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DOS MUCHACHOS AMERICANOS, INGENUOS Y PUERILES

Anulfo Mateo Pérez



Dos hombres muy jóvenes llegan al hotelito a buscar alojamiento. Al
dirigirse uno de ellos al dueño, su "pinta" y acento idiomático lo delata
como norteamericano, al igual que a su acompañante.

El hecho no tuviera ninguna trascendencia si no dijera que eso sucedía en
febrero de 1966. Sus "nombres": Lorenzo y Benitín, los cuales nunca he
olvidado al hacer el ejercicio nemotécnico desde el primer día en que los
escuché; la analogía era sencilla: "Lorenzo y Pepita" y "Benitín y Eneas".
La Revolución de Abril de 1965 estaba aún muy fresca en la memoria de
todos los adolescentes que dimos seguimiento entusiasta a ese gran
acontecimiento.

"Lorenzo" y "Benitín" eran dos "ingenuos muchachos" norteamericanos que
llegaron a estudiar la posibilidad de perforar unos pozos para instalar
molinos de viento que darían agua en las zonas rurales más inhóspitas de
la región del valle de San Juan.

No comían en el hotelito, ni ingerían ningún tipo de bebida, ni siquiera agua.
Salían muy temprano en la mañana y regresaban casi al anochecer.
Charlaban un ratito antes de irse a la cama. Por lo general me interrogaban
acerca del idioma. ¿Qué es mondongo? ¿Tripas? ¿Qué es batata?
¿Tubérculo? (lo pronunciaba sin acento) y eso estimulaba la risa de todos.
Y luego se retiraban a sus habitaciones.

Ese diálogo tan insustancioso y pueril les granjeaba simpatía a los
muchachos americanos que venían a ayudar a buscar agua en el subsuelo,
para las zonas más desérticas de San Juan.

De todas formas y aprovechando su ausencia, no estaba nada mal hacer
una inspección minuciosa y con sumo cuidado de sus escasísimas
pertenencias y de sus habitaciones, para ver qué ocultaban los amigos;
qué se proponían estos jóvenes huéspedes, ingenuos y simpáticos.

Nada importante o sospechoso se encontró, absolutamente nada. Un par de
semanas después desaparecieron como llegaron y el pago de los servicios
en el hotelito lo dejaron con una de las muchachas de la limpieza.

Evadieron la despedida. Jamás se supo de ellos. Tampoco se supo nada de
los pozos ni de los molinos de viento.

Unos meses después conocíamos a un "mejicano", que llamaba la atención
por su acento inconfundible del idioma inglés y el contraste de sus rasgos
físicos marcadamente latinos. Se auto presentó en la sociedad sanjuanera
como un técnico civil de la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID).

El pelo como un erizo, igual como lo mostraba su pequeño hijo que
concurría al mismo colegio a donde acudíamos nosotros de lunes a viernes.

Su residencia, distante a unos 50 pasos del cuartel de la Policía Nacional y
otros tantos del Palacio de Justicia. De su techo se empinaba una enorme
antena, como las que usan las emisoras y que todos apreciamos hoy en día
por doquier.

Al igual que "Benitín" y "Lorenzo", así como llegó, se esfumó de la ciudad
junto a su reducida familia. Luego se dijo que se trataba de un personaje
que trascendía las herméticas fronteras de la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) para "escalar el estrellato" universal. En efecto, su
nombre y trabajos "técnicos" pasaban a llenar las páginas de los diarios de
todo el mundo, al ser secuestrado y luego ajusticiado en Montevideo,
Uruguay, por los Tupamaros. Su nombre: Dan Mitrione.

Ese técnico civil de la AID, se dedicaba en sus "ratos libres" a organizar la
Banda Colorá en la capital de la República, organización parapolicial de
triste recordación, que operó en Santo Domingo y que descolló con fama
nacional e internacional en los años de la década de 1970. También hacía
sus aportes al entrenar el personal de los "servicios de seguridad" que se
encargaría luego de perseguir, reprimir, torturar y desaparecer jóvenes
revolucionarios.
Un ex agente de la CIA, Ralph W. MCGehee, que formó parte de esa
organización entre 1952 y 1977, ha dado testimonio de las andanzas de
Dan Mitrione (Daniel) por Brasil, Uruguay, República Dominicana y otros
países latinoamericanos.
La narración de sus hechos es horripilante. En su libro, "Deadly Deceits:
My 25 years in the CIA" ("Engaños mortales: Mis veinticinco años en la
CIA"), Ralp indica que este señor trabajaba como asesor de seguridad de
las dictaduras latinoamericanas y en la represión que impusieron a sus
respectivos pueblos.  
Señala el ex agente, que la CIA "organizó grupos terroristas para atacar y
asesinar políticos de izquierda sin implicar a los gobiernos. Estos grupos
incluyen La Mano Blanca y Ojo por Ojo en Guatemala, La Banda en
República Dominicana y El Escuadrón de la Muerte en Brasil".

Y eso lo dice McGehee, que fue durante 14 años "oficial de operaciones"
en el extranjero y durante 11 años oficial de alto rango en el cuartel
general de la CIA en Langley.

Según McGehee la CIA armó directamente "la policía secreta"
y "escuadrones de la muerte" en "El Salvador, Guatemala, la Nicaragua pre-
sandinista, Corea del Sur, Irán, Chile y Uruguay". El ex agente señala que
esas operaciones son las responsables de "torturas, desapariciones y
muertes".

McGehee reconoció también que "en 1973 la CIA supervisó y asesinó al
presidente Salvador Allende" en Chile y señaló que la empresa electrónica
norteamericana ITT "ofreció un millón de dólares a la CIA para que diera un
golpe". Agregó que la agencia colaboró con los militares chilenos desde
1971 para elaborar un listado de "20.000 candidatos a ser asesinados la
mañana del golpe" (pinochetista).

Sobre las acciones de Dan Mitrione, McGehee asegura que en Uruguay la
CIA "estuvo asociada a los escuadrones de la muerte. La estación de la
CIA tuvo un control sobre las listas de los más importantes activistas de la
izquierda. Entregó nombres de sus familias y amigos. Mediante el servicio
de alianza, la CIA obtuvo y entregó (a los servicios de inteligencia y al
escuadrón de la muerte) nombres completos, fecha y lugar de nacimiento,
nombre de los padres, direcciones, lugar de trabajo y fotografías. Fue una
información invalorable para las operaciones de control de los subversivos
y una variedad de otros propósitos".

En 1969, la agencia envió a Montevideo al "conocido torturador" Dan
Mitrione. El ex agente comenta que hasta ese año, "las fuerzas de derecha
solamente habían utilizado la tortura como último recurso. Mitrione los
convenció para que la usaran como una práctica rutinaria. Su dicho era: 'El
dolor exacto, en el lugar exacto, en la cantidad exacta para obtener el
efecto deseado'. Las técnicas de tortura que enseñó a los escuadrones de
la muerte rivalizaron con los nazis. Finalmente se volvió tan temido que los
revolucionarios lo secuestraron y lo asesinaron un año después", así lo
relata el ex agente de la CIA, Ralph W. MCGehee.

Aconsejaba Mitrione a sus alumnos, como experto torturador: "Antes que
nada hay que ser eficiente. Hay que causar sólo el daño estrictamente
necesario, ni un milímetro más. Debemos controlar nuestro temperamento
en todo caso. Se debe actuar con la eficiencia de un cirujano y con la
perfección de un artista".

Hoy, personalidades liberales y sectores de izquierda, de cuyo seno
recordamos nombres como el de Guido Gil, Otto Morales, Amín Abel,
Homero Hernández, Orlando Martínez, Narcisazo, entre otras víctimas,
alertan sobre los afanes del Comando Sur de Estados Unidos con una
escuela de sargentos inaugurada en Las Calderas de Baní y las
operaciones militares denominadas "Nuevos Horizontes", en Barahona.
Planes estratégicos y ejercicios militares estadounidenses que se ponen
en práctica en el sur de nuestro país, cuyos campamentos están a solo
escasos minutos de puerto y aeropuerto, que evocan esos dolorosos
recuerdos. Y en momentos en que se habla de guerras preventivas y la
lucha contra el "terrorismo" (antes contra el "comunismo").

La convicción de muchos, de que "algo tenebroso" se trama contra el país
y contra los sectores más progresistas y revolucionarios, es difícil de
disipar, por más que se ofrezcan explicaciones oficiales favorables a
la "inofensiva" presencia de marines norteamericanos en la República
Dominicana.

Sobre todo, conociendo y valorando en su justa dimensión la inteligente
expresión popular: "Perro huevero."

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