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Amanecer entre los vientos

Amelia del Mar Hernández

[Nota bene: Tiene 20 años y uno siente que la tinta pesa, que las letras van saliendo como tras un lento respirar -tal vez las nubes de Santo Domingo no sean suficientes y por eso estas madrugadas y esta isla que no cesa-. Nos alegramos de poder integrar en esta familia del espíritu a una autora que aflora, que nos invita, que eclosiona. M.D.M]

 

 

¡Cuánto tarda en amanecer cuando uno quiere que amanezca! ¡Cuánto tardó en amanecer para aquel pueblo perdido entre los acordes del viento!

Cuenta la leyenda que se trataba del lugar más simple de todo el planeta; pero su simplicidad venía de su compleja existencia, que al ser tan compleja hacía que todo lo demás fuera simple. Existía sólo en las noches estrelladas y frescas, esas que son tan claras y a la vez profundas.

Su naturaleza estaba encantada; sobre todo, las orquídeas que deliberadamente se apropiaban hasta del más ínfimo milímetro de tierra. El canto de las aves no tenían límites, ni tiempos; cantaban porque podían, debían y vivían; entonces, nada más importaba. Del corazón de la naturaleza apasionada se levantaba un imponente palacio de fuego y oro. Todo era esplendor, en su interior miles de extensas alfombras narraban en sus centros la historia del pueblo.

Contaban que había reinado 5000 años una princesa con una cascada en la cabeza. Ella había dispuesto que se escribiera la historia en alfombras, en vez de libros, al considerarlos impersonales y fríos. Como todos al principio rehusaron obedecerla, decretó congelar todo el pueblo por 200 años en lo que ella misma tejía las alfombras que servirían de base para el relato. Cuando permitió que se despertaran, ordenó que todos los historiadores tiraran la historia al mar, anunció que desde ese momento hasta su muerte la historia no existiría y que luego de su extinción, su hijo el inmortal se encargaría de tejerla en las alfombras.

Le llamaban Sofía, la tejedora; sin embargo no todo en su reinado fue tejer alfombras. Se dice que fue la reina más sabia que había existido, no por sus extensos conocimientos, sino porque supo resolver todos los problemas habidos y por haber; por lo que nunca más hubo problemas en el pueblo.

El último inconveniente se presentó en el segundo milenio de su reinado. Una terrible epidemia azotó al pueblo, se transmitía con mirarse directamente a los ojos y producía que el infectado caminara de cabeza sobre sus manos todo el tiempo. La sabia reina tomó cartas, y después de jugar el dos de espadas y el tres de trébol, ordenó que todo el pueblo cerrase los ojos. Y así permanecieron por más de 500 años, deambulando a tumbos [tienes que decidirte, si es “deambulando” o a “tumbos”, ya que los dos conceptos se parecen], chocando unos con otros; hasta que la reina se cansó de jugar cartas con adversarios ciegos, a los que descubrió que se les podía ganar fácilmente, y ordenó que abrieran los ojos.

Entonces se organizó una feria para festejar la erradicación de la epidemia, donde la actividad principal fue un concurso para ver quien se había partido más huesos a lo largo de estos años. El hijo inmortal de la reina que escribió la historia en las alfombras, nos explica que ahí fue decidido su nombre. El fue declarado por su madre como rey de la feria y el presentador entendió que decir “el hijo inmortal de la reina que escribirá la historia en las alfombras” cada vez que tuviera que presentarlo era un poco pesado; así que se acercó a él y lo miró fijamente por muchas horas, afirmando con la cabeza como si examinara un problema matemático. Cuando ya la ansiedad inundaba a todo el pueblo, gritó de alegría y dijo “Tú”. De ahí en adelante le han llamado Tú.

Pero no toda la historia de este pueblo ha navegado en el absurdo. Tú nos cuenta que hubo tiempos en los que todo era cordura. Incluso las aves estaban cuerdas y cantaban todas a la misma vez, como un coro bien acoplado. Se vivía, según las leyes que dictaba el viento, sólo en las noches estrelladas; el resto del tiempo no existía.

Por esos años se decidió alabar los sonidos; así que cuando chillaba avasallante la reina todos callaban y sin apresurarse nadie se organizaban por turnos para ofrecer un sonido al silencio. Primero la reina y sus hijos, luego los nobles, artesanos, trabajadores, animales, plantas y por último los objetos inanimados. Cuando todos habían ofrecido sus sonidos, el silencio les ofrecía a cambio su silencio y todos alcanzaban la paz.

Este ritual fue rápidamente sustituido con la llegada al pueblo de unas extrañas y diminutas criaturas que enseguida llamaron la atención, y pronto se convirtieron en el santo y seña de todo el pueblo. Según se dice llegaron con la brisa del oeste, montadas en una hoja de palma. Rápidamente se instalaron en el centro del palacio cerca del trono de la reina, quien quedó tan impresionada que pasó tres meses observándolas ciegamente. La primavera siguiente a su llegada fue dedicada a ellas y entonces la reina decidió llamarles hormigas; ya que le recordaban a las migajas del pan.

Las hormigas, poco a poco, fueron ganando su espacio en el pueblo; en los hogares les construían camitas, mesitas y pequeñas sillas para que estuvieran cómodas. La reina les cedió su espacio en el buffet real y además la habitación principal del palacio con vista al jardín de las orquídeas flotantes. Un día el hijo mudo del conde Rebuscado, visitaba a la reina con su madre y al entrar al palacio vio las hormigas caminando libremente y decidió seguirlas. Su madre se preocupó al principio pero luego la reina empezó a seguir las hormigas también y entonces no tuvo más remedio que seguirlas y olvidarse del niño. De repente todo el pueblo seguía las hormigas y para que las personas no se cansaran, la reina decretó que el tiempo estaba prohibido. El pobre tiempo fue obligado a abandonar el pueblo para que todos pudieran seguir las hormigas, sus últimas palabras fueron “ yo sólo quería seguir a las hormigas”.

Todas las actividades del pueblo seguían normalmente, al ritmo de las hormigas. Tú dice que estos fueron los peores años de su vida, ya que las odiaba y ellas a él, por lo que lo llevaban siempre por los caminos más difíciles y pedregosos. Ya habían pasado 2000 años cuando decidió que no tenía que seguirlas; su madre no pudo soportar la noticia y murió al instante de oír sus rebeldes palabras. Tú no podía creerlo, pero ante todo estaba la responsabilidad, por lo que corrió enseguida a donde se habían guardado las alfombras y empezó a tejer la historia.

El pueblo siguió igual, persiguiendo hormigas, a pesar de que se pensaba que sin la reina todo acabaría. El hijo mayor que andaba dando saltos, tomó en uno de sus brincos la corona. Lo único bueno que ha hecho es firmar la independencia de las orquídeas hace ya unos años. Gracias a esa ley las orquídeas son libres de crecer donde quieran, lo que en su tiempo evitó que se levantaran a mano armada en contra del pueblo.

Hasta ayer Tú había escrito toda la historia pasada y gran parte de la futura, en sus tiempos libres se bañaba en las estrellas formando nuevas constelaciones. Cuando anoche jugueteaba entre la osa mayor y la menor, un extraño rayo de luz se posó sobre su nariz. Quedó inmóvil, al ver cómo lentamente surgía un horizonte separando el cielo y la tierra. En el pueblo las hormigas se detuvieron dejando a todo un pueblo petrificado, incluso el rey quedó suspendido en uno de sus saltos y no se pronunciaron más palabras. La existencia también se suspendió y el sol con mucha paciencia se fue apoderando de ella; bañando cada centímetro de aquel lugar encantado que, por primera vez, no huía de la claridad.

Un ruiseñor abrió el día, el primer día verdadero, con su hermoso canto; rompiendo así el trance que se vivía en el pueblo. Todos respiraron y, ese que una vez fue un pueblo absurdo, se convirtió en la cuna de una civilización francamente humana, totalmente libre de reinas poco cuerdas y hormigas tiránicas. Todos y cada uno encontraron su justo lugar y mágicamente las cosas encajaron como las piezas de un rompecabezas. El rey saltarín abrió un circo a las afueras del pueblo y las hormigas se convirtieron en insectos insignificantes, amenazados por toda clase de organismos mayores. Tú sigue tejiendo historias, ahora en las grandes alfombras de la memoria, por si el viento sopla muy fuerte, no arrastre al pueblo entre sus acordes.

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