Calle Caribe
Aurora Arias
Las tres mujeres estaban sentadas en el
desayunador, una frente a las otras. Clara era una mujer escuálida, un
poco fantasmal, como atravesada por una oscura transparencia. Actuaba
con esmerada consideración hacia la familia de Federico, su joven
marido, exactamente quince años más joven, y además extranjero. Ambos
iban de visita de vez en cuando, y Clara procuraba entonces no ser "la
intelectual graduada en Francia", sino únicamente Clara, la mujer de
Federico, sencilla y agradable, pero elegante. ¿Beba? Bueno, un poco de
paciencia con ella, existen seres así, salidos de la nada, de la
incertidumbre, a los que inevitablemente hay que soportar. Beba parecía
soportable, aunque cometiese el error de ser bonita y aparecer en sus
vidas cuando menos la estaban esperando. En cuanto a la Sra. Santos,
cierto que se veía pálida y ojerosa, pero siempre los acogía bien, con
aquel gesto de susto y alegría, sin dejar de mover nunca las manos.
Rápida y convincente, bromeaba, o abría la nevera, buscaba cosas en el
horno, metida de lleno en la resignada felicidad del ama de casa que
ofrece al mundo sus tesoros: "un poco del pudín que hice ayer para las
amigas de la iglesia, o uno de los helados que vendo por las tardes a
los nenes del barrio para ganarme unos chavitos".
Su marido, en
cambio, tomaba las cosas con más calma. O mejor dicho, hablaba menos.
Federico le llamaba "Nenito", porque lo consideraba un niño grande.
Pero, oh no, el Sr. Santos no era un niño grande. Sólo un adulto triste.
Miraba profundo, respiraba hondo, como tratando de tomar nuevas fuerzas
cada vez. Terco, quizá tierno en su callar. Dibujaba unos cuantos gestos
en el aire, los necesarios, y algo en el aire se quedaba vacío,
inconcluso. Entonces la Sra. Santos se ocupaba de decir cualquier cosa,
tratando de socorrer la interrogante de ese algo que de alguna manera
había que rellenar.
-Fue difícil, después de 11 años, volver a
parir. Es como la primera vez. O peor, porque ahora me siento más vieja,
más cansada, ¿usté vé?-le confesó la Sra. Santos a Beba, la amiga que
trajeron de visita Clara y Federico.
La muchacha, por su parte, se
sentía entre exitada y aburrida. Sentada en la estrecha sala, debía
escoger entre el parloteo de la Sra. Santos, el lloriqueo del pequeño
David, la indiferencia de Federico, la erguida intransparencia de Clara,
el silencio de Nenito, el Nintendo, y Ezequiel y sus amigos agachados
frente al televisor escuchando la musiquita tonta de Lolo el Devorador.
Afuera, la tarde ¡tan pesada!, y desde la guagüita anunciadora, la voz
del predicador gritando improperios en contra de Satanás, los políticos,
las prostitutas, los astrólogos, las brujas, los adúlteros, el vudú, los
tecatos, las lesbianas, los gay, las feministas, únicos culpables, según
él, de la sequía, castigo de Dios por tanta corrupción y tanto pecado.
-Permiso, voy a dar una vuelta, quiero conocer...-anunció Beba,
abriendo la puerta de metal.
Salió. La casita de los Santos daba
comienzo a la calle. Cataño es un basurero poblado de perros enanos,
solares baldíos, casas con techos de dos aguas pintarrajeadas de azul,
de fuscia, de amarillo, de un poco de aquello y de lo otro. La de los
Santos era roja,con un jardín de plátanos al fondo. Vivían allí con sus
dos hijos. Ezequiel, el mayor tenía la edad de sentir como un temblor la
vida. David, el más pequeño, apenas acababa de nacer.
Beba caminó
unos cuantos pasos. Luego se detuvo y miró hacia el fondo de la calle,
ancha aquí, estrecha allá, desenbocando en una avenida. Hacía mucho
calor, nadie fuera de su casa y un sol nublado y ardiente. Ay, suspiró,
tal vez el predicador tiene razón. Dios no sabe ya qué hacer con los
restos de su divinidad, ni consigo mismo, mucho menos con su propia y
antigua creación.
Beba, bendita: otra vez esa sensación de estar
metida en un sueño viscoso, como de gelatina, quizás debido al viaje, o
a la hora, 2:15 p.m. Iba a continuar caminando cuando oyó la voz agitada
de la Sra. Santos decir por la ventana que no fuera sola por ahí, que le
mandaría a ezequiel para que la acompañara, anda Ezequiel, mi hijo, deja
ese juego, vamos, que la Srta. Beba no puede andar sola por este
vecindario, echa, echa. Federico la secunda, varado, con esas ganas de
querer también ir, de llamarse Ezequiel y temblar bajo sus 11 años;
volver a tener una madre como su hermana, dicharachera, y un papá
silencioso a quien llamarle Nenito, e ir con Beba, que igual que siempre
huele a esa mezcla de sándalo con algo de jazmín, y viene de allá, de
alguna ciudad feliz donde todavía llueve...
Ezequiel, blando y
gordito, sale tal cual, sin camisa, Lolo el Devorador, la musiquita.
Sonríe. ¿Cómo describirlo, mitad a mitad de aquella nublazón terrible y
luminosa de Cataño? ¿Un ángel al filo de la pubertad? Un niño con cara
de adulto, tomándose muy en serio su papel de guía.
-Venga, primero
le mostraré el patio-dice, y Beba lo sigue. Pasan por la marquesina-.
Este es el carro de mi pai-señala un cacharro más o menos servible-. Acá
está el patio. Mire, éstos son nuestros plátanos, los sembramos yo y mi
pai.
Miró. El platanal, lo más verde que en aquel instante existía,
se alzaba preso entre piedras y basura. Ezequiel parecía tan orgulloso,
que la muchacha no encontró que decir para halagarlo. Cielo. Nublazón.
Suspiros.
-¡No los mire! -dijo de pronto el niño.
Acá, de
refilón, tres muchachos salen del patio de la casa vecina. Llevan la
cabeza rapada, aritos en las orejas y lentes de sol. Son ellos, los
mismos de siempre, los dueños del universo, los que inventaron una jerga
propia para llenar de incógnitas las ciudades, los hijos de las mismas
señoras que sufren, de aquellos que no supieron qué hacer a la hora de
entender la vida, los mismos demonios del predicador, apocalípticos,
nacidos de la noche, tan jóvenes como terribles.
-¿Quiénes son
ellos? -preguntó Beba.
-No los mire -repitió Ezequiel, haciendo como
que hablaba de otra cosa- Vamos a dar una vuelta por el vecindario, no
se asuste por los tipos estos, si uno no los mira, no importa, no se
meten con uno. Viven del patio para allá, aunque están en todas las
esquinas, ¿ve? Esta calle de mi casa se llama Caribe. Ese gallo que está
ahí se llama Peto, combinación de Pez y Toro, el nombre se lo puso mi
pai, que cuando joven escribía pensamientos y esas cosas. La mujer que
está mirando por la ventana, es de mi iglesia, con ella mi mai me
permite hablar... ¡adiós señora! Al gallo Peto lo echamos a pelear con
una gallina, porque no hay más gallos por aquí, y claro, el gallo
siempre gana. Es el esposo de todas las gallinas. ¿Usted de dónde es? Yo
nací aquí, en esta otra isla que también es un país. No, no mire hacia
esa casa. Ahí, y en aquella de allá, venden drogas, y ayer mismo mataron
a una mujer a tiros en medio de la calle, ¿ve?, donde están el charco de
sangre y los papeles de periódico. A veces matan a alguien por aquí, o
aparecen, nadando sobre la laguna, los cadáveres que tiran en la noche.
Por eso, la guagüita en la que el pastor de mi iglesia predica, tiene
vidrios a prueba de balas y usa chalecos él. Je, bueno, ¿la policía,
dice usted? La poli se asustó y ya no entra más a este sitio. Pero no se
preocupe. ¿Ve ese puente de madera? Debajo está la laguna. Después de la
sequía y los muertos se ha puesto fea, pero es muy divertida, todavía
puedo escuchar coquíes, esos sapitos que cantan ¿los oye? "!coquí,
coquí!". Los mosquitos van llegando un poquito más tarde. Parece que
lloverá, pero siempre es mentira. Ay, venga, la ayudo. No se preocupe
por los tres hombres que vienen atravesando el puente, son amigos.
¡Hola! ¿Ve? Son amigos de mi pai, no hacen nada. ¿Quiere conocer los
caballos? Este es el solar donde mi pai cría sus dos caballos. Ah, esos
carros que están ahí, tirados en la laguna , son robados. Los que venden
drogas los roban, los usan, y luego los tiran aquí de madrugada, como a
los cadáveres. Algunos son muy nuevos. Digo, no los cadáveres, sino los
carros, je. Voy a pitar para que vengan los caballos. ¡¡¡Fuííííooo!!!
Qué raro que no vienen. Tal vez estén amarrados en otro lugar. ¿La
escuela? Queda un poquito lejos, mi pai me lleva. El trabaja al lado,
ahí mismo de la escuela, en una oficina. El es el "Encargado de Podar la
Grama". Bueno, no vienen los caballos. Qué raro. ¿Cree usted que también
los mataron? Volvamos a la casa, que mi mai luego se preocupa. Cuidado
al atravesar el puente. Oiga, pero cuénteme, ¿dónde conoció usted a mi
tío Federico y a Clara? Ah, ya entiendo... Sí, sí, recoja florecitas,
haga lo que usted quiera. Aquí de día se puede hacer casi, casi todo lo
que uno quiera.
Novia del Atlántico
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