LETRAS     PENSAMIENTO     SANTO DOMINGO     MIGUEL D. MENA     EDICIONES  

REY ANDÚJAR (1977) es todo un Robinson (pero antes de toparse con la Isla). Es narrador por excelencia, vive entre aquí-es y allá-ses. Pertenece a lo más reciente de nuestro imaginario literario (MDM)

Doña Ana

El factor carne

Para una antología

Cojuelo

Revolución

 

COJUELO

Rey Andújar

 

>> turn your lights down low,

never never try to resist, oh no;

unless your love come shining

into our lives again. <<

 

Bob Marley and Lauryn Hill

 

 

 

La maldita tuya…

Dijo esas palabras antes de la trompada; yo no pude ver la sangre que brotó de inmediato: dejé caer la mirada. Los ojos del tipo me buscan, escucho la voz serena aunque levemente agitada: Eso es pá que aprenda a respetar a los hombres coño.

Ella no se quitaba las manos del rostro, las mismas manos que segundos antes, en el callejón que era tan nuestro, exploraban los colmillos y cuernos, inmensos, de la máscara.

*

Las coincidencias son una vaina: encontrarme a Ignaura en pleno carnaval. Yo había llevado mis experimentos antropológicos sociales muy lejos y decidí vestirme de diablo, con todo lo que pesa ese traje y el calorazo. Y ahí estaba ella, entre el sudor, la asfixiante algarabía de La Vega, todo normal para una tarde de domingo en febrero. Nos escapamos de la multitud y cervezas van y vienen. Me advierte que anda con un tipo, un casinovio, una vainita… dos cervezas y media Malboro lights para llegar hasta el callejón y acercarnos tanto que yo no puedo besarla pero le huelo el aliento cariñoso que me permite acudir a la nostalgia prematura, que me da la excusa para decirle: A que no le pones la mano. Ella me entrega la sonrisa que me trajo problemas dos años atrás y me recuerda que yo soy un fresco y abalanza la mano, entera, se acerca más y yo imagino, demasiado, en medio del tumulto que nos deja solos en el callejón hasta que llega el susodicho, muy bien puesto, su camiseta Carnaval Vegano Comparsa Las Fieras. Alaridos. Ella no llora, baja las manos y veo la sangre. Ahora está encojonada, como poseída, empoderada por el dolor. Espero el golpe, ahora me toca a mí. Yo no sé pelear y no me sale una palabra. Él, machito, me dice: Prepárate, cuando llegues a la Capital te toca lo tuyo.

*

Cinco meses después, aporté mi grano de arena a la teoría de que el hombre es un animal masoquista y que toda capacidad humana emerge del pesimismo con fervor. Esperando la promesa del caféme concentraba en el almendro seco lleno de cotorras frente al balcón. Cierro los ojos esperando esa estocada mortal y a traición: Años esclavos del apetito de ser impureza. Enciendo otro cigarrillo y en vez de café, la negra me da un vaso bendito: dos dedos de Chivas Regal y tres cubos de hielo. Salud.

Ahí me enteré, en su apartamentito de soltera, que le habían dado siete puntos la misma tarde del accidente. La cicatriz era grande y le hacía gracia: Si me hubiesen cosido en la Capital hubiera quedado nítida, pero era eso o me le desangraba en la cupé al mamañema.

Le confieso que anduve unos cuantos días medio asustado, tú sabes, medio chivo, esperando… vivir con una amenaza en la espalda no es fácil. Se da un trago largo y se me pega con la excusa de buscar un cigarrillo; espera fuego… yo, todo un caballero. Fuma lindo y escupe el humo, se limpia la punta de la lengua: Le vas a hacer caso tú a ese bajoaculo; ese pendejo no hace ná, el me dio esa trompá porque me agarró deprevenía.

Ignaura es grande, no es un modelito. Todo su cuerpo grita responsabilidad y es que yo siempre he beneficiado las gorditas… menos complicaciones, como que van al grano, como que beben y fuman sin problema y sin complejo: ya la vida las ha maltratado bastante desde el bachillerato, ahora son libres y tienen un apetito, y una cosa, y un manoseo… Fuck theBarbies.

Nunca habíamos echado un polvo y nos habíamos besado poco. Y es que cuando tuvimos el valor de decirnos las cosas a la cara, ella se iba a hacer un diplomado a Panamá y yo me iba muy ilegalmente a Puerto Rico (prometo dar detalles de mis situaciones migratorias en otra ocasión.) Ahora estábamos muy cerca y por el segundo vaso de Chivas, el juego como que se estaba dando, como que yo quiero decirte, como que mira negra si tú supieras que yo siempre como que te he tenido… pónte una musiquita ómbe… Y nada más hizo ella coger en las manos el disco de Fito: Euforia, y fue como para azarar la vaina, suena el teléfono.

Ella hace una mueca muy fea. Aprieta MUTE y me dice: Ven acá corre que tú tienes que oír esta vaina: Serenata Telefónica con Air Suply. Muy fuerte. Después el tigre dice: Si me vas a perdonar hazlo ahora –llanto- Es que tú no entiendes que yo no puedo vivir sin ti. Sí tú no vienes me voy a matar.

Yo seré muy malo para otras cosas (pagando deudas, controlando el trago y eso) pero imaginando yo soy un verdugo: Le vi la cara de novio del otro lado del cordón, imaginé las lágrimas, el moco líquido, el desastre de botellas de Carta Dorada por la habitación… Pero la respuesta de la jeva me dejó frío, nunca había visto a una mujer tan despiadada:

  • ¿Tú eres apellido Estévez…? ¿No? Pues mátate, mariconazo.-

La distancia no mejoraba la dureza de su tono de voz. Coño, hasta a mí me dio cosa, y ese era el hombre que me andaba buscando para fusilarme. Al parecer el hombre lloró; ella me hizo señas con la mano derecha, de que le pasara más trago, y siguió disparando: Usté bien sabe que yo nunca di lo suyo, pero fue para no desacreditarme. Eso sí coño que si sigues con la jodedera voy a llamar a un par de tigueres pá que te den una salsa… ¿Es que tú no sabes que tú estás vivo porque yo no peleo borracha? Sigue llamando, sigue haciéndome show en la calle buen comemierda que te va a salir lo tuyo… No me provoques: No-me-pro-vo-ques.

El tono bajaba pero no dejaba de ser aterrador. Y yo que estaba controlando la bebida serví el quinto vaso de Chivas, que se acababa, pero de inmediato pasamos a producto local y destapamos y muy caro Barceló Imperial. El hombre llamó de nuevo cuando yo me estaba bajando el zipper. Ella le dio lo suyo: Tú te la luciste, de verdá, y te puedes dar el gustazo de decir que eres el primer hombre que me pone una mano encima coño, que ni papi que en paz descanse.

*

Esa tarde no pudimos echar el anhelado polvo porque no se me paró. Sí, suena extraño pero me ha pasado dos veces… un urólogo me dejó saber que eso tiene directamente que ver con la cantidad de stress antes del suceso. Bueno, quedamos para el día siguiente y la cosa estaba mucho mejor: ella había ordenado sushi, hoy estábamos en cerveza… chulimameo total en la terraza y ahora no fue el teléfono sino el timbre… mi corazoncito no da para tanto: era la mamá del jevo.

La Señora de Calcaño (catecúmena, vocal de la mesa directiva de la plancha B del Club de Esposas de Oficiales de las FFAA) movía la cucharita preguntándose quién coño era yo y con Arcángel San Gabriel en mano me encomendé a un buen trago de Bohemia helada porque de esta no me salva niel coño de mi maldita madre. La señora mueve un peón: Mira mi hija, tú eres muy joven… a los hombres hay que tenerles paciencia; yo sé que él no es fácil… el papá era igualito. La doña medio recita un Ave María y escucho ángeles. San Miguel agarra tú ese guía, me digo, me doy otro trago… ofrezco irme.

Tú no te mueves de ahí y traime otra cerveza, tan en el frizel, dijo Ignaura rascándose un sobaco y de una vez mirando a la señora, diciéndole con la sangre de maco:

Mire, doña, a mí no me importa lo que él diga, usté no se imagina lo que me ha costado a mí bregar con esta cicatriz. Mireme la cara que no me sirve pa ná. Yo lo que parezco es un cuero de Borojol

La doña se presigna, aprueba un buen trago de café amargo, frío… asiente. Y es que la jeva tiene la boca sucia y como un tirapiedras:

A usté yo le tengo mucho respeto, pero tenga presente que los Estévez no le comemos mierda a nadie. No soy yo la que le va a planchar las camisas a ese inoperante. Yo tengo un posgrado en mercadeo de una universidad fuera de aquí, además ando como alérgica al Niágara. Y tú muévete –ahora me habla a mí- trae otra cerveza, qué es lo que hace ahí comiendo boca.

Con tanto trago bueno y frío con tanta confesión seca y gris, era imposible formular un plan de ataque:La Estrategia del Amoricidio.

Cervezas vienen y van. La doña despachó al chofer después de mandar a comprar media caja al colmado. Ignaura deja bien claro que ella, con amor y cariño hasta el final, pero que esa vaina de ama de casa full time y con golpes y tó eso… si eso fue con la primera, la segunda golpiá la mata. Yo secundé esa moción, porque Jack Veneno siempre dijo que el que da primero da dos veces.

 

*

Después de esas cervezas rodé mucho, siempre ilegal, siempre solo:En San Francisco, CA, trabajé en la puesta en escena del Cirque du Soleil, Corteo, era la producción. En Sorrento trabajé como aprendiz de mecánico diesel y aprendí el arte de comer. En Den Haag estuve en un supermercado y en casa de mi madre por un tiempo, hacía frío. En Valencia hice unos días en una feria de construcción y en Barcelona limpié baños y habitaciones en el Hotel Malda, que en realidad es una pensión… no me pagaban pero mi trabajo cubría hospedaje y cena tres veces por semana; la señora era buena gente, el marido ya no iba para ninguna parte. Los fines de semana me iba a Sitges, compraba medio pollo horneado, una viga de pan y una Fanta. Al final del verano abusador, frente a una de las figuras de cocodrilo de arena, estaba mi gorda, mi negra.

No fue coincidencia, me dijo: Estábamos en Madrid por lo de la Luna de Miel, tú sabes, y nos encontramos con Peterson y nos dijo que andabas por Barce… estás flaco, cómo te va. Me invitaron paella pero yo no tenía estómago. Él se excusó para el baño y yo me fijé que ahora lleva el pelo medio largo, le cubre una segunda cicatriz, se han casado y las cosas van como esperábamos. Me brinda un cigarrillo, ahora fuma Malboro rojo y yo evito todo tipo de conversaciones sentimentales o singatorias:hay polvos que no se echan, que se barajan, que nacen torcidos, que no se pueden, que tiraron la toalla y es mejor dejarlo así… pero eso sí Verduga, que donde yo te agarre mal puesta…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mátalo Turú

 

>> Pero estimó que Dios podía levantarlo

aun de entre los muertos;

y de allí lo recibió también a manera de ilustración.<<

 

Hebreos 11:19

 

 

No lo mates, dijo el elemento flaco, elegante, acorazado detrás del escritorio de caoba. Una mano, disimulando nervios, buscaba un encendedor de plata, a prueba de viento; la otra mano estaba ahí, cicatrizada, inservible. No lo mates, me lo traes sin un rasguño, sin violencia… quiero verlo a los ojos, quiero hablar con él.

Como usté diga, Don Maestro. El otro hombre hacía una pequeña venia con la cabeza; sus trabajadas manos mascaban el sombrero viejo, marrón. Los pies sudaban dentro de los zapatos de goma pobre y giraban para dirigirse a la puerta. La boca llena de dientes amarillos y picados pedía permiso para retirarse.

 

*

 

Tres días atrás la pintura blanco colonial de las columnas se descascaraba en vilo sostenida por telarañas que miraban los zócalos vacíos de bobillas; la grama crecía de manera alocada, la malayerba subía por los adoquines y sobre todo ese descuido: la naturaleza crece independiente a sol y agualluvia, respirando verdes, amarillos y marrones. Se divisaban pequeñas babosas dentro de sus caracolas aunque lo que denotaba tristeza, lo que se nos agarraba dentro, era el óxido de las verjas, el candado roto, el alambre de púa en los muros.

El único consuelo para la plaza era recordar los mejores días, cuando en las tardes de domingo los niños jugaban al salir de los templos y las doñas venían con bandejas de jalaos, bienmesabes, coconetes… cualquier muchachón enamorado aparecía con una guitarra y trovaba. Ahora el terror existe. Lo conocemos, lo hemos probado sangrenboca. La gente ha temido, ha sentido las puntadas en la policlínica por un mal botellazo, golpe de machete bajando sin sentido común. Ahora en la plaza crecen, de noche, colillas de bichos verdes y agujas que ya no dan más. Tres días atrás, Don Maestro, el nuevo alcalde, daba un discurso bajo la glorieta: eran las diez de la mañana y no se movía una rama. El olor a pintura nueva contrastaba con el calor que nos partía la cabeza, que caía sobre el pueblo sucio mientras nosotros, los hombres, imaginábamos tanques llenos de hielo, rebosando botellas de cerveza helada… cerveza fría y espumosa cubriéndonos, después del primer trago, el labio superior, cuando uno cierra los ojos y lame e imagina que esa cerveza y nada más sobre esta tierra nos ha salvado la vida. Vinimos todos, era mandatorio: mujeres con medios fondos remendados pidiendo ayuditas y recordando que dejaron las habichuelas ablandando en los anafes, con niños sucios y mocosos revoloteándoles el polvo. El recién elegido, vestido de lino blanco, movía la mano buena enérgicamente respondiendo a una coreografía de las palabras que salían de su boca, promesas, amenazas: Acabaremos de raíz con la plaga que se ha desatado en este buen pueblo; sé que ustedes están cansados de los atracos, de los drogadictos, de los vicios… de ahora en adelante los malhechores se las verán conmigo.

Y la plaza, sintiendo una trasera presión de fusil, se fue abajo en aplausos.

 

**

 

Anoche, a eso de las nueve, Don Maestro llegó a la finca; dio instrucciones referentes a los caballos y al viaje que temprano haría a la provincia de Sarabá. Adentro, la muchacha del servicio lloraba nerviosamente en la sala; la Doña le trataba de hacer beber una tisana, le acariciaba la cabeza. Don Maestro no indagó la extrañeza. Con la mano bendita desabotonó la chaqueta, la mujer mayor le dio la mala noticia: La muchacha dice que ella no tuvo la culpa, que la perdone por favor el señor; Vantroy se metió en la casa, se llevó el dinero y chucherías de la oficina…

La Doña tomó un minuto para tragar, fue tirando las palabras en desorden; cada palabra le dolía a la muchacha como si fueran puñaladas. El señor se llevó la mano, esa, la santa, a la barbilla; dio órdenes: Dile a Turú que venga enseguida, ésta no se mueve de aquí hasta que el teniente venga… Cuela café.

 

***

 

Turú salió de la casa con órdenes precisas. Tenía una idea clara de por dónde empezaría a buscar. El cuerpo policial fue acuartelado por completo: la mitad guardaba los límites del pueblo, el resto volteaba casas de adentro para afuera, interrogaba, torturaba. El hombre, avejentado por el trabajo duro y el servilismo, llegaba como una sombra al Secreto Musical. El Show no empezaba, se acercó a la barra y pidió una cerveza: Mándame a buscar a Dora.

El que atendía, luego de servir el trago, se perdió por entre una cortina de lagrimitas de plástico. Bajó la luz de los camerinos, allá detrás, la cicatriz vertical, desde el ojo derecho hasta la comisura de la boca, lo convertía en una cosa espeluznante:

Dora, ahí está Turú… no trae buena cara, quiere verte.

Dile que se aguante, dijo la mujer de carnes trabajadas por el tiempo y la noche; se barajaba las tetas dentro de un brassiere gastado con un hoyo debajo del sobaco… se retocaba el maquillaje, se tiraba encima una blusa transparente de mostacillas, lentejuelas. El hombre de la cicatriz miraba. Mezclaba deseo y compasión recostado en el vano de la puerta; ella notó que no se había ido:

Coño pero ve a dar el mandado muchacho de mierda.

Dora salió desde el fondo del bar asimilando la bachata que decoraba el aire. Trataba de coordinar sus pasos al ritmo de las guitarras y los timbales: Ay ómbe, orvidarte es imposible… sonreía a este señor, al de más adelante… la mano, llena de pulseras falsas, saludaba con un movimiento que años atrás, tratando de ser elegante, daba gusto por la ingenuidad que traía: movía azahares, Polvos Maja, dos mentas verdes y una cajetilla de Chiclets Adams que el niño, así, inocentón y molestoso, buscaba junto a monedas de a peseta que curaban el deseo de piraguas. Ahora es sólo la mano de una mujer vieja que trata de hacer la noche con algún borracho que se deje engañar por el caliente entre las piernas, rogando a las divinidades, claro está, y al Divino Niño, que no vomite el cuarto porque, que cosa tan desagradable el olor del vómito, que tanto dura, que con nada se quita. Llegó por fin a la barra mientras Turú iba por la segunda fría. Ella le regaló una sonrisa falsa con dientes de plata que daban asco. Él la tomó por un brazo y se dirigió al pasillo de los baños:

Suéltame mamaguebo; tú tienes que estarte volviendo loco coño.

La mujer trataba inútilmente de recuperar el brazo, el hombre la soltó al llegar al pasillo:

Dónde está el maleante ese, preguntaba el hombre con ambas manos en la cintura.

Caía una luz rojiza que aunque debilucha, demostraba el labio de la vieja, que temblaba. Él la veía acabada, destruida: la noche se la está comiendo chin a chin.

Yo no sé, tengo días que no lo veo; además él no tiene nada que ver con el robo en la casa de Don Maestro.

El hombre ahora medio sonreía, irónico:

Y cómo sabes tú que yo vengo a hablarte de eso.

Yo seré pendeja pero no sorda; eso está en la boca de todo el mundo: es un secreto a voces.

La garganta del hombre emitió un sonido corto y seco, indiferente: Ujúm. La mujer lo miró fijamente debajo de la luz y descubrió que el también estaba viejo y acabado; se puso a llorar porque ya no aguantaba más:

Tú lo andas buscando porque Maestro te mandó; dime, qué me le van hacer a mi muchacho…

A él le subió una cosa absurda color cartón por el muslo izquierdo, eso era la pena: ver a una mujer llorar así, implorar por una ayudita, decir, con otras palabras: No me hagas eso, por lo que más quieras… y ver sus arrugas, el maquillaje jodido, la pena:

No sé, Don Maestro quiere que se lo lleven vivo, dijo mientras rebuscaba en el bolsillo de la camisa vieja, a cuadros; encontró media Casino, encendió uno: el cigarrillo hedía; escupió palabras y humo, todo al mismo tiempo:

Vantroy tiene que ser loco coño, cómo se mete a esa casa, precisamente tres días después del discurso, y para llevarse cheles, disparates… Del otro lado de la angustia, el dorso de la mano llena de pulseras secaba lágrimas, el maquillaje barato y ridículo estaba totalmente arruinado:

El no se robó ná, te lo juro; entró a la casa Turú, siempre entraba, desde hace tiempo todas las tardes pero nunca se llevó nada. La mujer ahora se delataba sin remedio, el otro hacía el amago de irse:

Me extraña, tú no sabías nada… bueno, te dejo trabajando… cuando lo veas dile que se entregue, no lo van a matar, Don Maestro fue muy claro en eso, lo quiere vivo, si un arañazo.

Cuando dio totalmente la espalda, la mujer le dijo con una voz que le salió por entre boca y nariz unas palabras que le recogieron el estómago, que no lo iban a dejar ser el mismo hombre desde esa noche en adelante; eso, eso era la incertidumbre:

Tú tampoco quisieras que lo maten… porqué Vantroy es hijo tuyo, Turú.

 

****

 

 

La noticia no surtió un efecto inmediato. Su mente calculaba fechas, noches, mientras sus pies lo llevaron automáticamente al cuartel. El comandante Hierro estaba sentado en una mecedora rota, tenía la camisa desabotonada hasta medio pecho y fumaba, lentamente; saludó al recién llegado sin mirar. El cuartel estaba vacío, salvo un recluta que temblaba de fiebre en una colchoneta.

Creía que esto iba a estar lleno de sospechosos, dijo Turú, que ahora sentía cada palabra como saliendo viva desde adentro; lo mismito que sintió Adán cuando el Trangalanga le dio el primer fuetazo de candela en la médula.

Hubo que despacharlos, todo el mundo sabe que fue Vantroy.

Qué de él, preguntó el hombre descubriéndose, jugando con el fondo del trago que quedaba en la botella verde; el teniente ofreció una de las que tenía en la cubeta llena de hielo al lado de la mecedora:

No aparece todavía… pero en el pueblo está, eso lo sé; ahorita… la lluvia, el aguacero de la madrugada me lo saca del monte.

El teniente habla sin mirarlo, sin indiferencia; le tiene respeto: el pequeño aprecio de años bañados en la misma miseria, medidos por la misma vara:

Volteamos todas las casas hasta las letrinas… y tú, que averiguaste.

Tardó en contestar: buscó excusas al encender el último cigarro del paquete, relajó dos tragos en la boca:

La madre dice que no sabe nada, que no fue él, que tiene días que no lo ve.

Hierro soltó la carcajada corta:

Claro que no sabe viejo, no lo va entregar, es la mamá, verdugo… olvídate. A la muchacha la interrogué yo mismo: dijo que Vantroy la enamoraba, que le había prometido buscarse un trabajo en la Zona Franca, que no había sentido esa alegría en el cuerpo por nadie y que se casaban… la pobre imbécil, se tragó el cuento y se andaba midiendo vestidos donde Doña Ana, la tenía loca a la pobre vieja con revistas y figurines, todas las tardes.

Turú recogía el sombrero y miraba hacia el cielo: no había una estrella. Una brisa fría, contrastante, soplaba al fin. Habló mientras se ponía de pie, agradeciendo la cerveza; sus palabras tenían un dejo de algo nuevo en él, eso era la esperanza:

Bueno, Don Maestro dijo que se lo llevaran vivo.

Sí, di órdenes claras de que sin un disparo, sin forcejeo, que me lo trataran como a una señorita; qué hará Don Maestro con él… ni me lo quiero imaginar.

Qué usté cree, dijo el que se iba, reconociendo otro sentimiento nuevo que le sobresalía, eso era miedo; el teniente respondía mientras destapaba dos cervezas:

Nada bueno; me cuentan que ese hombre pasó unos tiempos duros en unas cárceles en Europa, que de ahí es que trae la mano lisiada: un preso se movió mientras él le trataba de majar los cojones con un cincel. Al fin se miraron pero Hierro no podía descubrir lo que pasaba en los ojos de Turú y entendió que tenía que decir más:

Primero los ablandaban a puño puro, entre tres o cuatro hombres, después, depende del ánimo, choques eléctricos y al final, les cortaban los granos y se los daban de comer a los perros. Turú entregó toda la espalda y no quiso escuchar más; se excusó débilmente porque de seguro empezaría a llover en cualquier momento y mientras era devorado por la noche, que ahora se hacía interminablemente más oscura, conoció el pavor: sentía que se estaba cagando.

 

*****

 

La noche no fue nada espectacular: varias vueltas para conseguir el sueño y lo mismo de siempre, ese no poder dormir, despertarse después de veinte minutos y preguntarle al cuerpo, Coño, qué te pasa. Recuerda haber estado dentro de ella, como todos, una, dos, muchísimas veces; recuerda elegirla entre todas las mujeres al lado de la vellonera, recuerda golpear la barra despacio diciéndose: Tú te vas conmigo esta noche, perra. Recuerda a ella recordando: Esta noche te pelo, buena mierda; recuerda el caliente, el tronco rompiendo y la boca bendecida de lo mejorcito, brugalmente hablando, diciendo: A que no me la das… dámela ahora.

Lo que no recuerda es venirse adentro; no recuerda que ella tuvo que dejar ese negocio por un año y escapar al campo, a dos horas y media de la Capital para dar a luz en un hospital llamado Morillo King. No recordaba el niño que se supuestamente se cagó al momento de nacer y que ella, pasando el riesgo en el hospital, por poco y lo asfixia al tratar de protegerlo ya que las comadres le contaron que esos días los hospitales públicos eran casas de espanto y las cosas desaparecían, volvían a aparecer: medicinas, camas y equipos, ampolletas cascabeleando en las batas de los inoperantes… los niños eran arrancados de los brazos para ser vendidos a parejas canadienses, por eso una voluntaria tuvo que despertarla en medio de su propio sueño con cosas intocables: Mujer, quítate que lo estás aplastando, lo asfixias. Al fin el niño llora, resucita, y el llanto resucita otros niños en la sala y por un instante de café y bendiciones, todos despiertan, por una milésima de tiempo, ellos usufructúan el derecho a la alegría hasta que le dieron de alta a la pobre muchacha, la echaron a la calle con un muchacho en brazos y dolor en el centro, quince puntos por dentro y por fuera y caminaba en la calle sin saber nada, con la boca como una pizarra por el hambre y unas pantuflas rosadas. Entonces fue que vino doña Cucuta y la recogió con la sencilla condición de que cuando se mejorara tendría que trabajar para ella de por vida y ella dijo: Sí ómbe doña, tá bien.

Tendrás que fregar los platos, remendar las medias, cocinar y limpiar los baños, arreglar las camas, alistar a los muchachos para el colegio, desenredar las greñas, despolvar los cuadros, brillar la plata, servir el vino… que no es casi nada comparado con lo que tengo que hacer yo desde ahora, cuidar de ti y del bastardo, y ella dijo: Sí tá bien, lo que usté diga doña Cucuta pero porfa…

El silencio de la noche fue interrumpido por el aguacero. El cielo se desfondaba, truenos. Pensó en el muchacho muerto de frío, empapado hasta los huesos en el monte. Los otros, los pobres reclutas, dejando que el agua les corra, esperando al delincuente que en cualquier momento saldría a entregarse. Luego el teniente les daría órdenes:

Manden a buscar a Turú de inmediato.

Después yo tendría que entregárselo a Don Maestro, evitándole la cara. Quedarme ahí, ver el proceso de la tortura, su rabia, la furia. Tieso, sin poder hacer, decir…

Fue hasta el catre, debajo de la almohada estaba la pistola. Comenzó a limpiarla y al terminar colocó dos balas en el peine… se puso la misma ropa de anoche y se recostó a esperar. Afuera, el amanecer era llovizna pesada. Dos muchachos jóvenes, con los uniformes empapados, grises, venían a darle un mandado de parte del teniente.

 

*****

 

A ella la recuerdo bien, y no importan las noches que nos pasen por encima, la recordaré así: alta, bonitica, con el pelo mal arreglado haciéndole una curva en la nuca. Él no puede recordar; pero yo asumo: la recuerdo entera: la manos flacas y el pecho erizado por el vientecito de las seis de la tarde y la nariz fina, como no se ven en las mujeres por aquí. Llegó con el muchacho ya grande, de él sólo recuerdo su cara aburrida y su adultez, su deseada indiferencia. Papacito la recibió sin mirarla, contaba dinero y anotaba cosas en un bloc de facturas de una pescadería sospechosa. Escuchaba las palabras de Nancy que trataba de meterle a la muchacha por los ojos que contaban dinero, que sacaban cuentas que no daban, que nunca iban a dar porque Papacito no sabe leer ni escribir y todo ese mamotreto del lápiz es una farsa. La función de Papacito es esperar. El hecho de que el muchacho iba a dar agua de beber, era inocultable:

Yo no quiero tener nada que ver con ese bastardo, dijo Papacito sin subir la mirada.

No te preocupes, nosotras bregaremos ese caso.

Papacito miró por vez primera. Disimuló. Luego chasqueó los dedos y yo salté, porque ese es mi trabajo, brincar cuando él diga, dormir cuando él me deje, sus deseos son órdenes… allante y movimiento.

Trae trago coño, vamos a dar una celebradita, dijo con media carcajada, que es media porque en lo que tengo trabajando para él nunca lo he visto reírse por completo: le faltan todos los dientes de arriba y el labio superior se ha amoldado a esa mueca absurda y vergonzosa, la gran sonrisa podrida.

La voy a contratar porque tiene buenas tetas y no por ti, buena pendeja.

Ahora recuerdo bien lo que dijo: Buenas tetas, y yo pienso, me pregunto, en estas mañanas frías de lluvia, cuando la cicatriz más me duele: serán esas las mismas tetas que ahora se mueven cansadas, con una lentitud vegetal y sin dulzura dentro de un brassiere mal ajustado, que se dejan caer de estrías, esas tetas con las que yo soñé antes de tener esta cicatriz, estas tetas que eran alcanzables y que ahora sólo existen cuando cierro los ojos, cuando maltrato el ejercicio del recuerdo, cuando el tiempo me pasa como una olla de algas que me dejan el desorden verde de lo inaguantable… porque ahora la realidad es otra: para alcanzar esas tetas sólo tendría que arrastrarme por el piso como una traición y hacerlas hablar, recordar y dejar que el hielo en los vasos sea el que determine lo que será: si pato o gallareta.

 

*****

 

Camino a casa de Don Maestro, Turú vio a la muchachita del servicio en la cama de una camioneta. Llevaba un paquete de ropa en una funda de plástico, dejándose lloviznar, muriéndose de frío. Sus ojos estaban perdidos en el caliche de la carretera y a él le subió un vacío hasta la garganta, un deseo inesperado por fumar y tomarse una taza de café: eso era la compasión. Al llegar a la puerta de la propiedad, pudo ver los perros: tres animales preciosos de piel brillante. Encontró al nuevo alcalde vestido de negro, inmóvil, sentado en un gran sillón de mimbre: fumaba con la mano buena.

Buenos Días, dijo Turú sin quitarse el sombrero. El otro no lo notó.

Tú sabes que no me importa el dinero…tú lo sabes… pero, coño, es mi reputación Turú, no me jodas. Entiende, es un asunto de respeto carajo.

Pero también era el asunto del encendedor de plata, el de tapa brillante, el del escudo de armas que fue lo único que pudo conservar de su padre, un general de las islas. Turú quería hablar, quería implorar por las palabras que quizás podrían mutilar, pero por lo menos dejar con vida al muchacho:

Don Maestro, usté sabe que yo nunca le he pedido nada…

Todavía no aparece…

No puede ser, respondió Turú, sin entender que ese poco oxígeno que le regresaba llenándole la sangre, era la esperanza, otra vez.

Pero si llovió toda la noche.

En el monte no estaba, entonces.

De pronto, la Doña apareció, agitada; le habló a los hombres con una voz sofocada:

Don Maestro, venga, usté tiene que ver, venga, allá abajo…

Los hombres bajaron corriendo hasta el sótano; desde el interior de un pequeño cuarto, se escuchaban gemidos aterrados. Abrieron la puerta para encontrar a Vantroy, amarradas las manos y los pies, la boca cubierta con duck tape; desnudo, llorando.

 

*****

 

La Doña fue de inmediato a llamar al teniente Hierro. Las miradas de los dos hombres y el muchacho aún atado se encontraban con miedo, rabia, impotencia… Minutos largos después, el teniente, mucho antes de entrar a la finca, vería a los perros correr, ladrar inquietos con la baba sanguinolenta colgando de los hocicos, después de haber sido espantados por el sonido de dos detonaciones, fatales.

En una parada de autobuses, lo suficientemente lejos del pueblo, la muchachita de la limpieza estará tratando de encender un cigarrillo, buscando un encendedor de plata, a prueba de viento, perdido dentro de una cartera llena de billetes de a mil, de a cien… embollados, arrugados.

 

 

Rey Emmanuel Andujar (Santo Domingo, 1977) Ganador de varios concursos de cuentos (Banco Central, 2002. Casa de Teatro 2003,2004. Alianza Cibaeña 2005.) Es el autor de los libros el Hombre Triángulo y El Factor Carne, ambos publicados por Isla Negra Editores.

 

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