LAS NUEVAS CIUDADES FUNDADAS EN EL SIGLO XVI EN AMÉRICA LATINA.

UNA EXPERIENCIA DECISIVA PARA LA HISTORIA DE LA CULTURA ARQUITECTÓNICA DEL "CINQUECENTO"
Prof. Arq. Leonardo Benevolo

La cultura del Renacimiento cambia las condiciones mentales del proyecto arquitectónico, pero no logra cambiar de la misma forma -por una serie de razones, las cuales aquí no es posible tratar- la práctica de las intervenciones urbanísticas.

Las obras de esta índole realizadas en Europa -promovidas por el medio político o por el poder económico- modifican solamente en parte el paisaje urbano y rural del viejo continente. Todos los ejemplos que se citan en los libros de historia —Pienza, Urbino, Ferrara, Mantova, y luego August, Anversa, Lisboa, Rouen, Génova o bien Vitry, Livorno, Charleville, Nancy, Palmanova- son en alguna medida, excepciones, ligadas a circunstancias especiales y no están en capacidad de determinar una regla común. La cultura renacentista no llega a producir un nuevo tipo de ciudad, logra solamente modificar marginalmente -hablando en términos genéticos- las ciudades inventadas en la Edad Media.

El caso de los ejemplos urbanos coloniales es diferente, y sobretodo de los americanos; aquí los europeos pueden operar en un espacio y tienen que realizar en pocas décadas un inmenso programa de colonización. Este sentido de libertad y de novedad es la característica sobresaliente de las realizaciones del "Cinquecento" al otro lado del océano, y los protagonistas de este hecho estaban conscientes de esto. En las jambas del palacio arzobispal de México fue escrita la siguiente frase de la Apocalipsis: "Dixit qui sedebat in throno ecce nova facio omnia".

Seria un gran error considerar las experiencias americanas como episodios marginales en la historia de la arquitectura del ‘500; éstas no son solo las obras cuantitativamente más conspicuas realizadas en el siglo XVI, pero son también en ciertos aspectos, las más significativas, porque sus caracteres dependen en mayor medida de los conceptos culturales adquiridos en aquellos tiempos, y en menor medida de las resistencias del ambiente urbano y rural organizado con anterioridad.

Los aportes intelectuales de los cuales dependen estas experiencias conciernen tanto a la alta cultura como a la cultura popular; los protagonistas de la primera fase de la colonización americana no son solamente soldados y emprendedores, sino también hombres de cultura pertenecientes a la élite de la sociedad civil y religiosa europea. Estos viajan continuamente, van y vienen de Europa y América, y traen con ellos -junto con mercancías preciosas- libros, documentos, objetos antiguos de toda especie, de ambas civilizaciones.

Los primeros misioneros franciscanos enviados por Carlos V a Cortés en 1523, son tres flamencos escogidos por Adriano VI, entre los cuales Pietro de Gand, uno de los organizadores de la iglesia mexicana y al año siguiente los famosos doce guiados por Martín de Valencia, que estudiaron en la Universidad de Salamanca, de Alcalá y algunos inclusive en la Sorbona. En los años 1526 y 1528 llegan los dominicos de Domingo de Betanzos "la flor del radicalismo de Cisneros”, Juan de Zumárraga, el primer obispo de México (desde 1528), es un franciscano admirador de Erasmo, autor de los primeros manuales para la predicación a los indígenas [1] ; Antonio de Mendoza, el primer Virrey (desde 1529) es un caballero proveniente de una de las más nobles familias españolas, con una óptima cultura clásica; el primer Rector de la Universidad de México, instituida en 1553, es Francisco de Cervantes de Salazar, proveniente de la Universidad de Salamanca, quien juzga habitualmente las cosas americanas según los comparaciones clásicas y cita a Vitruvio cuando ve a México por primera vez reconstruida por los españoles. El mismo Cortés, con sus ambiciones, fue tildado de un verdadero producto del renacimiento de Salamanca. En la segunda mitad del 500 la Universidad de México posee una biblioteca de 10000 volúmenes y en 1573 el fraile Alonso de Veracruz devuelve a España sesenta cajas de libros, entre los cuales se hallaba un libro de cosas romanas (¿quizás un tratado de arquitectura?) y que Cervantes había tomado prestado.

El juez Vasco de Quiroga, que llega a México en 1531 a la edad de sesenta años, vende todos sus bienes para construir dos hospitales -Santa Fe de México y Santa Fe de la Laguna- organizados como verdaderas y propias ciudades ideales, siguiendo las reglas de la Utopía de Moro (de la cual una copia aparece entre los libros de su amigo Zumárraga); cada una comprende 30.000 indígenas que viven, trabajan y estudian en comunidad. Diez años después Quiroga es nombrado obispo y promueve la construcción de la catedral de Pátzcuaro, uno de los edificios más extraordinarios del Nuevo Mundo y del cual hablaremos más adelante.

Quiroga es un personaje excepcional, pero su obra no está aislada. Antonio de Mendoza, su sucesor Luis de Velasco, algunos religiosos como Motolinia y Las Casas, defienden enérgicamente los derechos de los indígenas contra los abusos de los españoles, y corrigen, por lo menos en pare, la explotación de los pueblos indígenas organizada por los encomenderos. Las Casas es uno de los inspiradores de las Nuevas Leyes de Carlos V en 1542. La misma contradicción se manifiesta en el campo científico. Mientras los conquistadores destruyen la civilización indígena y sus testimonios, los estudiosos recogen los documentos sobrevivientes y discuten las relaciones entre los dos pueblos inclusive en el más elevado plano académico como en Salamanca en 1539 durante las conferencias de Francisco de Vitoria. En la Universidad de México se enseñan, junto con el idioma castellano, el azteca y el otomí. Pero el empeño humanitario y el celo religioso de los europeos más cultos produce la peor violencia en lo que concierne a los indígenas: la que disgrega su historia y su autonomía moral, penetrando en la esfera de las relaciones privadas.

Este mecanismo cultural, que no deja de tener gran importancia, está complicado sin embargo, en una serie de transformaciones sin precedentes, por extensión y por velocidad. En América la relación entre teoría y práctica se invierte; en lugar del contraste entre la amplitud de los programas ideales y la escasez de las realizaciones, existe en cambio la desproporción de las fuerzas, de los cuadros y de los tiempos con respecto a la magnitud de las tareas operacionales. México a mediados del 500 cuenta con 10 millones de habitantes más que España, la cual cuenta con 7 millones. Desde 1524 a 1530 los "doce" de Martín de Valencia bautizan a más de un millón de personas. El archivo de Indias de Sevilla conserva los planos de más de cien ciudades fundadas en las colonias en los primeros cincuenta años (y solamente las más importantes); entre estas ciudades, México, que en 1552 según Gomara tenía 100.000 casas, y que era por lo tanto la ciudad más grande comprendida en los dominios de Carlos V.

Los ejecutores disponibles son muy pocos y la élite dirigente tiene que hacer un esfuerzo excepcional para traducir los criterios ideales en reglas esquemáticas, propias para ser aplicadas en gran escala. Para hacer esto hay que buscar nuevamente el punto de contacto entre cultura especializada y cultura popular, que en cambio en Europa tienden tan vistosamente a divergir. El indudable empobrecimiento de los contenidos culturales se traduce algunas veces en una discriminación significativa, que aísla los aspectos más vitales y más fructíferos en el futuro.

Otra circunstancia, que debe tomarse como factor de comparación en relación con la cultura europea, es la absoluta heterogeneidad entre la civilización de los conquistadores y la de los indígenas, "tan distintas, que los primeros testimonios encontraron difícil creerlas igualmente humanas" (Lévi-Strauss).

La discusión tan comprometedora de las relaciones entre las dos culturas y sobre sus consecuencias jurídicas, que nace en 1512 [2] , con las encuestas organizadas en la Hispaniola, continúa en los informes de los conquistadores, en las disertaciones académicas de Vitoria, de Las Casas, de Sepúlveda, en la bula papal de 1537 (que condena como herética la opinión que los indios sean incapaces de recibir el mensaje evangélicos); en las leyes españolas de 1543 y de 1573, solo en una pequeña parte se atenúa la inhumana explotación de los indígenas, y no impide la destrucción violenta de las formas de vida tradicional, sino que se vuelve también una discusión sobre los fundamentos del sistema de vida europeo, y en algunos casos un dramático examen de conciencia. Estudiando a los indios, los europeos se estudian a sí mismos, y sus modelos culturales -incluyendo a la arquitectura- no pueden sino resultar cambiados.

Cuando el Dr. Zorita a mediados del siglo interrogaba a los indios sobre su descontento, recibía respuestas de este tipo: "Ustedes no nos comprenden y nosotros no los comprendemos a Ustedes, ni lo que desean. Ustedes destruyen nuestro orden, nuestros sistemas de comportamiento y nosotros no comprendemos lo que ustedes han puesto en su lugar; por lo tanto todo está confuso, sin orden y sin armonía”. Una inseguridad muy similar a ésta aparece en las aplicaciones de los modelos de vida europea, aparentemente rígidos e intransigentes. La condición de los conquistadores y la de los indígenas, que es exactamente opuesta en la esfera política, judicial y económica, se revelan en partes simétricas en la esfera cultural. Para unos y para otros vale la declaración de otro indígena, recogida en 1562 por el fraile Mendieta: “Antes nadie hacía lo que quería, sino lo que se le ordenaba, ahora la excesiva libertad nos oprime”. El descontento común quizás explica los numerosos caracteres indígenas que reaparecen en las experiencias civiles, y sobretodo en la arquitectura, como veremos más adelante. La heterogeneidad de los dos sistemas culturales no parece obstaculizar estos intercambios porque las circunstancias excepcionales del encuentro entre las dos culturas hace que las influencias reciprocas estén de acuerdo, en ciertos casos a nivel humano más profundo, superando todo obstáculo de costumbres y de tradiciones.

Los indicios de este diálogo -imposible de documentar, y sin embargo rico en consecuencias- son evidentes por parte de los europeos, y afloran en los distintos sectores de la vida civil. Están más escondidos por parte de los indios, pero son igualmente reales, si un personaje como Vasco de Quiroga 400 años más tarde es aún recordado por los indios de la región de Pátzcuaro con el nombre de Tata Vasco.

Las primeras ciudades fundadas por los colonizadores españoles y portugueses en las islas del Atlántico y más tarde en las Antillas, son sencillas plazas-fuerte cuyos trazados son en gran parte casuales. Santo Domingo es una excepción, fundada en 1496 según el plano que recuerda el de Santa Fe de Granada (ambos derivan quizás de la forma convencional del campo atrincherado).

En la segunda década del ‘500, la fundación de las ciudades se vuelve una operación frecuente, y los planos, basados en un modelo elemental de damero, se adaptan fielmente al terreno. Son efectivamente ciudades-puerto, ubicadas en los puntos singulares de la línea costera: San Miguel de Balboa, en el año 1513, Santiago de Cuba en 1514, La Habana en 1515, Río de la Plata en Argentina en 1516, Guatemala y Campeche en 1517, Panamá en

1519.

En 1519 Cortés desembarca en la costa de México y funda la ciudad de Villa Rica de Veracruz según un plano preciso preparado por su fiel xumétrico Alonso García Bravo. Este traza "la iglesia, la plaza, el astillero y todas las cosas necesarias para que se convirtiera en una ciudad"'.

Tres años más tarde Cortés se apodera de la capital del Imperio Azteca, Tenochtitlán, y en sus minas hace construir por el mismo García Bravo, la nueva capital española, México. Este informa continuamente a Carlos y de sus iniciativas, le envía un dibujo del plano de la ciudad azteca y en 1524 -cuando 30.000 indígenas han regresado a la capital- asegura al emperador que "dentro de cinco años ésta será la más noble y la más poblada ciudad del mundo, y una de las mejores construidas”.

En 1530 México está ya lista para recibir la Audiencia, que en su informe escribe: "No conocemos ninguna ciudad que tenga tantas buenas casas y todas construidas según un trazado, con excepción de muy pocas".

Motolinia, en 1537 la considera una ciudad "bien proyectada y aún mejor construida, con buenas casas, grandes y fuertes y calles muy hermosas; está bien provista de todos los servicios necesarios para los españoles y los Indios”. La población en aquel momento es de alrededor 100.000 habitantes. El Virrey Mendoza ve triplicar a su capital durante el período de su mandato (1535-1550), y Gomara en 1552 estima que haya alrededor de 100.000 casas, o sea 500.000 habitantes”. Los historiadores modernos reducen esta cifra a 300.000.

Todavía hacia fines del siglo México asombra a los visitantes europeos, Ponce elogia: "las bellas calles largas y anchas que parecen hechas todas con el mismo modelo por ser tan regulares y uniformes”. Samuel de Champlain escribe: "No suponía que fueran tan bien construidas, con espléndidas iglesias, palacios y hermosas casas, y las calles extremadamente bien trazadas”. Ojea considera que ésta tiene "el plano más bello que se pueda desear en el mundo”.

El organismo de esta ciudad elogiada por los contemporáneos porque realiza en gran escala el ideal de regularidad ausente en la ciudad europea, no obstante deriva de una singular contaminación entre las preexistencias aztecas y los nuevos criterios urbanísticos de los conquistadores.

No existe una representación precisa de la antigua Tenochtitlán, pero no hay duda de que algunos elementos principales -el área sagrada en el centro de la ciudad con los templos y los palacios de Monctezuma, y las calles rectilíneas que salían hacia los puntos cardinales atravesando la laguna sobre terraplenes- fueran trazados de acuerdo a un esquema geométrico. Alrededor de estos elementos la ciudad era un agregado de "chinampas" donde surgían las casas y los huertos, alcanzables solo atravesando el agua de la laguna y de los canales. La población, en tiempos de la conquista, se calculaba ser de 72.000 habitantes.

La cultura azteca conlleva una sobresaliente capacidad de representación unitaria, y por lo tanto de proyecto del ambiente físico. Existían planos indígenas de Tenochtitlán que han sido vistos por Pedro Martín y copiados por Juan de Ribera, amanuense de Cortés. "Entre los mapas de estos territorios, hemos examinado uno que tiene una longitud de 30 pies o poco menos, tejido en algodón blanco, donde estaba ampliamente descrita la laguna con las provincias amigas y enemigas de Moctezuma... además del mapa grande, vimos otro un poco más pequeño y no de menor interés. Comprendía la ciudad de México con sus templos, puentes, lagunas, pintado por los indígenas”.

Los europeos, que en sus empresas dependen paso a paso precisamente de los sistemas de representación espacial, son estimulados por estos aspectos análogos de la cultura indígena. La diferencia superable se encuentra en cambio en el concepto funcional de la ciudad, que para los americanos es un centro de servicio para una población en gran parte esparcida, formado por los templos, las calles, por los edificios públicos, mientras que para los europeos es un sistema de instalación privilegiado, o sin más, exclusivo, como en España, y por tanto formado sobretodo por las viviendas.

Esta diferencia concierne a la arquitectura y su valor con respecto al paisaje natural. Los templos-pirámides se destacan por sí solos en el escenario de la naturaleza, ambiente común de vida y de trabajo, como signos de la presencia humana e instrumento de una posible mediación con respecto a las fuerzas naturales omnipotentes.

En cambio los edificios públicos y privados, según la concepción europea, tienen valor porque están recogidos en la ciudad y forman un paisaje humano construido y compacto, contrapuesto al del campo.

México y otras ciudades construidas por los españoles en toda América, dependen pues en primer lugar de un plano de redistribución de los asientos que es considerado perjudicial para cualquier transformación económica, política y religiosa. El nombre oficial usado para esta operación es poblar.

El primer concilio de la iglesia mexicana, en 1555, pide que los indios "sean convencidos -u obligados por la autoridad real si fuere necesario, pero con la menor violencia posible- a reunirse en lugares convenientes y en ciudades razonables, donde puedan vivir de una forma política y cristiana".

Padre Juan de San Miguel, que trabajó en México inmediatamente después de la conquista, "para lograr, su máximo efecto del gran celo que tenía que convertir a los indios, los convenció de dejar las regiones montañosas y salvajes donde vivían y transferirse más abajo donde el terreno era mas plano, fértil y fresco”.

Allí él fundó ciudades, y así lo hicieron sus habitantes dignos de ser llamados hombres, mientras que no lo eran donde vivían antes, esparcidos y lejos los unos de los otros

Teniendo en cuenta este absoluto contraste ideológico, es posible interpretar correctamente la operación de García Bravo, cuando traza el nuevo plano de la capital mexicana. Este acepta los trazados principales de la ciudad azteca, coloca la plaza mayor en el lugar del área sagrada y los nuevos edificios del poder religioso y político -la catedral, el palacio de Cortés- en el lugar de los templos y del palacio de Moctezuma. Además de los trazados ya existentes, acepta probablemente el espíritu de regularidad del organismo precedente, por respeto o por emulación. Pero pone estos elementos al servicio de un plano residencial, igualando en el damero, las calles, los edificios públicos y privados, solares ya asignados y solares aún por asignar.

Es licito pensar que la gran experiencia de México haya influenciado a los planos de las otras ciudades fundadas en gran cantidad desde la tercera década del ‘500 hacia adelante en todo el territorio mexicano y en las otras regiones de la América Latina. El mismo García Bravo traza el plano de Oaxaca y de la segunda Veracruz. Sabemos los nombres de otros proyectistas: Juan Alania, plano de Santiago de Querétaro, 1534, Alonso Martín Pérez, de Puebla de Los Ángeles, 1531, Juan Ponce, plano de Valladolid -hoy en día Morelia-, 1541.

La frecuencia de estas iniciativas hace surgir la exigencia de una regla común; los asientos son cuadrados (más raramente rectangulares) y la plaza central es obtenida generalmente suprimiendo una de las manzanas. Cortés en 1525 da una serie de instrucciones que recuerdan un verdadero modelo unificado:

"Después de haber derribado los árboles, tienen que comenzar a limpiar el terreno, y luego, siguiendo el plano que hice, deben trazar los lugares públicos tal cual como están indicados: la plan, la iglesia, la municipalidad, la cárcel, el mercado, el matadero, el hospital... Luego le asignarán a cada ciudadano su solar particular, como está indicado en el plano y harán lo mismo para los que llegarán porteriormente. Se asegurarán de que las calles sean bien rectas, buscarán a los especialistas que sepan trazarlas".

Pizarro, que aspira a repetir la hazaña de Cortés, funda en 1530 en Perú la ciudad de San Miguel "según las reglas, con la plaza central"; y más tarde de acuerdo al mismo modelo funda a Quito y San Francisco de Quito (1532), la nueva Cuzco (1533) y Lima (1535).

También en Perú los conquistadores encuentran una civilización urbana evolucionada, que usa trazados geométricos para organizar sus asientos. Cuzco, la capital de los Incas, es representada espontáneamente por los diseñadores europeos según el modelo ya divulgado de damero. Algunas ciudades excavadas en nuestros días, como Viracochapampa y Pikillaqta, están basadas en un damero riguroso y fueron probablemente construidas durante la conquista española o poco antes de la misma.

En Cuzco y en otros lugares los métodos de construcción de los indios y de los conquistadores se entrelazan en el tiempo, y hacen difícil una distinción precisa entre las dos fases. Sin embargo, la población se concentra gradualmente en las ciudades nuevas, como Lima, que crecen y adquieren una organización compleja, con una plaza principal y otras secundarias.

En el mismo período la colonización española se extiende en la América del Sur y más tarde también en las Filipinas. El mismo modelo urbano es utilizado en todos los climas y en todas las circunstancias, en Cartagena 1533, Guayaquil y Buenos Aires en 1535, en Bogotá en 1538, en Santiago en 1541, en Concepción en 1550, en Caracas en 1567 y en Manila en 1571.

La autoridad central parece empeñada solo indirectamente en este esfuerzo grandioso de invención y de experimentación urbana.

En 1501 el Rey Fernando da a Oviedo [3] solamente vagas instrucciones: "Ya que es necesario realizar asientos en las islas de Hispaniola, y desde aquí no es posible dar instrucciones precisas, investiguen los posibles lugares y conforme a la calidad del terreno y de la población como también de los asientos de la población actual, establezcan los asientos en el número y en los lugares que les parezcan oportunos".

En 1513, las instrucciones dadas a Pedrarias Dávila afirman solo en términos generales la exigencia de proceder con una norma:

Una de las más importantes para observar es... "que los lugares escogidos para los asientos sean sanos y no palúdicos. Si se encuentra en el interior, que sea posiblemente a lo largo de un río, con aire y agua buenos y terreno cultivable en los alrededores. Encontrado el lugar que tenga estas características, procedan a dividir los solares para las casas... y desde el principio esto tiene que realizarse según un plano definitivo, porque la manera de trazar los solares determinará el modelo de la ciudad, ya sea en la disposición de la plaza y de la iglesia, ya sea en el sistema de las calles, por cuanto las ciudades nuevas pueden fácilmente ser conformadas según el plano. Si no se empieza siguiendo una forma, nunca se podrá alcanzar".

Solamente mucho tiempo más tarde, cuando el ciclo de estas experiencias se ha cumplido en gran parte, Felipe II publica la ley del 3 de junio de 1573. Una verdadera ley urbanística con minuciosas prescripciones que quedarán fijas en los dos siglos sucesivos.

El texto de esta ley es en parte un compendio de las nociones teóricas en la cultura del tiempo y en parte el balance de una experiencia ya consolidada, por lo tanto describe un modelo útil en el plano operacional (dos ciudades argentinas ya realizadas -Mendoza en 1561 y San Juan de la Frontera en 1562- son virtualmente idénticas en las prescripciones de 1573):

"Elijan el sitio de los que estuvieren vacantes y por disposición nuestra se pueda ocupar, sin perjuicio de los indios y naturales o con su libre consentimiento; y cuando hagan la planta del lugar, repártanlo por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor y sacando desde ellas las calles a las puertas y caminos principales y dejando tanto compás abierto, que aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma. La plaza mayor tiene que estar en el centro de la ciudad: su forma en cuadro prolongada, que por lo menos tenga de largo una vez y media de ancho, porque será a propósito para las fiestas de a caballo y para otras celebraciones... Su grandeza será proporcional al número de vecinos y tomando en cuenta que las poblaciones pueden ir en aumento. No tiene que ser menos ancha que doscientos pies y 300 de largo, ni mayor de 800 pies de largo y 532 de ancho... Que de la plaza salgan cuatro calles principales, una de cada costado y dos por cada esquina. Que las cuatro esquinas miren a los cuatro puntos cardinales, porque saliendo así las calles de la plaza no estarán expuestas a los cuatro vientos. La plaza y las cuatro calles principales que de ella han de salir serán provistas de portales para comodidad de los tratantes que suelen concurrir; y que las ocho calles que saldrán de las cuatro esquinas sean libres, sin encontrarse con los portales de forma que hagan la acera derecha con la plaza y la iglesia".

"Que en los lugares fríos las calles sean anchas, en los calientes angostas; y donde hubiere caballos convendría que para defenderse en las ocasiones, sean anchas...”

"En las ciudades del interior la iglesia no debe estar en el perímetro de la plaza, sino a una distancia tal que se presente libre, separada de los otros edificios de manera que pueda ser vista de todas partes. De esta forma resultará más bella e imponente. Tendrá que ser bastante levantada del suelo, de manera que se tenga que subir una serie de escalones para alcanzar su ingreso... El hospital de los pobres donde se encuentran los enfermos no contagiosos será construido en el lado norte, de manera que resulte expuesto al sur...

“Los solares fabricables alrededor de la plaza principal no tienen que ser concedidos a privados, sino reservados, a la iglesia, las casas reales, los edificios municipales, las bodegas y las habitaciones de los comerciantes, que deben de ser construidas antes que las demás...

"Los solares restantes fabricables serán distribuidos al azar entre aquellos que son habilitados para construir alrededor de la plaza principal... Los solares no asignados deben ser conservados para los colonos que podrán venir posteriormente, o bien para disponer a nuestro antojo... Los solares y los edificios construidos arriba deben ser dispuestos de manera que los alojamientos puedan gozar de los vientos del Norte y del Mediodía. Las casas (de los españoles) deben ser proyectadas de manera que sirvan de defensa y fuerza contra aquellos que quisieran estorbar u ocupar la ciudad...

"Todos los edificios, en la medida que sea posible, tienen que ser uniformes, con miras a embellecer la ciudad... A cada ciudad se le debe asignar un terreno común, de una amplitud adecuada, porque, si inclusive creciera mucho, que haya siempre suficiente espacio para la recreación de los habitantes y el pasto de los animales, sin interferir con la propiedad privad".

Tanto los asientos ya realizados como el texto de la ley de 1573 plantean el problema de las relaciones entre experiencias europeas y experiencias americana. ¿Hasta qué punto lo que sucede en el nuevo mundo es una aplicación de los modelos europeos, y hasta qué punto es un hecho original?

Los planos de las ciudades americanas han sido comparados a las ciudades romanas, a las bastides medievales, a las ciudades renacentistas y a los de damero, como Cortemaggiore (1470), Ferran (1492), Gattinara (1526), Guasatalla (1539), Sabbioneta (alrededor de 1560) Vitryle Francois (1545) y la Valette (1566). Pero todas estas comparaciones son poco convincentes.

Se puede admitir sin dificultad que los españoles del siglo XVI conocieran los restos de las ciudades romanas de plano en damero ortogonal que sobrevivieron en la península Ibérica -Tarragona, Mérida, Braga- y también las otras, aún más antiguas y más famosas, Nimes,

Torino, Zara; que conocieran las ciudades en forma de damero, fundadas en España desde el siglo XII al siglo XIV -Sanguesa, Villareal, Briviesca- y con mayor razón las más recientes como Alicante y Gandia (de la cual proviene uno de los primeros misioneros, fraile Alonso de Borja); que tuvieran noticia de las bastides francesas situadas en las grandes vías de comunicación, como Montpazier, Villenueve en Lot, Ste. Foi la Grande, y que conocieran por su fama a los ilustres ejemplos italianos.

La dificultad nace al conectar estos conocimientos a la experiencia concreta. La era de la colonización está cerrada en España como en el resto de Europa, desde hace casi dos siglos y las pocas ciudades nuevas fundadas a finales del ‘400 como Cortemaggiore, S. Fe de Granada, Puerto Real, parece depender no tanto de la tradición antigua o medieval sino más bien de la práctica militar de la castramentatio, divulgada bien sea por los tratados guerreros bien sea por la circulación de los textos antiguos como Polibio. Esta práctica -descrita también en el "arte de la guerra" de Machiavello que aparece en 1521- fue considerada una de las posibles fuentes inmediatas de las experiencias mexicanas, en las primeras décadas después de la conquista. Queda por explicar el paso de una práctica sectorial estrechamente relacionada a las necesidades militares y estas aplicaciones, que cubren todas las exigencias de una sociedad civil, en todo el continente. Finalmente, las nuevas ciudades del Renacimiento italiano y francés, son casi todas posteriores a las primeras ciudades americanas y contienen una serie de limitaciones desconocidas en el nuevo mundo, de las cuales tendremos que hablar todavía.

La opinión opuesta, que desvaloriza todas las antecedentes culturales, considera al damero como un dispositivo elemental, inventado nuevamente por los colonos americanos en base a criterios puramente técnicos, y al mismo tiempo es poco convincente. La cultura geométrica del Renacimiento, antes de ser un repertorio de soluciones áulicas, es un hábito mental ya ligado al funcionamiento de la industria, del comercio, de las exploraciones, de los negocios. Ya sea la técnica de producción, ya sean las costumbres visuales que han adquirido valor de pausa contemplativa en la vida cotidiana, descansan en la presunción de regularidad, o sea en la concepción espacial elaborada gradualmente en los dos siglos precedentes.

Esta concepción al comienzo del ‘500 es patrimonio común a todos los pueblos europeos y a todas las clases sociales.

Sus resultados en el campo urbanístico en Europa son pocos y esporádicos, por la importancia del mecanismo urbano ya existente, heredado de la Edad Media, pero muy ingentes en América, donde hay que crear "ex novo" una organización de los asientos de forma totalmente diferente de la tradicional (y además la tradición indígena ofrece un estímulo suplementario, con el rigor geométrico de sus trazados, inclusive en escala paisajista). De manera que el modelo de damero adoptado en América, si no deriva de una tradición operativa aún vital, deriva ciertamente de un ideal cultural, que en Europa es aplicado solo parcial y ocasionalmente en el campo urbano, pero que aparece en todas las obras “modernas” y está regularmente presente en la opinión común como índice de modernismo.

Establecida la homogeneidad cultural entre Europa y las colonias, se puede plantear correctamente la comparación entre las dos clases de experiencias. Las nuevas ciudades americanas se pueden comparar -antes que a las nuevas y pocas ciudades europeas, casi siempre productos artificiales y sobreestructurales del poder político- a las obras promovidas por el poder económico como los nuevos barrios de Augusta y de Nuremberg, a la población de Anversa, al Barrio Alto de Lisboa. Inclusive sin discutir sobre los eventuales influjos recíprocos es fácil reconocer en la base de todas estas iniciativas, diferentes según la variedad de las circunstancias, la misma mentalidad audaz, despejada, pero metódica y no ajenas a las sugerencias eruditas, teóricas y hasta utópicas.

Debido al carácter de esta mentalidad, desligada de las precedentes jerárquicas y tradicionales, las relaciones entre las experiencias individuales europeas y americanas deben considerarse posibles, sea en el sentido de Europa en América, bien sea del otro, y deben considerarse como probables solamente cuando se puede indicar, además de la analogía formal, el conducto concreto de la relación.

Según este criterio, los casos por considerar se reducen a dos: el primero concierne a la aldea de Gattinara, destruida por los franceses en 1525 durante la Campaña de Italia y reconstruido después por Mercurino Arborio da Gattinara, canciller de Carlos V. Esta es una de las figuras centrales de la corte española hasta su muerte, en 1530. Un hombre de gran cultura que influenció largamente la política imperial bien sea en Europa que en América, salvaguardando en el juego diplomático militar los ideales humanitarios y reformistas de su generación, que es la de Cisneros, de Adriano de Utrecht y de Erasmo.

Gattinara es un rectángulo dividido en cruz por dos calles principales, y formado por dos series de cuadras alargadas, perpendiculares a la dimensión mayor; la plaza no es más que una expansión de la encrucijada central, aislada por dos arquerías salientes de la calle longitudinal.

El diseño de las cuadras se asemeja al de Santa Fe de Granada y la aldea piamontesa puede considerarse como una réplica tardía de la ciudad-campamento española, reforzando la hipótesis de que este modelo fuese aún actual en 1 525, o sea en el momento crucial de la colonización americana. Sin embargo, podría ser que no fuera sino el eco momentáneo de la gran aventura urbanística al otro lado del océano, ciertamente bien conocida por Mercurino.

El segundo caso concierne a la orden del Hospital de San Juan en Gerusalén, que hasta 1522 reside en Rodi (donde existe uno de los más importantes trazados hipodámicos de la antigüedad), siendo luego expulsado por los turcos en 1530 y obtiene así una nueva sede de Carlos V en la isla de Malta. Aquí en 1566 el gran maestro la Valette funda la ciudad que lleva su nombre y que es muy similar a las ciudades americanas. También algunos modelos de construcción propios de esta orden (los conventos-fortaleza y los sagrarios esquineros en las iglesias de San Juan del Duero y de Paros, de los cuales probablemente derivan las posas americanas) han sido indicados como posibles fuentes de los del nuevo mundo. Por otra parte en 1566 las experiencias americanas eran divulgadas y difundidas, por lo menos en España, como se puede deducir por el contenido de las leyes de 1573, y la orden tenía estrechas relaciones con España, de donde derivaban dos de sus siete divisiones. Por tanto es más fácil pensar que el plano de la Valletta se derive de los americanos o bien haya nacido independientemente por análogas premisas culturales.

Desde mediados del ‘500 en adelante las influencias de América en Europa se vuelven siempre más probables y casi ciertas por cuanto esto concierne a las plazas centrales de las ciudades españolas construidas o reconstruidas con planta regular, en las últimas décadas del siglo. Con el pasar del tiempo, sin embargo, aumenta la diferencia de los organismos en el nuevo mundo de los análogos fundados en Europa (Vitry, Sabbioneta y más tarde Livorno, Nancy, Charleville). Estas ciudades nacidas por exigencias especiales militares y políticas, quedan fijadas de una vez por todas en la forma y en la medida del diseño inicial. En cambio las ciudades americanas son organismos en continuo crecimiento, cuyo desarrollo ulterior no es posible prever al comienzo. Además las ciudades europeas son normalmente fortificadas y las fortificaciones forman un anillo que bloquea definitivamente su perímetro. En cambio las ciudades americanas, por lo menos durante todo el ‘500, carecen casi siempre de fortificaciones y de un perímetro prefijado: el damero puede expandirse indefinidamente, prolongando en la dirección deseada las calles rectilíneas.

Más tarde en el ‘600, algunas ciudades vecinas a la costa (Panamá, Veracruz, Lima, Manila, etc.) son igualmente rodeadas por murallas, pero es interesante ver como el dinamismo del crecimiento continúa produciendo nuevos barrios más allá del cinturón fortificado, tal como sucedía en la Edad Media.

Otra circunstancia por registrar es la reciente influencia de la cultura académica, tanto en América como en Europa, desde el reino de Felipe II en adelante. Es el momento en que en España, debido a la dirección conformista impuesta por el nuevo rey, se difunden ampliamente los tratados antiguos y los italianos. Serlio es traducido al español en 1563. Vitruvio en 1565, Alberti en 1582 y estos textos se vuelven a encontrar también en México y en Lima, tanto en las bibliotecas públicas corno en las librerías.

En 1589 la corporación de los carpinteros y los albañiles requería de los maestros un examen de dibujo en los cinco órdenes, y muchos motivos de los edificios americanos son deducidos de las páginas de los tratados, especialmente del de Serlio.

Algunos pasos de la ley de 1573 derivan ciertamente de los tratados del Vitruvio y del Arberti, por ejemplo el de los vientos y la escogencia del lugar, que son retóricos e indiferentes a la realidad geográfica americana.

Stanislawsky ha hecho una comparación minuciosa entre el texto de Vitruvio y el de la ley. En realidad estas referencias académicas intervienen para consolidar y reforzar una experiencia ya cumplida, si bien no era ajena a estas relaciones

Pero la atestación decisiva de la originalidad de la experiencia americana se obtiene pasando de la escala urbana a la arquitectónica.

La mayor parte de las ciudades mexicanas medianas y pequeñas, desde la tercera década del ‘500 en adelante fueron fundadas por órdenes religiosas, franciscanos, dominicos y agustinos, y destinadas a los indios para protegerlos de los arbitrios de los europeos. En 1550 fue prohibido a los españoles vivir en ellas.

El plano de damero, adoptado regularmente en estas ciudades, no solamente incluye un espacio abierto de notable amplitud -la plaza central, sino también un espacio cerrado, igualmente importante, y contiguo al primero: el atrio, que precede a las edificaciones de la iglesia y del monasterio. Este sirve como lugar de reunión para escuchar la misa festiva (la iglesia está reservada a las misas en los días feriados).

Este recinto se articula por medio de terrazas, escalinatas y está equipado con una serie de elementos arquitectónicos: La capilla de Indios (una capilla abierta que protege y encuadra -como un escenario- el altar para decir la misa), las posas (pequeñas capillas usadas como puntos de apoyo en las procesiones) y las cruces en los grandes pedestales de piedra.

Así las nuevas ciudades en lugar de tener en el centro una serie de volúmenes macizos dominantes -como sucede en la ciudad europea- tienen un gran vacío, articulado de una forma compleja y con frecuencia dotado de varios niveles, especialmente donde el terreno está en pendiente. Esto le quita a la ciudad el carácter de ambiente amurallado y abre precisamente en el núcleo monumental las amplias perspectivas paisajistas típicas de la arquitectura indígena.

El espacio formado por la plaza y el atrio es el verdadero core arquitectónico de las ciudades conventuales, los edificios propios y verdaderos -iglesia, capilla y posas- valen como accesorios decorativos. La iglesia se reduce casi siempre a una sola nave larga y estrecha, como las más modestas iglesias del Gótico tardío, que muy raramente sobresale como un volumen más alto. En cambio la fachada, o sea el muro liso que forma la cara anterior a la nave, está perfilado y ornado como un motivo arquitectónico autónomo, en cuanto contribuye a caracterizar el espacio del atrio. Es inútil subrayar la originalidad de este modelo después del análisis exhaustivo hecho por M. C. Andrew. Bastará con recordar que éste lo considera "la más dramática invención arquitectónica americana, anterior al rascacielos".

El foco arquitectónico de todo el complejo es la capilla de indios, que tiene una gran variedad de estructuras y utiliza varios modelos: las terminaciones absidales del gótico tardío, los tabernáculos usados en Europa en el interior de las iglesias y hasta las salas hipóstilas de las mezquitas musulmanas como en San José de los Naturales y en Cholula. Estos motivos llevados al exterior y usados como cerramientos de un espacio abierto, adquieren un claroscuro imprevisto y requieren a su vez ser enmarcados en un escenario arquitectónico, oportunamente perfilado en lo alto para resolver el paisaje hacia el cielo.

Los ornamentos estilísticos se vuelven accesorios de segundo grado, o sea accesorios de los accesorios; éstos son deducidos del repertorio gótico, plateresco, renacentista o de la tradición indígena con desconcertante desparpajo. Algunos motivos son completamente extraídos de los tratados, como el portal de la iglesia de Tecali y la decoración de la bóveda de la capilla de Actopán, reproducidos de las ilustraciones del tratado de Serlio.

Así, la novedad del programa funcional —o sea la necesidad de tener en el centro de la ciudad un ambiente donde se pueda reunir a la ciudadanía— ha hecha surgir una tipología original, de la cual no existen precedentes ni en España ni en ningún otro lugar.

Pero del mismo programa, en circunstancias especiales han sido deducidas soluciones arquitectónicas aún más singulares. En Cuilapán hacia 1550 los dominicos construyeron una gran iglesia de tres naves, donde los muros laterales están horadados mediante una serie de arcos, y el organismo se vuelve una especie de pórtico abierto. En Pátzcuaro el obispo Quiroga, el cual ya nombramos, concluye su extraordinaria carrera haciendo construir, entre 1540 y 1565, una catedral que debía haber contenido a 30.000 personas. El proyecto preveía cinco cuerpos convergentes en forma de estrella hacia el altar, de los cuales solamente uno fue completado entre mil dificultades. La idea inicial parece debida al mismo obispo y quizás dependa en parte de la catedral de Granada con su terminación redonda, proyectada por Siloe cuando Quiroga se disponía a partir para América.

La catedral de Quiroga es la traducción arquitectónica de su programa cultural y humanitario el cual se lo ha llamado utópico a causa de las fuentes europeas de las cuales depende (Erasmo, Tomás Moro). Tal como hace notar M. C. Andrew, en Europa, la utopía de Moro es considerada como una especulación filosófica, mientras que en América puede convenirse en una guía para iniciativas concretas.

Las obras arquitectónicas propias de las grandes ciudades -México, Lima, Cuzco- son más convencionales y también se adhieren más a los modelos europeos. La catedral de Santo Domingo fundada en 1512 [4] , reproduce el esquema de las grandes catedrales góticas españolas, pero introduce una serie de simplificaciones geométricas bastante significativas (el plano resulta de una combinación de cuadrados). Las catedrales de México, comenzada en 1565, y de Puebla, comenzada en 1565 dependen de la de Herrera en Valladolid, o sea, siguen el modelo más moderno conocido en aquel período.

El arquitecto español Francisco Becerra viaja desde México hasta el Perú y proyecta muchos edificios religiosos entre los cuales se encuentra el convento franciscano y dominico de Quito (1581), la catedral de Lima (1582) y la de Cuzco (1589). Algunos clientes, como los Jesuitas, se hacen enviar directamente los diseños desde Roma, para su iglesia de Quito.

Considerada en el conjunto, la arquitectura de las colonias americanas no convalida ni la tesis de la hispanidad,, como carácter prevaleciente de la nueva sociedad, ni la tesis de las permanencias feudales, que prolongan en el continente americano las formas de convivencia de la Edad Media europea.

La arquitectura no es necesariamente el espejo de toda la vida social, pero es un sector donde el espíritu de novedad y de invención prevalece en el conformismo tradicional e imprime este espíritu, por lo que le concierne en la vida cotidiana. las experiencias arquitectónicas, especialmente en la escala urbana, son influenciadas no tanto por las experiencias análogas y por los hábitos consolidados, cuanto por el patrimonio de ideas y de aspiraciones, las cuales en Europa no llegan a traducirse en realidad.

Son partes integrantes de la que ha sido definida "la más extraordinaria aventura de la historia de Europa", y a pesar de los derroches causados por una distribución ab-normal de energías, contribuye a disminuir el peso del pasado y preparan el futuro.

El esquema urbano ideado en América en las primeras décadas del ‘500 y consolidado por la ley de 1573 es el único modelo de ciudad nueva producido por la cultura renacentista y controlado en todas sus consecuencias ejecutivas. Este modelo continúa funcionando por cuatro siglos ya sea en América como en otros lugares y después de ser generalizado en el cuadro de la cultura neoclásica, servirá como base para la más grande transformación territorial de la época moderna: la colonización y la urbanización de los Estados Unidos de América.



 

[2] Las Leyes de Burgos. (Nota M.D.M)

[3] Parece referirse más bien a Nicolás de Ovando.


Tomado de: "La Ciudad Colonial del Nuevo Mundo. Formas y sentidos". Miguel D. Mena, editor. Ediciones en el Jardín de las Delicias, Berlín - Santo Domingo, 2001.
Publicado originalmente en el Boletín del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas, núm. 9, abril de 1968, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

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