LAS IDENTIDADES DEL VÉRTIGO
"Toda creación de arte es gestada
por su tiempo y, muchas veces, gesta nuestras propias sensaciones"
Vassily Kandinsky
Alanna Lockward
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Marcos
Lora Read |
La proyección del video Stalker 3 del artista
chechenio, Sergei Bugaev, en la galería I-20 de Soho en diciembre
de 2002, apareció en la cotizada primera página del
Art Newspaper con un titular algo exasperado, “Snuff-movie
or art as journalism”. Entre otros motivos, el periodista
-o narrador- argumenta que tal vez la inagotable sopa Campbell warholiana
seduzca sin remedio a los artistas superestrellas cuyas imposibles
agendas, esclavizadas por la proliferación pantagruélica
de bienales y eventos internacionales, encuentran en la “novedad”
mediática, grotesca sin esfuerzo, un remedio para su mal.
La perplejidad del que escribe es evidente y comprensible.
El video es una apropiación de Burgaev en donde se muestra
sin cortes la ejecución -o asesinato- de soldados rusos por
miembros de Al Quaeda en Chechenia. El narrador, que no autor, Burgaev,
evalúa su obra como un ready-made en el más estricto
dada, y es precisamente en este sentido que la recuperación
y reciclaje de la performance del traslado, del desarraigo, de la
emigración, que la necesidad de contar las historias de Visa
es vital en más de una acepción.
Dice Alejo Carpentier en una clara alusión
a la exactitud de Kandinsky*: “…Aquí puede ignorarse
el año en que se vive, y mienten quienes dicen que el hombre
no puede escapar a su época. La Edad de Piedra, tanto como
la Edad Media, se nos ofrecen todavía en el dic que transcurre…
Pero nada de esto se ha destinado a may, porque la única
raza humana que esta impedida de desligarse de las fechas es la
raza de quienes hacen arte”.
Utilizando esa doble performance caribeña
de narrador y narrado, de espectador y productor y actor del espectáculo,
tan característica de la narrativa antillana, Carpentier
ilustra dos aspectos que paralelamente se manifiestan en los trabajos
presentados en esta exhibición. Me refiero por un lado a
la corporalidad de un sistema de representación basado en
la experiencia personal, -en el caso de Tanja Ostojic es virtualmente
anatómico-, y por el otro a la conexión mutatis mutandi
entre los que viajamos desde la otredad hacia la instancia de poder
receptora: el primer mundo, con el común propósito
de “vivir" el arte.
Tal como le comunique a la curadora, Beate Eckstein,
cuando me propuso escribir este texto, deseo recorrer el camino
trazado por la temática y el fuerte contenido performático
de algunas de las obras de Visa incorporando, en el más estricto
sentido Carpentiano, - y amparada también por mi caribeño
origen-, mi relación personal con el perfil de esta exposición.
Hace apenas unas semanas, tras cuarenta y cinco minutos de ataque
de pánico en la fila de migración de los “non-something”
en el aeropuerto de Miami, descubrí una filiación
hasta entonces desconocida, una familia nueva con primos lejanos,
más cercanos y hermanos también. Mientras trataba
de reducir mi absoluto e infundado temor de no ser aceptada en los
Estados Unidos recitando un mantra secreto, pude percibir en cada
centímetro de mi plexo solar los diferentes grados de nerviosismo
que me transmitían mis compañeros de travesía,
mi nueva familia. En otras palabras empecé a incorporar (ir)racionalmente
en más de un sentido lo que para muchos representa la mayor
crisis de identidad que haya enfrentando la humanidad.
Después del 11 de Septiembre cualquiera puede
ser un terrorista, o una familia de terroristas de aspecto inocente
como los alemanes que en frente de mi, mal disimulaban su incomodidad
por la prolongada espera sonriendo sin motivo aparente y sin pausa.
Esos eran mis primos más lejanos. La joven, tal vez nicaragüense,
que durante 25 minutos contados le respondió sin perder la
calma en la fila de al lado al oficial de migración, era
mi hermana mayor. El pasajero indio o pakistaní que detrás
de mí movía sin cesar su maletín como un péndulo,
el primo que no saludo ni siquiera en misa. Tienen razón
los teóricos, mi identidad transnacional me bautizó
sin padrinos y sin promesas, sin regalos.
Las identidades transitorias del no-lugar (1) no
son como pudiera interpretarse por error, artificiales o fantásticas,
son tan reales como el vértigo que se adhiere al plexo solar
como un gemelo imprudente y molestoso, como un tumor exhibicionista
que tratamos por todos los medios de camuflujear con todos nuestros
sentidos, con todos nuestros recursos. Y es también aquí
donde la intensidad de los “vínculos” que establecemos
con nuestros inéditos conciudadanos negocia sus posibilidades,
sus alcances. Como decía anteriormente algunos tienen menos
miedo que otros, pero lo tienen.
En esta nueva cartografía del miedo, invisible
para aquellos que pertenecen a “El” lugar, -léase
la Unión Europea o los Estados Unidos-, los espectros del
pánico encuentran en proyectos como VISA una superficie reflectora
más que necesaria, urgente. Si bien es cierto que el tema
de la migración en la creación contemporánea
no es nuevo, también lo es que la capacidad de difusión
de los espacios neutros de las artes visuales compite desigualmente
con la contraparte mediática que desafía, digamos
que casi hasta la impotencia.
Para hablar de estas identidades del vértigo,
el término transnacional, acuñado en su acepción
migratoria a principio de los noventa, es muy útil. En un
esclarecedor ensayo de Jorge Duany, del Departamento de Sociología
y Antropología de la Universidad de Puerto Rico, se explica
que el transnacionalismo es el proceso mediante el cual la gente
establece y mantiene lazos socioculturales a través de bordes
geopolíticos. Sin embargo, aunque la creciente movilidad
de la población mundial podría anunciar la quiebra
de las identidades nacionales "desde abajo hacia arriba",
cruzar un borde no significa borrarlo. "Al contrario, las políticas
públicas actuales en el mundo industrial avanzado (Estados
Unidos, Francia, Alemania, Japón) son cada vez más
hostiles hacia los trabajadores migrantes. Mientras los países
emisores de migrantes formulan políticas públicas
cada vez más transnacionales, la mayoría de las leyes
y regulaciones en los países receptores sigue intentando
reafirmar, controlar y proteger las fronteras de estados nacionales."
(2)
En esta nueva cartografía del vértigo
no existen los viajeros epistemológicos en el sentido Barthiano,
esos que corrigen su diario asumiendo la inexactitud de su valoración
de los lugares que visitan como “naciones ficticias”,
tratándolas abiertamente como “objetos novelísticos”.
Las narrativas de Visa se escriben apresuradamente, a tropezones,
son historias en proceso de ser contadas, visualmente, como si en
esta nueva oralidad se alojara el conjuro para tanto silencio, para
tanto miedo.
Sin embargo la brutalidad de este miedo tiene una
diferencia esencial con la del video de Burgaev, -necesario y urgente
también, aunque algunos no sientan tanta simpatía
por su desdén por las fronteras entre la narrativa visual
y la periodística o documental-. Esta sensación no
es un ready-made, es la prefiguración en sí misma
de un fenómeno de pan-etnicidad de dimensiones inimaginables.
Pero por el momento dejemos descansar al miedo y sus fantasmagóricas
proyecciones y detengámonos en analizar el contenido azaroso
de la mochila de Joseph Nazaire, ciudadano de Haití:
1 cuaderno
1 identificación de partido político
1 identificación de pago de impuestos
1 página de un diccionario en inglés
14 hojas con notas, cartas y partituras
1 sobre usado
Dentro del proyecto Bon Dieu Bon de Edgar Endress,
de origen chileno y residente en Estados Unidos, en esta mochila
abandonada en las playas la isla de St John se encuentran algunas
claves que conectan esta convocatoria plenaria de VISA con lo que
el martiniqueño, Edouard Glissant, define como la “criollización”
del planeta. La primera de ellas resuena en las filiaciones múltiples
de los participantes: Afrecha, Caribe, América Latina y Europa
Oriental. El Caribe como corolario de la hibridación, como
meta-archipiélago, como presagiante origen de una globalización
‘otra’, es esa isla que se repite “desplegándose
y bifurcándose hasta alcanzar todos los mares y tierras del
globo a la vez que dibuja mapas multidisciplinares de insospechados
diseños.” (3)
Otra de estas claves esta dada por la especificidad
de su discurso de resistencia, contundente, sin ediciones, ultrabarroco,
con el que contribuye al canon narrativo de la posmodernidad que
según Benítez Rojo consiste en “...el cuestionamiento
del concepto de “unidad” y el desmantelamiento, o mejor,
desenmascaramiento del mecanismo que conocemos con el nombre de
‘oposición binaria’, el cual sustenta en mayor
o menor grado el edificio filosófico e ideológico
de la modernidad”. (4)
Y es en este desmantelamiento, en este lúdico
intercambio de roles, donde las reglas del juego son teatralizadas,
caricaturizadas, reducidas al absurdo, sublimadas una por una. El
proyecto de Tanja Ostojic, -en proceso e iniciado con una búsqueda
formal y subversiva de buscar marido con un pasaporte europeo-,
es otra prueba irrefutable del estatuto transnacional de VISA, de
su condición ‘caribeña incógnita’.
Nada más común a la idiosincrasia de un caribeño
que el uso de este recurso para legitimar su residencia. Pero para
calibrar mejor la enorme voluntad de transmutación de este
proyecto performático, volvamos a la interminable fila del
aeropuerto de Miami, hagámonos algunas preguntas.
Si las bases de datos son ahora tan veloces, si
las formas de identificar a un individuo son cada vez más
infalibles, por cha la fila de migración dura 3 veces más
que hace tan poco? Porque el artista que debe viajar ahora más
que nunca dado que esto es parte de la naturaleza misma de su relación
con su obra, es decir, con su tiempo, debe entregar cada vez más
papeles a las embajadas? Qué defiende el primer mundo con
más brío y con más fe que en las mejores épocas
de su vigor colonizante? Para tanto desequilibrio y doble moral
no existen respuestas unívocas. Nunca las ha habido de todas
formas. Valga decir entonces que en esta iniciativa de exposición
de una problemática cada vez más compleja e injusta,
queda un registro de los "non-something", de la voz otra,
sin solemnidades, desnuda como la imagen rasurada de Tanja Ostojic,
como la voz de un tiempo humano y eterno.
Notas
1. En referencia a la cita que del anthropology
fiancés, Marc Augè, hace la curadora en el texto introductorio:
"The passenger gains his anonymity (and with it his freedom
of movement), but only after he has given proof of his identity
and has, in a certain sense, countersigned the travel contract..."
2. Duany Jorge, Identidades en Tránsito.
Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad
de Puerto Rico, 1999. p. 7
3. Benítez Rojo, Antonio. La Isla que se
Repite. Editorial Casiopea, Colección Ceiba, 1998. p 17.
4. Ibid. p. 185.