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REY ANDÚJAR (1977) es todo un Robinson (pero antes de toparse con la Isla). Es narrador por excelencia, vive entre aquí-es y allá-ses. Pertenece a lo más reciente de nuestro imaginario literario (MDM)

Doña Ana

El factor carne

Para una antología

Cojuelo

Revolución

 

PARA UNA ANTOLOGÍA

Rey Andújar

 

La Posguerra

Después de un año de cenizas y paranoia,  dormí en casa de Laura, quien me ha ayudado a sobrellevar mi inconsistencia habitacional. No puedo dejar de sentirme errante. Ayer hablábamos de desubicaciones. Cepillos de dientes, camisas, calcetines, regados por todo Manhattan. De la sensación de dormir en la alfombra, en el sofá.

Voy camino al trabajo, adormilado por el Pinot Grigio. Anoche nos tomamos toda una botella. Buenito el vino, como para dejarlo reposar en la boca. Odio éste sentimiento matinal. Mi cuerpo camina, pero yo todavía estoy allí detrás, entre las sábanas calientes. La selva de su pelo en mi pecho, su mano dormida en mi sexo despierto, los ojos, entreabiertos, la indecisión de si levantarme, o no. << A que no dejas ese trabajo hijoeputa de una vez por todas. A que no la amas de nuevo, sin la ayudita del vino,  solo embriagado de ella y de ella y de su olor a mango y a tamarindo >>. Me paro, me baño, me afeito, la dejo, sin haber bebido ni una gota de café. Voy rumbo al tren.  Esta mañana  no podría enfrentarla así nomás. No tengo el estomago preparado, estoy mareado, mi mano derecha no para de temblar.  

 Registrarlo todo: Graffiti en la pared roja, basura en el jardín, mierda de perro pisada, palomas multicolores cagando debajo del puente, un vaso mediano de McDonald's y dos muchachas, una, vestida de un verde tan y tan, pero tan salvaje, y tan joven, como para perderse en su espesura, otra, común y silvestre. Entro al submundo, compro el periódico, me baño de testimonios, fotos, recuerdos. Entonces, tengo dos opciones: Primera Opción: recrear en mi memoria la pena, la angustia, la prisa de aquel episodio ó: Segunda Opción: volver a pensar en la verde muchacha.  Luego de dedicar un largo minuto de silencio por los verdaderos héroes de ceniza, opto por la segunda opción.

Cierro por fin el periódico, los ojos, pienso profundamente: "Por fin acabo de verte, de encontrarte. Ahora, cuando me pierda por los extensos caminos de la noche dentro de mí, podré encontrarme en el camino de regreso, solo recordando tu rostro y tu maldita naturaleza". Cierro los ojos. Me quedo dormido, hasta la próxima estación.

Mudos

 Suponer que existen más de dos maneras para rodar por tus mejillas, terminar en tus senos, besar tus columnas. Existen posibilidades infinitas en este silencio tuyo de día y medio. Hay códigos para descifrar estos ecos de sal de amapolas que depositaste en la concha de mis orejas. Entender que éste cuerpo de goma es tuyo cada tres estaciones, cuando el sol está de espaldas. Cuando en playas caribeñas me invitas a contar arenas de tu mar de lluvias con meteoritos y jardines que antes eran de guazábaras y que ahora rebosas con margaritas que crecen silvestres cuando cuento, de tu mano, piedras lodosas del río mentiroso.

Vomito hielo. Querencias acumuladas, y esa voz, esa voz de otro que reprime, que llama, que se disculpa. Quiero verte. Verte de nuevo y serenarme de esa música diferente. Estos colores. Estos sabores y desvivirme de tu suelo. De invitarte y romper, moldes, ataduras. Yo soy tu satisfacción. Tú eres mi punto neutro. Ella. Ellos. Son solo polvo de hoyos negros.

Fumo en medio de la ciudad

 Llegaste tarde y con cara de vergüenzas. El hechizo comenzó cuando al fin te vi con toda la luz que el día brindaba. El hechizo continuó, con tus pecas esparcidas en la perfección de tu cara. Menos delicadas de versos. Voz suave con rastros de la misma luna que anoche golpeaba las celosías.

 Dos tazas. Una tímida, con café y crema. Otra taza, decidida, con más leche que café. Coordinamos gustos de esas páginas que hemos pasado ya a la izquierda. Había una juventud inquietante brotando de tus ojos, de cada palabra que intercalabas con una leve sonrisa. De ese misterio tuyo que viene y va. Un misterio que se mueve con la misma naturalidad de las ramas que bailan, sur adentro.

 Confirmo el hecho: todavía crees en el amor. Ingenuidades. Colores vivos. Veranos eternos. Estoy casi seguro que tienes un tormento. Un ligero reproche a ti misma. Ese reproche que te despierta en esas madrugadas donde destrozas las ventanas con tus miradas y mueles las bachatas que mastican los hombres más nostálgicos del caribe. Hay suspiros míos que comienzan a levitar de manera leve, cuando se siente un perfume tuyo, rotundo, inundando mis huesos enmohecidos. Ratones, trangalangas, hombres lobos, lloras por todo. Como mal, duermo peor, y escalo el espiral de humo con estos cigarros que utilizo para ser humildemente feliz en el mismo espacio de tiempo, donde doy calorcito a estos pulmones de nadie.

Camisas que se arrugan

Llegamos justo a tiempo después de las épocas de las irrealidades y los desencantos. A ella le habían maltratado el sol y el tiempo injusto del amor liviano. A mí, las tristezas inconfundibles, extraordinarias y certeras de ciertos alejamientos personales. Nos vimos en los momentos en que yo no quería ver a nadie y desaparecerme en mi burbuja. Me recibió en las puertas de hierro con una felicidad gris.

Ya en la cama, acaricié sus pies con aguas de fresas y girasoles. Le describí el tiempo pasado. Nos pusimos al día de dolores y alegrías. Fuimos grandes en poco tiempo, hasta la hora del Gran Temblor. No hubo gritos, ni reservas. El gemido de la memoria era exacto y erizaba la piel. Se generaban electricidades y ganas de volverse a ver, coincidir con las distancias. Inventar excusas nuevas para sentirnos menos miserables.  Hace varios siglos que no soy nada-nadie-todo en ningún lugar. Aunque aquella noche, entre sonrisas y calores, sentí el deseo de animal de monte de deshacer los baúles, y quedarme.

Lo que quedó de la memoria

Me hablaste del destino. Me preguntaste acerca del destino. Luego escribes, que ni tu ni yo sabemos nada. Será entonces, cómplice invisible de las ganas que todos tenemos de amarnos tan intensamente que los cristales de las ventanas que miran desde tu nueva habitación se rompan con los jadeos, las risas, de hacer el amor de manera limpia y caliente. Caribeño. Debes saber que algo me ha hecho cómplice de tus pasos. Suerte.

Regalando

Nadie se cansa mientras te sueño. Soy para ti el regalo y el golpe seco. Soy para ti 

el regalo nuevo y conservado. Ya no tengo, estas voces que me pelean y humillan en la madrugada que embriaga. Soy tu regalo de aparejos. Árganas llenas de frutas recién caídas y florecitas nuevas. La gota gota gota tímida de las cañadas que agonizan. Nuevamente. Soy un regalo nuevo para ti. Para quererte de nuevo en los pétalos y las velas amarillas. Como antes. Como nunca. Un regalo nuevo cada noche. Desde estas alturas y este invierno improvisado, hasta el dolor de mis ansias con agua fría y escasa que mana de las piedras blancas e ilumina la tierra adolorida. Tu regalo nuevo, de madrugadas.

Cuando voy solo y encima del mar

Yo soy un hombre del caribe que canto mis canciones bajo la lluvia. Con las miradas verdes guanábana y niños que no duermen. Con gente llena de fuego y arroz en la mano. Hago mis historias con hombres y mujeres nuevos, que han sido rotos años atrás en un intento de ser libres. En el caribe, Señora, los negritos podemos volar y abrir la boca, para tragar la lluvia promesa del cielo de un mar que se devuelve. Podemos amar a una mujer y bendecirnos en horizontes color naranja. Uno por uno, mil por mil, multiplicando alegrías de un pueblo lleno de polvo, con gente de colores, que brilla, que sueña, que espera, bajo las primeras lluvias de mayo.

Contradicciones

>> No quiero que te vayas, pero que bueno que te vas <<  Me gritó Laura Michelle NavaJasso, entre el sueñito de mentira debajo de las almohadas de las despedidas, las realidades, los sudores, las esperanzas. Es no quedarse con los dolores acumulados, corre ve y dile, que se quede, aunque sea por los tatuajes que tienes en el dorso de la mano, tus lunares en la espalda, tu gran cicatriz en el pecho, tus dolores de garganta, tus menstruaciones y traslaciones, tus hojas del árbol nuevo, tus elotes, tus zopilotes, tus alegrías de cerveza negra, ese bar, pequeño, irlandés, que no me llames, que si me voy contando granos de arena, tus seriedades, mis oquedades, esas correcciones de ultima hora, el cierre de la revista, tu poesía mexicana, tus abuelas, tus mangos debajo de la falda, tus gafas de concha de carey, yo pago la cuenta, tú, cuenta las espigas del mar nuestro de cada día, escribe conmigo sin miedo una historia nueva de rosarios en las esquinas, pianos de cola, navidades sin Trujillo, las muelas del Sub,  un trago de moscatel, cisnes blancos de Basilio, el Higüey de mis ansias, el Hato Mayor de tus naranjas, frijoles refritos, mariachis, corazones sin ley de los Pedros Infantes abrazados inmensamente a mis Casandras Damironas y esos Cucos Valoys que se generan en nuestras gargantas lejanas, toma un taxi, vete lejos, espera que el frío nos bloquee las señales, no me escribas, no me hables, no me Fridas, no me Diegues, no me digas que me quede, súdame mangülinas y yo te canto una, de Chavela, con bachata en el corazón. A ti te dedico, entonces, este intento.

Quiero volver a tu casa

Ante tu puerta. Desnudo mil veces. No como deseo general. El asunto está en conectarme con vos cuerpo a cuerpo. Desnudo mil veces. Cuerpo en cuerpo. Desnudo mil veces. Estar con vos.

Regresiones y renacimientos

Regreso a ti envuelto de tu viento y espesa neblina. Juego. Respiro. Vuelo. He vuelto a ti como piloto. Esta es mi voz. Pequeña circunstancia. Pedazo desnudo de tu boca imposible de abarcar. Regreso a ti y regreso a la patria. Recién nacido, de ti.

Abel

Me preguntas quien eres:

-                                             Eres la chica del café.-  Te respondo y me desangro en el pocillo donde me sirves el tinto, gota a tarde.

-                                             ¿Quien soy, donde voy?-    -Se lo preguntas al menos indicado, compañera, yo ya no creo en nada.

-                                              Ven conmigo entonces, total, ya he quemado mis dioses como se quema al incienso.

-                                             Me muero hoy.

-                                             Reserva espacio para dos-  Me dices.

-                                             OK, reservo.

Hospital Central

- Son mis ojos. ¿Porque me duelen? (Preguntó el viejo)

- Es que no los habías usado nunca. (Respondió el diablo)

Llegaron y el calor afuera era insoportable, algo firme, penetrante. Prolongaciones. Regiones. Ya adentro, el mal olor llegaba hasta las entrañas, hasta el alma de ellos cinco. Avanzaron con paso simulado, casi imperceptible: un desfile militar en un pueblo fantasma. Cinco desconocidos. Era cierto, cinco desconocidos para todos, incluso para Él. Para Él no eran mas que una bola de pelos, uñas, piel, sangre, hipocresía, músculos. Algún rastro de cariño o compasión mal hallado y supuesto. Pero a Él no le importaba, eran solo sombras donde descansaba, donde recordaba tiempos antiguos, de cuando estaba en Escondido, Pedernales,  jugando con sus hermanas, teniendo responsabilidades y creando conceptos importantes, pero que ahora, lamentablemente, no sirven para un coño. Los cinco, con los papeles del testamento cosidos en la solapa del mayor, van ahora apurando el paso, discutiendo, murmurando, apostando. Siguen el rastro de la sangre, sangre desconocida e intocable, para llegar a un lugar que les estaba reservado desde hace mucho tiempo, desde el día que mantuvieron firme su posición de escupir, maldecir, putear y reprochar todos los actos. Llegan, se acercan, lo huelen, lo palpan, lo mienten, hasta que uno de ellos, quizás el mas resuelto, se atreve a pensar en voz alta: "esto es patético". Observándolo ahí, aferrado con una mano, a su bastón tierno e incansable, su bastón leal, su bastón mujer, quizás lo único puro que se llevó un verano de algún viejo año de Samaná. La otra mano, ya calcinada por la sal, el sol de la explanada,  el tiempo, empuñaba con fuerza y firmeza la sabana malherida, para mostrar con furia, dolor y también con su poco de orgullo, una herida grande y bien hecha. Una herida que Él esperaba desde hace mucho tiempo. Lo único que siempre lo atormentó, durante todos estos años, fue que nunca se enteró con precisión del lugar, de la hora, del instante.

- De esta por poco y cuelga los tenis, ¿verdad? (preguntan a coro)

- Si,  <responde el mayor> pero no te desesperes.

Ese no dura un año más.

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