RUIDOS
Vivo solo en un edificio de apartamentos. Al mudarme
aquí no pensé que mi vida cambiaría tan drásticamente.
Nunca, ni por un instante, imaginé los trastornos que iban a
producirse en mi existencia de un modo vertiginoso e inconcebible.
Empezaré por decir que en los primeros días
lo que más echaba de menos era mi antigua placidez, el armonioso
sistema de la casa que habitaba. Allí podía escuchar con
agrado los insignificantes sonidos que se producían en los alrededores
y en el jardín y ni hablar de esos familiares acentos de las
puertas al abrirse o cerrarse, el nocturno bisbiseo de la brisa en las
ventanas, el sincrónico gotear de los grifos dañados.
Al llegar a este edificio perdí la tranquilidad.
Ahora sólo oigo ruidos infernales día y noche, escandaloso
movimiento de camiones y autobuses gigantescos, apresurada traslación
de carros y peatones, ruidos de toda índole, mucho ruido, mucho
ruido, mucho ruido...
Traté de impedir que la bulla ocupara mi apartamento
como una intrusa a la que no le importan las groserías de un
inquilino corno yo, tan enemigo del alboroto y los visitantes inoportunos.
Primero coloqué cortinas y biombos, después instalé
un aire acondicionado y terminé taponándome los oídos
para aislarme por completo de la fragorosa impertinencia de estos obstinados
adversarios, pero hasta el momento todos mis esfuerzos han resultado
inútiles.
Pasaba el día en el trabajo y por eso notaba
menos los estragos de mi odiosa condición. Al regresar a casa
en la tarde empezaba a sufrir las consecuencias del ruido, que iba apagándose
a medida que las horas transcurrían, mientras yo, afanado en
prepararme la cena o fregar unos platos sucios del día anterior,
intentaba ignorarlo con los tapones debidamente colocados en los oídos.
Durante las primeras semanas pensé que podría
adaptarme a la nueva situación, pues era para mí absolutamente
imprescindible vivir en un lugar cercano al trabajo y el apartamento
me ofrecía esa y otras comodidades, tales como tener clínica
y farmacia a la vuelta de la esquina y estar a un paso de cines y restaurantes.
Me equivoqué. Fui llenándome de irritación. Las
jaquecas iniciaron su acción devastadora y al final de cada día
terminaba postrado en la cama, sin poder conciliar el sueño,
extenuado, incapaz de pensar en algo interesante. A veces el ruido se
tornaba tan insoportable que me hacía creer que iba a volverme
loco. Si hallaba un segundo de sosiego, muy pronto descubría
el peligro de esa brevísima tregua, porque no tardaba en estremecerme
la múltiple detonación de unas motocicletas que se precipitaban
hacia el malecón por la avenida, activadas por un desenfreno
que hoy día nadie puede controlar.
Una tarde encontré la forma de abstraerme de
los ruidos, de asordinarlos, de escucharlos apagados, como si yo me
encontrase lejos y no me afectaran en lo más mínimo. Desde
mi ventana observaba furtivamente a mis vecinos de enfrente -los del
otro edificio-, participaba de sus actividades y así mitigaba
la soledad y el agobio. Debido a mi carácter huraño jamás
entablaba conversación con nadie cuando llegaba del trabajo,
ni siquiera con las personas que encontraba en las escaleras del edificio
en que vivo. En cambio, disfrutaba de la contemplación de esas
escenas domésticas a las que fui haciéndome adicto sin
darme cuenta. Algunos de los inquilinos se convirtieron en mi familia.
Conocía sus movimientos, sus acciones, sus peleas, sus ratos
de amor. Las ventanas de los otros están relativamente próximas
a la mía; pese a ello compré unos prismáticos para
espiar a mis anchas a este grupo de íntimos desconocidos que
ha llegado a ser parte de mí mismo.
La ventana de la izquierda me llevaba a la dulce vida
privada de una pareja. Durante el día el piso permanecía
cerrado porque ambos estaban en la oficina y no tenían empleada
ni hijos. La curiosidad me apremiaba a llegar temprano a casa e inmediatamente
me colocaba en un buen lugar de observación. La mujer entraba
a eso de las cinco y media, se desnudaba rápidamente y empezaba
a realizar los quehaceres para que su hombre encontrara limpias las
habitaciones y lista la comida. Era algo gorda; joven, eso sí,
y muy dinámica; no se sentaba nunca, parecía una abeja
en actividad constante. Cuando llegaba su hombre, ella lo besaba y se
quedaban abrazados un momento. Luego él ponía sobre una
mesa el periódico que traía bajo el brazo y se tiraba
en la cama, lleno de apetitos impostergables, llamando a su mujer con
las manos extendidas. Ella lo miraba golosa, vacilando entre ocuparse
de la olla que había dejado en la estufa y el placer que le prometía
su amado y sin pensarlo mucho corría una delgada cortina y se
echaba sobre su hombre. El visillo me nublaba la imagen. A prima noche
y con las luces sin encender aún era muy poco lo que podía
ver a través del fino velo que la mujer interponía entre
ellos y yo. Me complacía el movimiento de aquellos cuerpos en
íntima comunicación, aquella alegre fiesta de la carne
sudorosa y tensa, adivinada más que efectivamente vista desde
mi puesto de mira.
La ventana de al lado descubría el mundo de una
mujer solitaria, en cierto modo única, un tanto exótica
en su apariencia física. Las paredes de su habitación
estaban decoradas con dibujos insólitos, formas retorcidas y
lascivas que simulaban un universo vegetal que la mujer había
creado con sus propias manos. La pintora daba la impresión de
estar sumergida en una espesa selva de colores y líneas en la
que ella, ante un caballete, se ponía a trabajar sin descanso.
A veces desaparecía de mi vista y reaparecía más
tarde con un jarrito que se llevaba a los labios, entre un trazo y otro.
Muy tarde en la noche apagaba la luz y el cuarto en penumbras se poblaba
de vegetales móviles, que despertaban de su letargo e iniciaban
una ardiente danza alrededor de la cama de esta artista angulosa, desaliñada,
de pelo claro y nariz imperativa, que no cesaba de fumar cuando trabajaba
en sus pinturas.
Sí, parecía que era la única forma
de evitar que los ruidos me enloquecieran. Al espiar a los vecinos del
edificio de al lado, me alejaba del mundo, me introducía en el
alma de los otros, como en la niebla de un sueño en el que todo
es verdad y mentira al mismo tiempo. Podía incluso suponer sus
acciones cuando no los veía, si habían ido al baño
o salido a la esquina a comprar un periódico. Ya calculaba con
bastante precisión cuándo volverían, en qué
momento encenderían o apagarían la luz, a qué hora
comerían. Pero también es rigurosamente cierto que a veces
me descubría en la cama, todavía con la ropa puesta, como
si despertara de un letargo de días. Entonces pensaba que aquellas
curiosas escenas no eran más que un extraño sueño,
un modo de acomodarme a la nueva realidad.
El viejo vivía en otro de los apartamentos y
todas las noches se ponía a trabajar, después que empezaban
a encenderse las luces en el resto del edificio. El viejo no recibía
visitas y era el más tranquilo de los inquilinos en asuntos de
hábitos. Se levantaba temprano, mucho antes que yo -que ya no
tenía horas fijas para espiar a la gente-, hacía su cama,
se lavaba, se afeitaba, ordenaba cuidadosamente el cuarto y luego preparaba
café y se sentaba en una mecedora a leer el diario. Se marchaba
a las siete de la mañana cada día y no regresaba hasta
las seis o siete de la noche, reflejando fatiga, preocupación,
deseos de descansar. En lugar de acostarse, encendía una lámpara
y sentado a la mesa empezaba a escribir con un lápiz amarillo.
El conjunto más desagradable lo formaban un hombre,
su mujer y un niño de aproximadamente tres años que ponía
la casa patas arriba y llevaba a su madre al borde de la histeria. Era
la única que no salía de su vivienda en todo el día,
dedicándose al cuidado del inquieto hijo. Tenía que alimentarlo,
bañarlo y entretenerlo. El televisor no era suficiente para completar
las extenuantes pantomimas que la madre ejecutaba para divertir al niño
y aliviar los efectos del encierro. En la noche llegaba el hombre, casi
siempre a pelear con la mujer o entregarse a la bebida, sentado en un
sillón negro en el que oía la radio, sordo a los reclamos
del niño. Éste me descubrió espiándolos
en una ocasión y les dijo a sus padres (no necesitaba estar allí
para saber lo que decía: me bastaba ver su expresión de
sorpresa, su mano señalándome insistentemente) que había
un hombre del otro lado, mirándolos desde la ventana. Sentí
frío, temor de que me descubrieran y llamaran a la policía.
Me oculté detrás de la pared y después que pasó
el peligro reaparecí cauteloso. Mis vecinos habían cerrado
la ventana en señal de disgusto. Desde entonces sólo a
medias tenía acceso a ese apartamento, porque el hombre colocó
una tabla que me impedía observar todo lo que ocurría
allí. Únicamente veía cabezas, mitades de cuadros,
la antena del televisor, al niño nunca.
Por último, podía seguir los movimientos
de un hombre que vivía solo en el extremo derecho del edificio.
Pasaba horas haciendo ejercicios con pesas, en un ritual parsimonioso
que no alteraba nunca. Cada día a la misma hora el hombre aparecía
en la ventana y comenzaba a flexionar los músculos con pesas
de distintos tamaños. Su cuerpo transpiraba mucho; desde lejos
parecía estar tomando un baño turco. En los días
de calor yo pensaba que aquel gimnasta iba a derretirse en medio del
esfuerzo.
Hasta este momento no he dicho lo más importante
de mi experiencia de mirón. Mirar se convirtió en un vicio
irresistible. Cuando no estaba brechando, el ruido volvía a apoderarse
del apartamento y yo regresaba a mi anterior estado de desesperación.
Mi capacidad de trabajo había caído a unos niveles tan
bajos que mi jefe, después de amonestarme en varias oportunidades,
me comunicó que la compañía había decidido
despedirme por «conveniencia del servicio». Me entregó
un cheque y me dijo que podía marcharme en seguida si así
lo deseaba, que me fuera a descansar. Yo recibí el papel con
un gesto impasible. El dinero de la liquidación me daría
para vivir un tiempo, pero yo no tenía intenciones de buscar
nuevo trabajo ni abandonar mi apartamento como no fuera para proveerme
de lo necesario. Mi obsesión permanente eran los otros, mis vecinos.
Sentía la necesidad de penetrar más en sus vidas, compartir
de cerca su intimidad, suplantarlos en sus acciones, modificar sus defectos,
entablar con ellos un diálogo permanente que hiciera menos salvaje
mi soledad.
Contar la forma en que conseguí la llave maestra
del edificio vecino podría resultar increíble. Pero lo
cierto es que para llegar al interior de esos apartamentos sin forzar
las cerraduras tenía que hacerme de esa llave a como diera lugar.
El conserje resultó ser un viejo demasiado campechano y yo supe,
con poco esfuerzo, ganar su amistad. Me acerqué a él con
pretextos inocentes, preguntándole los nombres de mis víctimas
(¿debería llamarlas así?), diciéndole que
era vendedor de enciclopedias. Un día le regalé un paquete
de cigarros y mostró gran alegría, porque lo había
tomado en cuenta -así dijo-, le demostraba afecto, cosa muy rara
en estos tiempos. Después hice lo que me dio la gana. Nos poníamos
a jugar a las cartas en su habitación y bebíamos aguardiente.
Su debilidad por el alcohol hizo más fácil mi trabajo.
Aprovechando que dormitaba, una tarde le robé la llave y corrí
a sacarle copia. Pude incluso devolvérsela sin que se percatara.
Mis entradas y salidas ya no despertaban sospechas.
Era amigo del conserje y mi trabajo no podía ser más positivo:
llevar la cultura a los demás. La primera vez que entré
a uno de los apartamentos lo hice con extrema precaución. Decidí
visitar el de la pareja cuando se encontrara fuera. Así pude
formarme una clara idea de lo que tenía: la disposición
de los muebles, la intensidad del ruido y de la luz en aquel mundo íntimo
que yo invadía en secreto. Otro día aproveché la
ausencia de la pintora y fui a su estudio. Quedé impresionado
con los dibujos de las paredes. Me senté en un sillón
y pasé un buen rato mirando cómo las formas cambiaban
o parecían moverse ante mis ojos. El apartamento estaba lleno
de cuadros. Un olor a pintura, aguarrás y colillas enrarecía
la atmósfera. En el caballete, cubierto por un paño, había
un cuadro. La curiosidad me llevó hasta el centro de la habitación.
Recibí un fuerte impacto al encontrar mi propio retrato esbozado
en la tela. Era yo, de pie junto a la ventana, mirando fijamente hacia
ninguna parte, con una expresión confusa y melancólica
y los ojos extraviados, como los ojos de un ciego que no mira a ninguna
parte. Sentí realmente miedo. No sabría explicar por qué,
pero tenía la sensación de haber sido descubierto por
la pintora desde el principio. Sin embargo, no recordaba que ella hubiese
mirado hacia mi apartamento. Permanecía horas trabajando sin
acercarse a la ventana. Aún así, yo era el que ella estaba
pintando; yo, rodeado de ramas de árboles sombríos y ella
observándome al fondo del cuadro. No pude soportar aquello por
mucho tiempo. Cubrí de nuevo el cuadro, lo quité del caballete
y me lo llevé a mi apartamento. Ahora tengo en mi refugio muchos
objetos de mis vecinos: mi propio retrato, un reloj de pared, una pesa
de hacer ejercicios, una lamparita en forma de payaso, un jarrón,
banderines, una pelota de fútbol, lapiceros. Nadie ha venido
a reclamar sus pertenencias. Me adueñé de cosas que no
eran mías y sus propietarios no decían nada, o sea, que
aceptaban mis pequeños hurtos como algo natural.
Entraba y salía de aquellos apartamentos cuando
me daba la gana, aunque no lo hacía cuando mis vecinos estaban
allí, comiendo, durmiendo, haciéndose el amor, sino cuando
podía actuar con entera libertad. Temía que me atraparan,
me daban pánico las consecuencias de mi incontrolabíe
delito. Al apartamento del niño fui pocas veces. Odio el olor
a grasa y orines, que es lo único que se respira en aquel ambiente.
El del gimnasta no me gustó, no había más que pesas,
bicicleta estacionarias y otros artefactos deplorables, aparte de que
el tipo casi me descubre una mañana en que había olvidado
algo y regresó a buscarlo. Tuve que meterme en un armario y esperar
a que se marchara para salir de mi escondite. Donde mejor me he sentido
es en el apartamento de la pintora. Voy siempre que me lo permiten las
circunstancias. Paso mucho tiempo contemplando las paredes, mirando
los cuadros, escrutando lo que ella pinta. Después que robé
mi retrato, ella se puso a hacer un paisaje sin figuras humanas.
En el apartamento del viejo fui testigo de revelaciones
alarmantes. Es un espacio muy ordenado donde cada cosa parece ocupar
su sitio desde siempre; es como si nunca hubiese movido nada de lugar.
Pasé unos minutos en la mecedora, hojeé el periódico,
vi muchos diccionarios y propaganda de la que usan los vendedores de
enciclopedias (así se ganaba el viejo la vida, vendiendo enciclopedias)
y en la mesa encontré un cuaderno y el lápiz amarillo
que usa todas las noches, sin apartar los ojos del papel. Había
un escrito. No era una carta ni nada por el estilo. Tampoco le había
puesto título. Leí el primer párrafo: «Vivo
solo en un edificio de apartamentos. Al mudarme aquí no pensé
que mi vida cambiaría tan drásticamente. Nunca, ni por
un instante, imaginé los trastornos que iban a producirse en
mi existencia de un modo vertiginoso e inconcebible.»
Seguí leyendo, con avidez, atropelladamente.
Cada párrafo revelaba parte de mi propia tragedia cotidiana.
Se describían los ruidos, los infernales ruidos que estaban acabándome,
la forma en que lograba aliviar mi suplicio, cómo me convertía
en empedernido fisgón y hacía impunes robos a los vecinos.
Entonces me di cuenta de que el viejo lo sabía todo, absolutamente
todo. Había seguido mis pasos o inventaba una historia sobre
un sujeto que no puede resistir el ruido y, desesperado, termina refugiándose
en un mundo de fantasías. Pero la historia estaba inconclusa,
detenida en el instante en que el mirón penetra al apartamento
del viejo y se pone a revisar un manuscrito hallado en una mesa.
Quedé apabullado, no sabía realmente qué
pensar. Me levanté de la mesa y fui hasta la ventana. La tarde
agonizaba y el viejo no regresaría hasta las siete. Era una tarde
particularmente oscura, sin sol, con un cielo nublado que hacía
más grises los grises del edificio y ensombrecía los interiores
de las casas. Desde allí vi mi apartamento y no quise dar crédito
a lo que mis ojos veían. Estaban todos reunidos, celebrando algo,
confundidos en alegre conciliábulo. El gimnasta levantaba un
vaso, brindaba, mostraba sus hinchados músculos, alzándose
sobre los demás con formidable superioridad. La pareja, felicísima,
brindaba también. Hasta la familia del niño se encontraba
en mi casa, entregada al festejo, mientras el diablillo lo revolvía
todo. La pintora, sentada cerca de la ventana, conversaba con el viejo.
Ambos bebían, parecían mirarme sin sorpresa desde el otro
lado.
Corrí hasta mi apartamento. Al llegar, sin hacer
ruido, introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta violentamente:
Todo estaba en orden, no había nadie a quien pudiera acusar de
nada. Se habían esfumado. Caí sin fuerzas sobre la cama
y dormí no sé cuánto tiempo.
A partir de aquella tarde perdí la noción
de la realidad. Ahora soy incapaz de diferenciar mis sueños de
mis vigilias, los actos verdaderos de las fantasías. Creo que
volví un par de veces al apartamento del viejo, sólo para
ver cómo progresaba la historia del fisgón. El texto no
avanzaba, parecía atascado en algún punto difícil
que el viejo no podía resolver. Se notaban los borrones, las
correcciones hechas al manuscrito, las repeticiones.
Desde entonces no he vuelto a salir. Mi amigo el conserje
murió de una cirrosis y un hombre joven ocupó su lugar.
Permanezco en mi apartamento todo el día, con la diferencia de
que ya no voy a la ventana a brechar a mis vecinos. Perdido el interés
en los otros, lo único que oigo son ruidos espantosos. El ruido
terminará aniquilándome. Me quedo en la cama, muy quieto
(no puedo levantarme porque apenas pruebo bocado), soñando o
imaginando cosas imposibles. Me pregunto si el viejo habrá concluido
la historia del mirón. Lo último que recuerdo haber leído
en su cuaderno era una reiteración; la historia se enroscaba
como una serpiente, se mordía la cola, volvía casi al
principio con estas palabras:
«Ahora sólo oigo ruidos infernales día
y noche, escandaloso movimiento de camiones y autobuses gigantescos,
apresurada traslación de carros y peatones, ruidos de toda índole,
mucho ruido, mucho ruido, mucho ruido...»