribe son hijos de un mismo acontecimiento histórico,
y hay que verlos unidos en su origen y en su destino.
Curiosamente, el país que llevó Occidente al Caribe —o que
introdujo al Caribe en Occidente— no era un imperio en el sentido cabal
del término, puesto que no lo era ni económica ni socialmente. España
descubrió el Caribe y conquistó algunas de sus tierras, pero no pudo
conquistarlas todas porque sus fuerzas no le alcanzaban para tanto,
y no pudo defender toda la región porque España no era un imperio ni
siquiera en el orden militar.
Muchas de las acusaciones que se le han hecho a España debido
al comportamiento de los españoles en América se han basado en una incomprensión
casi total de la situación de España en esos años, y muchos de los elogios
que se han hecho acerca de la conducta del Estado español —o para hablar
con más propiedad, de la Corona de Castilla— en relación con los hechos
de la Conquista, se han debido también a la misma falta de comprensión.
Para aclarar lo que acabamos de decir hay que establecer ciertos puntos
de partida.
En primer lugar, España, tal como la conocemos ahora —que
es tal como se conocía desde mediados del siglo XVI— no era un reino
en 1492; era la suma de dos reinos: el de Castilla, cuya soberana era
Isabel la Católica, y el de Aragón, cuyo rey era Fernando V.
Los dos reinos estaban unidos en la medida en que lo estaban sus reyes,
pero cada uno tenía sus leyes propias, su organización social, sus fondos
públicos, sus cuerpos representativos. Isabel gobernaba en Castilla,
no en Aragón; y Fernando gobernaba en Aragón, no en Castilla. Aragón
y Castilla vendrían a tener un Rey común, pero no a ser un Estado unitario,
sólo cuando las dos coronas se unieran, lo que vino a ocurrir, en verdad,
bajo Carlos I de España y V de
Alemania; y pasaría a ser un Estado unitario dos siglos después, bajo
Felipe V, el primero de los reyes Borbones de España.
Ahora bien, de los dos reinos que había en España en los
días del Descubrimiento, el que tenía poder sobre América —y el Caribe—
era Castilla. Fue Castilla quien descubrió, conquistó y organizó el
Nuevo Mundo; y ese Nuevo Mundo fue organizado a imagen y semejanza de
su conquistador y organizador. A tal punto fue Castilla la que llevó
a cabo esa tarea y la que tenía poderes sobre el Nuevo Mundo, que en
los primeros treinta años que siguieron al Descubrimiento sólo los castellanos
podían ir a América; los aragoneses —entre los que se hallaban los catalanes,
los valencianos, los murcianos y los vasallos de Fernando V
en otras regiones europeas, como Napóles y las dos Sicilias—, podían
pasar a América si obtenían dispensas reales, es decir, si se les concedía
un privilegio para pasar al Nuevo Mundo; pues en lo que tocaba a América,
un subdito del reino de Aragón era igual a un extranjero.
Pues bien, de esos dos reinos que había en España al final
del siglo XV, Castilla era el más retrasado en el orden de la evolución
social; y esto tiene que ser explicado brevemente.
Lo sociedad europea, de la que Castilla y Aragón eran parte
cuando se produjo el Descubrimiento, había perdido sus formas económicas
y sociales al quedar liquidado el Imperio de Roma, y se reorganizó lenta
y trabajosamente dentro de las formas de lo que hoy llamamos, tal vez
de una manera burda, el sistema feudal. De ese sistema iba a surgir
un nuevo tipo de sociedad, cuyos centros de autoridad económica y social
serían las burguesías locales. Pero sucedió que Castilla y Aragón —pero
mucho más Castilla que Aragón— atravesaron los siglos feudales en guerra
contra el árabe, lo que dio lugar a un estado casi perpetuo de tensión
militar constante, y con ello se aumentó y se prolongó la importancia
del noble que llevaba sus hombres a la guerra, y eso obligó a los reyes
castellanos y aragoneses —pero más a los primeros que a los segundos—
a conceder a sus nobles guerreros privilegios que iban perdiendo los
nobles de otros países europeos.
Desde los tiempos de Alfonso X el Sabio (nacido en 1221 y muerto en 1284, la nobleza guerrera y latifundista
castellana comenzó a obtener favores reales en perjuicio de los productores
y los comerciantes de la lana, que fue durante toda la Baja Edad Media
española el producto más importante del comercio de Castilla. Al finalizar
el siglo XV, precisamente cuando se hacía el descubrimiento de América,
los Reyes Católicos se veían en el caso de reconocer esos privilegios
que tenían más de dos siglos, porque toda la organización social de
Castilla descansaba en ellos. La nobleza guerrera y latifundista castellana
llegó al final del siglo XV convertida en el poder superior de la Mesta,
que era la organización tradicional de los dueños del ganado lanar del
país; y al tener en sus manos el control de la Mesta, esa nobleza monopolizaba
en sus orígenes la producción de la lana, con lo cual impidió que se
desarrollara la burguesía lanera, que había sido el núcleo más fuerte
de la burguesía
castellana. La burguesía lanera había luchado contra esa
situación de sometimiento, pero había sido vencida, y cuando comprendió
que no podía enfrentarse a la nobleza trató de convertirse a su vez
en nobleza, ejemplo que siguieron otros grupos de burguesía más débiles
que ella. Fue de esos núcleos de ex-burgueses de donde salió la llamada
nobleza de segunda o pequeña nobleza de España.
Mientras los latifundios de los nobles guerreros quedaban
vinculados al hijo mayor mediante la institución del mayorazgo —lo que
evitaba la partición de las grandes propiedades y aseguraba la permanencia
de la nobleza al frente de ellas—, los restantes hijos de los nobles
—los llamados segundones— tomaban otros canales de ascenso hacia la
preeminencia social: el sacerdocio, la carrera de las armas, las funciones
públicas. Pero sucedía que los que no eran nobles y aspiraban a entrar
en su círculo tomaban también esos canales de ascenso. Fue esa la razón
de que Castilla produjera nobles, cardenales, obispos, canónigos, guerreros,
funcionarios, pero muy pocos burgueses. Y resultaba que sin tener una
burguesía que supiera cómo organizar la producción y la distribución
de bienes de consumo, que tuviera capitales de inversión y supiera cómo
invertirlos de la manera más provechosa, era imposible que un país se
convirtiera en un imperio, precisamente al finalizar el siglo XV y comenzar
el XVI, es decir, cuando ya el sistema feudal había quedado disuelto
en Occidente.
Debido al papel dominante que iba a tener Castilla en España,
su situación de retraso económico y social se extendería a gran parte
de Aragón, si bien Cataluña y Valencia conservaron núcleos de burguesía
urbana, aunque no tan desarrollados como en otros lugares de Europa.
Eso es lo que explica que España apenas tuvo un Renacimiento, pues el
Renacimiento fue la flor y el perfume de la burguesía italiana, y tal
vez más específicamente, de la burguesía de Florencia. Todo el esfuerzo
que se ha hecho, y el que pueda hacerse en el porvenir, por presentar
el descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo como el producto de
un Renacimiento español, carecen de base histórica. Colón es un hombre
del Renacimiento italiano, pero la participación de España en el Descubrimiento
no tiene nada que ver con el Renacimiento; no se debió a la ciencia
cosmográfica española, ni a la organización marítima de Castilla, ni
a la superioridad de sus navegantes; no se debió a la riqueza del reino
de Isabel y ni siquiera a la de los reinos unidos de Castilla y Aragón.
La causa es de otro orden.
Cristóbal Colón llegó a España a pedir que se le ayudara
a buscar un camino corto y directo hacia la India —no a descubrir un
mundo nuevo, cuya existencia no sospechaban ni él ni nadie— debido a
que España era el país líder de Europa; y España era ese país líder
porque Europa era un continente católico, y durante ocho siglos, en
ese continente católico, España había sostenido la guerra contra el
infiel, que era el árabe. Fue, pues, la misma causa que impidió el desarrollo
de la sociedad española —y, sobre todo, castellana— lo que le dio la
preeminencia europea, más destacada precisamente en los días en que
Colón llegó a hablar con la Reina Isabel; esto es, en los días en que
los nobles guerreros y latifundistas de Castilla peleaban frente a los
muros de Granada, última plaza fuerte del infiel en Europa.
En camino hacia la India, Colón tropezó con América, y eso
no estaba ni en los planes del Descubridor ni en los de Isabel y Fernando.
Un puro azar había puesto sobre España una responsabilidad de dimensiones
hasta entonces desconocidas en la Historia. Dado el paso del Descubrimiento,
absolutamente inesperado, España —y en España Castilla— tuvo que dar
el paso siguiente, que fue el de la Conquista. Y para eso no estaba
preparado el país conquistador. No estaba preparado porque no era una
sociedad burguesa, y sólo una sociedad burguesa hubiera podido explotar
el imperio que había caído en manos de España; y no lo estaba, porque
sin haber producido una burguesía, España —y especialmente Castilla—
estaba viviendo una dualidad entre pueblo y Estado, o lo que es lo mismo,
entre los castellanos y su Reina, y también entre Aragón y Castilla.
Para el hombre del pueblo de Castilla, que fue a la conquista
de América, ya no regían los hábitos sociales del sistema feudal. Ese
hombre quería enriquecerse rápidamente, y no era ni artesano ni burgués;
no sabía enriquecerse mediante el trabajo metódico. Su conducta desordenada
en tierras americanas era, pues, producto de su actitud de hijo de un
intermedio entre dos épocas. Pero Isabel, que no era la Reina de un
estado burgués, y con ella muchos sacerdotes como Las Casas y Montesinos,
tenía los principios morales de una católica sincera, y condenaba lo
que sus subditos hacían en las regiones que se iban descubriendo. Fernando,
en cambio, católico y rey de un Estado en el que ya había burguesía,
no podía compartir
los escrúpulos de Isabel, aunque los respetara, sobre todo
mientras la Reina vivió.
España, pues, descubrió y conquistó un imperio antes de
que tuviera la capacidad física y la actitud mental que hacían falta
para ser un país imperialista; y esa contradicción histórica se acentuó
con la expulsión de los judíos, ocurrida precisamente en los días del
descubrimiento de América, y las posibilidades de desarrollarse más
tarde a través del paso gradual y lógico de país artesanal a país industrial
se perdieron con las sucesivas expulsiones de los moriscos. Así, en
los esquemas socio-económicos de España se presentó un vacío que nadie
podía llenar. Puesto que no había burgueses que aportaran capitales
y técnicas para administrar el imperio, el Estado debió hacerlo todo,
lo que explica que Fernando tuviera que ocuparse hasta de dar Cédulas
Reales para que se enviaran ovejas, caballos y vacas a América. En ese
contexto se explica el mercantilismo como una necesidad impuesta por
las circunstancias históricas. La riqueza metálica y comercial tenía
que ser controlada por el Estado a fin de llenar el vacío que había
entre la composición socioeconómica de España y su organización imperial;
y el monopolio del comercio con América es sólo un resultado natural
y lógico de ese estado de cosas.
Los historiadores y sociólogos latinoamericanos que culpan
a España por esas medidas, no alcanzan a darse cuenta de que España
se hallaba cogida en una trampa histórica y no podía hacer nada diferente,
y los escritores españoles que se empeñan en probar que América le debe
tanto y más cuanto a España, y para demostrarlo presentan un catálogo
de las medidas favorables a América que tomaron los Reyes Católicos,
no alcanzan a comprender que los Reyes actuaban así porque no había
diferencias entre un territorio americano y uno español. Para esos Reyes
y sus hombres de gobierno, América era igual a Castilla o a Aragón,
no un imperio colonial destinado a enriquecer una burguesía española
que no existía. Sólo podemos ser justos con los reyes de esos días si
nos situamos en su época y dejamos de ver sus actos con los prejuicios
de hoy.
Si el Estado español representó en el Caribe una conducta
moral frente a los desmanes de sus subditos peninsulares, se debió a,que
actuó adelantándose a su propio tiempo histórico. Al terminar el siglo
XV y comenzar el XVI, el Estado Español seguía rigiéndose por los principios
religiosos que habían gobernado la Ciudad de Dios
en el Medioevo de Europa, y ni los reyes ni sus consejeros
hubieran concebido que esos territorios de ultramar podían ser dados
a compañías de mercaderes para que los usaran con fines privados, cosa
que harían un siglo y un tercio después Inglaterra, Holanda y Francia.
Fue Carlos V, el nieto de los Reyes Católicos, el primer soberano español
que capituló con una firma de banqueros alemanes la conquista de una
porción del Caribe; y Carlos V había nacido y crecido en Flandes, país donde la burguesía
estaba muy desarrollada, punto que hay que tener en cuenta a la hora
de hacer juicios sobre las relaciones de España y sus territorios de
Ultramar.
En
el primer siglo que siguió al Descubrimiento los dominios españoles
en el Caribe fueron molestados por Holanda, por Inglaterra, por Francia.
Pero ninguno de esos dominios le fue arrebatado a España. Las flotas
españolas eran asaltadas por los corsarios holandeses, ingleses y franceses,
y muchas fundaciones fueron atacadas y algunas destruidas. Sin embargo,
los corsarios y los piratas no ocuparon tierras. ¿Por qué? Pues porque
ni Holanda, ni Inglaterra, ni Francia eran todavía imperios en propiedad.
Lo que le sucedía a España en el 1530 les sucedía también a esas naciones,
que no disponían de capitales para invertir en el Caribe ni de ejércitos
para desafiar él poder español. Ahora bien, esos países estaban desarrollando
ya fuerzas sociales que España no había podido desarrollar —debido a
su prolongada guerra contra los árabes, como hemos dicho antes— y eso
les permitiría estar, a su hora, en condiciones de actuar como imperios
antes que España.
Si
España hubiera dispuesto de un mercado interno capaz de consumir los
productos del Caribe, o si hubiera tenido relaciones comerciales con
Europa para vender esos productos en otros países, España habría desarrollado
en el Caribe una burguesía francamente industrial —con las limitaciones
de la época, desde luego— a base de la industria del azúcar, por ejemplo,
puesto que el azúcar comenzó a fabricarse en la Española en los primeros
años del siglo XVI. Pero España no tenía ese mercado. España se había
adelantado políticamente a Europa y sin embargo iba detrás de ésta en
desarrollo de su organización social. Los guerreros de Castilla habían
tomado el lugar de los burgueses que no se habían formado, y sucedía
que los guerreros podían guerrear, pero no podían comerciar; estaban
hechos a la medida de las batallas, no a la medida de las negociaciones
en el mercado.
Al llegar el 1600, y a pesar de que para esa fecha había
sacado de América riquezas metálicas abundantes —sobre todo de Méjico
y del Perú—, España tenía en América la organización política y administrativa
de un imperio, pero no era imperio. En cambio, a esa fecha los países
que aspiraban a suplantar a España en el Caribe tenían las condiciones
internas indispensables para ser imperios y les faltaban las condiciones
externas, esto es, el territorio imperial. Así, para el 1600 España
dominaba la base exterior de un imperio pero carecía de la base interior,
mientras que Holanda, Inglaterra y Francia disponían de la base interior
y carecían de la exterior.
Ahora bien, la base exterior del imperio español es un concepto
que no podía aplicarse al Caribe en su totalidad. Por ejemplo, fue en
1523 cuando se fundó en Venezuela el primer establecimiento de población,
y fue en 1528 cuando el Trono capituló por primera vez para una colonización
de Venezuela. La capital de esa gobernación —la ciudad de Tocuyo— vino
a ser establecida en 1546. En 1562 se estimaba que en Venezuela había
sólo 160 vecinos, esto es, familias españolas; en 1607 llegaban a 740.
Las costas de Puerto Rico podían verse desde la costa de
la Española y la conquista y la colonización de la Española había comenzado
a fines de 1493; sin embargo, la primera expedición sobre Puerto Rico
se inició, y sólo con 50 hombres, en 1508, esto es, quince años después
de haberse comenzado la conquista de la Española. Fue en 1511 cuando
Diego Velázquez, colonizador de Cuba, llegó a la isla mayor del Caribe,
que estaba a un paso de la Española. En 1540, la población de La Habana
era de 40 vecinos casados y por casar, indios naborías naturales de
la isla, 120; esclavos indios y negros, 200; un clérigo y un sacristán.
Fue en 1584 cuando se fundó en Trinidad la primera población española,
San José de Oruña, y Trinidad era una isla importante, la quinta en
extensión de las Antillas, y estaba en el paso natural para las salidas
del Orinoco y la costa venezolana del Caribe. Las pequeñas islas de
Barlovento no fueron ni siquiera tocadas por España.
Si no tomamos nota de esa situación de debilidad militar
y económica de España en el Caribe durante todo el siglo XVI, no será
fácil comprender por qué los holandeses, los franceses y los ingleses
pudieron penetrar la región y establecer allí su frontera imperial.
Tenemos, pues, que en el Caribe se dieron estas condiciones:
su pobreza en oro o en otros metales, mucho más si se compara con la riqueza de Méjico y del Perú en esos renglones, le impedía proporcionarle
a España el tipo de riqueza que ella necesitaba, si se exceptúan, hasta
cierto punto, los criaderos de perlas de Cubagua, Margarita y los situados
frente al istmo de Panamá; poblado en varios de sus territorios por
indios caribes, que lucharon durante tres siglos defendiendo sus tierras,
el Caribe no se ofrecía como una región fácil de conquistar; por último,
el Caribe había sido descubierto y conquistado por un país que tenía
capacidad política y cierto grado de capacidad militar, pero no tenía
la capacidad económica ni la capacidad social que hacían falta para
desarrollar la zona como empresa colonial. Agregúese a esto que en el
momento en que España debía aplicar su mayor capacidad colonizadora
en el Caribe, se descubrieron Méjico y el Perú, tierras fabulosamente
ricas en metales, y España, necesitada de esos metales para suplir con
ellos su falta de capital y para adquirir productos de consumo, se vio
en el caso de concentrar toda su atención en esos países nuevos. Así,
pues, el vacío de poder que mantenía España en el Caribe se acentuó
de manera dramática.
Al mismo tiempo sucedía que durante el siglo XVI otros países
de Europa, como Francia, Holanda e Inglaterra, acumulaban capitales,
desenvolvían su organización social, fortalecían sus poderes centrales
y creaban fuerzas militares, y se desarrollaban en su seno mercados
consumidores de productos tropicales.
Podemos advertir, pues, que mientras en el Caribe se formaba
un vacío de poder, en Europa se creaban las fuerzas que podían llenar
ese vacío. Cuando la potencia que dominaba en el Caribe —España— chocó
en Europa con las que podían llenar el vacío, esas potencias acudieron
al Caribe. Las fronteras españolas no estaban, en el doble sentido militar
y económico, en la península de Iberia; estaban en el Caribe, y además,
allí estaba el punto más débil de esa frontera. Allí era donde los nacientes
imperios, que aspiraban a sustituir a España, podían obtener lo que
necesitaban, tierras tropicales que se podían poner a producir con trabajo
esclavo; allá era donde estaban los lugares más vulnerables en la muralla
militar de España; y además esos territorios del Caribe podían servir
de bases para cualesquiera planes ulteriores contra el imperio español
de tierra firme.
Podemos decir con toda propiedad que fue en el siglo XVIII,
pasado el 1700, cuando España comenzó a ser imperio en el Caribe, pero no ya en la totalidad del Caribe sino en lo que le había quedado
allí después de las desgarraduras hechas en sus posesiones por sus enemigos
europeos. Un siglo antes de eso, del 1601 en adelante, era tanta la
debilidad de España en el Caribe que al comenzar el siglo abandonó casi
la mitad occidental de la Española porque no podía enfrentarse con los
traficantes holandeses y franceses que operaban en la isla. A mitad
del siglo estuvo a punto de perder la porción más rica de esa isla,
el valle del Cibao, cuando en 1659 una columna de piratas tomó la ciudad
de Santiago de los Caballeros. Al firmar la paz de Nimega en el año
1679, España no hizo reclamaciones contra la existencia de un establecimiento
francés en la isla, y poco más de un siglo después le cedía a
Francia la parte ocupada por ella.
En
1653 hacía treinta años que no iba a Trinidad un barco español autorizado
para llevar mercancías o para sacar frutos de la isla; en 1671 el gobernador
de Trinidad comunicaba al Consejo de Indias que para defender la colonia
en caso de ser atacada por algún enemigo sólo disponía de 80 indios
españolizados y de 80 vecinos españoles; y debemos suponer que entre
esos españoles una parte importante era nacida en la isla, puesto que
hacía treinta años que no iba un buque español. En 1655 Jamaica estaba
tan desguarnecida y tan escasamente poblada de españoles o criollos,
que cayó con relativa facilidad en manos de los soldados ingleses que
unos días antes habían sido derrotados en Santo Domingo.
Hay que tener en cuenta que esos hechos sucedían en el siglo
XVII, es decir, en algunos casos a más de ciento cincuenta y en otros
a doscientos años después de haber comenzado la conquista española.
En esos tantos años no había habido en la región aumento apreciable
de la población nacida en España, si no de la nacida en el Caribe. El
mestizaje había comenzado muy temprano. En 1531 había en Puerto Rico
57 españoles casados con blancas y 14 con indias, y es de suponer que
el número de matrimonios mixtos debía ser mayor en la Española. Los
hijos mestizos eran ya criollos, como lo serían también los hijos de
español y española nacidos en las Indias. Doscientos treinta y cuatro
años después había en Puerto Rico 39.849 hombres y mujeres libres, entre
blancos, pardos y negros, de los cuales hay que suponer que por lo menos
la mitad de los blancos, una porción importante de los negros y la totalidad
de los pardos habían nacido en la isla. Pero debemos observar que Puerto
Rico fue convertido desde temprano en un bastión militar español, por
lo cual se enviaban soldados de la península, lo que no sucedía en otros
puntos del Caribe.
La afluencia de españoles peninsulares al Caribe era muy
escasa en el siglo XVI. En una época tan avanzada como el siglo XVIII,
cuando ya gobernaban en España los Borbones y se había adoptado una
política para conservar lo que había quedado del imperio, llegaron a
la Española 483 familias canarias en cuarenta y cuatro años, esto es,
entre el 1720 y el 1764. La proporción anual, como puede verse, era
de once familias, y no hay que olvidar que para entonces España era
efectivamente un imperio en el Caribe.
Esto quiere decir que entre 1493, cuando comenzó la conquista
del Caribe, y los primeros años del 600, cuando empezó la conquista
de las islas caribes por parte de ingleses, holandeses y franceses,
hubo más de un siglo de posesión efectiva o legal por parte de los españoles,
y en todo ese tiempo la población del Caribe creció con muy poco aporte
peninsular. De esa población, una parte se rebelaba contra España porque
no se consideraba española o porque consideraba que los españoles eran
enemigos. Los rebeldes eran siempre indios o negros esclavos y a veces
mezcla de indios y negros. Pero otra parte se sentía española y defendía
el poder español cuando éste era atacado por filibusteros o corsarios;
y esa parte fue decisiva en los combates que se libraron más tarde contra
ejércitos invasores extranjeros, por ejemplo, contra los ingleses en
Santo Domingo y contra ingleses y holandeses en Puerto Rico.
Estamos, pues, en el caso de decir que cuando España fue
realmente imperio en el Caribe, fue un imperio sostenido por los hijos
de aquellas tierras, no por tropas españolas, y entre esos hijos del
Caribe los había que no eran blancos. Al conocerse en Santo Domingo
que España había cedido a Francia la parte española de la isla —lo que
hizo mediante el Tratado de Basilea, el 22 de julio de 1795— una negra
nacida en el país murió de la impresión al grito de "¡Mi patria,
mi querida patria!" No puede haber duda de que al decir "mi
patria" aludía a España.
Al estallar la "guerra de la oreja de Jenkins"
[1] , declarada a España
por Inglaterra el 19 de octubre de 1739, los buques de corso
armados en el Caribe y comandados y tripulados por criollos hicieron
daños cuantiosos a los ingleses. Esos corsarios criollos habían estado
operando desde mucho antes y siguieron operando largos años después.
En esos años se destacaron capitanes corsarios del Caribe, como el llamado
Lorencín, de Santo Domingo, y el mulato puertorriqueño Miguel Henríquez,
de oficio zapatero, que llegó a ser condecorado por Felipe V
con la medalla de la Real Efigie y armó a sus expensas una expedición
para desalojar a los daneses de las islas Vírgenes.
Eso de que las bases humanas del imperio español en el Caribe
estaban fundadas en un sentimiento natural de los nacidos en el Caribe
llegó tan lejos que en 1808 los dominicanos hicieron la guerra a las
tropas francesas que ocupaban la antigua parte española de la isla,
pero no para declararse independientes si no para volver a ser colonos
españoles. Con la excepción de Venezuela y Colombia, donde había habido
conspiraciones contra España, en todos los territorios españoles de
la región del Caribe los pueblos daban sustento al imperio.
Pero no queríamos llegar tan lejos en el tiempo. Para lo
que vamos diciendo debemos volver a los años de los 600. En ese siglo
XVII todavía España no tenía, por lo menos en el Caribe, las estructuras
internas de un imperio. A no ser porque los criollos de diversas razas
y colores los defendieron, muchos territorios españoles del Caribe hubieran
caído en manos inglesas, como cayó Jamaica y como más tarde cayó Belice
y como estuvo a punto de caer la costa oriental de Nicaragua, donde
los ingleses fueron dominantes hasta fines del siglo pasado.
En las luchas de los imperios en el Caribe participaron
los criollos, y esto sucedió no sólo en las tierras españolas sino también
en las de ingleses y franceses. Pero la mayor decisión estuvo de parte
de los criollos españoles, aunque no fueran blancos. Los defensores
más tenaces del gobierno español en Jamaica fueron algunos criollos
y los negros esclavos de criollos y españoles. Esos negros se mantuvieron
peleando en las montañas muchos años después que el último español había
abandonado las costas de Jamaica.
En sus luchas contra el español, los indios de las islas
fueron al fin vencidos y luego desaparecieron, totalmente exterminados,
por lo menos como raza y cultura. Igual les sucedió a los caribes de Barlovento
en su batalla de casi dos siglos con ingleses y franceses. Pero los
negros africanos llevados como esclavos, y muchos de sus Hijos y nietos,
no se resignaron a su suerte y se convirtieron en el explosivo histórico
del Caribe. Al cabo del tiempo, sobre todo en las islas donde vivieron
forzados por el látigo, acabaron siendo o una parte importante o la
mayoría de la población; de manera que al andar de los siglos a ellos
les ha tocado o les tocará ser los amos de las tierras adonde fueron
conducidos por la violencia. A ellos tiene que dedicarse un capítulo
especial de la historia del Caribe, y en este libro habrá muchas páginas
destinadas a sus rebeliones, algunas de las cuales —como la de Haití—
es una verdadera epopeya. También, desde luego, habrá capítulos dedicados
a las rebeliones indias, puesto que ellos combatieron hasta la muerte
contra los imperios.
Este libro está destinado a ser sólo un recuento de las
agresiones imperiales que se han producido en el Caribe, fueran hechas
por grupos aislados —como piratas, filibusteros, corsarios— o por ejércitos
imperiales; será además un recuento de las luchas de indios y negros
provocadas por la opresión y la explotación de los imperios; será un
recuento de las agresiones hechas por los imperios a los pueblos independientes.
Para poder hacer evidentes todos los episodios de esas luchas
—que son en fin de cuenta las innumerables crisis de las políticas imperiales
en el Caribe— se requiere un orden, no meramente cronológico, si no
imperial, es decir, un orden que se ciña al que siguió cada uno de los
imperios en sus actividades por las tierras del Caribe.
En el caso de los corsarios, piratas y filibusteros, eso
no es fácil, dado que a menudo sus ataques no eran descritos en documentos
oficiales y ni siquiera en relatos privados.
El primero de los imperios que entró en el Caribe fue España,
así se tratara de un imperio a medias; el último fueron los Estados
Unidos.
El Caribe comenzó a ser frontera imperial cuando llegó a
las costas de la Española la primera expedición conquistadora, que correspondió
al segundo viaje de Colón. Eso sucedió el 27 de noviembre de 1493. El
Caribe seguía siendo frontera imperial cuando llegó a las costas de
la antigua Española la última expedición militar
extranjera, la norteamericana que desembarcó en Santo Domingo
el 28 de abril de 1965.
Como puede verse, de una fecha a la otra hay cuatrocientos
setenta y cuatro años, casi cinco siglos. Demasiado tiempo bajo el signo
trágico que les imponen los poderosos a las fronteras imperiales.
pp.11-33