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Aurora Arias
Fue en noche de luna llena cuando la profesora Guerrero se presentó a aquella reunión del Club de la Espiritualidad en casa de Emi. Taquitos que retumban por las escaleras como si fuesen botas. Como si no se tratara de una mujer menuda, de poquísimas carnes y profundas ojeras. Carterita tira corta boquiabierta, porque la transparencia ante todo, excúsame, y Helen Montero, al verla, se quedó sin saber qué hacer, cosa rara en ella. Suerte que lo primero que hizo ese día al despertar fue consultar el tarot. Barajó durante un rato las 22 cartas de los Arcanos Mayores, concentrada en preguntar qué tal iría la reunión de esa noche. Sacó del mazo el número XVI con la imagen de un rayo fulminando una torre y dos cuerpos que caen desde lo alto, transmitiendo una sensación de caos, destrucción y azote. El pánico que le produjo elegir esa carta, hizo que Helen se pasara el resto del día inquieta. Obviamente, Papá Dios le estaba enviando una señal. Debido a ello, la propietaria de “Arquetípica ”, la tienda esotérica más prestigiosa de Ciudad, no fue a trabajar, evitando encontrarse con cualquier vibración negativa de las que pululan en el ambiente. A lo largo del día, de un calor vaporizo y violento, se protegió con mantras, y temiendo lo peor, antes de que cayera la noche, hizo citas con la homeópata adventista y el médico naturista. Para asistir a la reunión, se vistió de blanco, y metido entre los senos llevaba un cuarzo transparente y otro color rosa a modo de cetro escondido en una mano, que ante la presencia de la Guerrero , empuñó con más fuerza para que le diera poder y le mantuviera la autoestima alta, por si acaso.
Y ahí estaba: la profesora Guerrero en persona. Un poco brusca en su manera de expresarse, con su cigarrillo ladeado en la boca y la cartera sin cerrar encaramada al hombro (no tengo nada que esconder, excúsame), abierta a las más avanzadas corrientes de pensamiento, y al mismo tiempo, “respetuosa de las tradiciones dignas de ser conservadas para la preservación de la buena convivencia entre los seres humanos, que gracias al raciocinio nos diferenciamos de nuestros hermanos planetarios, es decir, los animales, excúsame”, la Guerrero se consideraba a si misma como la principal propulsora del Arte de delinquir , término de su invención que algún día daría título a sus memorias y que, según sus propias palabras, consiste en transgredir las leyes sin dañarse y sin dañar, en el entendido de que las normas sociales inteligentes favorecen las relaciones humanas y lo que de eso se desprende, o como decía Marguerite Yourcenar: “si hay una norma que es muy violada, tal vez no tenga sentido esa norma”; esta es más o menos la idea, excúsame.
Fifa Cruz tembló al ver a esa figura. Sólo a Emi, debido a su inexperiencia, se le habrá ocurrido invitarla. Dónde se conocerían. Con el paso de los años, la bruja radial tenía la sensación de que, a fin de cuentas, para bien o para mal, en esta ciudad nos conocemos todos. A lo mejor se trataba de una impresión falsa, pero de todas formas, a la Guerrero sí, a la Guerrero la conoce todo el mundo. Era inevitable encontrarla merodeando por ahí, asistiendo a tertulias sin ser invitada, boicoteando conversatorios, protestando a favor de alguna causa frente al Palacio de Justicia o haciendo aguerridas denuncias ante la prensa. Fifa la consideraba peligrosa, por lo que se sintió en el deber de advertírselo a las demás. Para ella, con todo el respeto que se merecía “por su papel protagónico en la lucha por la libertad de expresión y los derechos humanos, etcétera”, aquella señora no era más que una cabeza caliente que donde quiera que llegaba lo trastornaba todo. Y eso no es de ahora. Todavía Fifa recordaba que durante la Revolución de Abril, la profesora acostumbraba a…
--Revolución no, jeva, excúsame. Usemos bien el español dominicano: lo de abril del ‘65 fue una guerra entre dos bandos—le contradijo de inmediato la visitante cuando Fifa comenzaba a rememorar un episodio de aquella época protagonizado por la Guerrero , que le podría dar a entender a Zelda, Helen y Emi, sus compañeras del club, que se encontraban ante una persona difícil, por no decir, imposible de tratar.
Zelda se dio cuenta del desasosiego de la bruja radial, pero prefirió ignorarla, concentrada junto a Helen en levantar un altar antes de iniciar la reunión, y dado que Emi permanecía callada, a Fifa no le quedó más remedio que explayarse hablando con la profesora sobre los servicios que prestó un primo suyo a la patria en no se acordaba cuál suceso nacional. A modo de respuesta, su interlocutora encendió un cigarrillo, fuego y voz ronca, para a seguidas preguntar:
--Excúsenme, pero ¿alguna de ustedes sabe quién es la patria? ¿Patria no es una puta que vivía en el barrio de Borojol, de donde, por cierto, salieron muchas y muchos combatientes de la guerra de abril que sí prestaron un auténtico servicio a eso que tú, jeva ( señala a Fifa con el cigarrillo ) llamas tan ligeramente Patria?
Helen encendió una varita de incienso, sonriendo de buena gana ante la ocurrencia. Fifa, en cambio, inició una cruenta discusión acerca del respeto que merece la Patria. Contrario a la bruja radial, a la mujer de negocios esotéricos le simpatizaba la inesperada visitante. Una mujer de armas tomar, sin absolutamente ningún pelo en la lengua, no una pusilánime como Fifa, que comenzó a rebuscar en el fondo de su macuto, como siempre que se sentía nerviosa, en busca de algo que la ayudara a contrarrestar la piromanía verbal de la Guerrero.
--Tu noción de patria me parece eminentemente reduccionista, excúsame…. El planeta Tierra es nuestra verdadera patria.
Escuchando a la profesora, a Zelda le entraron unas ganas terribles de ser una mujer normal. Una de las que acuden a su consultorio de terapeuta alternativa en busca de orientación. Una de esas que parecen ignorarlo todo acerca de sí mismas, y no andan de noche levantando altares en las azoteas. Una de las que a estas horas se encuentran acostadas en su cama, tranquilas con sus maridos, mirando la televisión.
Emi, por su parte, rogaba al cielo que a nadie se le ocurriera ir al baño. Le había tomado un día entero ordenar su vida dentro de las cuatro estrechas paredes de su habitación-cocina-terraza-baño llena de cachivaches podridos de lluvia y salitre, situada en la azotea de un ruinoso edificio de tres plantas en Ciudad Nueva, donde casi nunca llega la energía eléctrica que roba a su vecina y ésta a su otro vecino, y así sucesivamente, todos se roban entre sí. Había fregado lo mejor que pudo el baño, pero como quiera, se trataba de una construcción vieja, precaria, y por primera vez en su vida sintió vergüenza de recibir a alguien en un lugar así. ¿Será que por fin estoy madurando, y por ende, desarrollando una mayor conciencia de prosperidad?, pensó, y se propuso que del lunes en adelante, en vez de andar jangueando por el mundo, saldría a buscarse un trabajo decente para intentar progresar.
Entretanto, la profesora continuaba lanzando humo por la boca. Parecía que los efluvios de la luna llena la exaltaban. ¿Y estas jevas, excúsenme?, se preguntó a sí misma, observando con sus ojos de búho el nerviosismo de Fifa, los aprestos pensativos de Zelda y la agilidad elegante de Helena, prendiendo velas y poniendo objetos sobre una mesa plástica cubierta con un mantel curtido, secundadas por Emi. De repente, se le ocurrió que sería interesante grabarlas, dejar inscrito para la posteridad todo lo que se dijese o dejase de decir en aquella tertulia, así que introdujo su delgada mano en la cartera boquiabierta y puso a rodar el cassette dentro de la pequeña grabadora que en toda ocasión llevaba consigo para lo que se presentara. Como cronista citadina de su época, necesitaba recoger la mayor información posible, para luego dedicarse a escribir sus memorias. Debido a ello, sus archivos confidenciales contenían documentos secretos de no tan secretas conversaciones de media Ciudad sobre temas absolutamente tabúes, como la doble moral del sistema en cuanto a la lucha contra el narcotráfico, fichas entrecortadas dando cuenta de su intensa labor como observadora participante durante las últimas cuatro décadas del devenir nacional, y manifiestos a medio escribir de su propia autoría acerca de otros puntillosos temas. “La vida al servicio de la comunicación”, excúsenme.
Emi se dio cuenta de sus intenciones, pero no dijo nada. Admiraba ese don de la profesora de ser tan inofensiva como peligrosa, tan desagradable como divertida, tan cosmopolita como patriota, tan a la altura de los que poseen, y la vez, solidaria con los desposeídos, de ahí su séquito de rastafaris criollos y artistas marginales sin techo ni comida, defensores a viva estampa de la hambrienta diversidad cultural, entre los que se encontraba ella misma.
Tras el silencio cómplice de la más joven del grupo, el cassette en la grabadora de la Guerrero comenzó a rodar, captando un poco de todo lo que sucedía alrededor: voces de niños jugando en la glorieta de un parque, carros que pasan por el malecón, bulla, bocinazos, música, risas, maíz, maíz, maíz, maicero, barcos que zarpan, boca de lobo de mar. La luna, de un resplandor inusitado, lo expandía todo.
En el improvisado altar, velas y aromas encendidos. En esta esquina, el Buda que Helen trajo desde China para obtener abundancia. Al centro, la grácil figura de Kuan Yin, junto a una estampita de la diosa Kali y otra de la Virgen de la Altagracia , y más atrás, el retrato en blanco y negro de un gurú barbudo nacido en Occidente, con maestría adquirida en Oriente. Un altar de primera, pensó Helen, poniendo a sonar Only Time , de Enya, mientras anunciaba al resto de sus compañeras que la reunión podía comenzar.
--Seguimos siendo una aldea rural, que no global, excúsenme. Algo así como el medioevo en el siglo XXI—comentó la Guerrero , mientras contemplaba el altar, tremendamente deseosa de suscitar una discusión en el seno de aquel grupo que ya le estaba pareciendo demasiado aburrido. Como respuesta, Fifa le pidió que apagara el cigarrillo y se organizaran en círculo.
Hicieron lo segundo, salvo la profesora, quien aludió a su legítimo derecho de fumar, siempre y cuando tuviese la consideración de lanzar el humo hacia el cielo, y sin atender a los requerimientos de Fifa, continuó haciéndolo de pie. Mientras, el Club de la Espiritualidad , sentadas sobre cojines en el piso , esperaba por ella. Nadie se movía, nadie decía nada. Actuaban como si se sintiesen intimidadas. ¿Qué es lo que pasa? Hay que hacer algo. Fifa miró hacia el ombligo de Helen, esperando una reacción. Pero esta mostraba su peor sonrisa bondadosa de la noche, pensando en el significado de aquella carta que le salió en el tarot.
--Antes que nada, jevas, excúsenme…--dijo la profesora, tirando a un lado la colilla de cigarrillo y sentándose junto a las demás mujeres--. ¿Se han puesto a reflexionar acerca de cuál es el objetivo de este supuesto Club de la Espiritualidad ? Porque me imagino que ustedes no son como la mayoría de los que han controlado el Poder en este país, que nunca han tenido claro la forma de procurar la construcción de un auténtico Estado de Derecho--. Al decir esto, la Guerrero , que había encendido otro cigarrillo y continuaba tirando el humo donde le venía en ganas, pareció entrar en un momento de especial frenesí. Se quedó mirando a Zelda con ojos de recriminación, moviendo la cabeza de un lado para otro como quien sube a un estrado y defiende una causa de gran envergadura.
La terapeuta, sintiéndose aludida, iba a dar una explicación, pero la profesora le salió al paso.
--Yo creo que un espacio para la reflexión como el que ustedes procuran, se puede obtener donde quiera, en cualquier cantidad de momentos y lugares, con plena espontaneidad, excúsenme. Cuando se asume lo espiritual como un modus vivendis, no hay que esperar a que sea viernes en noche de luna de llena para reunirse a reflexionar, aparte de que lo que la gente está urgida es de educación, no de altares, para poder ponerse en condición de evidenciar a las y los farsantes de la política nacional.
Vaya, vaya, vaya… ¿quién iba a colocarle el cascabel al gato? ¿Quién iba a explicarle a esta profesora que a las integrantes de este club al que equivocadamente quizás había sido invitada, no les interesaba hablar de política, y que por el contrario, igual que el resto de la población, estaban hasta la coronilla del tema? Pero ninguna se atrevió a decir nada, dándole a la profesora la oportunidad de continuar:
--Porque más de la mitad de la gente en esta media isla usa menos de cien palabras en su conversación cotidiana, es funcionalmente analfabeta, sufre de anemia, y por tanto, se encuentra incapaz de discernir en profundidad, y menos un viernes, excúsenme.
--Chica, sí, es cierto—la interrumpió Helen, de la manera más diplomática posible—Pero precisamente, para mejorar esa situación tan real que tú planteas, las cabezas pensantes tenemos que seguir evolucionando, por el bien de la humanidad y el país, y por eso nos reunimos cada viernes a reflexionar...
--Jeva, pero cuánta ingenuidad... ¿a cuál estadio de evolución perteneces? ¿Olvidas que naciste en un país que eligió como presidente a un hombre que no sabe distinguir entre espontaneidad y grosería, que no sabe expresarse sino es en términos barriobajeros? Y no es que tenga nada en contra de los barrios, todo lo contrario, pues yo nací en Villa Consuelo donde, por lo menos en mi infancia, se respetaba a las mujeres aunque fuesen rameras, excúsame.
La profesora se dispuso a seguir disfrutando de su cigarrillo. La noche avanzaba y cada vez estaban más disgregadas, rumió Fifa para sí. En su opinión, la Guerrero sólo las estaba haciendo perder el tiempo. Tan buenas reuniones que siempre tuvieron, tan enriquecedoras, sin temor a tan absurdas confrontaciones. Ahora tienen que soportar a la profesora saltando de un tema a otro diciendo que “si elegimos a ese presidente es porque todos y todas necesitábamos del pinche tirano del que habla Castaneda, de ese ser humano que nos pone a prueba para ayudarnos a crecer”. ¿Pruebas?, pensó la bruja radial. Ya era suficientes con las que tenía. Fifa Cruz no quería que le hablaran de más “pruebas”. Estaba harta de ellas. Qué más prueba que constatar mes por mes las pocas ganancias que le rendía su programa radial, situación que la había obligado a agregar otras maneras de resolver la vida, por lo que aparte de dar consejos por la radio, vendía productos para la higiene personal, hacía limpiezas energéticas en las casas con humo de romero y amoníaco, y regaba volantes en diversos cines, semáforos, oficinas y restaurantes de la ciudad ofertando sus poderes síquicos. Qué más prueba que ver que los tambaleantes resultados de tanto picoteo espiritual la mantenían en una permanente línea fronteriza entre la verde esperanza del Dios provee y el ciego y repetitivo pesimismo de la cosa está mala . Por tanto, ahora más que nunca necesitaba sumergirse en un grupo que funcionase como un útero protector y complaciente, donde no se permitiese que una tal profesora Guerrero llegue de improviso a violentarlas.
-¡Suelta esa postura militar, jeva!—exclamó de repente la Guerrero. ¿Pero a cuál de las cuatro se refería? Tenía que ser a Zelda, por supuesto, pensó Emi. Ella era la más rígida, la que de tan tiesa parecía una esfinge.
Helen comenzó a sentir que una parte de su cerebro le decía “qué mujer tan interesante esta profesora Guerrero”, y la otra le advertía: “pero...”. Decidió hacerle caso a ambas voces, es decir, “qué mujer tan interesante, pero…”
--Tiene que haber alguien en la acera del frente que vigile el Poder con un sentido ético, excúsenme —continúo diciendo la visitante--. El caos institucional permite el desfalco, el saqueo y otras indelicadezas, y produce el "milagro" de gente que anda en yipeta y gana una millonada, pero no justifican su salario dentro de la administración pública en este país.
Al escuchar aquello, Fifa encontró el momento propicio para desenmascararla. ¿Qué explicación daba la profesora acerca del sueldo en una oficina pública, que según los rumores, cobraba mensualmente sin dar un golpe? ¿Podría considerarse tal conducta como ética?, le espetó.
--Treinta y tres años de ejercicio ético en este país, ameritan una recompensa por parte del Estado, excúsame —contestó con tranquilidad la Guerrero , que ya comenzaba a sentirse en sus aguas. Había encontrado en aquel grupo nuevas adeptas, o en su defecto, nuevas oponentes. Helen Montero, tan esplendorosa, a sus pies. Esta jeva, Zelda, la terapeuta, que por lo menos tenía cara de pensante. Fifa Cruz, la del programa de radio... fácil de manejar. A Emi la apreciaba. Ese tipo de criaturas silenciosas conocen de forma innata la verdadera esencia del Arte de delinquir .
--Cambiando de tema, y como comunicadora ácrata-anarcofeminista-libertaria que soy, quiero compartir con ustedes una experiencia que viví hace un tiempo en casa de una amiga en la culminación del día por la no violencia contra la mujer. Esa noche descubrí que, en definitiva, la diferenciación genérica es una construcción de la cultura patriarcal. Las mujeres también nos violentamos entre nosotras mismas—dijo la profesora mirando hacia la noche. Las volutas de humo de su cigarrillo eran un complemento perfecto a la expresión despechada de su rostro. Sin el humo de la profesora alzándose en espiral hacia el infinito como única antena cósmica posible, no estaría completa la atmósfera de familiar extrañeza entre las cinco mujeres formando un círculo de velas encendidas, bajo la luna llena, Santo Domingo, un viernes, frente al mar. Aunque difícil de sospechar, junto a su espíritu combatiente, habitaba en la profesora un alma sentimental y refinada que amaba la noche, los libros, la música y los búhos. En su nutrida biblioteca reinaban Theillard, Thoreau y el Libro de Urantia, mientras que en su variada discoteca se encontraba lo mejor de la Nueva Trova , los hits de Louis Amstrong los éxitos de Pirela, Los Beatles, Manzanero, Olga Guillot, y La Lupe. La Guerrero era además una criatura sensible a los vaivenes del cosmos. Etica, estoica y cáustica cuando menguaba la luna. Receptiva, sociable, amable, sobrecargada de ideas y proyectos que quizás nunca llevaría a cabo, si la reina de la noche se encontraba nueva. Carismática, pasional, de verbo encendido, la mirada rotunda y el rictus dramático cuando el satélite se tornaba creciente. Y enteramente ella, al borde de la desproporción, en noches de luna llena.
–En esa ocasión llegué al apartamento de mi amiga, según ella sin ser invitada, y se me ocurrió escribir todo lo que escuchaba y veía, pues pensaba hacer un texto de periodismo literario. Pero a mi anfitriona no le gustó la idea; “por favor, no sigas”, me dijo en cuanto se dio cuenta, como si tuviese miedo de que fuese a perjudicarla. Esto es ficción, arte, la comunicación al servicio de la vida, le expliqué, y seguí escribiendo todo lo que ocurría en aquella casa esa noche, pues como observadora participante de todas las épocas que soy, quería recopilar datos suficientes para escribir una buena crónica que luego incluiría en mis memorias. Sin embargo, mi amiga me acusó de que le estaba invadiendo su privacidad. Le puso trabas a mi labor echándome de su casa, lo cual me provocó una crisis sicótica...
--¿Crisis sicótica?—preguntó Zelda, interesada por fin en la figura que tenía enfrente--. ¿Y cómo hizo para superarla?
--Con la ayuda económica de un grupo de amistades, entre las que se encontraba la misma amiga feminista que me la provocó, fui recluida en un sanatorio mental en Cuba, de donde me di de alta yo misma, tras una fuerte polémica con el director del centro acerca de los procedimientos usados en ese lugar para tratar psiquiátricamente a personas cuerdas e inteligentes como yo. Luego de mi fuga, anduve por toda La Habana en compañía del primer taxista que encontré, quien me albergó por un tiempo en su casa, donde conocí a sus familiares y amigos, gente muy bella y solidaria con la que tuve el gusto de compartir días de inolvidable bohemia, y cuando un mes después decidí regresar a mi país, me encontré con que, por orden de mis propias amistades, las autoridades de migración me habían levantado un impedimento de entrada, pero convencí al oficial de turno del atropello que se estaba cometiendo en mi contra, y conseguí regresar.
--Chica, yo te felicito...—dijo Helen, no muy convencida.
--Esa es precisamente la importancia de contar con un espacio como este , donde ninguna de nosotras se ha sentido nunca violentada como te sentiste tú esa noche en casa de tu amiga—exclamó Fifa, que ya había escuchado hablar anteriormente sobre la crisis sicótica de la profesora.
--Excúsame, jeva, pero parece que aún no estás enterada de que vivimos en una sociedad donde en todas partes se ejerce la violencia; una sociedad hipócrita donde la violencia incluye que los políticos se apropien de lo recursos del pateado erario público para utilizarlos en sus respectivas campañas electorales, y luego tener el descaro de hacerse pasar como buenos ejemplos para la juventud— la Guerrero , volviendo a su teatral onda de denuncia política, se puso de pie, rompiendo de repente el círculo--.Y ni qué decir del clientelismo barato que tanto daño hace al pueblo, usando los servicios sociales del "Estado" para promover a las y los candidatos políticos, quienes pretenden manipular a la gente común y corriente que trabaja de sol a sol, pues cualquier cantidad de ignorantes pertenecientes a razas espirituales inferiores persiste en creer que en esta isla todas y todos hemos perdido la memoria, excúsame.
Fifa sintió que la mujer se estaba refiriendo a ella con aquel asunto de la pérdida de la memoria y las razas espirituales inferiores. Muy a propósito, le preguntó en qué año había nacido.
--Tengo 20 años de edad—contestó con resolución la profesora, parada en el umbral de la escalera, dispuesta a irse, convencida de que se estaba perdiendo hechos, conversaciones y reuniones mucho más interesantes en otro lado de Ciudad. Al notar las caras de asombro de sus interlocutoras, se sintió en la obligación de preguntarles:
--Excúsenme, pero... ¿no conocen la teoría cósmica científicamente comprobada, según la cual, mientras nos mantengamos enviándoles a nuestras neuronas el mensaje de que tenemos veinte años de edad, éstas funcionarán como si efectivamente así fuera?
Zelda, Fifa y Helen intercambiaron miradas. ¿Ven que esta mujer no está del todo bien de la cabeza?, parecía decir la bruja radial, mirando en línea recta hacia los respectivos ombligos de sus compañeras. Y eso, que la profesora había sido benévola al no hablarles sobre el Arte de delinquir , pensó Emi, entre la decepción y el alivio.
--Por cierto, antes de irme, las dejo con un par de frases que sí les permitirán reflexionar y hacer buen uso del cerebro: “el tiempo es una invención mental”, y “la juventud es la levadura de los pueblos”. Hasta pronto, jevas, y excúsenme--se despidió la Guerrero , al tiempo que dentro de su eficiente grabadora, el cassette cesaba de rodar haciendo click .