EL PUEBLO EN ARMAS.

REVOLUCIÓN EN SANTO DOMINGO.

José A. Moreno*

CapÍtulo 3

LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA

La organización de la revolución nos lleva nuevamente a 1963, cuando Juan Bosch, presidente constitucional libremente elegido por votaciones supervisadas por la OEA, fue derrocado por un grupo de diez generales y quince coroneles de las fuerzas armadas, que alegaron que Bosch era una amenaza para la seguridad dominicana porque era demasiado débil para poner coto a los comunistas[17]. La experiencia democrática del gobierno de Bosch había durado exactamente siete meses. Aunque la oposición organizada contra el golpe militar no logró concretarse en la práctica[18], algunos líderes civiles y militares bien pronto empezaron a organizar un contragolpe. Entre los más importante figuraban: el Dr. Rafael Molina Ureña, Presidente de la Cámara durante el gobierno de Bosch, y un joven Coronel del Ejército llamado Rafael Fernández Domínguez.

La organización del contragolpe tenía un doble objetivo: restaurar la Constitución de 1963 y poner a Bosch otra vez en el poder. Molina Ureña era el líder de los grupos civiles organizados entre las filas del PRD de Bosch, que había obtenido el 59,9 por 100 de los votos en 1962. Bien pronto logró Molina amplio apoyo entre los elementos liberales del PRD para su idea de "volver mediante la revolución a Bosch y a la Constitución"; entre los que lo apoyaron se encontraban entre otros: Peña Gómez, Manuel Espinal, Lembert Peguero y Antonio Guzmán. En el otoño de 1964, Molina Ureña había logrado organizar en Santo Domingo y en Santiago algunos grupos de profesionales e intelectuales que apoyaban la revolución. Antonio Guzmán y Leopoldo Espaillat Nanita tomaron parte muy activa en la organización de estos grupos, los cuales jugaron un papel muy importante en la organización de la revolución, porque incluían no solamente a miembros del Partido de Bosch, sino también a disidentes de la UCN de tendencia conservadora, entre quienes estaban los diputados Arévalo Cedeño Valdés, Aníbal Campagna y Jottín Cury, que se convirtieron en figuras importantes en la revolución de 1965. También se unieron a estos grupos los disidentes de otros partidos conservadores, como el Dr. Pedro Casals, antes Secretario de Finanzas en el gobierno del Triunvirato[19], y Virgilio Mainardi Reyna, antes Gobernador de Santiago. La importancia de estos grupos se debió a dos factores diferentes: estaban formados por profesionales de clase alta y media[20] y algunos de sus miembros eran disidentes de partidos políticos que se habían opuesto a Bosch en 1962.

El desarrollo de la revolución también hizo algunas incursiones en la organización laboral, particularmente después de la huelga de mayo de 1964. Grupos sindicales como ASOCHOIN, FOUPSA y POASI fueron receptivos a la ideología revolucionaria proclamada por los líderes laborales del PRD como Miguel Soto, Pedro J. Evangelista y Marcos Vargas.

En enero de 1965, en Puerto Rico, los líderes del PRD firmaron el Pacto de Río Piedras con los líderes del Partido Social Cristiano (PRSC). Ambos partidos formalmente se pusieron de acuerdo en "formar un frente común para restablecer el orden constitucional y actuar unidos si había que encarar alguna situación que pudiera acarrear una solución democrática a los problemas del país"[21]. Debería señalarse que así como el PRD de Bosch estuvo tan dispuesto a fortalecer la alianza con los Social Cristianos y con los disidentes de otros partidos conservadores, en cambio nunca buscó el apoyo de los tres partidos marxistas que operaban en el país, y aún más, en ciertas ocasiones rehusó su ayuda[22].

Como Bosch había sido depuesto por un grupo pequeño de generales y coroneles, él culpó del fracaso del gobierno democrático en la República Dominicana a un grupo relativamente pequeño de oficiales de alto rango apoyados por la clase media y por la Iglesia.

Por otro lado Bosch se aprestó a disculpar a los oficiales jóvenes y a los soldados de cualquier responsabilidad con respecto a su caída[23]. El plan del Coronel Fernández Domínguez de traer a Bosch al poder después de su caída era para Bosch la evidencia de que ellos no habían participado en el golpe. Fernández era un joven oficial que sobresalía como militar profesional que se había dedicado a la profesionalización de las fuerzas armadas[24]. Él había tomado parte en 1962 en poner coto a las ambiciones dictatoriales del General Rodríguez Echevarría, ayudando a sofocar una de las últimas revueltas contra el legítimo Consejo de Estado. En 1963, Fernández era líder de un grupo de jóvenes oficiales de clase media que se negaron a sancionar la interferencia de los altos oficiales en asuntos políticos. La mayoría de los jóvenes oficiales del tipo de Fernández (a diferencia de sus superiores, promovidos nada más que por su lealtad a Trujillo) habían sido capacitados académicamente en centros militares en el país o en el extranjero. Muchos de ellos habían recibido entrenamiento en los Estados Unidos o en la Zona del Canal con expertos militares norteamericanos. Algunos de ellos irónicamente eran descendientes de los generales más odiados de Trujillo[25].

Las actividades del Coronel Fernández y su grupo pronto hicieron sospechar a los generales del Triunvirato, quienes decidieron deshacerse de Fernández mandándolo a un puesto diplomático en España. Otros miembros de su grupo, menos afortunados, fueron cancelados. Entre ellos se encontraban el Mayor Núñez Nogueras, el Capitán Lachapelle y el Capitán Quirós Pérez. En ausencia del Coronel Fernández, otro joven oficial, el Coronel Hernando Ramírez, asumió la tarea de organizar el levantamiento dentro de las fuerzas armadas. En el otoño de 1964 se había reclutado un buen número de jóvenes oficiales de la Marina, del Ejército, de la Fuerza Aérea y de la Policía Nacional. El Coronel Fernández continuó desempeñando su rol de líder en preparar la revuelta, primero desde su puesto diplomático en España y más tarde desde su nuevo puesto en Chile. Se estableció la fecha del levantamiento para el 9 de enero de 1965; el Coronel Fernández llegaría esa noche en un barco de carga desde Puerto Rico y al día siguiente se daría el golpe. Juan Bosch regresaría inmediatamente desde Puerto Rico y se establecería la Constitución de 1963. Sin embargo, una serie de circunstancias misteriosas malograron el golpe antes de que el Coronel Fernández saliera de Puerto Rico y los rebeldes entonces abandonaron la operación.

En el invierno de 1964 la atmósfera política en Santo Domingo proveía un encuadre adecuado para un golpe o una revolución[26]. Los periódicos traían información no confirmada y rumores de golpes y contragolpes planeados por varias facciones políticas. Se registraban frecuentemente movimientos de tropas de un área del país a otra y se veía gran antagonismo entre diferentes grupos dentro de las fuerzas armadas. La corrupción e inmoralidad eran altísimas, a pesar de los sinceros esfuerzos del Presidente Donald Reíd para disminuirlas[27]. También había indicios de que Donald Reid pretendía presentarse como candidato en las próximas elecciones, lo cual ayudaba a levantar contra él acusaciones de continuismo[28]. Finalmente, dado que los líderes de los dos partidos mayoritarios, Juan Bosch, del PRD, y Joaquín Balaguer, del Partido Reformista, estaban en el exilio, y sus seguidores no podían conseguir que se les asegurara que se les permitiría participar en las elecciones, la idea de las elecciones era poco más que una farsa política.

A finales de 1964, por lo menos cuatro grupos diferentes estaban comprometidos en conspiraciones para derrocar al gobierno. El primer grupo, descrito anteriormente, quería restablecer la Constitución de 1963 con Bosch como presidente. El segundo grupo era un movimiento de base organizado entre los soldados dentro del ejército. El líder de este grupo, el Capitán Peña Taveras, más tarde jugó un importante rol dentro de la revolución de abril. Este grupo emergió con el primer grupo de jóvenes oficiales con similares aspiraciones, pero siempre mantuvo una organización independiente. El tercer grupo fue organizado por el Coronel Neit Nivar Seijas del poderoso sector de San Cristóbal. El objetivo de este grupo era traer a Joaquín Balaguer —quien en el período 1960-61 había servido como presidente para Trujillo— de vuelta al poder. Este grupo contaba entre sus seguidores a un grupo de oficiales de alto rango, incluyendo algunos generales que se oponían a los generales del sector de San Isidro, porque este último sector era favorecido por Reid. A mediados de febrero de 1965 la oposición al gobierno por parte del Coronel Seijas se hizo tan evidente que éste fue mandado al exilio. El cuarto grupo que conspiraba contra el gobierno estaba organizado por el que antes había sido líder del PRD, Nicolás Silfa, que había cooperado con Molina Ureña en la organización general del golpe, pero que más tarde cortó sus lazos con Molina y procedió a organizar su propio grupo.

La existencia de estos cuatro grupos (y posiblemente otros) es evidencia del considerable descontento contra el gobierno que existía no solamente en organizaciones civiles sino también en la estructura militar de la que dependía el gobierno de Reid. Cuando el grupo pro-Bosch materializó su objetivo en un golpe de Estado el 24 de abril y el gobierno apeló a los diferentes sectores de las fuerzas armadas, no fue sorprendente que ninguno de ellos viniera en su defensa. Por otro lado, no puede decirse que esta carencia de solidaridad con el gobierno era resultado del odio que las fuerzas armadas le tenían a Reid. Porque en realidad después que el Palacio de Gobierno se rindió a los rebeldes, Reid solamente fue arrestado un breve tiempo y más tarde se le dejó en libertad. El descontento no estaba centrado en una persona sino en el sistema. Hasta el grupo de San Isidro, firmemente «leal», estaba dispuesto a comprometerse con los «rebeldes» y derrocar al Triunvirato que él había establecido hacía dieciocho meses. Fue solamente cuando los «rebeldes» insistieron en el inmediato regreso del gobierno constitucional, con Bosch como presidente, cuando la oposición a la causa «rebelde» se materializó y emergió un grupo «leal» genuino[29].

Luchando por la Constitución

Los líderes del levantamiento, tanto civiles como militares, se habían puesto de acuerdo en que el levantamiento sería el 26 de abril de 1965. Sin embargo, el 24 de abril, el General Rivera Cuesta, Jefe del Estado Mayor, encarceló a seis de los futuros líderes militares rebeldes. La noticia de este suceso se esparció rápidamente y el Capitán Peña Taveras, líder del movimiento de soldados, decidió actuar por su cuenta y liberar a los jóvenes oficiales. Un grupo de suboficiales con él a la cabeza tomaron prisionero al General Cuesta y dejaron en libertad a los seis hombres. El levantamiento había comenzado. La veloz reacción de los rebeldes no sólo tomó de sorpresa al gobierno, sino también a los hombres que tan cuidadosamente habían organizado el levantamiento[30].

Los agentes del gobierno, incluyendo a Donald Reid, y los organizadores rebeldes, incluyendo a Molina Ureña, se enteraron de la revuelta cuando Peña Gómez, un comentarista de radio y líder del PRD, lanzó la noticia al público en su programa radiado de la 1,45 del mediodía. La situación que siguió a esta noticia puede describirse como altamente confusa. Mientras la mayoría de los líderes rebeldes reaccionaron positivamente, aprestándose a ayudar a los jóvenes oficiales que inesperadamente habían comenzado la revuelta, la mayoría de los miembros del gobierno y de los oficiales militares leales esperaron pasivamente el desarrollo de los nuevos acontecimientos. Reid trató desesperadamente, pero sin éxito, de conseguir el apoyo de los generales. Únicamente el General Wessin, en San Isidro, mostró claramente su oposición a los reclamos de los rebeldes, pero también él fracasó en dar apoyo real al gobierno[31].

Bajo las instrucciones de Juan Bosch en Puerto Rico, Molina Ureña se juramentó como presidente provisional después de la renuncia de Reid el 25 de abril a la mañana. Pero las conversaciones para llegar a un arreglo entre los jóvenes oficiales y los representantes de los generales quedaron bloqueadas cuando el Coronel Hernando Ramírez aclaró que los rebeldes no aceptarían una nueva junta militar como exigían los generales. Para los rebeldes el problema del retorno a la Constitución de 1963 con Bosch como presidente no era asunto negociable. El impasse político fue seguido por la orden de que la fuerza aérea atacara el Palacio Presidencial, donde las negociaciones se estaban todavía llevando a cabo[32].

A esta situación siguió la guerra civil, con la fuerza aérea de San Isidro tomando la iniciativa de atacar las posiciones rebeldes en la ciudad.

Lo que había comenzado como un golpe conspiratorio[33] se había transformado, en un abrir y cerrar de ojos, en un levantamiento en masa. El pueblo, particularmente en los «barrios altos», los barrios más pobres del norte de la ciudad, se arrojó a las calles para celebrar la caída del gobierno y luego para ayudar a los rebeldes a construir barricadas y a organizar la defensa de la ciudad. Los líderes estudiantiles y laborales usaron las emisoras de radio y televisión para obtener apoyo en favor de «los militares honestos que luchaban por la Constitución». Los ataques de la fuerza área al Palacio Presidencial y al Puente Duarte indignaron a la multitud de espectadores. El 26 de abril los militares rebeldes daban armas a los civiles que lucharían a su lado. El comando militar rebelde sabía que su fuerza estaba en la superioridad numérica, no en el armamento militar, dado que San Isidro tenía el control de la fuerza aérea y de los tanques[34].

La información obtenida en entrevistas privadas con líderes rebeldes y leales me confirmaron lo que había sido sugerido por otros escritores[35], según los cuales, desde el 25 de abril los agregados militares y otros oficiales de la Embajada de los EE. UU. en Santo Domingo se dieron a la tarea de formar un frente común leal en oposición a las demandas de los rebeldes[36]. Evidentemente la presencia de los oficiales americanos, entre ellos el agregado de la fuerza aérea Coronel Thomas Fishburn en San Isidro, y el agregado naval Coronel Ralph Heywood en Haina, y Lee Echols, consejero de la policía americana en los cuarteles de la policía dominicana, levantaban la moral de los leales y ayudaban a hacer desaparecer las diferencias entre ellos. El 27 de abril los leales desataron una operación combinada por tierra, mar y aire, para arrebatar la ciudad del control de los rebeldes. La marina y la policía cambiaron su decisión de apoyar a los rebeldes y juntaron sus fuerzas a la de los generales para sofocar el levantamiento de los jóvenes oficiales[37]. Los tres días de batalla que siguieron fueron los más encarnizados de la guerra. Las bajas en ambos bandos fueron numerosas, sobre todo entre la población civil expuesta a los ataques de la fuerza aérea. Se estimó que cerca de dos mil personas perecieron durante estos tres días.

Cerca de las 3 de la tarde los tanques de San Isidro cruzaron el Puente Duarte hacia la ciudad. Los líderes rebeldes decidieron detener la lucha para pedir la mediación de la Embajada de los Estados Unidos en un intento de negociar con los generales. Pero el embajador americano, W. T. Bennett, que acababa de llegar al país, se negó a mediar en la situación y sugirió que lo más oportuno era la total rendición de los rebeldes a las fuerzas leales[38].

La reacción de los rebeldes a esta sugerencia fue variada. Algunos civiles y unos pocos militares buscaron refugio en las embajadas extranjeras. La mayoría de los líderes —encabezados por los Coroneles Caamaño y Montes Arache— volvieron al campo de batalla[39]. Todos, en general, habían quedado indignados por la actitud del embajador americano. Sin otra solución que la deshonra o la muerte, los rebeldes hicieron un contraataque desesperado. Los ataques aéreos continuaron todo el día, pero los tanques de San Isidro, una vez en la ciudad, fueron atrapados por los rebeldes[40]. Algunos de los tanques fueron destruidos, algunos capturados y otros volvieron a San Isidro. A las siete de la noche los rebeldes, una vez más, controlaban la ciudad[41].

En la noche del 27 de abril el núcleo de líderes rebeldes tuvo que reorganizarse. El Presidente constitucional, Molina Ureña; el Ministro de Defensa, Coronel Hernando Ramírez, y algunos otros habían pedido asilo político. El Coronel Caamaño, que había sido nombrado Jefe de Operaciones por Molina Ureña y había jugado un importante rol en las negociaciones con el embajador de los EE. UU., era ahora el oficial rebelde de más alto rango y asumió la total responsabilidad del movimiento rebelde.

Un número de líderes civiles que se habían incorporado a la revolución en los pasados dos días comenzaron a jugar roles de importancia en el liderazgo de la revolución. Estos hombres, en general, tenían un alto grado de capacidad organizativa y algunos de ellos también habían tenido experiencia militar o de guerrilla. Hombres como Héctor Aristy, André de la Riviére, Manolo González, Pichirilo, Juan M. Román y Fafa Taveras dieron pruebas de ser extremadamente valiosos para la organización rebelde. Su participación como líderes dio al movimiento rebelde, no solamente nueva experiencia militar, sino que también le dio a sus metas políticas un tinte de radicalismo, dado que la mayoría de ellos podían considerarse más de izquierda que los líderes que habían originado el movimiento. Sin embargo, era evidente que en esta primera etapa de la revolución los oficiales del ejército regular debían mantener el liderazgo y dirección del mivimiento, pues las exigencias del momento eran más de orden militar que político[42]. Pero la utilidad de los líderes civiles también se hizo patente por dos razones: primero, porque el gran número de bajas y deserciones habían disminuido las filas de las tropas regulares que estaban del lado de los rebeldes, forzando al comando rebelde a depender más de los combatientes civiles; segundo, porque los civiles desconfiaban de las fuerzas armadas en general, los líderes civiles podían obtener apoyo leal de las fuerzas irregulares (civiles) más fácilmente que los oficiales del ejército.

El 28 de abril los rebeldes ya habían reforzado su posición en la ciudad. Ataques coordinados fueron lanzados contra la Fortaleza Ozama, los Cuarteles Principales de la Policía Nacional y el centro de Transportación, que eran los únicos puntos en la capital que todavía estaban bajo el control de los leales[43].

El comando rebelde se preparaba para un ataque masivo a San Isidro. Mientras tanto los generales en San Isidro estaban desmoralizados por su fracaso en el intento de tomar la ciudad el día anterior. El Coronel Morillo López fue enviado para estudiar la situación en el Puente Duarte, donde encontró sólo unas pocas  tropas leales cansadas y temerosas  y con la moral alarmantemente baja. Cuando Morillo regresó a San Isidro, los generales hicieron un intento de reclutar más tropas de las guarniciones vecinas, pero sólo consiguieron un refuerzo de veinticinco hombres[44]. El siguiente episodio muestra la atmósfera política y las fuerzas que actuaron en  la  crisis.  Antonio  Martínez  Francisco,  acaudalado  hombre de negocios, era el Secretario General del PRD de Bosch cuando estalló la revolución. Con su posición moderada buscó la mediación de la Embajada de los EE. UU. cuando la lucha comenzó a adquirir contornos incontrolables. Su petición no fue escuchada por los oficiales americanos. El 28 de abril Martínez buscó asilo político en la Embajada de México, donde recibió una llamada telefónica de Arthur Breisky, Segundo Secretario de la Embajada americana, quien le pidió que fuera a la Embajada americana a discutir importantes problemas con W. T. Bennett. Martínez consintió y un coche llegó a buscarlo a la Embajada mexicana. Dentro del automóvil había un coronel leal y un agente de la CIA, quienes a punta de pistola lo llevaron a San Isidro. Allí encontró al oficial americano que lo había inducido a la emboscada y al agregado de la Fuerza Aérea Americana, Fishburn, rodeado por generales dominicanos. Martínez fue obligado a leer por radio una apelación pidiendo a los rebeldes que se rindieran[45]. Ese mismo día los generales se pusieron de acuerdo en establecer una junta militar para oponerse al gobierno establecido por los rebeldes el 25 de abril. Tres coroneles desconocidos, representando al ejército, a la marina y a la fuerza aérea fueron elegidos para gobernar el país. El Coronel Pedro Bartolomé Benoit, de la fuerza aérea, fue nombrado para encabezar la junta[46]. En la tarde del 28 de abril Benoit convocó una reunión de sus oficiales en San Isidro y después de presentarles los hechos sugirió que debía pedirse oficialmente la ayuda de los Estados Unidos para someter a los rebeldes. Unas pocas horas más tarde, los primeros 400 marines estaban en Santo Domingo[47]. El Presidente Lyndon Johnson dijo que el desembarque de las tropas era necesario «para dar protección a cientos de americanos...  y escoltarlos sanos y salvos» de vuelta a los Estados Unidos[48]. A medida que se fueron desarrollando los acontecimientos se dieron otras excusas para desembarcar otros 30.000 soldados americanos en Santo Domingo.

La intervención norteamericana

No hay duda de que el estallido de la revuelta tomó enteramente por sorpresa a la Embajada americana. El Embajador Bennett estaba en un viaje de rutina a Washington, y muchos de los miembros de la comisión militar estaban en una Conferencia de fin de semana en Panamá. Heywood, el agregado naval, estaba en una cacería de palomas con el General Imbert (quien luego fue el jefe del gobierno leal patrocinado por los Estados Unidos); Fishburn, el agregado aeronáutico, estaba jugando al golf con el General Santos (jefe de la fuerza aérea). Esta era la situación cuando la revolución fue anunciada por radio. Desde ese momento hasta el 27 de abril, cuando el Embajador Bennett regresó a Santo Domingo, la Embajada americana estuvo administrada por el Encargado de Negocios, William Connett, quien hacía solamente seis meses que estaba en el país. Durante estos cuatro días estuvieron sumamente activos el Segundo Secretario Arthur Breisky, los agregados militares y los cuatro hombres de la CÍA.

Tanto el grado y dirección en que los agregados militares americanos estaban comprometidos con las fuerzas leales[49], como las actitudes de los oficiales americanos con respecto a los leales y a los rebeldes, sugerían claramente que la orden del Presidente Johnson de lanzar la invasión de los marines estaba perfectamente de acuerdo con la posición ideológica tomada por los Estados Unidos desde que comenzó la revolución. El alcance de este capítulo prohibe hacer una descripción más detallada del número de ocasiones en que, de acuerdo con el relato de testigos oculares y de periodistas, los oficiales de la Embajada americana interactuaron íntimamente con los oficiales leales. Parece evidente que como resultado de esta interacción, ya aún antes del 27 de abril, los leales fueron exhortados a establecer un frente común para atacar a los rebeldes; y después de la frustración del 27 de abril fueron persuadidos a pedir oficialmente la intervención americana. También la evidencia suministrada en entrevistas privadas por líderes rebeldes de alta jerarquía indica que entre el 25 y el 27 de abril los rebeldes hicieron por lo menos cinco intentos para obtener la mediación de la Embajada americana en la crisis y que estos intentos no fueron escuchados por los oficiales de la Embajada, quienes todas las veces reprocharon a los rebeldes de ser «irresponsables y comunistas»[50]. Algunos de los hombres que buscaron la mediación de la Embajada de los Estados Unidos eran hombres de negocios de clase media alta, como Martínez  Francisco,  Enriquillo del  Rosario y Antonio Guzman[51]; otros eran jóvenes oficiales entrenados en los Estados Unidos, como por ejemplo los Coroneles Francisco Caamaño y Ramón Montes Arache. De la información obtenida a través de los líderes rebeldes parece que todos los contactos hechos por los oficiales de la Embajada americana con el gobierno rebelde en los primeros días de la revuelta tuvieron como objetivo persuadir a los rebeldes a abandonar la lucha u obtener salvoconductos para los ciudadanos americanos[52].

La tarde del 28 de abril, con el desembarque de las tropas americanas en Santo Domingo, la situación cambió drásticamente. Los generales leales y sus tropas recibieron un fuerte apoyo que les levantó la moral y pronto comenzaron a emitir por radio amenazas y apelaciones a los rebeldes para que se rindieran o enfrentaran una exterminación total[53].

Los rebeldes, por otro lado, comprendieron que desde el momento que desembarcaron las tropas americanas, había que usar nuevas estrategias, dado que el centro de la acción no era ya militar sino político. No hay duda de que el liderazgo rebelde en ningún momento realmente pensó luchar contra las tropas americanas. No obstante pensaron que debían reunir todo el poder militar que tenían —junto con el apoyo que podían recibir de las masas —con sus reclamos de constitucionalidad y legitimidad, para poder reclamar en la mesa de negociaciones los objetivos que los Estados Unidos habían impedido que los rebeldes alcanzaran en el campo de batalla.

A pesar de que tanto el Presidente Johnson como los oficiales americanos en Washington y en Santo Domingo proclamaban que la intervención americana tenía solamente propósitos humanitarios y que las tropas americanas permanecían neutrales a ambos bandos, para la gente en Santo Domingo era bien claro que esas afirmaciones estaban muy lejos de ser verdad. Desde el principio las tropas americanas fraternizaron y se pusieron del lado de los leales y realmente los ayudaron a desplazar a los rebeldes de sus posiciones. El primer desembarque se realizó por el puerto de Haina, donde era jefe Rivera Caminero; el segundo fue en San Isidro, donde Wessin estaba al mando. El 30 de abril, el 82.° batallón de tropas de la fuerza aérea reemplazó a las tropas leales en el Puente Duarte y tomó la posición estratégica de los Molinos Dominicanos y el campamento de Sans Souci, desde el cual podían dominar la ciudad rebelde a través del río Ozama. La infantería de marina americana, desde Haina entró a la ciudad y creó la Zona Internacional de Seguridad alrededor de la Embajada americana y de las otras embajadas. Se apoderaron por la fuerza de este territorio que pertenecía a los rebeldes y después lo ampliaron aún más[54].

La noche del 2 de mayo, en un ataque sorpresa a la zona rebelde, las tropas americanas avanzaron hacia el este para crear una «línea de comunicación» entre la Zona Internacional de Seguridad ( la Embajada americana) y el Aeropuerto Internacional, que estaba cerca de San Isidro. Caamaño protestó que esa acción era una violación abierta al acuerdo de cese de fuego firmado hacía tres días por él, los leales y la Embajada americana. La creación del Corredor americano o «línea de comunicación» obviamente tenía como propósito la división de las fuerzas rebeldes en la ciudad. Diez días más tarde, cuando el General Imbert comenzó con su Operación Limpieza en el norte de la ciudad contra las fuerzas rebeldes, las fuerzas de Caamaño en el área central no pudieron cruzar el corredor americano para ayudar a sus compañeros. Cuando los rebeldes civiles del norte fueron eliminados, Ciudad Nueva, ubicada en el centro de Santo Domingo, se convirtió en el último baluarte rebelde. Mientras se realizaba la Operación Limpieza, las fuerzas de ocupación norteamericanas ofrecían a Imbert apoyo logístico y estrategia militar [55] . Los límites de la Zona Internacional de Seguridad en varias ocasiones fueron extendidos contra la voluntad de los rebeldes, todas las veces las líneas de demarcación se extendieron hacia la zona rebelde y el territorio arrebatado a los rebeldes nunca les fue devuelto[56].

El gobierno de Reconstrucción Nacional

En el atardecer del 30 de abril, cuando se estaba por firmar el acuerdo de cese de fuego conseguido por el Nuncio Apostólico, John B. Martin, que había sido embajador americano en la República Dominicana, llegó a San Isidro con un mensaje especial del Presidente Johnson. La misión que había sido confiada a Martin era «ayudar a W. T. Bennett a entablar un contacto con los rebeldes y mantener al Presidente al tanto de la situación»[57].

El Embajador Martin pasó aproximadamente diecisiete días en Santo Domingo tratando de negociar un acuerdo. Fue dos veces a ver a Caamaño a la zona rebelde y voló una vez a Puerto Rico a ver a Bosch. El tiempo restante Martin lo pasó en negociaciones con los leales, especialmente en la tarea de establecer lo que luego se llamó Gobierno de Reconstrucción Nacional. A pesar de que en San Isidro todavía estaba en actividad la junta militar creada el 28 de abril por los leales con el propósito de pedir el desembarco de las tropas americanas, Martin comenzó una serie de conversaciones con los líderes civiles y militares, con el objeto de establecer una junta que aunara a los sectores opuestos a los rebeldes.

Unas pocas horas después de su llegada a Santo Domingo, Martin fue a visitar a su antiguo amigo Antonio Imbert Barrera, uno de los dos sobrevivientes del asesinato de Trujillo. Martin admitió que no conocía a Caamaño y que tuvo que ir a ver a Imbert para obtener alguna información sobre el líder rebelde[58]. Cuarenta y ocho horas después de haber llegado a Santo Domingo, Martin se había formado un juicio sobre la compleja crisis: la revolución estaba dominada por los comunistas y Caamaño era usado por ellos.[59] Parecía también que apenas veinticuatro horas después de su llegada ya tenía la idea de la formación de un nuevo «gobierno de coalición». Imbert Barrera fue elegido por Martin para encabezar el gobierno, presuponiendo que el título de «héroe nacional» que ostentaba Imbert significaba de por sí popularidad masiva[60].

La verdadera prueba de la popularidad de Imbert vino cuando Martin trató de reclutar líderes civiles respetables para que participaran en el nuevo gobierno. Fueron invitados a tomar parte en la nueva junta numerosos políticos, profesionales, y hombres de negocios —entre los que estaban el Dr. Félix Goico, el Dr. Nicolás Pichardo, el Dr. Luis Julián Pérez, Antonio Guzmán y el Dr. Jordi Brossa. Sin embargo, todos se negaron a participar en el gobierno encabezado por el General Imbert 45. Eventualmente tres civiles prácticamente desconocidos en la vida pública dominicana aceptaron unirse a Imbert como miembros de la nueva junta. El quinto miembro de la junta fue el Coronel Pedro Bartolomé Benoit, Presidente de la Junta de San Isidro. El 7 de mayo la junta integrada por cinco hombres se juramentó para tomar el mando después que la junta militar de San Isidro renunció en su favor. Siete días más tarde, el General Imbert enviaba sus tropas a comenzar la Operación Limpieza en el norte de la ciudad, a pesar del acuerdo de cese de fuego firmado por todos los sectores involucrados en la crisis. En la capital, los 30.000 marines americanos se mantuvieron «oficialmente» neutrales en la lucha, a pesar de que era obvio que las tropas de Imbert estaban recibiendo su apoyo en logística y en estrategia militar.

El General Imbert todavía no había completado su Operación Limpieza cuando Washington mandó otro equipo de negociaciones a Santo Domingo, esta vez encabezado por McGeorge Bundy, Auxiliar especial del Presidente en asuntos de segundad nacional. También vino con él el Subsecretario de Estado Thomas C. Mann y el Secretario de Defensa Cyrus R. Vance. El propósito de las nuevas negociaciones era establecer un gobierno de unidad nacional con amplio apoyo popular, en el que se excluirían extremistas de ambos bandos. El General Imbert, que estaba llevando a cabo, con éxito, una operación militar a gran escala, rehusó rotundamente aceptar la propuesta de Bundy de establecer un nuevo gobierno encabezado por el Ministro de Agricultura de Bosch, Antonio Guzmán. La llamada fórmula Guzmán despertó grandes expectativas tanto en Santo Domingo como en Washington. Los rebeldes la habían aceptado y los obispos católicos publicaron una pastoral dando su apoyo a la nueva solución[61]. No obstante, parece que los partidarios de Imbert en Santo Domingo y en Washington trataron de reunir el suficiente apoyo como para hacer fracasar la propuesta de Bundy[62]. Bundy volvió a Washington el 26 de mayo y a fines del mismo mes el General Imbert escribía una carta al Presidente Johnson en la que se quejaba de la interferencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de la República Dominicana:

«Pretender dictar pautas y normas políticas, calificar y descalificar gobiernos, imponer formas de éstos y elegir arbitrariamente hombres que rijan los destinos de una nación..., constituye un peligroso compromiso con la historia y una lamentable trasgresión de los principios jurídicos internacionales que Norteamérica tiene el deber de respetar.»[63].

Poco después del regreso de Bundy a Washington, el representante americano en la OEA, Ellsworth Bunker, exigía que se mandara a la República Dominicana un Comité Ad Hoc integrado por tres hombres para que trataran de establecer un acuerdo. El 31 de mayo la OEA aprobó la resolución de los Estados Unidos, y ya el 3 de junio Bunker llegó a Santo Domingo con los otros dos integrantes del comité, los Embajadores Limar Penna Marinho, de Brasil, y Ramón de Clairmont Dueñas, de El Salvador. Durante tres meses estuvieron en discusiones con leales y rebeldes, hasta que finalmente, el 3 de septiembre, Héctor García Godoy fue nombrado Presidente provisional. 

La solución presentada por el  Comité Ad  Hoc nuevamente no fue aceptada por el General Imbert, quien esta vez decidió renunciar, en abierta protesta contra la nueva interferencia de los Estados Unidos en los asuntos internos dominicanos[64]. No obstante, el Acto Institucional y el Acta de Reconciliación fueron firmados por un lado por los rebeldes y por otro lado por la institución militar que evidentemente había estado en acción detrás del gobierno de Imbert durante los últimos cuatro meses[65].

El gobiernCONSTITUCIONALISTA

El 27 de abril, a la mañana temprano, el Presidente Provisional Molina Ureña, nombró al Coronel Hernando Ramírez como Ministro de Defensa y al Coronel Caamaño como Ministro del Interior. El mismo día, a la tarde, cuando Molina Ureña se enteró que el Coronel Ramírez estaba sufriendo un agudo ataque de hepatitis, confió al Coronel Caamaño todas las operaciones militares que envolvían a los rebeldes. En la Embajada americana Caamaño jugó un importantísimo rol de liderazgo en la discusión con el Embajador Bennett. Cuando después de dicha reunión, tanto Molina Ureña como el Coronel Ramírez, buscaron asilo en embajadas extranjeras, Caamaño y Montes Arache fueron al Puente Duarte a dirigir la lucha contra las tropas leales. Como se mencionó anteriormente, ese atardecer Caamaño y Montes Arache recobraron el control total de la ciudad. Al día siguiente condujeron con éxito sus tropas en varios ataques contra el último baluarte que los leales tenían en la ciudad, la Fortaleza Ozama. El 28 de abril, a la noche, Monseñor Clarizio, el Nuncio Apostólico, hizo tratos con Caamaño para un cese de fuego. Al día siguiente, Monseñor Clarizio fue a Ciudad Nueva a ver a Caamaño, y Bosch desde Puerto Rico se comunicó por teléfono con  Caamaño y con el  Nuncio Apostólico.

A través de todo lo dicho, es bien claro que Caamaño se había convertido en el líder de la revolución. No obstante, los rebeldes desde el principio habían enfatizado que estaban luchando contra el statu quo y para restablecer un legítimo gobierno constitucional. Su objetivo real era restablecer la Constitución de 1963 y devolver a Bosch a la silla presidencial. La investidura de Molina Ureña en la presidencia provisional hasta que Bosch pudiera regresar fue considerada legítima por los rebeldes, dado que Molina había sido el Presidente de la Cámara durante el gobierno de Bosch. Los rebeldes también habían restablecido la Asamblea Nacional de 1963 destituida por el golpe que derrocó a Bosch. Sin embargo, el 27 de abril, Molina pidió asilo, y el 28 de abril, después del desembarque de las tropas americanas, se hizo bien claro que Bosch no podría volver al país. Los rebeldes estaban perdiendo sus títulos de legitimidad.

El 3 de mayo, la Asamblea Nacional Dominicana, reunida en Ciudad Nueva, en una sesión de emergencia, eligió al Coronel Caamaño Presidente Constitucional según el artículo 105 de la Constitución de 1963[66]. De cincuenta y ocho votos, Caamaño obtuvo cuarenta y nueve e inmediatamente se juramentó como presidente[67]. Al día siguiente Caamaño pronunció un discurso en el Parque Independencia y nombró a algunos miembros de su gabinete. El Coronel Montes Arache fue nombrado Ministro de Defensa y Héctor Aristy, Ministro de la Presidencia. Otros nombramientos incluyeron al Dr. Fernando Silié Gatón, que había sido decano de Economía en la Universidad, como Ministro de Educación; al Dr. Jottín Cury, que había sido diputado de la UCN, como Ministro de Asuntos Exteriores; al Dr. Salvador Jorge Blanco, como Procurador General, y al Dr. Antonio del Rosario, que era Presidente de los Social Cristianos, como Delegado de la OEA[68].

Caamaño comprendía que para actuar adecuadamente en tal situación su «gobierno constitucional» tenía que mantener aspecto de gobierno legal, para distinguirlo de la «banda de rebeldes» como los llamaban los americanos y los leales. Para cumplir con esta tarea tuvo que consolidar su posición tanto política como militarmente. Eligió dos de los hombres más capaces de entre los líderes rebeldes para que tomaran parte en esta doble tarea: Héctor Aristy y el Coronel Montes Arache. El primero se encargó de establecer la maquinaria burocrática necesaria en cualquier estructura política, y el segundo se ocupó de reestructurar las fuerzas rebeldes, civiles y militares, para la defensa de la ciudad. No se puede decir que sólo un hombre, no importa cuan capaz, organizó el gobierno o su estructura militar. Solamente con la ayuda y dedicación de hombres como Jottin Cury, Bonaparte Gautreau, Peña Gómez, Aníbal Campagna, Salvador Jorge Blanco y otros, Héctor Aristy tuvo éxito en organizar eficazmente los diferentes departamentos del gobierno de Caamaño. Del mismo modo, con la ayuda y dedicación de expertos líderes como Lachapelle, Alvarez Holgín, Núñez Nogueras, La Riviére, Pichirilo y Manolo González, pudo el Coronel Montes Arache establecer una elaborada red de unidades para defender la ciudad durante las veinticuatro horas del día contra los ataques de un enemigo muy superior.

Caamaño y Aristy se convirtieron en un eficiente equipo de trabajo. El primero, con antecedentes militares pero sin experiencia política, representaba a la derecha moderada; el segundo, con alguna experiencia política y de negocios, representaba a la izquierda moderada. Juntos discutían y llegaban a decisiones que fueran aceptables para los de derecha y para los de izquierda dentro del movimiento rebelde. Juntos se sentaban a la mesa de negociaciones para discutir problemas políticos con los líderes rebeldes o con representantes internacionales.

El nuevo gobierno encabezado por Caamaño carecía de la homogeneidad ideológica que poseía el grupo que originalmente había planeado la revolución a las órdenes de Molina Ureña. Además de miembros del PRD, en el gobierno de Caamaño también había miembros disidentes de la UCN, de tendencia conservadora, y de los social cristianos. El grupo militar, cuyo liderazgo fue tan importante al comienzo de la revolución, tenía derecho a representar su opinión política. Héctor Aristy, Jottín Cury, Virgilio Reyna y otros, eran disidentes de otros partidos políticos. Finalmente los miembros de los partidos marxistas también tenían voz en el proceso en que se hacían las decisiones.

No era tarea fácil conducir y asegurar el apoyo de tantos grupos heterogéneos. Frecuentemente había tensiones y diferencias de opiniones entre «moderados» y «extremistas». Había un claro desacuerdo entre los grupos más radicales con respecto a las políticas y estrategias revolucionarias que debían seguirse. No obstante, Caamaño siempre trató de asegurar el apoyo necesario para mantener su posición de liderazgo no solamente en asuntos militares sino también políticos[69].

Para consolidar su gobierno, Caamaño tuvo que reorganizar la estructura militar para encarar la nueva situación. El hombre elegido para esta tarea fue Montes Arache, quien había demostrado tener coraje personal y habilidad como líder en la batalla del Puente Duarte. En la zona rebelde había alrededor de mil trescientas tropas regulares incuyendo oficiales y hombres alistados. A éstos, en diferentes etapas de la guerra, se agregaron cuatro mil combatientes civiles. Entre ellos había muchos veteranos pero también muchos jóvenes que nunca habían recibido entrenamiento militar. Estas tropas suplementarias eran necesarias para que los rebeldes mantuvieran un estado de alerta, durante las veinticuatro horas del día, a lo largo de los límites de la zona rebelde. La tarea de Montes Arache era dar a estos hombres algún tipo de entrenamiento militar que los capacitara a luchar contra un enemigo tan superior, y mantener alta su moral durante los meses de negociaciones que se aproximaban.

Para proveer de cierto entrenamiento militar a los civiles, Montes Arache utilizó todos los oficiales posibles así como civiles que tenían alguna experiencia militar —como Pichirilo, Manolo González, André de la Riviére y Fafa Taveras—. Se estableció una escuela de entrenamiento donde los hombres-rana de la Marina entrenaron a los civiles en tácticas de guerrilla urbana. Para mantener alta la moral de la organización rebelde, Montes Arache y otros oficiales militares se pusieron de acuerdo en que los civiles se organizaran en unidades de comando. Montes Arache comprendía que su tarea era coordinar estas unidades esparcidas por la ciudad y dirigirlas dándoles apoyo logístico y de estrategia militar. De esta forma, los comandos que se habían originado como medios de auto-protección y expresaban la solidaridad entre los miembros de los grupos informales, se convirtieron en manos de los rebeldes, en el instrumento más poderoso de defensa. A fines de mayo en la ciudad había 117 puestos de comando, en los que cinco mil hombres vivían, comían y dormían juntos. Estos hombres, en su mayoría civiles, eran supervisados y controlados de cerca por el gobierno de Caamaño, ellos recibían liderazgo del gobierno y daban a su vez al gobierno la base de su fuerza militar[70].

Negociaciones para un acuerdo

Las negociaciones para un arreglo de la crisis comenzaron ya el 25 de abril, cuando tanto leales como rebeldes se sentaron a la mesa de negociaciones en el Palacio Presidencial. A partir del momento en que los rebeldes rechazaron la propuesta de los generales de crear una junta militar mixta integrada por rebeldes y leales, y enfatizaron que sus reclamos constitucionales no eran negociables, las negociaciones quedaron bloqueadas. Desde el momento en que los leales atacaron a los rebeldes comenzando la guerra civil, ya no fue posible una negociación directa entre ambos bandos y se trató de conseguir la intervención de diversos mediadores[71].

Los líderes rebeldes apelaron a varios grupos para que mediaran en la crisis, primero a la Embajada de los Estados Unidos y luego al Cuerpo Diplomático, después al Nuncio Apostólico, a la OEA y a los líderes latinoamericanos que habían sido consultados por el Presidente Johnson: Rómulo Betancourt, fosé Figueres y Muñoz Marín[72]. Finalmente los rebeldes apelaron directamente al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Los rebeldes nunca rechazaron los oficios mediadores de ningún grupo que ellos consideraran capaz de ayudar a resolver la crisis, y participaron activamente en las mediaciones de J. B. Martin, de McGeorge Bundy y del Comité Ad Hoc de la OEA.

Las negociaciones duraron cuatro meses, durante los cuales los líderes rebeldes de mayor rango se dedicaron casi por completo al estudio y discusión de las propuestas presentadas. Dada la heterogeneidad de las personas y grupos dentro del campo rebelde, los líderes probablemente emplearon tanto tiempo en lograr un acuerdo y suavizar las diferencias entre ellos mismos como en sus negociaciones con los leales. No obstante, los líderes rebeldes fueron capaces de presentar en la mesa de negociaciones una serie de propuestas consistentes con la posición ideológica que habían tomado desde el principio.

Pero, naturalmente, si querían llegar a un acuerdo, ambos bandos tenían que hacer concesiones. Primero fue Imbert quien aceptó la sugerencia de Martin de mandar al extranjero a algunos generales leales[73]. Luego les tocó el turno a los rebeldes de hacer alguna concesión; en las negociaciones con McGeorge Bundy fue descartado el tema del regreso de Bosch a ocupar la presidencia y se aceptó que Antonio Guzmán completara el período presidencial de Bosch, que expiraba en 1967. Más tarde, en las negociaciones con el Comité Ad Hoc de la OEA, los rebeldes abandonaron otros dos temas substanciales, el retorno inmediato a la Constitución de 1963 y la expulsión del país de Wessin, Santos y Rivera Caminero[74].

Otro aspecto en que los rebeldes tuvieron que ceder fue la imposición por parte de Ellsworth Bunker, de Héctor García-Godoy como Presidente Provisional. Los rebeldes lo aceptaron después de mandar una nota de protesta a la OEA el 9 de julio de 1965, en la que enfatizaban que el Embajador Bunker, al imponer a García-Godoy como Presidente, se estaba extralimitando en su rol de mediador para convertirse en el arbitro del destino del pueblo dominicano. Otra vez en este problema hubo conflicto entre los diferentes sectores ideológicos de los rebeldes. Los moderados, incluyendo el PRD, estaban dispuestos a aceptar a García-Godoy, mientras que los grupos más radicales lo rechazaban porque era miembro de la oligarquía. Sin embargo, Caamaño fue capaz de conseguir una decisión mayoritaria a la cual se llegó por la votación de los líderes de más alto rango.

Unos pocos días antes de que García-Godoy inaugurara su Presidencia, Caamaño renunció como Presidente Constitucional ante la Asamblea Nacional y ante una multitud que se congregó en la Fortaleza Ozama. En su discurso final Caamaño enfatizó:

«No pudimos vencer, pero tampoco pudimos ser vencidos... Nosotros cedimos, es cierto, pero ellos, los invasores, que vinieron a impedir nuestra revolución, a destruir nuestra causa, tuvieron que ceder también ante el espíritu revolucionario de nuestro pueblo.

»Ahí están, hablando por sí solas, las conquistas alcanzadas y que constan, engrandecidas por la sangre de los caídos, en el Acto Institucional y en el Acta de Reconciliación. Hemos logrado la fijación de elecciones libres a breve plazo. Hemos conquistado las libertades públicas, el respeto a los derechos humanos, el regreso de los exiliados políticos, el derecho de todo dominicano a vivir en su patria sin temor a ser deportado. Pero por encima de todo, hemos logrado una conquista inapreciable, de fecundas proyecciones futuras: la conciencia democrática. Conciencia contra el golpismo, contra la corrupción administrativa,  contra la explotación y el  intervencionismo»[75]

El 31 de agosto el Gobierno Constitucional firmó el Acto Institucional y el Acta de Reconciliación, finalizando la guerra civil y comenzando su labor el Gobierno Provisional. El Coronel Francisco Caamaño estuvo presente en la ceremonia inaugural. La guerra había terminado.

José A. Moreno: CAPÍTULO II: ANTECEDENTES DE LA REVOLUCIÓN.

 

[17] CEFA, Libro Blanco de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional de la República Dominicana (Santo Domingo, 1964), págs. 90-95.

[18] La única excepción fue un grupo de estudiantes de clase media del Movimiento 14 de Junio, quienes se fueron a las montañas con su líder Dr. Manolo Tavares Justo. Éste pequeño grupo fue exterminado por el ejército.

[19] El Triunvirato era el cuerpo gobernante establecido por los golpistas que habían derrocado a Bosch. Sus miembros originalmente fueron, Emilio de los Santos, Ramón Tapia y Manuel Tavares. En diciembre de 1963, de los Santos renunció y fue reemplazado por Donald Reid Cabral, quien pronto fue elegido presidente del Triunvirato. Su posición como líder máximo creció en 1964 cuando Tapia fue reemplazado por Ramón Cáceres —un «socio silencioso»—. Y Tavares renunció sin ser reemplazado.

[20] En el otoño de 1964, Juan Bosch escribió y publicó un libro, Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana (Ciudad de México, 1964), que pronto se convirtió en uno de los libros de mayor tiraje en su país. Bosch, en su libro, acusó severamente a «todas las organizaciones de clase alta y media, con la excepción de organizaciones políticas en las que estaba involucrada la juventud, de ser abiertamente favorables o al menos indiferentes a su caída. De estos grupos, concluía, «la democracia Dominicana no puede esperar nada», (pág. 212). En forma bastante irónica, este libro fue usado por estos grupos de profesionales como marco de referencia para sus discusiones.

[21] De la fotocopia del documento original, existente en mis registros. El Pacto entre el PRD y el PRSC no fue secreto, sino que fue muy publicitado en Santo Domingo. Se hizo publicidad de este hecho para crear una opinión pública favorable al retorno del orden constitucional. La misma impresión creó el 27 de febrero de 1965, la publicación del comunicado con 2.000 firmas de profesionales pidiendo el retorno del país a la situación constitucional. (Ver El Listín Diario, 27 de febrero 1965). El Dr. Espaillat Nanita tomó parte activa en la publicación de este documento.

[22] Mientras que la UCN de clase media conservadora se alió con el PSP y con el Movimiento 14 de junio antes de 1962, el PRD nunca estuvo de acuerdo a aliarse a ninguno de ellos. En 1962, los partidos Marxistas se opusieron al proceso electoral por el que Bosch salió electo. En 1963, el Movimiento 14 de Junio acusaba a Bosch de «ser tolerante con los enemigos de la patria» (CEFA, Libro Blanco, pág. 301), aunque el Movimiento apoyó siempre al régimen constitucional. En 1966 Bosch no aceptó el apoyo electoral que le ofrecía el Movimiento 14 de Junio para las elecciones de junio. (Ver El Caribe, 20 de abril 1966). No hay ninguna evidencia que muestre algún acuerdo alcanzado entre Bosch y los Partidos Marxistas (Ver Theodore Draper, "A Case of Defamation: U.S. Intelligence vs. Juan Bosch", The New Republic, 154 (26 feb. 1966), págs. 15-18.

[23] Bosch, Crisis, págs. 202, 212, 214.

[24] Ver John J. Johnson, The Military and Society in Latin America (Stanford, 1965).

[25] Dos de estos hombres eran el Coronel Fernández Domínguez y el Coronel Caamaño, cuyos padres estaban entre los peores seguidores de Trujillo. Ver J. de Galíndez, La Era de Trujillo (Buenos Aires, 1962), págs. 85, 91, 167.

[26] Chalmers Johnson, Revolutionary Change (Boston, 1966), pág. 119.

[27] Una señal de este esfuerzo, fue el alejamiento del servicio activo del famoso Jefe de Policía, Gral. Belisario Peguero, y del Gral. Elby Viñas Román, Secretario de las Fuerzas Armadas, ambos por su participación en actividades del mercado negro.

[28] Término que se refiere a las maquinaciones de líderes políticos para perpetuarse indefinidamente en el poder.

[29] Aunque la organización militar fue escasamente «leal» al gobierno de Donald Reid, todavía se le puede llamar «leal» en el sentido usado por Chalmers Johnson en Revolutionary Change, pág. 140. Los «leales» en este sentido no defendieron a Reid, sino que lucharon para mantener el sistema oligárquico que habían establecido en 1963. Con todo, las palabras «rebelde» y «leal» se usarán para identificar grupos sin implicar necesariamente una connotación ideológica.

[30] Tanto los golpes como las revoluciones, se benefician en general por el elemento de sorpresa involucrado en el levantamiento rebelde. Sin embargo, aquí la sorpresa fue común a ambos bandos.

[31] De una entrevista privada con Donald Reid.

[32] De una entrevista privada con el Coronel Benoit, jefe del equipo leal en las negociaciones y más tarde presidente de la junta militar.

[33] Golpe aquí, se entiende no en el sentido de golpe pretorial o de lucha personal por el poder, sino en el sentido usado por Chalmers Johnson en Revolution and the Social System (Stanford, 1964), págs. 49-56, de «intento de cambio revolucionario hecho por grupos elitistas».

[34] El 26 de abril, los rebeldes contaban con el apoyo de prácticamente todas las guarniciones militares más importantes, en el país, con la excepción de las bases aéreas de San Isidro y Santiago. El Gral. Wessin tenía tanques en San Isidro, pero solamente seiscientos hombres a su mando. El Comodoro Rivera Caminero fue a ver a Molina Ureña el 26 de abril, para prometerle el apoyo de la marina. El Gral. Despradel, Jefe de Policía, también prometió lealtad al nuevo régimen.

[35] Tad Szulc, Dominican Diary (Nueva York, 1965), pág. 32.

[36] De una entrevista privada con un oficial de la Embajada de EE.UU. quien el 26 de abril enfatizó que Estados Unidos no podía aceptar el retorno de Juan Bosch.

[37] J. B. Martin escribió que «el 27 de abril, a las 12,30 del mediodía, los oficiales de la Fuerza Aérea leal mantuvieron una reunión con el agregado naval americano para comenzar el bombardeo». Ver. J. B. Martin, Overtoken by Events (Nueva York, 1966), pág. 652.

[38] Idem, pág. 653.

[39] Ver en el Apéndice 3, una lista de oficiales rebeldes que permanecieron en el campo de batalla.

[40] De acuerdo al propio testimonio del Gral. Wessin, sólo había seiscientos hombres de infantería en San Isidro. Ver. U.S. Congress, Senate, Committee on the Judiciary, Testimony of Brigadier General Elias Wessin y Wessin, Cong. 89, primera sesión, 1.° de octubre de 1965.

[41] Alrededor de las 9 de la noche el Coronel Caamaño fue a ver a Rafael Herrera, editor de El Listín Diario, y le dijo que toda la ciudad estaba otra vez bajo su control. A las 11 de esa misma noche, J. C. Estrella, editor de El Caribe, recibió una llamada de Caamaño, protestando severamente por el relato central que saldría en el periódico al día siguiente. El editor Estrella se apuró a intercalar un boletín relatando que los rebeldes habían recuperado la ciudad. (Ver El Caribe, 28 de abril de  1965). Información obtenida en entrevistas privadas con los editores de ambos periódicos.

[42] Datos sacados de entrevistas privadas con líderes rebeldes civiles y militares. En etapas posteriores algunos líderes civiles tuvieron que tomar posiciones de liderazgo más relevantes para resolver la situación política causada por los cuatro meses de negociaciones.

[43] El Palacio Presidencial fue abandonado por los rebeldes después de los ataques aéreos del 27 de septiembre, esa misma noche fue tomado por las tropas leales al mando del Gral. Atila Luna.

[44] Obtenido de una entrevista personal con el Coronel Morillo López que después durante el gobierno provisional fue nombrado Jefe de Policía.

[45] De una entrevista privada con Martínez Francisco y el Coronel leal que lo llevó a San Isidro el 28 de abril.

[46] Se ha sugerido que la junta militar de San Isidro fue creada por presión de los oficiales de la Embajada americana para legitimar las relaciones entre el Gobierno americano y los leales. Ver Th. Draper, «The Dominican Crisis: A Case Study in American Policy», Commentary, 40 (Dic. 1965), pág. 48.

[47] Th. Draper también discutió en forma detallada el intercambio de cables entre el Coronel Benoit, el Embajador Bennett y Thomas C. Mann.

[48] U.S. Department of State. Bulletin, 52, núm. 1.351. (Mayo 17, 1965), págs. 738-739.

[49] Juan Bosch aseguró que los agregados americanos naval y aeronáutico «ordenaron» al Gral. leal Santos Céspedes bombardear las guarniciones rebeldes y el Palacio Presidencial, y que el agregado de la Fuerza Aérea fue el responsable de la impresión de panfletos en los que se culpaba al movimiento rebelde, de infiltración comunista, Ver Draper, The Dominican Crisis, pág. 40.

[50] J. C. Estrella, La Revolución dominicana y la Crisis de la OEA (Santo Domingo, 1965), pág. 10.

[51] El primero, era Secretario General del Partido de Bosch y luego fue Secretario de Finanzas en el gobierno de Balaguer. El segundo, había sido Embajador dominicano en Washington, y fue después Embajador en la OEA. El tercero, iba a ser candidato para la presidencia unos pocos meses más tarde, de acuerdo con la fórmula de paz de McGeorge Bundy.

[52] Connet, el Encargado de Negocios informó a Washington que él «no creía que en ese momento las negociaciones con los rebeldes iban a tener un resultado útil, y que en realidad cualquier negociación de la Embajada podría asociar a los Estados Unidos prematuramente con alguna combinación de personas que podrían fracasar o probar que no servirían al interés nacional», Centro de Estudios Estratégicos, Dominican Action; 1965: intervention or Cooperation? Serie de Informes Especiales, núm. 2 (Ciudad de Washington, 1966), pág. 17.

[53] Según el Embajador Martin, algunos elementos leales se pusieron tan beligerantes después del desembarco de las tropas americanas, que ni siquiera querían firmar el acuerdo de cese de fuego que había conseguido el Nuncio Apostólico. Overtaken by Events, pág. 663.

[54] La Zona Internacional de Seguridad se estableció el 30 de abril por la mañana, antes que la OEA en Washington aprobara la moción de Ellsworth Bunker, de crear esa zona alrededor de algunas embajadas extranjeras. Una vez más la OEA se comportaba como «títere», legitimando lo que ya había hecho Estados Unidos. Finalmente, el 5 de mayo, Caamaño consintió en firmar el Acta de Santo Domingo en la cual se reconocía oficialmente la existencia de dicha Zona. Pese al hecho de que el Acta de Santo Domingo establecía los límites de la Zona de Seguridad, en varias ocasiones, después del 5 de mayo, estos límites fueron extendidos en contra de la voluntad de los rebeldes.

[55] Personalmente observé a las tropas de Imbert desplazándose libremente por la Zona Internacional de Seguridad, para atacar por el norte a los rebeldes. Mi observación ha sido corroborada por otros testigos.

[56] El 15 de junio cuando empezó la lucha encarnizada entre las tropas americanas y las rebeldes, las primeras tomaron cuarenta manzanas que pertenecían a los rebeldes, a lo largo de la línea de comunicación.

[57] J. B. Martin, «Struggle to bring together two sides torn by killing»; Life, 58, (mayo 28, 1965), págs. 28-30, 70a-73.

[58] Martin, Overtaken by Events, pág. 666.

[59] El 2 de mayo, Martin tuvo una conferencia de prensa en la que dijo a los periodistas que la revolución estaba siendo controlada por los comunistas. Ver también Overtaken by Events, pág. 698.

[60] Ver José Figueres, «Revolution and Counter-Revolution en Santo Domingo», Dominican Republic : A study in the New Imperialism. ed. Norman Thomas (Nueva York, 1966), pág. 49. 45 Martin, en Overtaken by Events, pág. 683, escribió que «estos hombres se a negaron aceptar responsabilidades». Deduje de conversaciones privadas con algunos de ellos, que no se negaron a aceptar responsabilidades, sino que no aceptaron tomar parte en una junta que obviamente no gozaba del apoyo popular.

[61] D. Brugal Alfau, Tragedia en Santo Domingo (Santo Domingo, 1966), pág. 254. Ver también en págs. 256-261 la carta del Gral. Imbert dirigida a los obispos católicos en respuesta a su apelación a la unidad, donde se lee que Imbert rehusó ser tratado como «uno de los bandos contendientes» porque, según él, tenía el control de todo el país.

[62] Según Tad Szulc, corresponsal del New York Times, quien estaba describiendo la crisis, el mismo día en que el Sr. Bundy estaba esperando la aprobación final de Washington para establecer el nuevo gobierno provisional, se le mandó un nuevo conjunto de instrucciones totalmente inaceptables para los rebeldes. Dominican Diary, págs. 270-271.

[63] De una copia fotográfica del original, que existe en mis registros; la persona que me entregó la copia no pudo garantizarme que la carta realmente fue enviada al Presidente Johnson. Pero lo que realmente es cierto es que la carta fue firmada por la junta militar de Imbert.

[64] La renuncia de la junta integrada por cinco hombres y de su gabinete (excluyendo a Rivera Caminero, Secretario de las Fuerzas Armadas) ocurrió la noche del 30 de agosto, y fue públicamente emitida por televisión. Y esa misma noche las fuerzas de la junta dispararon sesenta descargas de mortero sobre la zona rebelde. Ver Brugal, Tragedia, pág. 218.

[65] Ver el comunicado de las Fuerzas Armadas publicado al día siguiente en ídem, pág. 220.

[66] Para los rebeldes estaba bien claro que desde las conversaciones de Martin con Bosch en Puerto Rico, los Estados Unidos no permitirían que Bosch o Molina Ureña gobernaran el país. Ver Juan Bosch, «A Tale of Two Nations», The New Leader, 48 (junio 21, 1965), págs. 3-7. También ver Martin, Overtaken by Events, págs. 676-680.

[67] Ver el relato oficial en la publicación del Gobierno Constitucionalista, Gaceta Oficial de la República Dominicana, mayo 4, 1965.

[68] La Nación, mayo 6, 1965. Los nombres de todos los senadores y congresistas que asistieron a la reunión que eligió a Caamaño, están publicados en esta edición.

[69] El 8 de julio 1965, los líderes rebeldes más importantes convocaron una reunión secreta para decidir si Héctor García Godoy podía ser aceptado como presidente Provisianal. Después de una larga discusión en la que los diferentes sectores del liderazgo rebelde argumentaron en favor o en contra de la moción, se llamó a votación. Los votos fueron cuatro a favor, dos en contra y una abstención. Antes de dar por terminada la reunión, Caamaño preguntó si podía contar con el apoyo de los que habían votado en contra de la moción. De los dos votos contra la moción, uno declaró que su partido apoyaría la decisión. El otro mostró «reserva». Sin embargo, a pesar de estas «reservas», García-Godoy fue aceptado como Presidente provisional por el gobierno de Caamaño.

[70] Ver la lista de comandos en el Apéndice 5; la organización de los comandos se discute con más detalle en el capítulo siguiente.

[71] Yo pude identificar doce grupos diferentes de negociaciones que trataron sucesivamente —algunos al mismo tiempo— de hallar una solución a la crisis. Estos doce equipos estaban integrados por diplomáticos y políticos de reputación nacional e internacional. De ellos los únicos que pudieron hacer una contribución positiva fueron, el Nuncio Apostólico, el representante de la ONU, J. A. Mayobre, y el Comité Ad Hoc de la OEA.

[72] El 10 de mayo de 1965, el gobierno rebelde dirigió una carta a la OEA, pidiendo la mediación de estos tres líderes en la crisis dominicana. Ver Estrella, La Revolución Dominicana, pág. 40.

[73] Los rebeldes nunca consideraron este gesto como un paso esencial en el acuerdo, porque Wessin, Santos y Rivera Caminero, los tres militares leales de mayor rango, permanecieron en sus cargos.

[74] Del siguiente comunicado del PRD publicado en La Nación, en junio 30, 1965, quedó claro que los rebeldes entendieron que tenían que llegar a un compromiso: «Ellos (Estados Unidos) vinieron a sofocar nuestra revolución y han sido forzados a negociar con nosotros, éste es un éxito extraordinario para nuestro movimiento».

[75] Ahora, núm. 108 (septbre. 18, 1965), págs. 39-42.

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