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REY ANDÚJAR (1977) es todo un Robinson (pero antes de toparse con la Isla). Es narrador por excelencia, vive entre aquí-es y allá-ses. Pertenece a lo más reciente de nuestro imaginario literario (MDM)

Doña Ana

El factor carne

Para una antología

Cojuelo

Revolución

 

REVOLUCIÓN

Rey Emmanuel Andújar

 

¿Quería eso, mi chino?

Garrido, Alberto

El muro de las lamentaciones

 

 

Era el pez con mejores caderas,

del mar del amor…

Sabina, Joaquín

Yo también se jugarme la boca

 

 

… algo no andará bien pronto.

Alábalo que él vive.

Cabiya, Pedro

Historias Tremendas

 

 

Ahora que lo piensa insistentemente,

se percata de que nunca ha podido mirarlo al rostro

Germán, Ariadna Vásquez

Ángeles

 

 

Lo segundo que recuerdo es la imagen de Jonás lavando mi ropa interior de manera penitente en una esquina de la habitación (Sollozaba. Tenía la cabeza gacha). Metía y sacaba los panties morados del agua sucia. Los enjuagaba, los exprimía. Lo último que recuerdo: la extraña secuencia de cuadros halógenos. El bailoteo de la botella de suero a un costado de la camilla. El olor antiséptico del interminable pasillo. El sabor a mierda en mi boca. El cuerpo era un solo bloque de dolor que no podía reconocerse. Que iba desvaneciéndose a medida que avanzaba de velocidad. Recuerdo (Puedo ahora usar con propiedad esa palabra). La rápida intermitencia lumínica del techo. La mano blanca y espesa que se extendió hacía mí en el momento de la inevitable caída.

 

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¿Estaba Ariadna realmente interesada en serio en la Revolución? ¿En esta, en cualquier Revolución? Siendo justos, hay que reconocer que se mostraba atenta en el Círculo de estudio. Más de una vez se ofreció a pegar carteles en las calles, cosa que yo rechazaba con energía ya que podría ser peligroso. Hace días, la hicieron presa. La pescaron in fragantti haciendo graffiti en las grandes casas de la calle Francia. Podríamos afirmar que este hecho de soberana estupidez y valentía bien le habían ganado el respeto de los demás miembros del Círculo. Pero en sus ojos, siempre noté el desgano de la escritora. La silenciosa sumisión a la angustia. La disposición de hacer esas cosas porque definitivamente aquí ya no habría nada mas en que dejarse la vida. Ahora, desde esta blanca esquina, solo puedo verla luchar ayudada por tubos que entran y salen de ese cuerpo tan deseable. Puedo (y no quiero) ver la cara inmensa y morada, los brazos llenos de mallugaduras. Escucho este silencio de piedra, que se intercala con su accidentada respiración de fuelle. Una vez me dijo que estaba cansada de esta vida. Ahora, viéndola aferrarse en estos últimos instantes, realizo que grandes mentiras podemos elaborar en los momentos de desidia.

 

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Lo primero fue el chirriar de las gomas. Me dije a mi misma, Ya no hay pa' donde coger, mija. El sonido inmenso de la gran maquina en su fallido intento de frenar de golpe. El olor del asfalto quemando goma quedó impregnado en el aire. No sentí el golpe. Ahora compruebo que los que por dolor padecen, no pueden sentir nada cuando éste es tan fuerte, intenso y contundente. El cuerpo (Este perfecto artefacto) tiende a asimilar el dolor, a asumirlo como una extensión, como una extremidad cualquiera (Una mancha, un brazo, una uña). El asunto es que luego de este largo periodo de agonía (De ahora en adelante el tiempo para mi no existe. No es más que una sustancia hecha de melcocha y recuerdos. Un híbrido entre gas y ceniza) ya no siento la parsimonia eterna del dolor. Me siento nítida. Liviana como una pluma.

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Cerrar los ojos y estar con ella ahora no tiene sentido.  Mi vida, (Si a esto sin ella puede uno llamarlo así) guiada por dos cosas: Ariadna y la Revolución. Pudo haber sido: LaRevolucionyAriadna. Eso en realidad, siempre fue mi deseo verdadero. Hubiese querido por momentos que ambas se fundieran en una sola cosa. Poder disfrutar de ambas en todo momento. Para mí, la Revolución es respirar, para ella, habían siempre más cosas: parques, lagartos pequeños navegando en la floresta, el olor del mar que se escapa de los corales, la sal de las arenas, las tazas de café con nuez moscada. Ariadna es una lindura. Ella completa es una sucesión de hermosuras en un mundo nuestro lleno de represión, sirenas de ambulancias y patrulleros, toques de queda, discursos abusivos que insultan nuestra inteligencia, demagogias, largas caminatas, manifestaciones. Ahora, que en medio de la madrugada fría, froto mis manos para generar calor, quisiera cerrar los ojos y buscarle sentido al asunto éste de plantearme estar con ella en medio de un campo lleno de girasoles y flores africanas silvestres.

 

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Es increíble, de un momento a otro dejé de recordar y caminaba ya en la calle, haciendo adioses y sonriendo. El mundo era un cosa que olía a limpio, como si le hubiesen dado una gran lavada al aire y una mano de pintura a las paredes. El verde tan verde, los sabores. Como si con el accidente el paladar se me hubiese renovado y el helado de RonPasa es ahora un orgasmo. Jazmines a las siete de la noche justo antes de la cena. Ya no odio más el barrio. He vuelto y la gente me espera sin rencores aunque hace mucho ya que me fui para no volver jamás ni nunca. Caminando con destino a la casa de la vieja, tengo que hacer una parada inevitable en el café La Bodega. El olor. Pedir un cortadito con más leche que café, pasear mi vista por los cuadros viejos, la vellonera, las botellas perfectamente alineadas y sin polvo. En una mesa de la esquina, está él, impecablemente peinado y mal vestido con jeans sucios, camiseta roja y gastada, sentado frente a un trago de Anís del Mono. Puedo ahora, reconocer la mano blanca y espesa que se me ha ofrecido en la oscuridad tiempo atrás. No he podido resistir la tentación de acercármele.

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Aparatoso accidente

 

Provincia de Anaconda.- Una joven que se disponía a atravesar la intersección que hacen las calles Matafuegos y Giratorias, fue embestida la mañana de ayer por un vehículo de carga color rojo. Según su novio, testigo único de la tragedia, este hecho, mas que un mero accidente, es un claro atentado contra la Juventud Revolucionaria, luego de que la joven fuese identificada como autora de las (continua en la Pág. 5)

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Luego de las infinitas explicaciones y los interminables abrazos, he logrado al fin llegar a mi cuarto, cerrar los ojos. Ya en el camastro, mi cuerpo se amolda blandamente a la vieja superficie y con la sabana gris en la cara, completo la fase añorada por días. Todo olía a nuevo, y sentía el calor pesado. Tú, caminabas con ese pelo rizado al otro lado de la calle y sonreías con malicia. Te paras y con el dedo me haces una señal “Ven acá, tonto, te he estado esperando”. Tiro los libros y corro hacia a ti sin mirar a ambos lados de la calle. Tropiezo. Caigo rendido a tus pies y tu sonrisa se interrumpe para preguntar si me he hecho daño. Sonrío ridículo y digo que no. Levanto la cabeza y te encuentro hermosa sonriendo de nuevo. Caminamos. Detrás de nosotros, un muchacho con cara de viejo resignado, una barba de varios días, jeans sucios, camiseta roja gastada.

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Soy un ángel, me dijo al momento de sentarme. El muchacho de la barra me trajo el café hasta la mesa. Permanecimos un rato en silencio. Yo trataba de comprobar su procedencia celestial. El me aconsejaba endulzar y tomar mi café, Después que se enfría es imposible beberlo, me dijo. Luego, pregunté, Porqué he yo de conocer un ángel, él me respondió, luego de un largo trago de anís, que ni él estaba listo para decírmelo, ni yo para escucharlo. Lo debí suponer desde un principio, estas cosas de ángeles siempre están sujetas a dudas, a caminos secretos, a dispositivos armados que estallarían de un momento a otro. Es tu deseo que yo esté aquí, es mi deseo también, me decía mientras se pegaba otro trago y todo se me aclaró. Aunque solo puedo articular el recuerdo de la última reunión del Círculo, donde un poema mío que hablaba de rosas, espinas y septiembres, fue refutado y requeterefutado por los jóvenes comprometidos por un ideal, mientras yo solo deseaba o que la Revolución se definiera y triunfara o que todos nos acabáramos de joder, que mas da. Traté de salir de la abstracción con un trago de café frío y amargo. El ángel mostró su mano de nuevo para decirme, Vete a la cita, yo estaré por ahí. Cómo te llamas, dije con la cara arrugada por el trago amargo,  Demasiadas preguntas, dijo, En fin, llámame Mirtilio, soy el Ángel Enviado.

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En el sueño (creo que soñaba) te besé. Sentí que un peso se me había quitado de encima. Que la cruz había sido depositada lejos, en otro lugar. Sentía un

amargo-gris dentro del pecho, por una culpa que debía confesarte. Entonces decidimos ir a La Bodega en el barrio viejo. Tú te pediste tu café cortado y yo el trago de ron blanco. Quise que ese momento durara por siempre en la víspera. De pronto, vi al muchacho hermoso en la esquina del bar y notaste mi nerviosismo. Me dijiste que no me preocupara. Yo te dije, incrédulo, Nos sigue. No pensé que fuese un policía secreto o algo así. Entonces me lo soltaste a boca de jarro, Es un ángel. No me pareció extraño pero mi pálpito aumento, y decidí decirte toda la verdad. Lo pensé en voz alta, y me asuste hasta el tuétano cuando, justo al final de ese pensamiento, el ángel tuyo asintió levemente.

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Luego de las confesiones, Mirtilio me aconsejó seguir. Ese café no sirve, no te lo bebas así, ve donde la vieja, que ella te cuele uno. ¿Cómo el ángel sabía que yo iba a enfrentarme a la abuela? ¿De donde coño había salido ese ángel? Cómo sabes tú que tengo que ir a visitar a la doña, le dije entre extrañada y perpetua, Hay cosas que debo saber y punto, dijo, callándome la boca. Puse doscientos pesos debajo del cenicero y arranqué en bola de humo para donde mamá. De seguro ahora estará Mirtilio preguntándose porqué iba llorando. Ah, se me olvidaba, el maricón del ángel lo sabe todo.

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Claro que quise contártelo todo: la proposición del Círculo, mi primera negativa, la nausea de solo pensarlo, la noche interminable antes del Día Cero, la frialdad de mis palabras cuando me llamaste por teléfono esa misma noche y te mandé al carajo, el deseo de que me odiaras por siempre. Luego, poco a poco, según iba pasando la madrugada, espesa, el ejercito de salamandras en mi espalda, ese tintineo en el pecho, el corazón hecho espuma, un solo pensamiento en mi cabeza: No quiero pero coño, que viva la Revolución. Amén.

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La doña disimuló muy bien el júbilo. Se quedó inmóvil. Solo era la mecedora y el viento en la galería. Bendición mamá, Dios te Bendiga, dime, cómo te ha ido. No me invitó a sentarme pero tomé una silla. Ya bebiste café, preguntó, sin mirarme a la cara. Casi, le dije. Llamó militarmente a Vochola, que me cortó los ojos cuando me vio. Café, dijo mamá, Lo que mande la señora, contestó la morena, y desapareció rauda por donde vino. No hubo muchas palabras. No las esperaba, nunca esperé muchas palabras desde el día que me fui de la casa donde aprendí a leer y a escribir, donde leí los primeros cuentos debajo de su maquina de coser, cuando era niña y todo olía a como la vida me huele ahora luego del accidente, un accidente que ella no comentó, como si el dolor de verme postrada en la cama de un hospital no la dejara hablar del pasado reciente. Has llorado,  lo descubrió en mis ojos rojos, hinchados. Me pasó una vaina rarísima camino aquí. Por primera vez me miró, como preguntándome que había pasado. Me encontré con un ángel. Vochola llegó con la bandeja dispuesta, las tazas, el olor, azúcar, leche, No gracias, lo tomo negro. Luego del primer sorbo de la hirviente infusión la vieja dijo, Eso no es raro, el cielo, en estos días, tiene un hoyo.

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Será una camioneta roja, me dijeron. ¿Yo tendría que convencerte de irnos por ese camino? Sería difícil, ya que tú ibas a querer ir caminando por La Francia para ver tu obra maestra. ¿Yo te llevaría por Matafuegos? Sí, en la esquina indicada hay un puesto de jugo de caña, yo iría a comprar para ambos. ¿Te dejaría sola en la calle, sólo por unos minutos? Ahí mismo llegaría el Red Assassin Machine. ¿Te destrozarían delante de mis ojos? Yo gritaría para que pareciera más real ¿Incluso lloraría lagrimas de cocodrilo, me tiraría en el piso, pediría ayuda como un perro? ¿No sería todo tan real y repugnante? ¿Tendría el valor de ver tu sangre? ¿Valdría la pena hacerlo?

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¿Más palabras con mamá? Ya no tenía sentido. Ella me había arruinado. Su indiferencia me había arruinado, había creado un abismo entre ambas. Carajo, mi hija, está bien lo de la poesía, te lo perdono, pero de ahí a estar pegando carteles, reuniones con un grupo de vagos hasta las quince de la mañana, y esto último, lo del graffiti. ¿Acaso no crees que ya está bueno? ¿Es que no entiendes que eso me hiere? Ya en la acera, sentí el viento frío en la nuca. Era Mirtilio, y las cosas, empezaron a ponerse grises, la sonrisa se me había esfumado de la cara. Dime qué es lo que quieres, Ando reclutando, me dijo. Cómo es eso, le dije cuando llegamos al jardín, no me sorprendió ver que las trinitarias ni las cayenas seguían rojas, indelebles. Y recordé la sangre. Ando reclutando, repitió, ofreciéndome un cigarrillo, no me sorprendí de que los ángeles anden fumando, como van las cosas. Hay una Revolución que viene por ahí, Pero cómo, dije sorprendida, Otra Revolución, pero no están ya satisfechos con la que hay, para qué otra, No, me dijo, Lo de aquí abajo es práctica, viene una Revolución nueva, en el cielo, vamos a remenear la mata, de abajo para arriba, el Hombre debe caer.

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Aparatoso (viene de la pág. dos)  pinturas encontradas hace tres días en las casas de la calle Francia, donde se sabe, habitan sujetos acaudalados que abiertamente han manifestado su oposición a las reformas planteadas por el Colectivo Opositor. La joven, al ser interrogada, asumió toda la responsabilidad del acto vandálico y no reveló nombres ni dio pistas para someter al resto de la célula a la cual pertenece. Solo ayer, un joven de extraño aspecto, asegurando ser el autor intelectual del hecho, se entregó a las autoridades. El joven en cuestión, dijo llamarse Mirtilio. Las frases en las paredes decían cosas como “Yo también se jugarme la boca” “Aguanta. Bloquea el bloqueo” y la agresiva “Métete los Bonos Soberanos por el culo, calvo de mierda”.

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Pero que caradura, venir a mí a hablarme de revoluciones. Solo hizo decirlo y ya las cayenas no brillaron más. Todo empezó a oler a pasado, a cosas viejas, enmohecidas en los rincones. En el pecho se me empezaron a generar espinitas. La garganta se me cerró y sentí una infinita tristeza. Un dolor inmenso en las costillas. Un golpe rotundo en el estómago. Un sabor a sangre en la boca. Dientes.

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de ti

quisiera las palabras

de tu casa

el equipaje de ladrillos

los rizos que tu pelo adornaba

miles de puntos negros

ollas de tristezas hervidas

amarillo de mediodía

las exigencias

los viajes

la tristeza

la vaguada de cariño intermitente

 

de ti

el tatuaje

de tu espalda

el anillo urbano

el polvo alegre

la candela de las escobas

 

de ti

los periódicos amontonados

el telegrama con pausa

un puente de ajo

un pezón fantástico

la muerte del espejo

 

bachatéame

acabállate

 

de ti

tu guarida

 

 

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No me pidas nada. Ya te he pedido todo y ni te has enterado. No quiero nada, ya lo tuve, tuve ese todo. Qué quieres ¿despertar? Quizá. ¿Despertaremos? Tropezarás. Tropezaré con uno de los cirios en mi propio funeral. Nunca te confíes de los ángeles, de ninguno, ni de los revolucionarios, siempre le vi a ese las alas negras, locas por salir, en la espalda. Yo soy el que llora tu muerte, de manera hipócrita, en este salón funerario. La Revolución, ¿Seguiría? Sí, mientras exista un Dios en el cielo, sí. Ten cuidado, ese es el mismo que tuvo los cojones de enviar a su propio hijo a morir. Recuerdo (Puedo usar esa palabra ahora, con la propiedad de los ángeles) eso, eso es lo primero que recuerdo.

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