LETRAS PENSAMIENTO SANTO DOMINGO ESPACIO CARIBE EDICIONES

La novia del Altáncito

Aurora Arias

 

      Parado en el malecón, James Gatto pensó que toda aquella luz que lo circundaba podría iluminarlo a él también. Animoso, se dispuso a recorrer el lugar al que recién había llegado. Bares pequeños y pintorescos repletos de gringos, hoteles de madera con techos de zinc, vendedores de huevos sancochados, muchachas que iban de paseo, poco tráfico, la playa donde la gente se bañaba feliz, sin prisas, sin problemas. Un letrero indicando Long Beach, más bares, el edificio del Cuerpo de Bomberos, el recinto de la moderna Policía Turística al este, y el Fuerte San Felipe, testigo de la ciudad de Puerto Plata desde el siglo XVI, al oeste.
      Al término de su caminata, Gatto entró a un bar. Escogió una mesa cerca de la playa. La arena, el mar. Todo le parecía tan simple y primitivo, una ancha frontera abierta donde cabía, incluso, la felicidad. La brisa marina y las sombras de las palmeras le inspiraron lo suficiente para saber que aquello era exactamente lo que buscaba.
      Quiero vivir aquí, quiero explorar, crecer, amar. Ésta es la vida, y es cierta, pensaba complacido. Al rato, sacó del bolsillo de su Levis un recorte de periódico. Lo puso sobre la mesa, alisándolo. Leyó el papel una y otra vez. El empleo de manager nocturno en un hotel de la zona era todavía una incógnita. Nunca había hecho ese tipo de trabajo, pero aprendía rápidamente, en especial si se trataba del manejo de la gente. Customers service, dependientes, bartenders, encargadas de la limpieza, a todos se los metería en un bolsillo gracias a su carisma, a su caballerosidad y encanto, a su pinta de hombre educado, blanco, a su buen español, francés, inglés, e italiano. Le sobraba tiempo y energías, y esa tarde se sentía especialmente heroico, lleno de una euforia inusual. Tan distinto a un tiempo atrás, cuando aún habitaba en el anodino infierno que alguna vez fue su vida. Sí, sería una tarea fácil. Ningún trabajo lo espantaba. Sabía que lograría hacer cualquier tarea sin el más mínimo esfuerzo.
      El Océano Atlántico batiéndose frente a él funcionaba, sin dudas, como un elixir. El sentimiento de renovada ilusión, ese mar, esa luz, esa ciudad costera románticamente bautizada como Novia del Atlántico, le parecían tan maravillosos que enterrarían por siempre todo lo que dejó atrás. 
      **** 
      El motoconchista le hace señas con la mano y vocea:
      —¡Ahí está Barbanegra!
      James Gatto se parquea. Ve una pared blanca de dos metros de altura, con un portón de madera y tarros enormes conteniendo abundantes flores y palmeras. El portón está abierto. Prohibido el porte de armas, comida y bebida. Prohibida la entrada a menores de 18 años, reza un letrero. Gatto se desmonta de su auto. Ausculta el panorama. Ese hotel a sólo cinco minutos del centro del pueblo, en apariencia tan ajeno a éste, tan solitario… Atrás de la pared ve un techo de cana muy grande, de nuevo palmeras, y un par de edificios con techos de teja y balcones al mejor estilo español-gringo-tropical. Le gusta. Mira el reloj, y decide entrar.
      El gran techo de cana pertenece al restaurante, decorado con peces, aves marinas y más flores. Desde el techo, varios ventiladores se nutren de la brisa del mar. Enfrente, una fuente de cemento y yeso con un par de flamencos a ambos lados, y al centro, una Venus Afrodita lanzando agua. A la izquierda, una pared parecida a un cerco, con muchos árboles puestos allí para ocultar el área, darle privacidad. Se trata del inmenso jacuzzi al aire libre, diseñado para meter a mucha gente, a cualquier hora, a hacer de todo. En el amplio balcón del primer edificio acostumbran a amontonarse los gringos, mirando hacia el jacuzzi, listos para no perderse los momentos de más interés. Un Adult Resort, descubriría luego Gatto. Pero aún no sabía.
      Entra al bar, Algunos extranjeros, muy pocos. Se detiene un rato, tratando de orientarse. Observa distraído el escenario de su próxima aventura. Tres mujeres que beben cerveza sentadas en una mesa, lo miran con atención, pero él finge que no las ve. Las bartenders le sonríen y le preguntan si busca algo. James se acerca, se quita las gafas, y con su gentileza habitual pregunta por Mister Finch.
     —James Gatto, mucho gusto. Tengo cita con Mister Finch— explica, y les ofrece la mano. Las bartenders se miran y ríen. Una de ellas, sale del bar, va hacia Gatto, y le indica que la siga. Toman el camino de la derecha, donde aparece una piscina en forma de infinito. Al recién llegado todo le parece agradable, bien concebido. Se detiene ante una mesa donde hay café recién hecho, gratis. Las tres mujeres siguen allá al fondo, sin quitarle ni un segundo la mirada de encima. Gatto siente que se le calienta el cuello, trata de parecer relajado, y como siempre, lo logra.
      —¡Diablo, papi, tú si tá bueno, buen perro!grita una de las tres mujeres, la más joven. Un solo grito a plena voz y sin miedo, consciente de su poder.
      Gatto sabe que se refiere a él, pero se queda detenido con la taza de café en las manos, como si no la hubiese escuchado. Electrizado, eso sí, por dentro. De buenas a primeras, la protagonista del grito se ha puesto de pie, y está ahí, frente a él, con las manos plantadas en la cadera, uñas sintéticas, extensiones de pelo teñido, texturizado, hasta la cintura, ojos negros, muy negros, pestañas increíblemente largas, sonrisa desafiante; cara de “ven papi, buen perro, cómeme, que quiero ver como tú me pones, ven, que todo esto es tuyo, y es más, me lo voy a afeitar y me le voy a poner tu nombre para que veas que he estado esperándote la vida entera y ya no puedo más vivir sin ti…”
      Las demás mujeres observan sonriendo sin decir nada. Miran al desconocido, divertidas, en espera de su reacción, que no pasa de una sonrisa defensiva y cortés. La muchacha mueve la cabeza como si se estuviese quitando un parajito inexistente, y decidida, se acerca aún más. Gatto la mira, se siente halagado y en peligro a la vez. Ha comenzado la acción, piensa. En eso, aparece la bartender en compañía de un viejo con pinta de gringo, barba blanca y lentes, que camina y balancea la cabeza como un pollo, tiene la cara arrugada de quien acaba de recibir un boche, el cigarrillo apagado pegado a los labios (signo de fumador sin remedio), los ojos apagados, harto y agotado de vivir.
      Dos mujeres rodean a Gatto ahora, tan diferentes en sus mutuas ofertas; metida en su profundo aburrimiento, dura con los débiles y tumba polvo con los jefes, la bartender; sin mostrar miedo alguno, la muchacha de las pestañas largas y el grito, que mira al viejo y decide retirarse, no sin antes hacerle por ultima vez ojos bonitos al visitante, «no te apures, papi, que cuando este maldito viejo te suelte tú verás…».
      Jennifer pestañas largas desaparece, seductora, volteándose para asegurarse que Gatto la está mirando, y él la mira, sin dudas; y luego, mira al viejo gringo, pensando que es Mr. John Finch, dueño del hotel, pero es simplemente Dave, el gerente general, un sesentón canadiense radicado desde hace más de veinte años en la isla. Le habla en inglés a James, y en español a la bartender, un pésimo español, como para que no lo entiendan. Si este hombre es el general manager, no voy a tener ningún problema, pensó Gatto. O quizás sí, quizás sí podría convertirse en un problema si el canadiense llegara a sentirse amenazado por este desconocido que sabe manejar a la gente, que las hipnotiza como un encantador de serpientes, que habla un correcto español, que es más joven; y a pesar de contar con menos tiempo en el país, conoce mejor que él a los dominicanos y a los haitianos, y al parecer, las chicas, los cueros esos, se lo van a dar de gratis.
      —John está ocupado. Usted llegó con un atraso de dos horas a la entrevista. Tiene que esperar—dice Dave, de un modo que a Gatto le pareció ácido, pérfido.
      —No hay problema—contesta el otro, sin inmutarse. El tiempo le sobra y puede cogerlo suave.
      Dave se va con el mismo balanceo de pollo de regreso a su cueva. Gatto se dirige al bar y se sienta en la barra a esperar. Otro café, otro cigarrillo. Una cerveza, y se dedica a observar de nuevo el escenario. No se dejará llevar, no. Ni por cueros ni por pérfidos.
      — ¿Usted es el nuevo gerente nocturno?—le pregunta una voz que lo despierta de su trance omnipotente.
      Está parada a su lado. Una morena de contextura física fuerte, con un fólder en la mano, ojos y sonrisa brillantes, y un aire de que va a explotar de la risa por cualquier cosa y en cualquier momento, pero también puede incomodarse e hinchársele las venas del cuello dejando escapar todas las malas palabras del mundo a través de esa boca grande e invitante.
      —Bueno, quizás deba esperar hablar con el dueño para saberlo—contesta Gatto.
      Ella ríe.
      —Ah, el viejo ese… si no es que ya está borracho—mira el reloj. Bueno, es temprano, tiene que estar con por lo menos uno de los cinco sentidos todavía.
      Gatto ríe. Mercedes también. Es contagiosa su risa. Se faja a echarse fresco de prisa con el fólder. Le suena el celular y lo coge. Se pone seria.
      —¿Pero donde tú tá, maldito cuero‘el diablo? El gringo que ligaste anoche tiene cinco horas esperándote, yo no voy a joder con eso, ¿oíste? Bueno, si el marido tuyo no quiere que trabajes, entonces que te mantenga, ese maldito chulo, coño, ve a ver lo que tú resuelves con tu vida y no me jodas, que ya yo estoy harta de bregar con todita ustedes…
      —Estos malditos cuero’viejo que tanto joden—cierra el celular y sonríe—. Mi nombre es Mercedes, encargada de personal.
      Gatto, tratando de hacerse el divertido, le dice el suyo en tres idiomas distintos y le pide que elija el que más le guste. Ya alguna vez, en su gira existencial por otros lugares del Caribe, probó a ocultar su verdadera identidad cambiándose de nombre. Así, de Marco Ferretti durante su breve estadía en Cuba, había pasado a ser Fidel Mulheiro en su paso por las islas Caimán y Puerto Rico, y Joseph Ross cuando estuvo en Haití. Ahora, sin saber por qué, desea ser quien es; mientras aquella mujer le aprieta la mano con la suya durante un rato, más del necesario para presentarse.
     Mercedes le cae bien. Esos ojos negros y esa boca negra africana, qué interesante. La llaman, esta vez en vivo, y ella se despide rápido desapareciendo. 
      **** 
      Poco a poco, el movimiento alrededor del bar se hace más intenso, la tarde avanza, y los huéspedes, gringos en su mayoría, van llegando. Viejos, menos viejos, blancos de Ohio, negros de New York, un noruego pálido todavía y completamente fuera de contexto, el alemán de 85 años de edad que peleó durante la segunda guerra mundial y va allí porque se siente bien, porque esas mujeres al menos le hacen compañía y le dan alegría. Todos distintos, pero en el fondo, iguales. Llegan y se dedican a beber alcohol hasta perder los sentidos. Creen que aquí encontrarán amor, quieren besos en la boca, quieren manotear nalgas libremente, quieren que les digan “papi”, que durante unos días, horas, minutos o segundos los traten bien, y a lo mejor hasta se enamoran y se llevan a algunas de esas infelices a vivir con ellos para sus países o les mandan dólares desde allá.
       Otros no, para otros la cosa está bien clara, un cuero siempre será un cuero, un pedazo de carne caliente que hay que tratar de conseguir al menor precio posible. Mejor si la engaño y no le pago nada, y luego, en el message board del World Sex Archives doy testimonio sobre mi estupenda estadía en aquel paraíso de carne que es ese paisito, coloco las fotos que tomé, trofeos de cacería desde Puerto Plata, paraíso de cueros baratos, de mujeres y niñas que se ofrecen a Mr. Finch para que las deje buscárselas en su hotel. Miren esa dominicanita con cara de analfabeta desnutrida con mi pene en la boca y los ojos vacíos de tanto meter perico, qué bonita es y cómo disfruta de lo que hace. Búsquenla, es fácil de encontrar en la red, miren su cara, la suya; no la mía, que borré para no ser reconocido, por si la chica es menor.
      Las Barbanegra Girls hacen su entrada. Arriban montadas en motoconchos que las traen desde el pueblo, donde han dejado a sus hijos con el marido, o en su apartamento vacío, después de haber esperado a un chulo por dos días, ‘ese degraciao, seguro que está con otra más joven que yo gozando del dinero que me gano con el sudor de mi frente’. Entran por la puerta principal, caminando como por una pasarela, hasta llegar al centro del bar, tratando de demostrarle a las demás que ‘yo tengo mejor pinta que tú, mi amor, yo toi ma buena, yo voy a conseguir mucho cualto eta noche, un par de short terms de RD$1,500 o un overnight de RD$3,000, ¡a mamar guevos fue que vinimos!, así que ánimo, y si el ánimo no basta, unos buenos tragos y una fundita de perico ayudan’.
      Todo fluye más fuerte a partir de ahora, las bartenders están en apuros, pero pese a ello sonríen derramando Red Bull, tequila, Presidente… Las chicas inician el agarre. Se pegan a los gringos, ojos bonitos, acercamiento, y unas cuantas palabras estudiadas a ver lo que les sale. Si es que sí, se sientan en sus piernas. Si es que no, vete al diablo maldito gringo maricón, dicho entre dientes para no disgustar al cliente y no ser echadas del hotel.
      Gritos de júbilo de las que ya consiguieron pareja y saben que mañana tendrán con qué comer o suficiente dinero para perderlo en el casino esa misma noche y amanecer bebiendo y oliendo y llorando a solas. La voz de Miriam Hernández interpreta “El hombre que yo amo”, mientras una de las chicas, sentada en el bar, fuma, bebe, y canta, mirando llorosa una telenovela en la TV colocada detrás de las bartenders.
      A ella le encanta la gasolina, estribillo de unreggaetón, explota en un griterío de chicas Barbanegra que se tiran en medio de la pista a bailar, caras de orgasmo, caderas, senos, caderas, cuerpos no tan perfectos porque saben lo que es mal pasar; dinero, decadencia, frustración sexual e impunidad de un lado; juventud, miseria, hambre del otro. Se soban a los gringos, los agarran por entre las piernas, los arrastran a la fuerza por las manos y algunos ceden, sudan, arrancan a bailar con su típica falta de soltura, y todo se convierte en una mezcla que no mezcla.
      Mañana, tras la juerga nocturna, un poco después del mediodía, las Barbanegra Girls irán a sentarse alrededor de la piscina a jugar barajas y a chismear entre sí, riendo de lo que le quitaron a tal o cual gringo pendejo. Los “mi amor”, parte del circo de la seducción, han sido falsos, ‘te lo hago bien para que no te olvides de mí después de que te vayas, para que me mandes dinero’, ya tengo cuatro viejos que me envían cuartos y me lloran por teléfono. Y los gringos, sentados al otro lado, hablarán entre ellos, otorgando votos y advirtiendo cualidades y defectos de este negocio de vacas, ¿cuánto le pagaste?, ¿tanto?, ¿tú estás loco?, así esas putas se creerán la gran cosa, pero yo estoy enamorado, viejo, qué puedo hacer, risas; aquella lo hace bien pero tiene la piel manchada como un dálmata, más risas; a esa le hiede, y la que está a su lado tuvo que pegarse un trago largo de vodka para poder funcionar, y aún así, tenía cara de que no le gustaba estar ahí…
      Gatto permanece sentado en el bar, esperando que no lo confundan. Cansado del viaje y la espera, siente necesidad de ir al baño. Cruza Mercedes, como en patines.
      —Mercedes, disculpe, ¿dónde está el baño?—pregunta él.
      La mujer frena de golpe, se para en un solo pie, da media vuelta.
      —Venga, venga… ¿y el viejo’el diablo ese todavía no ha hablado con usted? Ay, mamacita, ya yo veo que hoy usted tendrá que amanecer aquí.
      La encargada del personal le muestra los baños cercanos al lobby, pero los dos están ocupados. Mujeres oliendo, probándose trajes de baños, alistándose para ir al jacuzzi o a la piscina. De repente, se abre una puerta y como un proyectil sale una muchacha borracha, desnuda, tratando de entrar un pie dentro de una cartera como si fuese un zapato. Da dos pasos hacia atrás para mantener el equilibrio y no caerle encima a Gatto, a quien mira con una sonrisa idiota; se cubre con las manos y la cartera y va de vuelta al baño donde hay cinco mujeres más gritando alborotadas, riendo, peleando, oliendo, quitándose y poniéndose sus colalés. Mercedes las insulta, miren coño hablen bajito malditos cuero’el diablo; James Gatto mira hacia otro lado, no se preocupe, no he visto nada, hasta que la muchacha desnuda desaparece. Mercedes explota de la risa, le toma de la mano y le lleva casi corriendo por una escalera de madera, grande y suntuosa, que conduce al segundo piso donde hay otro bar más grande, pero cerrado, y cuatro habitaciones. Allí encuentran un baño libre y limpio.
      Gatto orina con vergüenza, piensa que Mercedes lo puede escuchar. Ella se queda afuera, esperándolo. Se oye “Pobre Diabla”, otro reggaeton. Enseguida, gritos y coros desde el bar de abajo. James sale del baño y Mercedes le agarra de las manos de nuevo. Bajan de prisa al bar, donde termina el reggaeton y comienza un merengue; y enseguida Mercedes pasa de la prisa al baile entre aquella multitud de chicas y gringos que el alcohol pudo al fin confundir, aturdir, mezclar.
      Sin saber lo que hace, James Gatto se tira a la pista y baila.
      —Oh, pero usted baila merengue muy bien…—ríe Mercedes—. Y no se preocupe, que de ninguno de los dos, el manager general y el dueño, se sabe nada. Así que olvídate, Jaimito, disfruta, que hoy tu entrevista de trabajo no se va a dar.
      Gatto baila con ella, se ríe, le gusta que esa morena de boca africana le llame Jaimito, no piensa en donde ni cómo va a amanecer, ésta es por fin la vida verdadera. 
      **** 
      Dos horas después, es más de medianoche y James no ha comido nada. Gringos y chicas emparejados han subido a las habitaciones, quedan pocas personas en el bar, mucho más quietas ahora. Mercedes se despide.
      —Quiero desgaritarme de aquí antes de que el dueño me salga con una misión imposible a las dos de la mañana. Dígale a Dave que le de una habitación, que hay algunas vacías—dice, y le pide disculpas por no poder invitarlo a su casa, a su cama tal vez.
      ¿Iría? Sí, probablemente. Gatto la ve marcharse y decide ir hasta la oficina del general manager. Se detiene frente a la puerta de vidrio. Ausculta hacia el interior. Dave está solo, sentado frente al escritorio, fumando con los ojos fijos en una hoja que Gatto descubre es la de las reservaciones. Lo mira hasta que el otro lo mira, pero no se mueve por muchos segundos, como si estuviese encadenado a la hoja. James Gatto decide entrar.
      —Hola, buenas noches, estaba pensando si la entrevista de trabajo se va a dar hoy o quizás otro día. Sé que el cargo es nocturno, y quizás por eso hemos esperado a que salgan la luna y las estrellas…
      Ve pintarse en la cara del viejo una sonrisa ácida, fija, la segunda del día. Levanta una mano y le muestra una llave que dice C1.
      —John no se encuentra bien ahora. Está borracho como un perro, tirado en su cama. Vamos a vernos a las tres de la tarde. Usted puede dormir en esta habitación, gratis, por supuesto, pero ni el minibar ni las chicas están incluidas.
      Se ríe de su propio chiste y Gatto también. 
      **** 
      Sueño pegajoso, ganas de descansar. Ve entre sueños a un hombre flaco y más viejo que él, sin camisa, completamente tostado por el sol, parecido a uno de esos gringos que acaban con sus vidas en playas extranjeras, luego que todas las demás opciones se han evaporado. Triste, solitario, sin familia, objeto de burla de los que le arrancaron todo y ahora no encuentran qué hacer con él; esperando que algún pariente le mande dinero para supuestamente volver a su patria, pero si llegan los dólares, serán empleados en cualquier cosa, menos en regresar.
      James descubre que ese hombre es él mismo en unos cuantos años. El viejo lo mira y le agarra de la mano, empeñado en mostrarle algo. De repente, están volando juntos, el soñador sabe sin ninguna duda donde le llevará. Sí, lo sé, vamos a casa de mi madre. Entro con vergüenza. Varios niños están ahí, pero no veo a mi hijo. Lo busco afanosamente, hasta verlo bajar por una escalera. Tiene puesta una ropa vieja que le queda estrecha, ridícula, los zapatos rotos, no lo imaginaba así. Me mira con tristeza, salimos de la casa buscando estar a solas, ‘yo sabía que ibas a volver, papá, lo sabía, y si no volvías, yo sé lo que iba a hacer para encontrarte’, me dice llorando y abrazándome. ¿Qué tú ibas a hacer, qué tú estás diciendo?, le pregunto y lo abrazo más fuerte. Pobre hijo mío, me fui y te abandoné junto a tu hermanita, qué locura, qué locura, esto tiene que ser una pesadilla sin remedio, ya no podré hacer nada por ti, nada.
      Tocan con insistencia a la puerta. James Gatto despierta espantado. Deben ser como las tres de la mañana. ¿Quién me busca? ¿Dónde estoy?, ¿dónde está mi hijo? Ah, ese hotel… Se tira de la cama, y abre la puerta. Recupera su otro yo, el que vive en esta isla desde hace meses. Sonríe sin remedio ante el espectáculo que se le presenta enfrente.
      —Hola, mi amor, vamos p’al jacuzzi.
      Jennifer pestañas largas está ahí, metida en un traje de baño que con mucho esfuerzo logra cubrirle los senos y el resto del cuerpo. Una mano en la cadera que balancea casi nerviosa, a lo mejor insinuante; la otra sosteniendo un bolón que chupa, retiene en la boca, saca y mete, mete y saca, mientras lo mira. No es tan alta como parecía cuando se presentó ante él en el bar llamándolo “buen perro”. James observa en silencio su cuerpo, su cara, sus ojos, y esas pestañas increíbles.
      —¿No quieres ir conmigo, mi amor? Si tienes mujer, no te preocupes, que yo no soy celosa…
      Recita esa vieja frase que quien sabe cuantas veces ha recitado. La mano que tiene en la cadera, la derecha, se mueve hacia él y se posa en su brazo. Gatto se da cuenta que no hay nada que hacer. La sensación de aquella mano sobre su piel le detona en el estómago, corazón, cabeza. Uno toca mil manos, hombros, brazos en su vida y no siente nada especial. Un día no, un día sabes que quieres que esta mano no se vaya nunca de donde aterrizó, piensa.
      Tratándose de hombres, Jennifer se la sabe todas, le soba el vello y mira su reacción. James Gatto es un niño de teta en comparación con ella, aún cuando le dobla la edad.
      —Ven, papi, que quiero enseñarte cómo tú me pones—dijo, igual como pareció decir en la tarde.
      James no sabe cómo sigue aguantándose, pero se aguanta. Usa el cerebro, maldito imbécil, recapacita, piensa que esto no te conducirá a nada bueno. Es sólo una prostituta. Un cuero. Quítale la mano de tu brazo, sin ofenderla, claro, dile que es muy tarde y ciérrale la puerta en la mismísima cara sin preocuparte a donde irá a parar a esta hora de la noche, eso a ti qué te importa. Date una ducha fría o ponte a mirar el canal porno en la televisión por cable, y mastúrbate.
      Le retira la mano con delicadeza y prepara su mejor sonrisa, su mejor estampa, la del gentleman llegado de lejanas tierras, adorable y aventurero que intenta parecer, la imagen con la que pretende reinventarse, en el mismo instante en que ella de golpe se desmorona, pierde la sonrisa, se le cae el bolón de la boca, se apoya sin fuerzas en la pared, la voz estropajosa y los ojos llenos de lágrimas.
      —Por favor, lindo, ven, tengo frío, y no tengo dinero… ¿tú sabes si mañana llegan más gringos? Bríndame una cerveza, papi…
      Él, gentil, la sostiene para evitar que se caiga. Ella se hinca, recupera el bolón del piso, lo introduce otra vez en sus labios, lo chupa, ‘ven’, insiste. Está de nuevo de pie y lo mira implorante. Baja la cabeza, se seca las lágrimas y es cuando James nota que es sólo una niña. Ve la inocencia extraviada en sus gestos, y siente pena.
      —Está bien, espérame allá en lo que busco una toalla—acepta. 
 
      **** 
      Al rato, Gatto llega al jacuzzi pero Jennifer, al parecer, no está. Mira mejor. El agua bailotea entre luces y sombras, y ella se encuentra flotando dentro, con la cabeza reclinada sobre el borde del jacuzzi, como si estuviese muerta. Gatto entra en el agua caliente, e intenta resucitarla.
      —¿Qué te pasa?— le pregunta con voz tranquila y suave.
      La muchacha no responde. La sacude pero no logra que abra los ojos. Ve una mueca abrirse en su cara, la mueca sonrisa de quien está soñando, tira los brazos sobre los hombros de James, pero aleja su boca de la suya. Su cuerpo está contra él, puede sentir su calor, lo besa rápido y vuelve a reclinarse en el borde con los ojos cerrados.
      Luego le confesaría que no deseaba que los labios de él sintieran el amargo de la cocaína entre su labio superior y su nariz. Jennifer, pestañas largas, que no sabe contar, que no sabe ver la hora en un reloj, que en vez de escribir garabatea unas cuantas letras torcidas sobre el papel; y en cambio, conoce al dedillo todas las mañas y peligros aprendidas durante su temprano aprendizaje callejero. Jennifer que nunca fue niña, encarcelada, acostándose con el abogado para salir de prisión. Jennifer, recién cumplidos los dieciocho años, andando desde los trece con tígueres que la explotan, golpean y le caen a tiros de los que milagrosamente escapa. Jennifer, borracha y endrogada para engañar al dolor y sólo sentir placer. Jennifer, a quien un “moreno americano” violó y luego le prometió matrimonio. Jennifer enferma de los riñones, del alma, adicta, astuta, mentirosa, incumplidora, princesa de los bares de mala muerte de Long Beach, en compañía de to’ lo cuero malo de Puerto Plata, niña linda de Barbanegra, an exotic, erotic resort for single men and adventurous couples. Jennifer Miss Bikini Barbanegra, título ganado en buena lid, mostrándole las nalgas a un grupo de gringos decadentes.
      Jennifer, novia del Atlántico, víctima del subdesarrollo, quiero ser tu héroe, yo, James Gatto, ciudadano del Primer Mundo, te salvaré. Gatto toca sus senos, y la muchacha hace como si perdiera literalmente el sentido. Él se extasía mirando una vez más sus largas pestañas, momento que ella aprovecha para abrir los ojos y agarrarle el pene. Lo tiene en sus manos como si se tratara de un control remoto, sin dejar de mirarle, sonreída.

Novia del Atlántico

Click

Calle Caribe


1