Ariadna Vásquez Germán
Si realmente quieres saber quién soy, tienes que estar absolutamente vacío como yo. Entonces habrá dos espejos mirándose mutuamente, y sólo se reflejará el vacío. Se reflejará un vacío infinito: dos espejos mirándose mutuamente. Pero si tienes alguna idea, entonces verás tu propia idea reflejada en mí.
Osho
Yo, que lo sé todo desde mi silla azul, lo veo como siempre lo he visto. Frente a la barra. Ahí está el hombre. Está pensando sólo en ella, mientras mira el café. La historia podrá ser la misma, pero éste es el sonido de la desolación, de la duda. Una pequeña dosis de retraimiento, alucino, y puedo perderme toda la esfera que cubre este momento en su vida, único, particular, permanente. Aquel hombre pequeño siempre existió, siempre será y, sin embargo, se revienta de miedo de morir. Pero la culpa no es de nadie, así será y los puntos se reconocerán cuando todo llegue al mismo vértice. Él se abandonará a la muerte esta noche.
Sentado frente a su café, puedo adivinar la sutileza de su redención. Parece muy débil ese hombre. ¡Podría ser un suicida! Se necesita valor para permitirse sufrir, para disfrutarlo. Pero ese hombre diminuto posee una rebeldía encantadora para esperar el dolor de lo que espera la muerte. Cualquier clase de muerte. ¡Él no se suicidará! Ahora podrá retar a la muerte, puede sentarse a esperarla porque en verdad no espera nada.
Lo veo todo desde aquí, con una pasividad divina. Ese hombre se sienta a pensar en la barra, se vierte en la cabeza una mezcla resacada de cocaína y alcohol de la noche anterior, y recuesta los codos, esperando, como un perro boca arriba. Está lleno de vida y la risa se le marea entre las venas. Anoche estuvo con la mujer de su mejor amigo, también con su mejor amigo, y un amigo de la mujer de su mejor amigo. No es la primera vez que fornica en orgías, negociando sus preferencias sexuales de infancia. Coger, brindar el culo, tramar, mamar cualquier cosa, desentrañar. No es la primerísima vez que se remueve entre orgasmos compartidos, pero esta vez fue la última.
Está lloviznando muy leve afuera y el hombre empieza a recrear imágenes. Se huele las uñas de las manos, le sudan las manos, la baba del sexo en sus narices, el vapor de recientes secreciones brota, y lo contempla todo de nuevo. El sexo es más hermoso y cautivante cuando se fotografía desde fuera, piensa. Lo que queda, las imágenes, ese misterio tardío que el hombre va descifrando, lo está excitando hasta dolerle el pene. Aquí no puede masturbarse y no tiene adónde regresar. Justo ahí lo recuerda todo y me da mi historia. Hace algunas horas, cuando abrió la puerta de su casa, una mujer, con un acento gringo desorbitado, henchida toda ella de mierda psicoanalítica, le dijo que se marchara. “Tienes que tomar la vida más en serio, tienes que encontrarte a ti mismo, o terminarte de joder, pero no conmigo, yo ya no aguanto tus malditos desórdenes mentales”. Se lo dice, y luego se sienta como si nada en el sillón de leather crema, a terminar de pintarse las uñas en un estilo francés. Está pitando una canción. El hombre mira hacia el otro sofá vacío, le dan ganas de sentarte pero se huele las manos, se las pasa por la cara como limpiándose, buscando un poquito de lucidez. Fija los ojos al piso y las ve. Recostadas a una de las patas de la mesita, están las dos cajas de Presidente en el suelo. Adentro hay libros, alguna ropa curtida y un grabador Sony microcasete con la tapita de la batería repleta de tiras de cinta pegante. “¿Está todo ahí?”, pregunta él. “Revisa si quieres”, le responde la mujer, sin mirarlo, y empieza a silbar de nuevo. Pero al hombre no le dan ganas de agacharse a joder con las cajas. No tiene adónde llevarlas, ni en qué, tampoco quiere hacerlo. “Después regreso por ellas”, dice, mientras camina al baño para lavarse las manos. Tiene peste a sexo y a cigarro. El vaho está en todos lados, metido entre los dedos, hirviéndole la boca; todo el cuerpo le hiede. De repente, le da hambre. Está acariciando el jabón de miel con ambas manos; se lo pasa lentamente de la izquierda a la derecha. Lo posa en una esquina del lavamanos, pero se resbala rápido, baboso; da unas vueltas en péndulo y se detiene pegado al desagüe; entonces cierra la llave. Un chorrito fino de agua se escapa, se filtra entre sus dedos y se vuelca rápido en el jabón. “I don't think you'll find them later”, le grita la mujer justo antes de lanzar un ¡fuck! al aire; se le acaba de dañar el puto estilo francés en el angular de la mano izquierda. El hombre sale del baño con la toalla marrón en las manos, se las está secando sin premura y se queda contemplando a la mujer en el sillón de leather crema. Tiene los ojos gastados, con una capa rojo amarillenta en toda la cara; está excesivamente cansado y sólo quiere cogérsela despacito para darse ánimos. Ella despega los ojos de sus uñas, lo mira e, intentando religiosamente parecer indiferente, le dice que no quiere verlo otra vez, que tiene que irse y llevarse todas sus porquerías. “Haz lo que te salga del culo con mis cosas”, le dice el hombre después de tirar la toalla a la mesa. Ella no dice nada. Entonces el hombre camina hacia la cocina, empuja con los pies un sobre blanco semiabierto que está en el pasillo y abre la nevera. No hay jugo, ni refresco, ni frutas, ni nada, sólo cerveza y una cajita de caldo de pollo Maggi vacía. Decide salir a tomar aire fresco. Tras la puerta, justo antes de dar un paso a la calle, recuerda cuál era la canción, “Fly me to the moon”, piensa, y entonces sonríe. La mujer aún sigue silbándola en la sala.
En la calle, mientras camina, el hombre se revisa el bolsillo izquierdo del pantalón. Saca unas monedas, esquiva cuidadosamente una alcantarilla abierta en la acera y toma un carro público en la Delgado , hace la señal con la mano derecha, “bajando”, le dice al chofer, y sube al coche. Está solo en el asiento trasero y, sin saludar, levanta su puño derecho hacia delante, dejando caer diez pesos entre las manos del conductor. No tiene reloj, pero la señora que está en el asiento delantero se voltea, le mira la boca y le pregunta la hora. “Son las seis y pico, doña”, le contesta el chofer, antes de que el hombre diga cualquier cosa. “Fue una ayuda”, piensa el hombre sin reloj, “la gente siempre es generosa”. Todos caminan sin prisa en la banqueta, tienen cosas en las manos: fundas, carteras, vainas que cuelgan de sus hombros y que protegen cáusticamente. Una muchacha flaca camina, fumando un cigarrillo y sorbiendo un vasito de café expreso que luego bota en la calle sin miramientos. El hombre no puede mirar afuera sin tener miedo. Está a punto de dejarse caer desde la ventana al pavimento. La ciudad está espeluznantemente cuajada, lenta. El tiempo se parte en pedazos en el contén. Todo se está desgraciando ahí afuera, con un zumbido insoportable en su cabeza, pero nadie despierta del letargo. El hombre cierra los ojos un minuto para que todo se calle. Hace mucho calor, demasiado ruido, y él empieza a extrañarla pero sabe que no volverá a verla. Tampoco le importa. Nada le importa, sólo quiere un café cortado con poca leche, y aire fresco. El carro se detiene frente al semáforo de la Independencia. Le dice al chofer que lo deje. “Desde aquí caminaré”, piensa. Cruza la avenida y camina a grandes pasos por la acera derecha. Lleva las manos en los bolsillos y de vez en cuando se pasea los dedos por el cabello, baja la cabeza y la levanta. Empieza a distinguir una sonrisa en sus orejas y entonces ríe, vomita una carcajada en plena calle, como un desquiciado, sintiendo la soledad, la muerte, en los pies, luego en las piernas, escalando sus membranas hacia las caderas y la espalda, sólo para sacudirle con furia la cabeza otra vez, pero el hombre sigue riendo, mientras camina solo, como el mendigo de la Kennedy , con sus dos pegotes de piedras pegadas en cada palma de las manos, pero él no tiene piedras en las manos; no lleva nada y sólo las guarda en los bolsillos. Sube al Conde por la calle José Reyes y todavía, riendo, se mete uno de los dedos en la nariz; saca una pieza de mocos y la observa sin detenerse, mientras confía en sus reflejos para no caerse en el contén. Empieza a envolverla lentamente entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha, juega con sus propias mucosidades, como un dios omnisciente creando, girando las partículas entre las agujas con una disciplina parsimoniosa, haciendo de éstas una sola masa pegajosa, verde, y, luego, siempre riendo, la estruja, la va recreando hasta volverla una figura perfectamente circular, una analogía absoluta de la existencia planetaria. Gira a la derecha en el Conde, la calle está llena de gente y el hombre se aburre de darle vueltas a la bola de mocos que lleva entre sus dedos; trata de tirarla, pero se queda plegada a las yemas. Se sacude casi con enojo. Entonces observa a un muchacho con un pequeño sombrero de guardia posado en la cabeza que viene de frente sin mirarlo y, con un dejo de desesperación, decide zafarse de aquella flema, ahora compacta, y se limpia los dedos justo debajo del bolsillo derecho de su pantalón. Sin dejar de mirar al muchacho fijamente, lo mira casi con ternura. “Ahora no”, piensa. El muchacho no lo mira, no lo nota y sigue caminando sin voltearse. Entra a la Cafetera. No hay casi nadie, dos meseros, la señora de la caja y un señor solo sentado en la primera mesa. Mira a todos lados, el señor solo lo mira, extraño, ligeramente sonriente. El hombre no le sonríe. Se sienta en la barra, sube los codos y pide un café cortado. “Poca leche”, dice. Voltea a su izquierda, la gente pasa frente a la cafetería sin detenerse, nadie conversa pasivamente, se ven alterados, hablando alto y el hombre se queda con algunos tramos cortos de historias, palabras mutiladas por el paso de otros cuerpos, otras historias. “Yo le dije que se fuera a la mierda”. Pasa la frase y su dueño, y viene una nueva ola de voces. “Uno tiene que ponerse duro en esta vida, mijita”. Otra fábula viviente que fluctúa, refrescada, que parece tener conexión con la otra, con la que sigue, con la que pasó, con el hombre sirviendo el café cortado con poca leche, con la señora de la caja que lee El jardín de al lado , con el señor solo sentado en una de las sillas azules de una mesa, que no hace nada, que sólo lo mira, sin moverse. Hay un marrón mortecino que cubre toda la ciudad, piensa. El hombre toma su café. Está muy caliente. Lo observa como buscando bichos en una sopa. Sorbe otra vez. Busca en el bolsillo de su camisa, ahí está la caja de cigarrillos y lo agradece, no sabe a quién, tampoco por qué con tanta vehemencia. “Ya no debería fumar”, piensa, y se pone muy serio. Prende un cigarrillo y el señor que hace un rato sirvió su café cortado con poca leche le acerca un cenicero con cierta cortesía. El hombre no lo mira, no dice nada. Ya no ve hacia ninguna parte, sólo adentro de su café transparente, donde descubre una idea, un hueco. Puedo ser mi propio dios y escaparme cuando desee. “Estaré aquí cada vez que quiera”, piensa. No entiende bien lo que acaba de sucederle, pero le dan ganas de reírse; se ríe sólo un instante y se queda otra vez mirando el café, frunce el ceño como si realmente estuviera preocupado. Toca la barra con los dedos de la mano izquierda, los mueve como sacando música de un piano; está rozando una canción. “La cuenta”, dice, sin saber realmente si el mozo lo escuchó. Se huele los dedos de la mano izquierda y piensa en ella; le dan ganas de coger y se queda un momento pensando en volver a casa, pero sonríe. Ya sabe que no podrá volver aunque quiera; no está nervioso y ahora se pasa las manos por el pelo con mucha calma, toma el sobre de la cuenta, lo abre y pone unos billetes sin mirar, lo cierra y se queda acariciando un segundo la piel del sobre, descubre el cigarrillo posado en el cenicero, está casi consumido, pero suelta la cuenta en la barra y lo toma sólo para exhalar lo que queda; lo apaga y repentinamente se levanta de la banquita. Sale de prisa. Lleva un cigarro nuevo en la boca y las manos en los bolsillos. Aún llueve levemente en la calle. El hombre se choca de hombros con un señor que lleva dos bolsas en cada mano: no se les caen, no se disculpan, no se dicen nada.